Iglesia de Orosi y Museo de Arte Religioso, el conjunto edilicio fue el convento de los padres Franciscanos en la época colonial.

(Imagen: Iglesia de Orosi y Museo de Arte Religioso, el conjunto edilicio fue el convento de los padres Franciscanos en la época colonial, es una de las más antiguas de Costa Rica, data de 1743. Enlace: https://www.picuki.com/media/2173396438067582230).

Cartago, fundada por Juan Vázquez de Coronado en 1563, pronto contó con una gobernación que funcionó por siglos y permitió acumular cierta experiencia administrativa, bien aprovechada después de la independencia. La gobernación aunaba lo que hoy denominamos poderes ejecutivo y judicial y de vez en cuando también legislaba y se encargaba de aplicar las leyes provenientes de la Capitanía General de Guatemala.

La Iglesia como institución carecía de fincas y de lotes urbanos (salvo los que ocupaban los templos); tampoco poseyó capital de importancia. Algunos sacerdotes sí eran adinerados, algunos por herencia, otros por sus habilidades comerciales. Había curas “de misa y olla”, es decir, celebraban para comer. Más riqueza poseían las cofradías, hermandades laicales en sí ajenas al control clerical. Otra institución eran las capellanías, especie de becas financiados por un particular, respaldada en los fondos que producía una sección de una finca dada en alquiler, con la finalidad de financiar los estudios de un candidato al sacerdocio.

Los bienes eclesiásticos fueron muy limitados (en comparación con los existentes en Guatemala y Nicaragua) e innecesarios pues no se cargaba con el mantenimiento del obispo (quien residía en León, Nicaragua), ni seminario ni conventos de monjas. Lo prueba la magnificencia de los templos coloniales de Nicaragua, incluso en ciudades secundarias como Chinandega y Niquinohomo al compararla con la humildad de los únicos que tenemos bien conservados: Orosi y San Blas de Nicoya.

Las pocas letras que se enseñaron en Costa Rica durante la colonia las impartió la Iglesia. En ese tema sigue siendo fundamental el trabajo de Luis F. González Flores, “Historia de la instrucción pública en Costa Rica”. El presbítero Diego de Aguilar –nuestro primer maestro de escuela- enseñó en Cartago de 1594 a 1623. En algunas parroquias se enseñaban las primeras letras junto con el catecismo.

Hubo dos ramas de franciscanos: los observantes y los recoletos. Los primeros regentaban un convento en Cartago y otro en Esparza, por cierto tiempo. Los recoletos misionaban Talamanca y, aunque abnegados, fracasaron por su incapacidad para comprender a los indígenas, quienes los expulsaron y martirizaron en una sublevación de fecha cercana a la de Pablo Presbere, en 1709. Esta y otras sublevaciones garantizaron la permanencia de los pueblos indígenas de Talamanca.

La ausencia de bienes eclesiásticos resultó providencial, pues, durante los primeros años de república independiente, hizo inviable la formación de un partido conservador. Los clérigos conservadores –subordinados directamente al obispo de León- se unieron a los cartagineses y heredianos pensaron agregar Costa Rica al Imperio mexicano de Iturbide, pero fueron superados por los presbíteros liberales, entre los que sobresale Miguel de Bonilla y Laya-Bolívar –apodado Tiricia- cercano colaborador del bachiller Osejo y de Gregorio José Ramírez.

Los presbíteros liberales contribuyeron en la construcción del Estado participando en la redacción de las constituciones políticas y como miembros del congreso (Rodríguez Zamora. José M. “Aspectos ideológicos y estructurales de la relación entre la Iglesia católica de Costa Rica y el sistema político nacional”. UCR. Tesis en Ciencias Políticas, 1976. p. 106).

Florencio Castillo, delegado de Costa Rica en las Cortes de Cádiz (1808-1812, propuso la abolición de todo trabajo servil –incluso el que beneficiaba a los clérigos- el repartimiento de tierras a los indígenas y facilitar la formación sacerdotal a los idóneos, una novedad por entonces. Castillo puede considerarse un antecedente del sacerdote liberal durante la consolidación del Estado.

La independencia de Costa Rica y su afirmación soberana comprende tres sucesivos círculos en espiral:

a. de España en 1821;

b. de la República Federal de Centro América, disuelta en 1838. La separación de los otros estados centroamericanos se resuelve de manera definitiva con el fusilamiento de Francisco Morazán el 15 de setiembre de 1842. Durante el gobierno de José M. Castro Madriz, el 31 de agosto de 1848, se declaró a Costa Rica nación libre e independiente de cualquier otro Estado;

c. la victoria sobre el filibustero esclavista, en 1856-1857.

La pequeñez del territorio costarricense, junto con sus limitaciones de población y economía provocaron dudas acerca de la viabilidad del país como nación independiente, pero fueron disipadas por los buenos resultados de la exportación del café. En 1844 la exportación de café fue de 3.252.614 kilos, y en 1899 superó los 19 millones y medio de kilos (Monge, Carlos. Historia de Costa Rica, 1976, p. 224).

Se puede considerar como el primer acto soberano de Costa Rica la firma por la Junta de Legados de los Pueblos del Pacto Social Fundamental Interino, también conocido como Pacto de Concordia, el 1 diciembre 1821, considerada por algunos una constitución política. Tuvo la virtud de amalgamar la provincia de Costa Rica frente a las fuerzas localistas disociativas.

Quienes desearon formar un partido conservador, entendiendo por tal la tendencia de favorecer la anexión a México, el mantenimiento de las prerrogativas clericales, las divisiones socio-raciales y la continuidad de Cartago como capital, carecieron de base sociológica y cultural para sus pretensiones.

Desembarazado el país de la pugna entre liberales y conservadores, ocasión de tanta guerra civil desde México hasta Colombia, el siguiente paso fue descartar el anhelo de unirse al Imperio Mexicano, sostenido por Cartago en contra de la opinión de los josefinos y alajuelenses. Los cartagineses fueron vencidos en la batalla de Ochomogo el 5 de abril 1823.

El segundo paso era superar el localismo, es decir, la pretensión de imponer los intereses de una ciudad sobre el resto de la población. El desenlace de la guerra de la Liga (1835) designó a San José como capital, dio un golpe definitivo a las pretensiones localistas y a la Ley de la Ambulancia, de 1834, con su absurdo de que la sede de la capital rotara cada cuatro años por las principales ciudades del Valle Central.

En 1824 se da la anexión del partido de Nicoya, motivada por las facilidades comerciales y el deseo de liberarse de los conflictos civiles que azolaban Nicaragua. En la frontera sur, Costa Rica perdió Bocas del Toro y otros territorios a manos de la Nueva Granada (hoy Colombia) en 1837.

Juan Mora Fernández, primer jefe de Estado y promotor del cultivo del café, pero antes comerciante y maestro de escuela, señaló con su vida personal y obra de gobernante los senderos que habría de recorrer la naciente república. Se le confió la administración del país de 1824 a 1833.

La figura de Braulio Carrillo, dos veces jefe de Estado (1835-1837; 1838-1842) se erige señera dentro del proceso de consolidación de la patria. Decidido a destruir todas aquellas fuerzas que tendían al caos, reafirma la condición de capital para la ciudad de San José, crea un fuerte poder central al que todos deben obedecer, y a la vez dota de un cuerpo de leyes a la nación. Del mismo modo, se empeña en abrir nuevos caminos y en fortalecer al máximo la tendencia nuestra economía hacia el monopolio cafetalero (Meléndez, Carlos. Historia de Costa Rica, 1981, p. 111-112).

El grupo predominante lo integraron los descendientes de los agricultores-exportadores, sin que hubiera un rival capaz de adversarlos, lo que facilitó que pudieran aprovechar la desaparición de las restricciones comerciales con que el Imperio español había cargado a sus colonias, tan graves que consintieron el contrabando con los piratas ingleses –y de otras nacionalidades- en Matina. No es un juego de palabras: en Costa Rica no hubo partido conservador porque no había nada que conservar.

La introducción del café, su cultivo y exportación –la primera en 1832- hacia Inglaterra con escala en Chile, y luego también hacia Alemania, conectó el país con el mercado mundial. Su cultivo se asentó en la distribución de la tierra y en la colaboración entre clases sociales heredada de la colonia. Aunque los nuevos caficultores desalojaron de sus tierras a los indígenas de los pueblos de indios, no se produjeron violentos levantamientos de protesta.

El conjunto de pequeños y medianos productores contribuía con casi dos tercios de la cosecha cafetalera. Algunos grandes propietarios lograron transformase en importantes productores y exportadores de café, gracias a la puesta en marcha de beneficios. En 1890 habría unos 256 beneficiadores. Ahora bien, ciertos empresarios británicos y alemanes, sin olvidar algún francés, utilizando mecanismos de crédito y gracias a buenos contactos en su país de origen, ingresaron al círculo de los principales productores-exportadores.

Asimismo, colaboraba con la paz social la existencia de una frontera agrícola abierta donde se establecía la población que migraba desde el Valle Central. Dicha frontera se agotó hacia finales del decenio de 1960. Esa expansión fue perjudicada por el acaparamiento de tierras para gratificar a personas opulentas, oficiado por abogados, bien relacionados con los tribunales y pocos escrupulosos en eso de despojar a los campesinos de su esfuerzo. Es el tema de novelas como “Juan Varela” de Adolfo Herrera García.

Desarrollo cultural. La primera imprenta la importó el empresario guatemalteco Miguel Carranza, con apoyo del Estado. El bachiller Osejo, nacido en León, Nicaragua, escribió y publicó el primer libro, un manual de aritmética para uso de los estudiantes de la Casa de Enseñanza de Santo Tomás. El primer periódico se llamó “El Noticioso Universal”. 

Si bien la cultura de un pueblo sobrepasa sus manifestaciones letradas, pues abarca expresiones tan diversas y profundas como el lenguaje, la música bailable y la cocina, aquí se mencionará solo lo relativo a la literatura y la música propias. Manuel González Zeledón (Magón) y Aquileo Echeverría son los primeros en alcanzar altos niveles de calidad literaria. Ambos se reían hasta de su propia sombra, pero Magón ridiculiza al campesino, por ejemplo, en “El clis de sol”, mientras que Aquileo, en sus “Concherías”, sin dejar el humor, lo entiende y lo ama.

En el conocimiento histórico, León Fernández nos legó la “Colección de documentos para la historia de Costa Rica”, base para tantos estudios posteriores. El obispo Bernardo A. Thiel fue el primero en trabajar historia demográfica. Ambos mantuvieron una sólida amistad, a pesar de que don León era un liberal militante. En años posteriores, Ricardo Fernández –hijo de don León- combina el rigor del historiador con la elegancia literaria. “El duelo de la Patria”, de Rafael Chaves, célebre marcha fúnebre, se estrenó en el funeral de Tomás Guardia.

(Esta Síntesis Histórica que está publicando Informa-Tico a razón de dos entregas semanales, los días martes y jueves, se recomienda coleccionarlas).