Donald Trump y Kim Jong-un, en la Zona Desmilitarizada entre las dos Coreas este domingo. Reuters/Atlas

Osaka (Japón). El presidente de EEUU, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un, han dado un paso al frente histórico. Literalmente. Ambos se han reunido este domingo (30.06.19) en la Zona Desmilitarizada (DMZ), la franja fronteriza entre las dos Coreas, y desde la línea de demarcación han pasado juntos a suelo norcoreano. Esos breves segundos han convertido a Trump en el primer presidente de su país que pisa suelo de este Estado, que todavía es enemigo. Lo que está por verse ahora es si el gesto da frutos y el reinicio de negociaciones que ha anunciado el inquilino de la Casa Blanca conduce a avances sustanciales. O si el momento histórico se queda en un mero espectáculo de televisión.

A las 15.30 hora coreana (8.30 hora española), en Panmunjom, la Aldea de la paz, en la frontera que ha visto celebrar más de 800 rondas de conversaciones entre las dos Coreas, Trump salió de la Casa de la paz, en el Sur. Kim lo hacía desde el pabellón de Panmunjak, en el Norte, en una escena copiada de la cumbre intercoreana que en abril del año pasado celebraron el mandatario y el presidente surcoreano, Moon Jae-in, y que abrió al líder del Norte el camino para ser aceptado en la diplomacia internacional.

Desde entonces, Kim ha ganado muchas tablas en tres cumbres intercoreanas, dos con Trump, cinco reuniones con el presidente chino Xi Jinping y una con el ruso Vladímir Putin. Se notaba en la puesta en escena. En aquella primera cumbre se le vio descender las escaleras con visible nerviosismo. Ahora, no. Recorrió los pasos hasta la línea de cemento que marca la división entre las dos Coreas sonriente y con paso decidido.

“Me alegro de verle de nuevo”, saludó el líder del Norte al estrechar efusivamente la mano de Trump. “No esperaba jamás verle en este lugar”, reconoció.

Ambos saltaron juntos —no de la mano, como habían hecho Kim y Moon hace 15 meses— a suelo norcoreano, y recorrieron unos metros. Tras volverse a saludar, se encaminaron al Sur. En unas breves declaraciones, y antes de pasar a una reunión privada con su invitado, Trump aseguró que "están pasando muchas cosas positivas" en el proceso de conversaciones entre Washington y Pyongyang.

Destacó también su buena relación personal con Kim desde su primera cumbre el 12 de junio de 2018 en Singapur: "Nos hemos caído bien desde el primer día”. También planteó la posibilidad —impensable hasta hace unos meses— de un viaje del líder norcoreano a Washington: “Voy a invitarle ahora mismo a la Casa Blanca”.

La reunión entre ambos se prolongó mucho más de lo previsto. Se había especulado que podría durar menos de 15 minutos, y acabó extendiéndose el triple, antes de que Trump y el presidente surcoreano —que se había desplazado con él en su visita a la DMZ— acompañaran a Kim a la línea de demarcación.

En declaraciones a los medios, el líder norcoreano reconoció que se había “sorprendido” de que Trump hubiera sugerido el sábado —mediante un tuit— esta reunión, y que la invitación oficial llegó horas más tarde.

“Yo también quería verle”, indicó. “No creo que la reunión hubiera podido organizarse en un solo día de repente sin la excelente relación que mantenemos el presidente y yo —apuntó—. Por tanto, estoy convencido de que esta excelente relación nos ayudará a tomar la iniciativa y superar las barreras y dificultades que podamos encarar”.

La conversación, aparentemente, ha servido para destrabar el proceso de negociaciones sobre el programa nuclear norcoreano, estancado desde que la cumbre anterior entre los dos, en Hanói en febrero, acabara en rotundo fracaso dadas las drásticas diferencias en sus posiciones. Entonces, Corea del Norte ofrecía desmantelar su centro nuclear de Yongbyon a cambio del levantamiento de sanciones, en un proceso gradual. Estados Unidos reclamaba que Pyongyang eliminara su programa de armamento no convencional por completo y de manera verificable a cambio de eliminar esos vetos.

“En las próximas dos o tres semanas van a volver a trabajar los equipos”, ha anunciado Trump. “La reunión fue muy buena, muy sólida… Vamos a ver qué pasa”.

Pero aunque las dos delegaciones retomen sus contactos, no está claro si alguna de las partes está dispuesta a ceder en unas posiciones que en febrero parecían inamovibles. Tampoco si los integrantes de los equipos serán los mismos, tras la aparente caída en desgracia de quienes encabezaron las negociaciones por parte norcoreana hasta el encuentro de Hanói: el exembajador norcoreano en Madrid Kim Hyok-chol y el asesor del líder supremo Kim Yong-chol.

“Si las conversaciones se reinician, el riesgo de que se estanquen de nuevo o fracasen completamente seguirá siendo sustancial a menos que las dos partes acuerden una meta final sin ambigüedades, algo que dudamos”, indica la consultora Eurasia Group en una nota.

Trump había querido visitar la Zona Desmilitarizada en 2017, durante una visita anterior a Corea del Sur, pero el mal tiempo le obligó a abandonar esos planes.

Antes de reunirse con Kim, el presidente estadounidense, que llegó el mismo sábado por la noche a Seúl para mantener conversaciones con Moon, vio cumplido su deseo y dio un paseo por la DMZ. En uno de sus puestos de observación pudo escudriñar territorio norcoreano, incluida la aldea Kijong-dong, la única —junto a la surcoreana Taesondong— donde está permitido residir dentro de esa franja.

Esa zona "solía ser muy, muy peligrosa” comentó Trump mientras oteaba el panorama. "Pero tras nuestra primera cumbre, todo el peligro ha desaparecido”, puntualizó.

El encuentro, en este entorno enormemente simbólico, es el tercero entre Trump y Kim en un año. El primero tuvo lugar el 12 de junio de 2018, en Singapur.

LA DMZ, FRONTERA Y SÍMBOLO DE LA DIVISIÓN ENTRE LAS DOS COREAS

A la tercera va la vencida. El presidente de EE. UU, Donald Trump, y el líder supremo norcoreano, Kim Jong-un, se han reunido en poco más de un año en tres lugares distintos del mundo. Pero hasta ahora ninguno había sido tan simbólico como el de este domingo: la Zona Desmilitarizada, la franja fuertemente fortificada que divide las dos Coreas y que recuerda que, pese a 66 años de tregua más o menos tensa, la guerra entre los dos países (1950-1953) técnicamente continúa.

Mide 245 kilómetros de largo, y cuatro kilómetros a lo ancho. Su eje a lo largo, la Línea de Demarcación (LD), señala dónde se encontraban las líneas de frente cuando se firmó el armisticio. De allí, cada ejército retrocedió dos kilómetros. Desde entonces, esa zona fronteriza ha quedado deshabitada: en ningún momento puede haber más de mil personas en cada lado de la LD.

Dentro de la DMZ solo dos poblaciones están habitadas, Taesondong en el sur y Kijong-dong en el norte. Si en la primera existen estrictas reglas sobre quién puede residir allí, la segunda está deshabitada y únicamente sirve para fines propagandísticos, según los soldados del Mando Conjunto en el lado sur. El resto es una larga línea que, sin que el hombre la haya pisado en décadas, se ha convertido en una auténtica reserva natural donde han encontrado refugio numerosas especies que ven empequeñecer su hábitat de manera alarmante en otras zonas. Aunque la presencia de torretas y de alambradas impide olvidar la razón de ser de esta zona.

A lo largo de los kilómetros de frontera el Área de Seguridad Conjunta en Panmujom, apodada “la aldea de la paz”, es el único punto donde los soldados del Norte y del Sur se ven las caras. Allí, precisamente, se firmó el armisticio que detuvo la guerra. En sus edificios de conferencias, sus características casetas azules sobre la línea de demarcación, se han celebrado numerosas rondas de conversaciones militares.

Visitar lo que en 1993 Bill Clinton definió como “el lugar más peligroso del mundo” se ha convertido casi en una obligación para los presidentes estadounidenses de la posguerra, que han acudido a ella al menos una vez durante su mandato. Barack Obama había sido el último hasta ahora, en 2012, cuando viajó a Seúl para una cumbre nuclear. Su predecesor, George W Bush, se desplazó allí en 2003, un mes después de incluir a Corea del Norte en su tristemente famoso “eje del mal”.

Pero hasta que este domingo Trump se ha convertido en el primer presidente estadounidense en ejercicio en cruzar la LD y pisar suelo norcoreano, el momento más memorable en la historia reciente se había producido en abril del año pasado. Entonces, Kim Jong-un y el presidente surcoreano, Moon Jae-in, asombraron al mundo al saltar, tomados de la mano, la línea de demarcación entre los dos países en un gesto espontáneo.

En noviembre del año pasado, como parte de los acuerdos intercoreanos para crear confianza mutua, se desmantelaron las torretas militares en el Área de Seguridad Conjunta y los soldados que allí se ven las caras quedaron desarmados. Un mes antes, equipos especializados habían empezado a retirar las minas a ambos lados de la línea divisoria.

Aquel paso era tanto más simbólico cuanto ni un año antes, en noviembre de 2017, un soldado norcoreano había protagonizado una carrera tan espectacular como desesperada para desertar en el Área de Seguridad Conjunta, donde quedó gravemente herido.

No fue, no obstante, el peor incidente que ha vivido Panmunjom. En 1973 protagonizó el incidente en el que ambas partes estuvieron más próximas de retomar las hostilidades, cuando soldados norcoreanos atacaron a una unidad del sur que intentaba talar un árbol en la zona desmilitarizada y mataron a machetazos a dos militares estadounidenses.