El mismo ejército introdujo la peste al país y cerca de 10.000 personas fallecieron, casi el 10% de la población de entonces (algo más de 100.000 habitantes). Esto equivaldría a unas 500.000 personas en la Costa Rica actual.

En aquel momento, la ciencia no tenía la más mínima idea de qué provocaba la enfermedad, cómo prevenirla o cómo curarla.

La devastación fue espantosa. Pero Costa Rica no se dejó vencer. Siguió adelante, superó la peste, se puso de pie y unos meses más tarde volvía a Nicaragua para esta vez dar el golpe definitivo a los invasores esclavistas, en alianza con las fuerzas patrióticas de toda Centroamérica. Se repuso moral y económicamente para continuar la construcción de la patria en la que hoy convivimos.

Hoy, Costa Rica como el resto del mundo sufre los estragos de una pandemia que pasará a la historia como la más letal en lo que va del siglo XXI. La pandemia del coronavirus ha dejado un rastro de dolor, muerte y contracción económica que las generaciones actuales no habíamos presenciado nunca. Pero, a diferencia de nuestros antepasados, nosotros tenemos identificado al enemigo, sabemos cómo se transmite el mal y cómo podemos derrotarlo. Solo tenemos que quedarnos en casa.

Para quienes andan en busca de una lectura corta en estos días de confinamiento, he aquí una humilde contribución de mi parte: fragmentos de mi novela “La Guerra Prometida” que relata la gesta de la “Campaña Nacional” de 1856-57. En dichos fragmentos se describe cómo se vivió aquella peste del cólera en Costa Rica.

“Rivas, Nicaragua

El doctor Karl[A1]  Hoffmann tenía una expresión muy grave. Estaba ojeroso y su frente brillaba de sudor, pero no eran los efectos de las largas jornadas y los escasos sueños lo que eclipsaba su rostro en aquel momento. Es algo más, se dijo el Presidente mientras hacía una apresurada ronda por el hospital, dando voces de aliento a los heridos. Luego, Hoffmann lo llevó aparte, donde nadie más pudiera escuchar lo que tenía que decir.

−Tengo una mala noticia –anunció el cirujano mayor del ejército−. Tenemos el cólera asiático entre nosotros. Ayer era un solo caso y los síntomas no estaban totalmente claros. Hoy son tres y ya no tengo duda.

−¡Dios santo! –exclamó el Presidente−, espero que no se siga propagando.

−Los he puesto en una habitación aparte, con la esperanza de que no contagien a otras personas, pero tengo que ser sincero con usted, no es fácil detener esa maldita peste.

−Haga lo que esté a su alcance, doctor. Por ahora, mantengamos la situación en reserva. No quisiera que se desate el pánico.

Durante varios días, la situación fue manejada tan discretamente como fue posible. Los médicos mantuvieron rigurosas medidas para aislar el brote, pero el número de enfermos crecía de manera angustiosa. Las aguas con espíritu de azahar y yerbabuena que se les hacía ingerir eran inútiles, lo mismo que los caldos con almidón de yuca y las oraciones en cadena que dirigía el padre Calvo, quien nunca perdió la esperanza de un acontecimiento milagroso. Al tercer día había ya veinte contagiados y había muerto el primero. Al quinto día, la cifra se elevaba a más de cien y no había ya forma de explicar la cantidad de cuerpos que se amontonaban en el cementerio, esperando a que los abrumados sepultureros terminaran de cavar las fosas. Pronto se hizo imposible atender a los enfermos en el hospital. Los médicos iban de cuartel en cuartel repartiendo lenitivos y la ciudad se fue llenando de lamentos y olores nauseabundos. Aun así, los trabajos de fortificación continuaban y las bodegas engordaban con los víveres y las municiones que seguían llegando de San José. En apariencia, el ejército se preparaba para una larga estancia en la recién conquistada ciudad, pero el pánico iba expandiéndose en la tropa. El temido momento de enfrentar la gravedad de la crisis y tomar una decisión categórica, fuera lo que fuera, llegó mucho antes de lo que el estado mayor se había imaginado. Apesadumbrado, Mora convocó a sus allegados a una junta de emergencia.

−La realidad es ésta –detalló Hoffmann−: el número de casos se multiplica por tres todos los días. De continuar a ese ritmo, en pocas semanas habrá enfermado toda la tropa y el ochenta por ciento habrá muerto.

−¡Eso no es posible! –exclamó el general Mora−. Seguramente usted exagera la situación.

−Ni un ápice –respondió el médico−. Si mañana apareciera una cura mágica para la enfermedad, seguramente que mis cálculos serían completamente derrotados, pero sinceramente no creo que eso ocurra.

−Debe haber algo que se pueda hacer –dijo el general Cañas−. Para eso contamos con un cuerpo de prominentes médicos.

Hoffman sonrió con más tristeza que ironía.

−Desgraciadamente, sus generosos conceptos no nos hacen más capaces frente a esta terrible enfermedad, general Cañas. El cólera es el nuevo flagelo de la humanidad, no sabemos qué lo provoca ni cómo curarlo. Lo único que entendemos es que hay ambientes malsanos que facilitan su propagación.

−¿Y qué nos sugiere usted? –dijo el Presidente.

Hoffmann se pasó la mano por su amplia frente que sintió afiebrada y dolorida. Lo que tenía que decir no era fácil, pero era –asentó con firmeza− lo más recomendable desde un punto de vista estrictamente científico.

−Cuanto más rápido salgan nuestras tropas de Nicaragua, más rápidamente se extinguirá la peste. Todo este país irradia un hálito de muerte.

−Eso no puede ser –dijo José Joaquín Mora−. No podemos echar por la borda todo este gigantesco sacrificio.

−Por la borda va, pero por culpa de la peste, mi querido general –replicó Hoffmann−. En todo caso, la decisión es suya. Yo estaré aquí o donde ustedes lo ordenen, mientras el cuerpo me lo permita.

Al día siguiente, el Presidente Mora reunió a los combatientes en la plaza de Rivas y anunció el retiro con un discurso que, pese a su emotividad y optimismo, no logró remover la inmensa nube de frustración que flotaba sobre la tropa. “No hay deshonor en cejar ante la inclemencia de un clima insalubre”, aseguró. “Podemos retirarnos hacia nuestro territorio con serenidad y erguida la cabeza, dejando escarmentado y a distancia a un enemigo exhausto, sin prestigio, sin recursos, mejor preparado para la fuga que para la resistencia”, proclamó. Y sus palabras se apagaron en medio de un silencio sobrecogedor, sin un aplauso ni un viva de nadie.

Al día siguiente, el 26 de abril, la retirada empezó con los más de doscientos heridos que fueron trasladados a lomo de caballo o en carretas hacia San Juan del Sur, donde serían embarcados hacia Puntarenas. El Presidente y su hermano, el general Mora, salieron simultáneamente rumbo a Liberia, acompañados por otros oficiales y un pequeño pelotón de soldados. El resto del ejército, encabezado por el general José María Cañas, inició unos días después lo que sería una larga y dantesca marcha de regreso.  

 

Liberia, Costa Rica

  Nicasio observó cuando el teniente coronel Juan Alfaro Ruiz se tambaleó sobre su caballo y estuvo a punto de caer. Dos soldados le ayudaron a bajar y casi cargándolo lo llevaron hasta una cabaña que hallaron vacía, cerca del camino. La marcha se detuvo. El coronel Lorenzo Salazar estuvo con él durante casi dos horas y al volver a salir hizo un gesto de derrota. No hicieron falta las palabras. Alfaro no solo había sido un soldado valiente, sino también un comandante inteligente y generoso. Que él se hallara entre las víctimas, hablaba con elocuencia del carácter caprichoso del asesino, que no respetaba edades, ni rangos militares ni condición social. Pero también ponía en entredicho que la epidemia la causara el aire malsano de las tierras nicaragüenses, pues las tropas ya habían traspasado la frontera y avanzaban rápidamente hacia Liberia. Lejos de disminuir la malignidad de la peste, parecía incrementarse. En el lapso en que Alfaro agonizaba, otros dos soldados habían fenecido a la sombra de un árbol de Guanacaste, sacudidos por tétricos espasmos. Mientras ayudaba a cavar un nuevo agujero (¡se habían hecho tantos a lo largo del camino!), Nicasio cobró conciencia de que la muerte no se había quedado atrás, como les había prometido don Juanito que ocurriría, sino que seguía entre la tropa, como invisible y siniestra compañera de viaje. Aunque no sentía molestia alguna, por primera vez sintió miedo de morir, un miedo que ni siquiera experimentó en el fragor de las batallas cuando las balas impactaban a un palmo de sus narices. Miedo, quizá, a una muerte inútil a manos de un asesino astuto y solapado. Hizo una pausa para descansar.

  −Esto va de mal en peor− dijo, apoyando el peso del cuerpo sobre  la pala y secándose el sudor con un pañuelo sucio y acartonado.

  −Vamos a morir todos, toditos vamos a morir –replicó Abelardo con la voz descompuesta, a punto de quebrarse.

Dijo aquello sin apartar la vista de la tierra que removía, dando unas paladas brutales. Nicasio tuvo la impresión de que a Abelardo Murillo también [A2] lo devoraba el miedo. Era un hombretón de metro ochenta y tanto de estatura, de músculos recios y ojos penetrantes que había sembrado el terror en las filas de los filibusteros con su bayoneta. Llevaba en la cacha de su Minie un registro fiel de los muertos que causó al enemigo y de los que había herido irreversiblemente. Una docena de muescas hechas a cuchilla.

−Tenemos que irnos –agregó Abelardo.

−¿Cómo?

−Que tenemos que irnos, alejarnos de esta mortandad. Tal vez así podamos salvarnos.

−Desertar –calificó Nicasio la propuesta–, eso sería desertar.

−¿Desertar de qué? ¿No viste cómo los jefes salieron de primeros? Solo dejaron a Cañas y a Salazar. Y los otros oficiales se están muriendo todos, como Alfaro.

−No estoy de acuerdo –replicó Nicasio−. No me parece que huir sea correcto, aunque fuera cierto lo que decís.

−Está bien, está bien –concedió el otro−. Solo era una idea, no hagamos un polvorín.

Los cadáveres fueron sepultados y la columna continuó su marcha. En algún momento, Nicasio perdió de vista a su compañero y nunca más supo de él. Años más tarde, alguien le aseguró que había caído enfermo en el camino y que murió cerca de Bagaces, muy lejos de su añorada casa en San José.

Aquello solo fue el principio de lo que vendría. El número de soldados enfermos se multiplicaba sin control,  lo que hacía que la marcha fuera lenta y tortuosa. Ya no había cómo procurar a los soldados la comodidad de un camastro para bien morir. Los médicos se cruzaban de brazos, incapaces no ya de curar sino de procurar alivio, impotentes e incrédulos ante la fuerza devastadora de la plaga.  Los capellanes, que hacían agotadoras jornadas, ya no alcanzaban para impartir los santos óleos.  Ni la energía de los sanos daba abasto para encontrar e inhumar las víctimas, de manera que muchos cuerpos quedaron abandonados en cualquier rincón, ahí donde cayeron para no volver a levantarse.

El temor se transformó en pánico incontrolable cuando dos de los curas, Bruno Córdoba y Manuel Basco, sucumbieron a la enfermedad. Ni los hombres de Dios estaban a salvo de aquel demonio apocalíptico. La marcha se hizo entonces desesperada. En la punta de la columna, los hombres empezaron a correr, seguros de que la muerte les seguía de cerca blandiendo su guadaña. Muchas armas y cargamentos iban siendo arrojados sobre la calzada. Había que alejarse a cualquier costo. El coronel Lorenzo Salazar, que comandaba la vanguardia, hizo intentos por evitar la estampida pero fueron inútiles, no quedaba un atisbo de disciplina militar.

El presidente Mora no alcanzaba a concebir la magnitud de la tragedia, ni siquiera cuando llegaron a avisarle que Adolfo Marie había enfermado y que había sido llevado en carreta hasta Liberia. Lo encontró postrado en la casona que hacía de hospital, aún consciente pero asolado por unos tormentos indecibles. Su mirada verde lo recibió con el afecto acostumbrado, pero extinguiéndose en el fondo de unas cavidades acuosas. Le tendió una mano en extremo delgada. El presidente la retuvo un instante entre las suyas pero había en ella un frío aterrador. Marie sonrió y un hilillo de voz escapó de entre sus labios pálidos.

−No se preocupe, don Juanito. Como usted siempre dice, yerba mala nunca muere.

−Eso lo dicen mis enemigos –ironizó Mora−. Yo sólo digo que lo dicen.

Marie intentó hacer un comentario pero ya no le salió la voz y solo expresó su acuerdo con un leve movimiento de cabeza. El presidente lo acompañó unos minutos y luego se despidió con una frase de aliento, sin saber si lo escuchaba. Marie tenía la mirada perdida y se quejaba muy débilmente.

Esa misma noche llegó a Liberia lo que quedaba de la tropa y el espectáculo fue demoledor. Los enfermos más graves venían amontonados en las mismas carretas que transportaban armamentos y vituallas, los menos caminaban apoyados en bastones o en los hombros de sus camaradas. Los sanos arrastraban un cúmulo de hambres y cansancios de varios días y apenas si lograban sostener el peso del rifle o del morral con sus efectos personales. Entrando a la ciudad, los soldados se dejaban caer junto a cualquier puerta o ventana por la que alguna mano generosa les pudiera alargar un guacal con agua o una hoja de plátano con algo de comida. Venían sucios y andrajosos y el espanto de aquella travesía se reflejaba en sus ojos extraviados. De los dos mil quinientos soldados que partieron de San José marchando y cantando con fervor patriótico, aquel cinco de marzo, solo quedaban cerca de cuatrocientos. Fue la estimación que hizo el coronel Lorenzo Salazar sin tomarse la molestia –porque lo creía inútil y por demás ocioso− de hacer un recuento preciso de una tropa que se venía desgranando cada minuto, irremediablemente. Muchos habían muerto atravesados por las balas de los filibusteros en Rivas, pero los más habían sido asesinados por el cólera y el resto había desertado buscando un lugar donde pudiera esconderse de la peste.

−¿Y Cañas? –preguntó don Juanito.

−El general venía en la retaguardia. Me pidió que avanzara yo con quienes pudieran caminar hasta acá y me dijo que él se quedaría a atender a los enfermos y a recoger las armas que han quedado esparcidas desde la frontera− explicó Salazar.

−¿Qué ha pasado, coronel? –preguntó el presidente−  ¿Cómo hemos llegado a esto?

Estaba aturdido, con un desbarajuste emocional de tales proporciones que no sabía si ponerse a llorar o salir a la calle a consolar a sus muchachos o, simplemente, echarse a correr como los otros para huir de su propia confusión. Entre todos los escenarios de desastre que previó antes de partir a la guerra, ninguno tuvo este aspecto de naufragio. Nunca pensó que el destino fraguara una ironía tan malévola, que deparara a su pueblo una victoria tan dulce y luego le castigara con un flagelo tan atroz. ¿Qué diría a los miles de mujeres que esperaban ver llegar triunfantes a sus hijos y esposos? ¿Cómo enfrentaría a quienes se opusieron a la guerra, a los que advirtieron que el país no estaba en capacidad de cruzar la frontera y pedían limitarse a resguardar la soberanía del propio territorio? ¿Cómo haría para convencer a todos de que no era el ardor patriótico, ni las capacidades militares de los hombres, ni siquiera los recursos los que habían fallado?

Salazar se encogió de hombros. El tampoco atinaba a explicarse por qué la Providencia había derramado tanta tribulación sobre un pueblo que no hacía otra cosa que defender su derecho a existir. ¿En qué consistía el pecado para tal castigo? Todo era absurdo. Ni siquiera sabía si estaría vivo mañana para seguir presenciando el hundimiento, pero en ese instante sentía más pena por don Juanito Mora que por cualquier otra persona, incluyéndose a sí mismo.

−Nadie podría culparlo a usted de lo que ha sido un capricho del destino, una situación completamente imprevisible –dijo Salazar.

A la mañana siguiente, después de una noche de insomnio y angustias indecibles, el presidente recibió la noticia de que Marie había fallecido. Su cuerpo sería inhumado en cuanto él llegara al cementerio, le informaban, si era su deseo asistir a una breve y sencilla ceremonia. Mientras se vestía, lo invadió una tristeza tan profunda que estuvo a punto de volver a la cama y declararse en rebelión contra la vida. No ignoraba que Marie estaba a punto de sucumbir, lo supo desde que vio sus ojos apagándose y su mano le comunicó a las suyas aquel frío de catacumba. Pero enfrentarse al hecho consumado fue mucho más penoso que preverlo. Vistió lo mejor que había en su equipaje: camisa blanca y un traje negro de chaqueta y corbatín, pese al ambiente de vapor que empezaba a respirarse. Con esa vestimenta habría de pasar aquel día de lutos y decisiones infaustas. El tremendo francés, que hacía bramar a los curas y a la beatería josefina, había llegado al país hacía unos ocho años, procedente de Quito. Era librepensador y fanático de la independencia latinoamericana, no en vano había servido al gobierno de Juan José Flores, el general ecuatoriano que peleó al lado de Simón Bolívar. Poseía una pluma privilegiada y una cultura tan vasta que pronto cautivó al presidente Mora, a quien también sirvió con lealtad inalterable. Desde hacía tres años ocupaba el puesto de viceministro de Relaciones Exteriores. Mora hizo notar todas las virtudes de Marie en un discurso mínimo pero emotivo y luego volvió a la comandancia general con la esperanza de que Cañas hubiera regresado. Tenía miedo de perderlo, de que en su lugar llegara otra mala noticia.

El general José María Cañas se arrodajó sobre un nido de piedras, al lado del camino. Estaba exhausto. En los últimos cuatro días había sepultado a más de doscientos hombres, en muchos casos ayudando con sus propias manos a cavar las improvisadas fosas o a cargar los cuerpos. Repartió auxilio espiritual a los moribundos cuando ya los curas habían muerto también, al tiempo que levantaba el censo de los fallecidos y organizaba la recuperación de las armas y las vituallas. Casi no había dormido y apenas si probó bocado en aquellos cuatro días de infame travesía.

−¿Cuánto falta para llegar?

−Dos o tres leguas, mi general –replicó el capitán Matías Sáenz, sentándose a su lado. Había estado al lado de su comandante palmo a palmo y también se sentía extenuado.

−Es tan terrible todo lo que está pasando, que no estoy seguro de querer llegar a Liberia. Tengo miedo hasta de tener que hacer un reporte al presidente –confesó Cañas.

−El reporte es sencillo, mi general. El ejército ya no existe y la razón también es sencilla: ha sido aplastado por el enemigo.

−No por los filibusteros –razonó Cañas−, sino por el cólera.

−A veces me pregunto si el cólera no era el arma secreta de Walker. De seguro que él lo llevó a Rivas.

−No lo había pensado de ese modo, pero usted tiene razón, lo que no logró hacer con las balas finalmente lo hizo con la peste.

−Lo que no entiendo es cómo logra Walker mantener su ejército unido, si obviamente ha tenido el mismo problema que nosotros y por mucho más tiempo –se preguntó Sáenz.

Cañas se detuvo a pensar en ello y llegó a una conclusión que le erizó la piel.

−La diferencia está en que el ejército de Walker lo integran aventureros, están muy lejos de su país y de su casa, si enferman o quieren desertar, no tienen adónde ir. Y constantemente le llegan refuerzos para reponer a los que mueren. Supongo que al reclutarlos, allá en Estados Unidos, nadie les informa de la epidemia.

−Tiene usted razón, general, qué les van a informar, seguro les ofrecen el cielo y la tierra.

−Y eso es lo que me aterra, capitán Sáenz. Si Walker se enterara de lo que está ocurriendo a nuestro ejército, no dudaría en volver a invadirnos. Sigue teniendo la capacidad de hacerlo. ¿Y qué haríamos ante tal circunstancia? Actualmente, no podríamos movilizar ni quinientos de estos hombres. Organizar una nueva expedición desde San José sería casi imposible.

Cañas se puso de pie y el capitán Sáenz lo imitó.

−Quiero llegar cuanto antes a Liberia –dijo−. Hágase usted cargo de lo que falte y, por favor, trate de guardar  la disciplina y sígame tan pronto como pueda. Este grupo debe de ser de lo poco que aún se mantiene unido.

 

El presidente Mora no podía ni se molestaba en esconder el sentimiento de alivio que le procuraba la presencia de Cañas. Más que un cuñado era su hermano, más cercano a él que el propio José Joaquín, a quien había confiado la dirección del ejército. En tanto que soldado, Cañas se había mostrado como el más valiente y carismático de los oficiales. Como ser humano, era la persona más sincera y bondadosa que conocía. Desde mucho tiempo atrás era su amigo y confidente. Al verlo entrar fue a su encuentro y se trenzó con él en un abrazo largo, con un deseo intensamente reprimido de echarse a llorar sobre su hombro. No hubo palabras en ese instante. Luego, Cañas le hizo una relación completa de lo que había sido el tortuoso viaje de regreso, de la mortandad incontenible, los motines, las deserciones, el miedo desatado entre las tropas. El presidente mandó a llamar a los miembros del Estado Mayor y en una habitación cerrada, a la luz de unas velas lánguidas, se tomaron las últimas decisiones de aquella campaña militar.

−Por mucho que se hubiera desatado el pánico, lo que ha pasado no tiene justificación –dijo el general José Joaquín Mora−. El punto es que hubo una revuelta. Tenemos los nombres de varios cabecillas y me propongo perseguirlos y traerlos de vuelta para hacerles pagar por sus crímenes.

−Es exactamente lo que me parece apropiado –dijo el coronel Barillier−. Un ejército sin disciplina no es ejército.

−¿Cuál ejército? –preguntó Salazar−. ¿Han podido echar un vistazo a lo que hay ahí afuera? ¿Es eso un ejército?

−Eso es al menos lo que debería ser –dijo el general Mora.

−Pero no lo es –afirmó Cañas categórico−. Son unos soldados valientes que estuvieron dispuestos a dar la vida por la patria, peleando frente a un enemigo tangible. Pero antes que eso, y en esencia, son campesinos. Y están siendo diezmados por un enemigo invisible, una plaga del infierno contra la que nada pueden hacer sus bayonetas. ¿Qué se puede esperar de ellos?

−¿Entonces, qué propone usted? –lo interpeló Barillier en tono casi amenazante.

Cañas meditó unos segundos antes de responder, como tratando de articular sus ideas. Sabía que su propuesta tendría un efecto demoledor en el ánimo de muchos de los oficiales y no sabía hasta donde tendría el respaldo del presidente.

−Hay soldados que han sobrevivido al cólera −explicó−, lo que quiere decir que su organismo es fuerte y seguramente ya no serán atacados de nuevo por la enfermedad. Hay otros que no han enfermado y también hay soldados que son nativos de la zona y estarán dispuestos a permanecer aquí. Integremos con todos ellos un batallón especial encargado de repeler un eventual ataque. Eso nos dará tranquilidad por un tiempo, mientras intentamos recomponer nuestras fuerzas en San José.

−¿Y el resto? –preguntó Joaquín.

−Con el resto propongo que hagamos oficialmente lo que está ocurriendo de hecho, que les demos de baja y les recomendemos regresar a sus casas en pequeños grupos separados. Quizá eso ayude a detener el contagio.

Las palabras de Cañas provocaron un polvorín. Acoger aquella iniciativa equivalía a aceptar una verdad a la que todos, en diferente grado, se resistían: el ejército nacional había dejado de existir. Las victorias militares obtenidas frente a los filibusteros podían llegar a revertirse. El país estaba más indefenso que nunca. Pero, además, una vez en la capital, habría que dar cuentas. Ciertamente, nadie podía ser culpado de la nocividad de la peste, pero otros hechos sí podían atribuirse a la incompetencia de los jefes militares, como el no haber podido mantener la disciplina y la unidad de la tropa, al extremo de haber tenido que disolverla. El país entero estaría señalándoles con dedo acusador. Juan Rafael Mora había escuchado en silencio y en lo más íntimo de su conciencia compartía la visión de Cañas, pero también comprendía la angustiosa resistencia de los demás, que era también suya.

−Esta es una decisión sumamente difícil –argumentó−, pero no podemos cruzarnos de brazos y dejar que el ejército se siga desintegrando ante nuestros ojos. Castigar a algunos soldados [A3] para escarmiento de los demás, podría ayudar a contener un poco la desbandada, aunque no del todo. Más temprano que tarde seguirían las deserciones. Pero también me preocupa el contagio. Es obvio que la aglomeración está contribuyendo a que la epidemia se propague. Así que yo no veo otra salida mejor que lo propuesto por el general Cañas. Mi decisión es disolver el ejército hoy mismo y ordenar a los hombres que regresen a sus respectivos pueblos por separado o en grupos muy pequeños. Todavía tenemos algunos pesos en caja, lo suficiente para dar a cada uno una pequeña suma con que garantizarle un viaje con seguridad mínima. No quiero que nadie más se comprometa con esta decisión. Asumo la responsabilidad por entero, ante el país y ante la Historia.

 

  Entraron a la ciudad hacia las diez de la mañana pero el ambiente que percibieron era desconcertante. Las calles estaban semidesiertas. Las pocas personas con que toparon los eludían y hubo quienes corrieron en cualquier dirección para evitar hablarles.

  −¿Qué pasa? –preguntó Eva.

  −No lo sé –admitió Nicasio−, pero nos huyen como al demonio.

  −Algo está pasando –dijo ella−, algo muy serio. Nunca he visto a San José tan triste.

  Las respuestas empezaron a aparecer muy pronto. Bajo el alero de una casa, un hombre gemía de una manera horrible. Intermitentemente, se sostenía el vientre y la cabeza con las manos y sus ojos giraban errantes en todas direcciones sin detenerse en nada. La casa estaba cerrada herméticamente, incluso las ventanas, que los dueños habían clausurado con tablones y clavos. Nicasio reconoció de inmediato los signos de la peste. Detuvo la carreta y se acercó calculando que el hombre pudiera oírlo.

  −Oiga, amigo, ¿qué le pasa? –preguntó.

  No contestó, ni siquiera pareció escuchar.

  −¿Le puedo ayudar?

  No hubo respuesta. Los ojos del hombre siguieron girando dentro de sus órbitas, ya casi sin color, durante un par de minutos. El cuerpo le temblaba sin control. De repente emitió un ruido grave, como un gran eructo; su tronco saltó hacia delante como impulsado por un resorte y sus  párpados cayeron pesadamente, cubriendo su aterradora mirada de ciego. De seguido, su cuerpo se relajó y se desvaneció sobre la acera.

  −¿Qué le pasa? –preguntó Eva.

  −Creo que está muerto –respondió Nicasio.

  Las escenas de muerte siguieron repitiéndose conforme se acercaban al centro. Los cuerpos de hombres, niños, mujeres, ancianos, yacían por todas partes. De muchas casas salían llantos y plegarias y muy pocas puertas permanecían abiertas. En la sala de una de éstas pudieron observar un pequeño grupo de mujeres vestidas de negro que velaban un ataúd. Todo era lúgubre, San José era una ciudad irreconocible. Eva empezó a llorar y Nicasio no encontró palabras ni ánimo de espíritu para consolarla. En su travesía desde Liberia había tenido ocasión de constatar la aterradora desolación que el cólera va dejando a su paso y bien sabía que sobraban motivos para llorar.

  Siguieron caminando por inercia, por no saber qué hacer ni adonde dirigirse, quizá solo para constatar que la desolación era total y abarcadora. Estando a unas dos cuadras de la catedral, Nicasio oyó que lo llamaban por su nombre. Volteó y pudo reconocer al capitán Fernández, a quien había conocido en Rivas, acompañado por un par de soldados. Pareció alegre de encontrárselo.

  −Hombre, Nicasio, estás vivo –dijo en tono de celebración−. ¿No te dio la cochinada esa, o qué?

  −Me dio, casi me muero –respondió Nicasio−, pero dicen que yerba mala…

  −Ah, es cierto, yo también sobreviví por eso. Todo esto es espantoso ¿no? –dijo el capitán señalando en redondo con su mano abierta.

  −Sí, por lo que he visto en este ratito ­–dijo Nicasio−. Volví hace cuatro días y me fui directo para el rancho, allá en Mata Redonda. Por eso, no me había dado cuenta de lo que pasaba. Allá tengo muy pocos vecinos y todos estaban bien, como que no ha llegado la peste.

  −Nunca creí que llegara hasta San José, seguro que nosotros la trajimos.

  −Seguro que sí –replicó Nicasio.

  −Veo que andás una carreta –señaló Fernández− ¿Es tuya?

  −Pues… sí, la acabo de comprar. Voy a empezar un negocio…

  −Está bonita –dijo el capitán quitándose la gorra y rascándose una incipiente calva−. Pero creo que ese negocio va a tener que esperar un poco. Primero, porque no hay trabajo que hacer, aquí todo lo que es comercio está muerto. Segundo, porque necesitamos tus servicios para otra cosa.

  −¿Qué cosa? –reaccionó Nicasio desconcertado.

  −Levantar los cadáveres y llevarlos al cementerio –dijo Fernández−. Son tantos que no alcanzan las carretas ni los brazos, ni nada. Ya habrás visto los cuerpos en la calle. Casi en cada casa de la ciudad hay un muerto o varios todos los días. Muchos que tienen carretas se niegan a ayudar porque tienen miedo a infectarse. Y hasta cierto punto tienen razón.

  −Y yo, ¿por qué tengo que hacerlo? Si me vuelvo a enfermar, ya no me salvo.

  −No, hombre. Al que le dio una vez ya no le da más.  Mirame a mí, ando en esas y estoy bien.

  −No sé –titubeó Nicasio−. Mi esposa está esperando un güila, lo único que quiero es llevármela a la casa…

  −Mirá –argumentó el capitán−: nosotros trajimos para acá esta maldita enfermedad. Y cuando digo nosotros hablo del ejército, de los que fuimos a pelear a Nicaragua. Lo menos que podemos hacer ahora es ayudar un poco. Cuantos más cadáveres haya sin sepultar habrá más gente contagiada. Si no hacemos algo, la peste va a terminar con todos. Hacelo por ellos, por tu esposa y por el hijo que está por venir.

  Nicasio sintió una opresión en el alma. Después de todo lo que había pasado, cuando ya se creía vencedor de la muerte y dueño de su destino, un nuevo obstáculo se erigía ante él. ¿Cómo podía negarse a prestar una colaboración tan imperiosa? ¿Cómo argumentar una negativa si de cualquier manera, ante la situación del país, no tendría otra opción que cruzarse de brazos y esperar tiempos mejores? Y, por otra parte, el capitán Fernández tenía razón: no se trataba solo de ayudar a los demás, sino de proteger a los suyos, porque tarde o temprano también estarían en peligro si no se hacía algo para contener la peste. No había opciones".