Ilustración al óleo de las castas de la época, testimonio de la inter etnicidad costarricense (foto Luis Alvarado) tomada del artículo “Estudian integración de población mulata en la sociedad colonial” Portal de la Universidad de Costa Rica.

(Ilustración al óleo de las castas de la época, testimonio de la inter etnicidad costarricense (foto Luis Alvarado) tomada del artículo “Estudian integración de población mulata en la sociedad colonial” Portal de la Universidad de Costa Rica. (https://www.ucr.ac.cr/noticias/2009/10/12/estudian-integracion-de-poblacion-mulata-en-la-sociedad-colonial.html)

En el territorio de la actual Costa Rica hubo una innegable estratificación socio-racial. En la colonia una porción variable de los habitantes del Valle Central eran pequeños o medianos propietarios, lo cual nivelaba las diferencias sociales y alimentaba la tendencia costarricense hacia la convivencia armoniosa.

Hacia el siglo XVII la cúspide de la pirámide socio-racial, la formaban los “grandes” agricultores-comerciantes, descendientes de españoles, exportaban mulas (el medio de transporte), y algunos productos agrícolas a Panamá (cuero, sebo, galletas de trigo), e importaban manufacturas, más baratas que las procedentes de Guatemala, debido a la lejanía. Por ese motivo, se anheló durante los años coloniales dejar de depender de Guatemala en asuntos legales y económicos.

Debajo de esa élite agrícola-comercial, en el medio de la pirámide socio-racial, se fue formando un sector de pequeños y medianos propietarios dedicados la producción de subsistencia y a vender el sobrante. Una vez ocupado el Valle Central, se extendieron lentamente hacia otras zonas –ya en época republicana-: San Carlos, San Ignacio de Acosta, los Santos, San Isidro del General, Guápiles, Tilarán. También hubo mestizos carentes de propiedad.

El surgimiento de los pequeños y medianos propietarios se comprende porque los grandes propietarios no dispusieron de capital para explotar sus tierras, por una parte, y por otra, mediante la herencia, la propiedad se fue dividendo y subdividiendo.

La base de la pirámide la ocupaban los negros esclavizados y los indígenas. Siempre hubo negros libres y negros libertos, palabra que designaba los esclavos que conseguían su libertad.  Los indígenas se pueden dividir entre los que habitaban los pueblos de indios y los refugiados en zonas inaccesibles.

El surgimiento de los pequeños y medianos propietarios se comprende porque los grandes propietarios no dispusieron de capital para explotar sus tierras, por una parte, y por otra, mediante la herencia, la propiedad se fue dividendo y subdividiendo. Además, había mucho territorio “realengo”, cuyo dueño era la Corona española, disponible para quien lo trabajara, previa obtención de permisos difíciles de conseguir.

En convergencia con el proceso anterior, se plasmó la mezcla de las tres sangres fundamentales: indígena, blanca y negra, que da origen al pardo. El varón blanco tenía mayores posibilidades de fecundar a las indígenas y a las negras, dado su predominio, lo que puede calificarse de violación sociocultural.

El costarricense del Valle Central es –étnicamente hablando- un pardo. (Los liberales inventaron el mito de la población costarricense predominantemente blanca). Eso explica en mucho el auge de la devoción hacia Nuestra Señora de los Ángeles, la Negrita, cuya imagen fue encontrada hacia 1635, en las afueras del Cartago de entonces, llamada la Puebla de los pardos. (Para ampliar ver Víctor Sanabria. “Documenta Histórica”, 1945 y Manuel Benavides. “Los negros y la Virgen de los Ángeles, 2010).

 

El catolicismo, con sus mandamientos, devociones, festividades y ritos celebrados en el entorno hogareño más que en los templos parroquiales –muchas veces de acceso difícil por los malos caminos- fomentó cierta uniformidad cultural.

En los pueblos de indios, regentados por los franciscanos (Pacacua, Barva, Aserrí-Curridabat, Tucurrique, para mencionar algunos) se dio otro modo de ocupación y explotación de la tierra. Las tierras adscritas a la comunidad estaban divididas en parcelas asignadas a las familias para el mantenimiento y el pago de tributos, no a individuos. Las parcelas no podían ser vendidas ni hipotecadas. Otras parcelas eran cultivadas para mantenimiento del fraile doctrinero y de las fiestas religiosas. Se conservaba una porción de bosque para el abastecimiento de agua, leña, bejucos, etc. La descripción anterior expresa una situación ideal e inicial desintegrada poco a poco valiéndose de argucias legales, dando lugar a pequeñas propiedades en manos de mestizos. 

Las disposiciones a favor de los indígenas, ordenadas por el rey español, produjeron buenos resultados. “Después de 1770, tras disminuir sin interrupción desde la conquista, el número de indígenas empezó a crecer de nuevo” (Molina, Iván. “El legado colonial y la génesis del capitalismo”, 1991, p. 56).

Los pueblos de indios subsistieron hasta que se les expulsó definitivamente de las tierras que los contorneaban, ya en tiempos republicanos, culminación de un proceso que había comenzado siglo y medio antes. Nótese también que hubo repetidas quejas de los indígenas por la sobreexplotación de frailes doctrineros y ciertos corregidores, funcionarios encargados de protegerlos.

La base de la nacionalidad, es decir, la conciencias de pertenecer a un pueblo, la formó el sector medio de la pirámide poblacional. Aquellos campesinos eran propietarios y empresarios, descalzos y analfabetos, criollos (es decir, descendientes de españoles, aunque pronto se mezclaron con otras etnias), huraños por enmontañados, con dificultades para comprar ropa y otros enseres, pero libres; con “la frente altanera” y sentido de igualdad. Ni ellos ni sus padres habían sido esclavos ni encomendados, tampoco procedían de pueblos de indios. Salvo herramientas y telas, producían lo necesario para vivir; así se hicieron industriosos.

Su labor agropecuaria era de autoabastecimiento y vendían los excedentes a quienes comerciaban con Panamá; a estos mismos compraba al crédito la mercadería de allí importada. Más que lucha de clases, se dio colaboración de clases. Funcionaba una red de arriba hacia abajo, y de abajo hacia arriba, anudada por las pulperías. Dicha cooperación no remite a una situación idílica, sino a una necesidad de mutua conveniencia, no exenta de explotación.

La pequeña y mediana propiedad campesina era una empresa familiar sostenida en lo espiritual por la moral católica. La fuerza y resistencia físicas de los varones garantizaba la producción de los granos básicos, de la carne y leche vacunas. Por ese motivo, con muy pocas excepciones, toda mujer dependía de algún varón: esposo, padre, tío o amante. Muchas morían de tanto quedar embarazadas y los viudos contraían un nuevo matrimonio. Nadie pagaba con dinero el trabajo femenino, vital para el aseo del hogar, la huerta, la preparación de los alimentos, el cuidado de los niños, de las aves de corral y los cerdos; no se consideraba trabajo.

La mortalidad infantil –los niños fallecidos antes de cumplir un año- oscilaba en el siglo XIX entre los 150 a 200 mil nacidos. En la actualidad ha disminuido a 15 por mil, lo que facilita comprender la dimensión de la tragedia (González, Edwin. “Evolución de la población de Costa Roca 1840-1940”, 1991, p. 57).

Sólo las familias laboriosas y de buenas costumbres salían adelante. La moral familiar era vigilada y sancionada por el Tribunal Eclesiástico de Cartago –luego también en Alajuela- que intervenía con respaldo gubernamental en embrollos de infidelidades, maltratos a la señora, incestos y consanguinidades.

La apropiación de la tierra por pequeños y medianos agricultores –coexistente con grandes propietarios- fue característica del Valle Central. En las llanuras del Caribe predominaba la plantación cacaotera y en Puntarenas y Guanacaste la ganadería extensiva, salvo en Nicoya (fundada como ciudad española en 1520, pero existente desde tiempos precolombinos), donde hubo mejor distribución de la tierra en comparación con el resto de Guanacaste. De alguna manera, esa configuración persiste hasta nuestro tiempo.

Las autoridades civiles y las eclesiásticas se unieron para forzar a los enmontañados campesinos el agruparse en ciudades. De ese curioso origen se libraran Cartago y (1563), y Esparza, fundada en 1574 por Alonso Anguciana de Gamboa. Heredia nace como ciudad en 1714, con la erección de una ermita. En San José, ya hubo ermita en 1737, estrecha, humilde e indecente según descripción del obispo Morel de Santa Cruz, situada en el cruce de los caminos de Cartago a Caldera y de Aserrí hacia Barva. Alajuela tuvo ermita en 1782, por mandato del obispo Esteban Lorenzo de Tristán. Pero San José tenía futuro.

A finales del siglo XVIII se decretó que, en el Reino de Guatemala, solamente en Costa Rica se pudiera sembrar y procesar tabaco; así surgió la Factoría de Tabaco. El monopolio funcionó de 1787 a 1792 beneficiando en especial a los productores de las vecindades de San José, perfilándola como la ciudad más importante de la provincia.

(Para diversos aspectos de la historia previa a la independencia: Elizabeth Fonseca. “Costa Rica colonial. La tierra y el hombre”, 1984).

(Esta Síntesis Histórica se va a ir publicando en Informa-Tico a razón de dos entregas semanales, los días martes y jueves. Se recomienda coleccionarlas).