Collage realizado para ilustrar la entrevista por el Semanario Universidad.

(Collage realizado para ilustrar la entrevista por el Semanario Universidad). 

En esta entrevista intentamos aproximarnos a algunos de los tópicos de esa investigación.

–¿Por qué escogió a Vicente Sáenz para esta investigación y cómo establece su comparación con la Escuela de Frankfurt?

–Dos cosas quisiera destacar en la obra de Sáenz, este notable escritor y ensayista costarricense tan injustamente olvidado. La primera es su visión del mundo. La otra: el lugar de Hispano América (como la llamaba él) en ese mundo; nuestra relación con los Estados Unidos, cuya influencia en la región no tenía parangón.

Una línea de pensamiento recorre toda la obra de Sáenz. Es fácil verla, aunque no siempre lo es seguirla en sus detalles, por la forma de la narración usada en sus textos, con frecuencia fragmentada en diferentes escenarios.

A sus 20 años Sáenz estaba en Nueva York, dando clases de francés y español. Viajó siempre mucho. En 1938 se trasladó a México, donde ya había vivido y ahí se quedó prácticamente el resto de su vida; con esporádicos regresos a Costa Rica. Venía de España, que visitó en 1936, en plena guerra civil, y pasó brevemente, otra vez, por Nueva York, donde publicó un libro notable, España Heroica, apasionada defensa de la república y devastadora acusación contra la actitud complaciente de las democracias occidentales con el nazismo y el fascismo. Era la víspera de la Segunda Guerra Mundial, que se declara en septiembre de 1939 cuando, insaciable, Hitler invade Polonia.

La mirada de Sáenz se ensanchó, empujada por los acontecimientos que se desarrollaban en Europa: el surgimiento y consolidación de los regímenes nazi y fascista, la guerra civil española y la II Guerra Mundial.

Los primeros ministros de Inglaterra y Francia, Neville Chamberlain y Édouard Daladier negociaban con Hitler y Mussolini nuevos acuerdos. Sáenz los denuncia. Ahí, sus hilos empezaron a enredarse con los de Horkheimer y Adorno en la elaboración de un mismo tejido, una visión del mundo que compartían en muchos aspectos.

Usted plantea la crisis política del mundo moderno como el final de un orden que se agota, regido por el capitalismo, y uno que no termina de crecer, de organización económica socialista. Sin embargo, varias veces se ha hablado de la crisis e insostenibilidad del capitalismo y su eventual fin para dar paso a una economía socialista, pero el capitalismo parece recomponerse mientras los experimentos socialistas no se sostienen. Quizás las más recientes regeneraciones del capitalismo sean la globalización y el capitalismo de estado comunista en China. ¿Qué indica una verdadera crisis estructural en el capitalismo?

–Nos pueden servir para la discusión del tema las ideas de la extraordinaria historiadora inglesa –fallecida en enero del 2016– Ellen Meiksins Wood, expresadas, entre otros, en su libro Democracy Against Capitalism.

–Wood señala que la crisis del capitalismo, que algunos economistas califican de estructural, puede no ser un síntoma de su estado terminal, pero puede indicar que estas economías no sobrevivirán sin imponer devastadoras condiciones de vida y de trabajo de sus propias poblaciones.

No se trata solo del deterioro de las prestaciones sociales sino también de salarios y condiciones de trabajo decentes, que se han transformado en obstáculos para la competitividad, las ganancias y el crecimiento de esas economías.

Para Sáenz, la crisis del orden capitalista se expresaba en el derrumbe de un régimen social que ya había cumplido su destino. Calificaba de “tétrica”, de “pavorosa”, la situación social que observaba en el mundo y en América Latina, caracterizada por un contraste muy marcado “entre la opulencia retadora y la vida misérrima de los indigentes”.

Percibía que la causa del caos, del desequilibro en que se debatía el mundo, no era la escasez, sino la sobreabundancia. Mientras los productos del esfuerzo humano no se distribuían honestamente, plantea que “la burguesía había creado un modo comunista de producción, preservando la forma individual de acaparar los frutos del trabajo colectivo”. Esa era, para él, la fuente de todo este desequilibrio.

Cita el ejemplo de los Estados Unidos (la situación anterior a 1935). Ya entonces los dueños del capital (del 1 al 1,25% de la población) concentraban 60% de la riqueza acumulada. Un proceso que, como sabemos bien, desde entonces solo se ha intensificado.

Estima Sáenz que allí donde manda el capital monopolista no es posible que prospere la democracia. Una democracia “en su profundo sentido humano y económico”, el único que, al final de cuentas, en su opinión, nos debe interesar

Critica el liberalismo, tanto por su naturaleza económica (que para él era la fundamental) como por su capitulación ante el nazismo y el fascismo. A lo que agrega dos dimensiones menos presentes en la obra de la Escuela de Frankfurt: el papel del imperialismo norteamericano en América Latina y el del colonialismo europeo, sobre todo en África.

En el siglo XX el capitalismo pasó de ser una forma de acumulación económica y se consolidó como una ideología que asimiló, e intenta apropiarse, conceptos como democracia, libertad, desarrollo e incluso mercado. ¿Se podría distinguir entre una crisis estructural y una formal o discursiva?

–Me gustaría abordar la sugerencia que haces en la pregunta sobre un capitalismo que intenta apropiarse de conceptos como democracia, libertad, desarrollo y mercado. Es tema vastísimo y, por lo tanto, trataré solo de sugerir algunas ideas.

–Déjame acudir de nuevo a las ideas de Wood en su libro ya citado. Ahí nos recuerda la necesaria distinción de mercado y comercio –dos aspectos que han coexistido a lo largo de casi toda la historia humana–, de su forma específica en el capitalismo, un sistema en el cual el mercado no es una alternativa, una posibilidad, sino un imperativo, una forma propia de la existencia de ese orden económico y social.

Yo coincido con esa visión. Pero luego viene otro debate, sobre los conceptos de democracia y libertad. De eso hablé ampliamente en un libro anterior, El fin de la democracia, un diálogo entre Tocqueville y Marx. Ahí defino la democracia como el régimen político de la sociedad capitalista. El sociólogo francés Alain Touraine, en una breve nota que me envió sobre ese libro, me decía que Tocqueville no era un demócrata. Pero la verdad es que, más que ese debate, me interesaba el estudio de Tocqueville –que me parece uno de los más profundos y brillantes– sobre los orígenes y la naturaleza del régimen democrático que surgía en “América” (como la llamaba él), hacia donde viaja con la intención de estudiarlo. No hay que olvidar que venía él de las grandes convulsiones que, en Francia, pusieron fin a un orden aristocrático para dar vida al nuevo orden que nacía.

De ahí surge su vasto libro La Democracia en América. En mi opinión, su libro nos muestra con claridad la democracia como el régimen político de la sociedad capitalista. Un sistema que había surgido en la sociedad inglesa y luego se extendió al resto del mundo. Y que no encontró en ningún lugar “tierras vírgenes” para implantarse como en Norteamérica (si no consideramos sus habitantes originales, aniquilados, como lo recuerda Tocqueville).

Naturalmente, no desconozco el múltiple significado atribuido a la palabra “democracia”, transformada hoy en adjetivo, con el que cada uno califica lo que concibe como forma ideal de convivencia. Todo el mundo se pretende “demócrata”, desde los más conservadores a los más progresistas.

Se usa popularmente el término como sinónimo de libertad, también imposible de definir si no lo referimos a una forma histórica de sociedad. A mi modo de ver, precisamente eso ha hecho del concepto algo muy poco útil. Para un uso académico, para usarlo con un contenido que le dé especificidad, ese tratamiento no sirve, solo provoca confusión y mucho oportunismo.

Permítame volver a Woods, quien afirma que la “democracia necesita ser concebida no solo como una categoría política, sino también como una categoría económica”. Yo tengo en mi mente –dice– “un concepto de democracia como un regulador económico, el mecanismo orientador de la economía”. No se trata solo de libertad y opciones, sino también de dominación y coerción, afirma.

Y agrega, en un artículo posterior sobre Estado, democracia y globalización, que “la historia de la democracia moderna, especialmente en Europa occidental y Estados Unidos, ha sido inseparable del capitalismo”. En eso, coincide con Vicente Sáenz que, en su obra, vuelve una y otra vez sobre esa idea. Yo me siento cómodo con esa propuesta.

De la Escuela de Frankfurt, además de analizar la Dialéctica de la Ilustración, de Horkheimer y Adorno, en su investigación estudia a Franz Neumann. ¿Podría considerarse al capitalismo global como un capitalismo de estado supranacional regido por las corporaciones?

–Quisiera aprovechar la pregunta para extenderme un poco sobre la obra de Franz Neumann. Es, en mi opinión, una de las más importantes para comprender la estructura del nazismo, su base económica, expuesta en detalle en su notable Behemoth. A este se agregan otras, como The Democratic and Authoritariam State y The rule of law under siege, escrito con Otto Kirchheimer.

–Como sus colegas del Institute for Social Research (la sede académica de lo que se conocía con el nombre de Escuela de Frankfurt), Neumann y Kirchheimer estaban obsesionados con la experiencia nazi y su importancia para entender el desarrollo del orden jurídico y político contemporáneo.

Es poco conocido el papel que jugó Neumann –con Herbert Marcuse y Otto Kirchheimer– como integrante de una oficina creada por los servicios de inteligencia de Estados Unidos para pensar cómo reconstruir Europa y, sobre todo, desnazificar Alemania una vez derrotados los nazis. Se trató de la Research and Analysis Branch (R&A), una división especial de la agencia de inteligencia Office of Strategic Services (OSS).

Conocer el papel de esos alemanes, todos vinculados a la Escuela de Frankfurt, es particularmente relevante para comprender lo que estaba en juego. Era nada menos que el desenlace político de la guerra, la forma como las potencias occidentales, particularmente Estados Unidos e Inglaterra, se disponían a desarmar (o no) la estructura política y, especialmente, la económica, que habían dado sustento al régimen nazi.

Ese debate está recogido en un libro publicado no hace mucho, en 2013, con el título Secret Reports on Nazi Germany. The Frankfurt School contributions to the war efforts, publicado por Princeton University Press. Los tres alemanes hacían hincapié en la necesidad de desmontar la estructura económica que dio sustento el régimen nazi. Pero no tuvieron éxito.

Al final predominaron intereses conservadores, entre ellos los defendidos por Winston Churchill, para quién era suficiente desarmar la estructura militar alemana, manteniendo la estructura económica. Mejor aún, asociándose a ella y haciéndola partícipe del nuevo orden de posguerra que seguía sustentado por los mismos intereses que alimentaron el régimen nazi y se enriquecieron durante la guerra.

Creo que en ese debate se esconden muchas de las claves del mundo moderno, de ese mismo sobre el que ahora, durante la pandemia de COVID-19, volvemos a reflexionar en búsqueda de mejores maneras de organizar nuestras sociedades.

En su investigación también hay un análisis crítico muy fuerte a la filósofa política Hannah Arendt. ¿Cómo podría relacionarlo con el debate sobre las alternativas de orden político y económico que se piensan para el mundo después de la pandemia del SARS-Cov-2?

–La reflexión sobre la obra de Arendt –en realidad de uno de sus principales libros, Los orígenes del totalitarismo– me parece uno de los aspectos más importantes de mi texto. Es un trabajo cuidadoso y muy crítico –como señalas–, sobre un texto muy relevante en el ámbito de las ciencias políticas.

–Arendt intenta mostrar, en su libro, que el régimen alemán, de Hitler, y el soviético, de Stalin, eran grandes aliados; conformaron las dos caras del totalitarismo. Para eso acude a diversos argumentos, cita documentos y reconstruye historias con las que fundamenta su visión.

Yo trato el tema en un capítulo titulado “Arendt contra la historia”, que no lo puedo reconstruir aquí, pero sí puedo decir que es imposible sostener la tesis de Arendt con los argumentos expuestos en su libro. Los analizo en detalle y quien estuviese interesado puede verlos en mi texto.

No hay manera de defender su tesis de que Hitler y Stalin eran los mejores amigos y se profesaban gran admiración. Las fuentes utilizadas por Arendt –abusivamente, en mi criterio–, como las “Hitlers Tischgespräche”, o “Conversaciones de Sobremesa de Hitler”, basadas en apuntes tomados por algunos de sus asesores más cercanos y luego publicadas, en medio de una polémica sobre su origen y fiabilidad, no permiten sostener esa afirmación.

Pero el texto de Arendt invade otras áreas y violenta también otros aspectos de la realidad histórica. En particular su análisis del imperialismo y del colonialismo europeo en África. Como por arte de magia desaparecen las luchas de los pueblos sometidos a dominación colonial, como la de argelinos o de hindúes, cuya liberación parece producto de la generosidad de las potencias coloniales, Francia e Inglaterra.

También es imposible sostener su argumentación sobre el fin del imperialismo, cuando afirma que “las inversiones privadas en tierras alejadas, originalmente el primer motor de las evoluciones imperialistas, son hoy superadas por la ayuda exterior, económica y militar, facilitada directamente por los Gobiernos. (Solo en 1966 el Gobierno americano gastó 4.600 millones de dólares en ayudas y créditos al exterior, más 1.300 millones anuales en ayuda militar durante la década 1956-65, mientras que la salida de capital privado en 1965 totalizó 3.690 millones de dólares y, en 1966, 3.910 millones). Esto significa que la era del llamado imperialismo del dólar, la versión específicamente americana del imperialismo anterior a la segunda guerra mundial, que fue políticamente la menos peligrosa, está definitivamente superada.”

Como defiendo la tesis de que la crisis del orden político moderno se caracteriza por la transición entre un sistema capitalista agotado –como reivindican Sáenz, Horkheimer y Adorno– y otro que lucha por nacer, era indispensable dar cuenta de una teoría como la de Arendt, para quien el conflicto se planteaba entre la democracia y el totalitarismo.

Como ya dije, me parece que la construcción de Arendt no solo falsea la historia, sino que se fundamenta en una serie de argumentos insustentables.

Para cerrar, según el análisis de su investigación, ¿cuál podría ser la respuesta política en el mundo impactado por esta pandemia del SARS-Cov-2?

–Hay todo tipo de previsiones y análisis sobre el futuro y sobre las posibles respuestas al impacto de esta pandemia. Hace tiempo leo con atención los artículos de un economista español, Juan Torres López, al que fui a entrevistar alguna vez a Sevilla, donde es profesor universitario. Se trata de una mirada atenta que nos advierte sobre las consecuencias nefastas de las políticas de austeridad impulsadas por los organismos financieros internacionales y por las instituciones europeas, que Torres critica.

–Son también muy interesantes, desde mi punto de vista, las recomendaciones de una economista ítalo-norteamericano, Mariana Mazucatto. En un último artículo suyo, escrito con Giulio Quaggiotto, que leí a fines de mayo –The big failure of small government– nos recuerda que “décadas de privatizaciones, tercerizaciones y recortes presupuestarios en nombre de la “eficiencia” terminaron complicando significativamente la respuesta de varios Gobiernos a la crisis del COVID-19”. La respuesta de gobiernos que invirtieron en el sector público muestra la diferencia que eso hace a la hora de enfrentar la emergencia.

Sobran advertencias de todo tipo sobre las consecuencias económicas de la crisis. El consultor chileno Mario Briones muestra diversas cifras del “derrumbe”. Entre ellas la deuda fiscal de los Estados Unidos, que ya sobrepasa los $25 billones (millones de millones) y que aumentará seis o siete billones como consecuencia de la pandemia. Globalmente viviremos “una gran contracción económica, que podría ser tres veces más severa” que la sufrida durante la Gran Crisis Financiera de 2008-2009, cuando el PIB de Estados Unidos se contrajo un 2,5%.

Briones hace referencia a la posición de diversos empresarios de su país, entre ellos José Manuel Silva, Director de Inversiones de la financiera Larraín Vial, para quien no se podía seguir parando la economía, promoviendo una cuarentena, para salvar vidas en medio de la pandemia. “Debemos tomar riesgos y eso significa que va a morir gente”, estimaba Silva. Briones cita también el criterio del presidente de la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC), Juan Sutil, para quien era también preferible que los pobres murieran “antes que parar el país”.

Expresiones como esas abundan en otras partes. Desde luego en Estados Unidos y en Europa. Pero también en América Latina. Por ejemplo, Alexandre Graff, Presidente de FICO para la región, una empresa que se presenta como líder en software de técnicas analíticas predictivas, escribía “Finanzas y COVID-19”, un artículo donde se podía leer recomendaciones como esta a las empresas, en el marco de la pandemia: “Se requerirá un trato sensible hacia las personas que hayan heredado deudas pendientes. Esta es una práctica normal, pero el volumen aumentará, de modo que no permita que la presión laboral dé lugar a prácticas erróneas”. O sugerencias a empresas en dificultades de que este será “más un momento de entregar las llaves de su negocio, que intentar un último recurso después de haber incurrido en deuda durante largo tiempo”. Siempre es buen momento para ganar dinero, cuando otros lo están perdiendo…

Podría extenderme de manera interminable en este tema. Pero solo quiero citar, para concluir, declaraciones del exministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Joschka Fischer, quien se preguntaba, en un artículo, ¿cómo cambiará la distribución del poder global como resultado de la crisis de COVID-19?

Aunque la mayoría de las políticas de Trump han dividido, como regla general, a la sociedad estadounidense –afirma Fischer– “su enfoque hacia China es una gran excepción. Al emprender una ofensiva contra China, puede contar con un amplio apoyo bipartidista”. Aunque no deja de reconocer que “la pandemia está reforzando la impresión general de que Estados Unidos es una superpotencia decadente, que pronto será reemplazada por una China estratégicamente hábil y económicamente dinámica. La historia milenaria del ascenso y la caída de los grandes poderes ahora está siendo escrita por un virus”.