Parece que, ¡por fin!, después de mes y medio de angustia y espera, se despeja la incógnita para llegarse no a la vida que muchos esperábamos sino a la muerte cruel y absurda de 43 mexicanos, sí, como tu y yo, pero todos ellos muy jóvenes, que iniciaban su recorrido seguramente llenos de ilusiones y esperanzas, y seguramente muchos de ellos, probablemente la mayoría, muy inteligentes, según el testimonio de algunos compañeros de ellos que por cierto son capaces de expresarse con una soltura y una precisión envidiable en el idioma español. 43 jóvenes mexicanos muertos en manos criminales que, de la manera más brutal e insensible que pueda imaginarse, los privaron y nos privaron a todos de unas vidas que muchas de ellas hubieran sino excepcionales, llenas de riqueza y de frutos del más diverso tipo. ¡Uno de los crímenes más abominables en la historia de este país tan lleno de fosas clandestinas que ocultan asesinatos igualmente abominables!

Pero no se crea que estos crímenes surgieron de la nada. Como sabemos bien, en los últimos años un conjunto de dispositivos, que los gobiernos no solo contribuyeron a crear, sino frente a los cuales se “hicieron de la vista gorda”, explican la materialización de la tragedia. Alianzas entre autoridades y delincuentes (que en Guerrero adquirió dimensiones insospechadas), corrupción extrema y complicidades, desintegración de la función pública y reducción de la misma a meros ceremoniales sin sustancia (solo para los medios, de preferencia “audiovisuales”). ¿Resulta exagerado decir que el nuestro es un Estado fallido? No lo sé, pero en todo caso estamos muy cerca de tal tragedia, para colocar en nuestros días tragedia sobre tragedia. En todo caso, así nos ven muchos desde el exterior, probablemente con razón.

Creo que el senador Alejandro Encinas acierta al formular una pregunta clave: no se ha explicado por qué razón el Presidente Municipal de Iguala ordenó la matanza. ¿Simplemente para que los estudiantes recién llegados de Chilpancingo no estorbaran el remate “glorioso” del día del informe de su esposa en el DIF? Sí, por supuesto, es una historia de locos contada por un loco. Como toda esta aterradora historia.

Hay ya decenas de detenidos, según dio a conocer el Procurador General de la República, varios de los cuales probablemente participaron también en los macabros hechos del tiradero-barranca cercano a Cocula. Algunos de los testigos-declarantes manifiestan que en ese lugar mataron a un sinnúmero de estudiantes, pero los que llegaron ya muertos, ¿quienes los mataron? ¿Los policías de Iguala y Cocula? Y el ejército, que estaba muy cerca del lugar de los asesinatos, detenciones y secuestros ¿qué hizo en aquel momento? ¿Por qué no intervino para frenar la arbitrariedad? Algún funcionario ha dicho que sin instrucciones precisas no interviene el ejército: ¿no había ningún responsable que pudiera frenar ese espanto? Que conocía el ejército lo que estaba ocurriendo, digamos a unos cuantos metros de su posición, ha sido manifestado por personas que le pidieron ayuda para transportar heridos a los hospitales de Iguala, habiendo recibido una rotunda negativa de esos mismos militares. ¿Esto no es material de investigación? ¿Qué papel jugó el ejército en estos acontecimientos? ¿Simplemente se abstuvo o fue participativo? Estas preguntas esperan una respuesta plena.

Es evidente que el país vive un momento de crisis excepcional y que la tarea fundamental del gobierno será desde hoy, seriamente, iniciar tareas para rehacer el tejido social, pero sobre todo levantar del desprestigio y desconfianza generalizados que hay hacia los poderes y autoridades en México. Se llevó tiempo horadar hasta este punto la necesaria confianza de la ciudadanía mexicana hacia sus instituciones, pero una vez cumplido el fenómeno, como ocurre en la actualidad, será mucho más difícil reconstruir esa confianza y prestigio perdidos de las instituciones. Difícil tarea ya que se refiere al corazón mismo no de las relaciones sociales, cuya autoridad ahora está en grave entredicho, sobre todo su aspecto esencial democrático. Desafortunadamente las fechas alcanzaron a Peña Nieto y todo indica que hoy estará fuera del país, en China, lo cual sera leído inevitablemente por una gran mayoría como síntomas adicionales de desatención y desprecio respecto a los enormes problemas que vive hoy México. ¡Pésima señal!

No debería sorprendernos demasiado si después de esta profunda crisis y de su desenlace trágico, hubiera una tentación popular de tomar iniciativas inclusive “radicales” o “valientes”, como una manera de compensar los agravios que se sienten tan generalizados. El gobierno deberá mostrar entonces estricta contención y mesura para no echar leña a la hoguera. La cuestión es de fondo y tiene que ver con el gran agravio sufrido ahora por los padres de los alumnos desaparecidos, pero tiene que ver también con las abismales desigualdades que vive nuestra sociedad y que no se corrigen en este tiempo sino más bien parecen ahondarse cada vez más. Impulsadas esas desigualdades por un gobierno que parece ver el desarrollo y el crecimiento exclusivamente dentro de un esquema en que los ricos se hacen más ricos, esperando apenas que las sobras del banquete lleguen de todos modos a los más pobres.

¡No¡ Una política de desarrollo y crecimiento igualitario tiene que ver con una voluntad expresa y decidida del gobierno en tal sentido, cosa que no se ha visto en este tiempo del gobierno de Enrique Peña Nieto. ¡En verdad se acumulan los problemas, hasta lo indecible!