Costa Rica había evitado grandes conflictos socio-políticos con una fórmula bastante simple y muy efectiva que conocemos con el nombre de Estado Social de Derecho. Una suerte de “pacto” de clases donde la tasa de ganancia no estaba descontrolada; se apostaba por un mercado interno relativamente robusto y se creaba la “sensación” de que todos/as éramos más o menos iguales.

Lo cierto es que las clases altas hacían sus negocios, el Estado y los partidos políticos (sobre todo el PLN) hacían el suyo, las instituciones controlaban y administraban la puja distributiva. Así, cuando toda América Latina naufragaba y corría sangre por sus calles, Costa Rica prosperaba.

Con el giro que implicó la caída de la URSS y las fuerzas desatadas de la globalización, las clases dominantes costarricenses apostaron por subirse a ese tren y se desentendieron de los sectores trabajadores de menos recursos. Así empezó a crecer la economía informal, el trasiego de estupefacientes como modo de ganarse la vida, la violencia familiar y social y el abstencionismo electoral entre otros problemas. Como Polícrates, el país empezó a destruir lo que había construido bien.

Los pobres fueron abandonados por el Estado, por el PLN, por la Iglesia Católica; por la Universidad de Costa Rica (y su elitista examen de admisión), entre otros actores importantes y antaño cohesionadores de la vida social del país. Y su lugar fue ocupado por la simbología y la ética de las iglesias neopentecostales que se reconvirtieron en actores políticos.

Con el gobierno de Carlos Alvarado Quesada en complicidad con el PLN, las clases dominantes y ya internacionalizadas, se desentendieron de las clases medias. El “Plan Fiscal”, la derogación (de facto) del derecho de huelga y la Ley de Empleo Público, entre otras medidas, fueron restringiendo derechos sociales y empobreciendo a las clases medias. Con la pandemia, la protesta social se apagó.

La agresión a la clase media fue especialmente virulenta contra maestros/as y profesores/as que fueron los/as únicos/as que entendieron el rumbo del segundo gobierno PAC. Esta agresión contra el sector educativo incluyó a los rectores de CONARE que se sumaron al coro de quienes culpabilizaron a maestros y profesores por el así llamado “apagón educativo”.

Esta es la base material para el surgimiento de Fabricio Alvarado primero y Rodrigo Chaves hoy. En mi opinión, no tiene caso presentar a Rodrigo Chaves como un “monstruo”. Ni siquiera como una anomalía salvaje. Es el hijo de un proceso y ahora, el hecho necesario de la democracia indiferente. No es un “outsider” ni su triunfo un “tsunami”;  es el producto de una decadencia y muchos desencantos. Si el mundo académico se sorprendió, es porque no estaba prestando atención.

Tampoco ayuda el grito del feminismo bien alimentado, diciendo que las mujeres que votaron a Chaves son “machiplacientes”. Ese reduccionismo no entiende, ni quiere entender, que las mujeres pobres del país son trabajadoras, luchadoras; sus hijos e hijas tienen un futuro incierto y tienen hambre. ¡Es la economía Clinton!

En cuanto al presidente electo, ya veremos, pero mi conjetura es que hizo algunas alianzas que le aseguraron ganar la elección, pero ahora va a hacer otras alianzas para asegurarse la gobernabilidad y eso le será más importante que atender las demandas populares.

Porque lo que se dirimió el domingo 3 de abril no fue un proyecto político, sino la conducción política de ese proyecto. Ahora quedó claro quién conducirá, aunque sea por los próximos cuatro años, el neoliberalismo en Costa Rica.

Podemos imaginar cuáles serán esas alianzas que aseguren esa gobernabilidad que el proyecto neoliberal necesita y su rumbo en el futuro próximo: ajuste del gasto público, relanzamiento de la organización del despojo de cuerpos y territorios, explotación de los más pobres, aumento de la exclusión social y represión de las rebeldías.

(* Académico de la Universidad de Costa Rica, UCR)

Ppublicado por 24 CR  - https://24.cr/los-tres-mapas-de-costa-rica/