Imagen Ilustrativa Google.

(Imagen Ilustrativa Google).

Eran campesinos, apegados al cultivo de la tierra y a la recolección de las cosechas. Trabajaban como arrieros, cogedores de café, jornaleros y constructores. Le hacían a todo y sin pereza alguna.

En las tardes de verano se iban con sus amigos a bañarse a las pozas con aguas claras y profundas del Reventazón. En las noches, afinaban sus guitarras y salían a “echar serenatas” a las muchachas más simpáticas del centro de Cartago. Muchas veces terminaron corriendo entre cafetales y milpas, porque los padres de sus novias los corrían con los perros, pero todo era diversión para ellos, excepto, el engorroso asunto de ir a una guerra. Esto nos les hacía ninguna gracia.

En diciembre de 1855, Ramón y Moncho estaban fajados cogiendo café y paraban la oreja para escuchar los rumores de que se avecinaban tiempos difíciles en que los varones tendrían que ir a la guerra para defender al país de los enemigos invasores, provenientes de Nicaragua.

Monchito se quedaba como ido, pensando cómo sería pelear en una guerra; estaba en esas, cuando se paró en un tronco, perdió el equilibrio, salió dando vueltas con el canasto y regó todo el café recogido.

Al ver este desorden, Ramón le dijo enfadado:

- ¡Diay muchacho, dejá de pensar en los huevos del gallo! Desde hace rato te veo con la vista perdida. No seas chambón. Ahora tenés que juntar todo el café. Ya casi son las dos. Don Atanasio ya viene a medir y no has cogido ni una cajuela.

Monchito se levantó, sacudió la tierra de sus pantalones y le contestó molesto:

-Tenés razón. Estoy como “atontao”. Para vos es muy fácil “jalar” con el ejército, pero yo tengo deudas. No he pagado la carreta ni la junta de bueyes que le compré hace seis meses a don Atanasio y, para peores, mi viejita se quedó sola, porque mi hermana se casó y, si me matan en la guerra, quién velará por ella.

Ramón guardó un prudente silencio. Dejó el canasto suyo a un lado y se fue a recoger el reguero de café. A manera de consuelo, le dijo:

-Te entiendo Monchito, pero no podemos decirle que no a la patria. Es ahora, porque mañana podría ser muy tarde. Yo no quiero encontrarme con esos machos viviendo en nuestras casas ni casados con nuestras novias, ¡Caramba, eso sí que no lo aguanto!

-Tenés razón.! ¡Qué colerón! ¿Y si nos matan? -, preguntó con mucha insistencia Monchito.

Ramón se puso de pie, levantó su mano derecha, la sacudió con fuerza y lanzó una amenaza:

- ¡Pues estos invasores van a saber con quiénes se están metiendo! Soy como el tronco donde se rasca el tigre y a mí un flacucho, pelo engomado, no me vencerán. ¡Vamos Monchito, recogé las alforjas y los canastos que ya llegó el medidor! Y, recordá que la pedrada que está “pal” perro ni metiéndose al cafetal, se la capea.

Se fueron murmurando sobre sus inquietudes militares. Por dentro llevaban el gusanillo del temor y la incertidumbre que les corroía las entrañas. Eso de tener que combatir en una guerra los tenía muy desvelados.

En aquellos años gobernaba el presidente Juan Rafael Mora Porras y no le quedó otro camino que hacerle frente a este problema.

Al presidente Mora, el pueblo lo llamaba de cariño “don Juanito”, quien visualizó el peligro de la llegada a Nicaragua de William Walker y sus falanges filibusteras, provenientes de la Unión Americana (hoy Estados Unidos).

Informantes confiables lo tenían al tanto de las estrategias de expansión que se estaban tramando en los Estados Unidos para Centroamérica y por eso asumió el liderazgo de la defensa ante el enemigo. Sabía muy bien que tenía que detenerlos, a costa de un gran sacrificio de su pueblo. La justicia estaba de su lado. Su causa era la de garantizar el respeto a la familia, a la paz, a la libertad, a la independencia, al trabajo, a la religión y a la dignidad de Costa Rica, así como la de los países centroamericanos.

Con visión de estadista, comenzó a preparar muy bien el ejército, porque no iba a permitir que estos aventureros establecieran la esclavitud en estos países ni que se apoderan del territorio nacional.

Don Juanito deseaba conformar un ejército de 9 000 soldados, pero inició la preparación más fuerte con 5 000. El general de división, José Joaquín Mora Porras, hermano del presidente Mora, fue quien comandó el Ejército expedicionario que ingresó a Nicaragua y estaba a cargo de la preparación de los soldados.

El presidente Mora era el Comandante Supremo del Ejército, pero tomaba las decisiones junto al Estado Mayor, compuesto por militares de mucha experiencia y otras personas de toda su confianza.

Además, el ejército tenía una estructura de mando igual que la de los ejércitos europeos: generales de división, coroneles, mayores, capitanes, tenientes, subtenientes, sargentos, cabos y soldados rasos.

Se agrupaban en tres divisiones: caballería, artillería e infantería y marchaban al paso de los tambores de una banda militar. ¡Era un ejército de verdad! Nada tenía que envidiarles a los ejércitos de las naciones más poderosas de esos años.

Mediante unas proclamas, el presidente Mora alertó a la población costarricense del peligro; convocó a jóvenes y adultos para que se enlistaran en el ejército. Ramón y Monchito después de consultarlo con la almohada, se presentaron al cuartel para iniciar su preparación militar como soldados y fueron reclutados.

Los entrenamientos eran los domingos. Ramón y Monchito madrugaban y, puntuales, empezaban haciendo sus prácticas matutinas. Mientras tanto, el presidente Mora y su Estado Mayor elaboraban un plan estratégico para expulsar a los filibusteros de Nicaragua.

Monchito y Ramón, apodados cariñosamente “los cartaguitos”, se familiarizaron muy rápido con el ambiente de la milicia, tan ajeno al de los cafetales y al de las carretas. En ocasiones se confundían y llamaban mayor al que no lo era y general al sargento, pero, lo valioso, es que por méritos propios ascendieron de soldados rasos a tenientes.

Formaron parte del ejército expedicionario que estaba muy bien equipado con armamento militar de última tecnología. Se hicieron diestros en el manejo de los fusiles de chispa franceses, los Minie ingleses que eran más rápidos que los de chispa, cañones de montaña que eran más livianos porque estaban hechos de bronce y manganeso, los pesados cañones de hierro de campaña y las bayonetas.

Como en el oficio de boyeros nadie les ganaba, semanas previas a la partida del ejército, Monchito y Ramón arriaban yuntas de bueyes con carretas cargadas de café, hacia el puerto de Puntarenas. Durante las noches, bajo la tenue luz de una candela, conversaban sobre lo que sucedía en Nicaragua y los temores del presidente Mora.

Deseaban obtener más información de quiénes eran los filibusteros y sus verdaderas intenciones, pero nadie tenía las respuestas a sus inquietudes.

A su regreso a la capital, en un descanso de las acostumbradas prácticas militares de los domingos, bajo un floreado roble de Sabana, Monchito y Ramón preguntaron al General José Joaquín Mora que de dónde habían salido esos invasores con cabezas rubias y ojos claros, llamados filibusteros.

Conocedor de los antecedentes del conflicto, el General José Joaquín, con mucha paciencia y amabilidad, se sentó en medio de un grupo grande de soldados y preguntó:

- ¿Qué desean saber sobre los enemigos contra los que vamos a pelear en Nicaragua? 

- ¡Diay, pues todo! Solamente sabemos que tenemos que ir a ayudar a Nicaragua a expulsar unos invasores que la van a esclavizar y a nosotros también, pero, ¿De dónde salieron esos rufianes?, preguntó Monchito, ansioso de respuestas.

Don Joaquín tomó aire y explicó que los estados del sur, de la Unión Americana (hoy Estados Unidos), tenían un sistema de economía de plantación de caña de azúcar y de algodón, basado en la esclavitud de la población negra y apoyaban las perversas intenciones de un aventurero llamado William Walker, jefe de los filibusteros, quien pretendía establecer en los países centroamericanos un sistema de agricultura igual, basado en el empleo de esclavos”.

Monchito hacía un gran esfuerzo para comprender lo que estaba explicando don José Joaquín y con voz temblorosa preguntó:

-Entonces nos vamos a enfrentar a un ejército muy poderoso y ¿usted cree que nos va a ir bien?

Don Joaquín asintió con su cabeza y exclamó con mucha seguridad:

- ¡Claro hombre que nos va a ir muy bien! Nuestro ejército cuenta con armamento moderno, de lo último en tecnología militar, estamos bien preparados, tenemos mucho coraje y valentía. La victoria será nuestra. No tengamos miedo.

- Mmmmmm. ¡Pero nos va a costar mucho vencerlos! ¡Debe ser muy duro caminar hasta Nicaragua para combatirlos! ¿Es cierto que ahí hace un calor infernal?, cuestionó Ramón.

-Sí, es cierto. Sabemos que es un gran reto, pero no queda otro camino. Debo agregar que además del peligro que representan los filibusteros, hay muchos intereses de otros países como Inglaterra y Francia de apoderarse del río San Juan y construir ahí un canal que comunique el océano Atlántico con el océano Pacífico, contestó don José Joaquín.

Moncho y Ramón sacaron de sus alforjas unas botellas con fresco de naranja y unas melcochas que compartieron con sus compañeros y se dispusieron a concentrarse más porque les costaba retener tanta información que, de manera fluida y con mucha seriedad, les suministraba don José Joaquín Mora.

- Y además de querer esclavizarnos y de quitarnos el río San Juan, ¿qué más quieren estos invasores?, preguntó Moncho preocupado y molesto. 

Todos se volvieron a ver angustiados.

El General José Joaquín con vos pausada les explicó que estos querían invadir Costa Rica, apoderarse de Guanacaste, (llamado “Moracia” en honor al presidente Mora), esclavizar al país y a toda Centroamérica, y que la independencia, la paz y la libertad de Costa Rica estaban en grave peligro.

Moncho y Ramón se volvieron a ver perplejos. ¡No podían creer lo que escuchaban!

- ¡Pobre gente la de Nicaragua! Les llegó un sartal de villanos esclavistas y de pasó, nos harán daño a nosotros también ¡Esto es imperdonable! -, dijo Ramón muy enojado y sacudió su sombrero de un lado para el otro. 

- ¿Dónde está el río San Juan y cuál es la ruta del tránsito?, preguntó Monchito. 

Don José Joaquín conocía muy bien las tierras que rodeaban el río San Juan y, como buen instructor militar se puso de cuclillas, tomó un palito y dibujó en la tierra un mapa donde aparecía el sur de Nicaragua, el norte de Costa Rica, el río San Juan y el Lago de Nicaragua. Señaló la ruta llamada la vía del tránsito, explicó que era una ruta de navegación con vapores, muy utilizada por los viajeros que buscaban cruzar, de manera rápida, del este al oeste, para enriquecerse con las minas de oro recién descubiertas en California. 

Muy atentos los soldados, seguían la dirección del palito que señalaba la ruta o vía del tránsito que se iniciaba en el puerto de San Juan del norte, en el océano Atlántico, hasta llegar al puerto de San Juan del Sur, en el océano Pacífico.

Don José Joaquín agregó que los ríos que están al norte de Alajuela y de Heredia desembocan en el río San Juan y que, por esa razón, William Walker quería apoderarse del norte de Costa Rica y asegurarse que esos ríos formarían parte del territorio nicaragüense.

- ¿Y por qué esta vía del tránsito es un peligro para Costa Rica?, preguntó Ramón.

El General José Joaquín se puso de pie y comentó que los filibusteros recibían por esta ruta soldados, alimentos, medicinas y armamento, y que para ganar esta guerra, el ejército costarricense tendría que apoderarse de esta vía y cortarles el abastecimiento. 

-La vía del tránsito es como una muchacha de 15 años, que todos la pretenden, dijo Monchito. Las risas se hicieron contagiosas.

- ¡Entonces, debemos prepararnos muy bien porque nos esperan fuertes combates!, exclamó Ramón.

-Pues en resumidas cuentas así es, asintió don José Joaquín.

– ¡Qué se están creyendo esos desgraciados! ¡Piensan que aquí no hay hombres valientes para defender la patria! ¡Sobre mi cadáver tendrán que pasar, pero esos filibusteros ni un pie pondrán en Costa Rica!, sentenció Ramón muy enojado.

Los compañeros muy emocionados le aplaudieron. Don José Joaquín al presenciar su gran coraje, valentía y amor patrio, le estrechó fuertemente su mano.

Don José Joaquín comentó que la Unión Americana (Estados Unidos) tenía mucho interés en expandir su territorio y mencionó que se apoyaban en unas ideas o doctrinas que afirmaban ser escogidos por la Divina Providencia para que traer la civilización a estos pueblos salvajes, y que consideraban estas tierras centroamericanas muy apropiadas para extender su territorio. 

El descontento se generalizó entre los soldados. No podían creer que esos invasores los consideraran poblaciones incultas y salvajes; empezaron a vociferar en contra de los filibusteros y sus ideas esclavistas. 

Don José Joaquín se despidió, pero lo que les informó esa mañana a los soldados, les permitió dimensionar el grave riesgo que representaba la presencia filibustera en Centroamérica, además, comprendieron las amenazas citadas por el presidente Mora en sus proclamas.

Ahora todo el pelotón de soldados estaba seguro de que al ejército no le quedaba otro camino. Había que defender el territorio nacional y apoderarse de los vapores y los fuertes de la vía del tránsito, porque era demasiado lo que Costa Rica y Centroamérica perderían si no se ganaba esta guerra.

Los soldados se prepararon con mucha energía y coraje para luchar por el honor y la dignidad de la tierra que los vio nacer, donde dieron sus primeros pasos, aquí tenían sus hogares, su familia y todo lo que era más querido y estimado para ellos. Eso es lo que llaman “Patria”, había que defenderla a costa de coraje, amor y fuertes combates.

Inspirados en esos sentimientos, el ejército salió a principios de marzo, rumbo a Guanacaste. El 20 de marzo tuvieron su primera batalla en Santa Rosa y el 11 de abril en Rivas. Fueron testigos de la heroica hazaña del soldado Juan Santamaría en la quema del mesón.

Se enteraron del rotundo éxito del mayor Florentino Alfaro en el combate de Sardinal, el 10 de abril de 1856.

En estas tres primeras batallas el ejército costarricense obtuvo sonados triunfos que los llenó de optimismo y de esperanza, porque los soldados estaban seguros de que arriesgaban sus vidas por una causa justa. William Walker comprendió que no le resultaría fácil vencer al ejército costarricense ni establecer la esclavitud en Centroamérica.

Pero las desgracias nunca vienen solas y aparecieron soldados con los síntomas de una pandemia llamada cólera morbus y, en vez de festejar las victorias, el presidente Mora ordenó el regreso de las tropas a Costa Rica.

Monchito contó a su familia que se armó una desbandada de los soldados bajo el lema: “sálvese quien pueda”, tal era el terror y la desolación que causaba esta cruel enfermedad para la cual no había cura conocida. De manera desordenada y como pudieron regresaron a Cartago.

Ahí lucharon contra este flagelo de angustia, dolor, miedo, zozobra y desesperanza comunitaria. Enterraron a muchos de sus familiares amigos, vecinos y atendieron a quienes poco a poco, se lograron recuperar.

La pandemia detuvo el país por tres meses, de mayo a julio de 1856. Como Ramón era fuerte no tuvo problemas, pero Monchito sucumbió a la pandemia y casi, casi se despidió de este mundo.

Recuperados de todos los males, los cartaguitos se enrolaron de nuevo en las prácticas militares porque en diciembre de 1856 volverían a combatir ya que la guerra continúo.

Un domingo, después de los fuertes entrenamientos, Monchito y Ramón pasaron a comerse un “puntalito” en una fonda cercana al cuartel. Ahí los atendieron dos muchachas jóvenes y robustas: Justina, cocinera y Remedios, la mesera. Con ambas entablaron una linda amistad. Como no sabía leer ni escribir no pudieron dejarles la dirección, pero les recordaron que, en el Cuartel de Armas en San José, podrían darles noticias de ellos cuando la guerra terminara. Se abrazaron emocionados y se dijeron un “hasta pronto”. Salieron de la fonda y Monchito preguntó a Ramón:

- ¿Cuál te gustó más?.

-Ramón abochornado por la inesperada pregunta contestó: - Justina cocina muy rico y es de buen ver, por eso me gustó más.

-Mmmmm, me volvió loco la sonrisa dulce y amable de Remedios-, exclamó Monchito.

-No dudes que Remedios pondrá “remedio” a tu soltería, rezongó Moncho, con su acostumbrado humor campesino.

Ambos tomaron el camino hacia sus casas en medio de bromas y sonrisas. Eran escasos los momentos en los cuales podían compartir relajados, sin el peso de la guerra sobre sus espaldas.

En diciembre el ejército costarricense partió para continuar la defensa del país. Un grupo de destacados soldados partió con la misión de apoderarse de la vía del tránsito. A este grupo militar se le llamó “la División de vanguardia del ejército costarricense”. Ramón y Monchito, reconocidos por su valentía y su coraje, fueron incluidos en este glorioso contingente militar.

El presidente Mora giró instrucciones y estuvo al tanto de toda la acción bélica que se desarrolló en la toma de la vía del tránsito, pero no pudo acompañarlos en esta ocasión. Al mando iban los generales Máximo Blanco y José Joaquín Mora, responsables de ejecutar un plan estratégico, digno de eminentes estrategas militares.

Moncho y Ramón conocían muy bien el Reventazón, pero navegar por las abundantes aguas del río San Juan los impactó. Al ver tanta agua rodeada de vegetación tropical y escuchar el sonido de la selva húmeda los sorprendió. Ahí libraron un combate en el fuerte enemigo de la Trinidad y salieron victoriosos. Luego continuaron navegando por el San Juan, rumbo a San Juan del Norte.

Al observar los vapores desde lejos, Monchito comentó a Ramón:

-Pos hombre, que bonito es el guapor.

Ramón extasiado le contestó: - ¡Cuánta candelita! ¡Parece un monumento!

Ramón y Monchito se distinguieron por sus valerosas acciones militares en la toma de los fuertes y los vapores de la vía del tránsito, por eso los ascendieron a tenientes. Ellos cumplieron las órdenes que venían de sus superiores y nunca mostraron miedo en los enfrentamientos ante la falange filibustera. Con acciones de valor, precisión, oportunismo y coraje se alcanzó el objetivo. A pesar de que hubo muertos en ambos bandos, el ejército costarricense se apoderó de los fuertes y los vapores de la vía del tránsito. La victoria costarricense en el río San Juan determinó el fin de la aventura de William Walker en Centroamérica.

Debido a una cadena de desaciertos en el mando filibustero, a la deserción, a las derrotas sufridas en posteriores batallas libradas en suelo nicaragüense y a la existencia de numerosos soldados filibusteros heridos, William Walker y su gente se rindieron y abandonaron Nicaragua, el 1 de mayo de 1857.

Empecinado en alcanzar sus afanes esclavistas, Walker retornó a Centroamérica en varias ocasiones, pero no tuvo suerte y lo fusilaron en 1860, en Trujillo, Honduras.

Las aventuras expansionistas y esclavistas de los filibusteros en Centroamérica concluyeron con un sabor amargo y fueron un rotundo fracaso. Los que lograron sobrevivir retornaron humillados a su país más pobres y con pésimos recuerdos de su paso por estas tierras.

En cambio, el ingreso de las tropas victoriosas a San José fue festejado con música y guirnaldas de flores. El presidente Juan R. Mora, el alto mando, el Estado Mayor y los soldados recibieron el cariño y el agradecimiento del pueblo costarricense, en el desfile de recibimiento triunfal que se realizó por las principales calles josefinas.

Ramón y Monchito, tenientes del ejército, festejaron felices este histórico triunfo y fueron gratamente sorprendidos cuando dos chicas les lanzaron rosas rojas desde un balcón. Eran Justina y Remedios que muy sonrientes los saludaban y les hacían señas de que después se verían. A las restantes celebraciones, Ramón y Monchito fueron acompañados y disfrutaron la desbordante alegría de las actividades que se realizaron en honor a los victoriosos soldados.

En la historia de Hispanoamérica nunca un ejército proveniente de la poderosa nación del norte había sido vencido por un humilde ejército de soldados-campesinos como Ramón y Monchito, quienes cambiaron ¡La pala por el fusil y la carreta por el cañón!, para darle un destino de dignidad, libertad, soberanía y respeto solidario, a estas jóvenes naciones centroamericanas.

¡Monchito y Ramón ¡

El Irazú los recuerda

cada vez que hace erupción.

Campesinos, ligados a su tierra

Labriegos sencillos, de gran corazón,

dieron todo por Costa Rica,

¡Son el orgullo de esta gran nación!

¿Y saben qué? ¡Remedios puso fin a la soltería de Monchito y también

Justina a la de Ramón!

ACTIVIDADES DIDÁCTICAS

- Busca el significado del vocabulario desconocido.

- Verifica en Internet los antecedentes de la Campaña Nacional 1856-57 en Costa Rica y comprueba la certeza de los que se mencionan en el cuento.

- Elabora un esquema-resumen de estos y lo compartes con tu familia y con tus compañeros de aula.

- Busca las primeras tres proclamas del presidente Juan R. Mora Porras y compáralas con la letra del Himno Nacional de Costa Rica, escrita por José María Zeledón, en 1903.

- Encuentra similitudes en las palabras y en las ideas que presentan estos documentos. Coméntalas con tu grupo y con tu familia.

- Encuentra la relación entre el contenido de la siguiente estrofa del Himno Nacional con el título y el argumento de este cuento y lo comentas con tu familia o con tus compañeros de aula.

“¡Salve, oh tierra gentil! //

¡Salve, oh madre de amor! //

Cuando alguno pretenda tu gloria manchar //

verás a tu pueblo valiente y viril //

la tosca herramienta en arma trocar”.

- Elabora un listado de los valores patrios demostrados por Monchito y Ramón en la Campaña Nacional 1856-57. Coméntalos con tus compañeros y con tu familia.

- Busca en Internet la biografía de Juan R. Mora Porras, su hermano José Joaquín Mora Porras y su cuñado José María Cañas. Amplía tus conocimientos sobre el liderazgo que ejercieron en la Campaña Nacional.

- Comparte lo investigado con tu familia y con tu grupo.

- Para hacerles un homenaje póstumo a los campesinos-soldados de 1856, puedes ir a coger café, porque el país necesita tus esfuerzos y tu trabajo honrado. También podrías cultivar una huerta casera o investigar sobre los cultivos hidropónicos.

- Planta algunas especies e intercámbialas por otras que cultiven tus familiares, tus compañeros de clase o tus vecinos.

- Participa en un debate sobre el tema: La problemática del campesinado costarricense en la actualidad.

 

(* Escritora, miembro de la Academia Morista de Costa Rica)

Libro Cuentos y relatos sobre la Campaña Nacional de 1856.