Es una oportuna coincidencia que un presidente con formación universitaria en el campo de la Historia sea quien firmó en agosto pasado, la reforma al artículo 1 de nuestra Carta Magna en la que ahora se lee “Costa Rica es una República democrática, libre, independiente, multiétnica y pluricultural”. Pero más allá de esa coincidencia, lo trascedente es que el pueblo costarricense asuma hoy una posición que indudablemente tendrá mayores repercusiones en el mediano plazo.

Esta declaración implica, entre otras cosas, que debemos repensar seriamente el tema de las minorías étnicas y gestionar política pública que contribuya a su desarrollo y empoderamiento como parte sustantiva de la sociedad, pero sobre todo al reconocimiento de sus derechos y autonomía. Conlleva también a la urgente tarea de analizar y crear mecanismos que promuevan la inclusión de esas minorías, en particular las de población migrante, que hoy se ven marginadas de ciertas prerrogativas establecidas en las distintas leyes que rigen la Nación.

Consecuentemente, esta reforma constitucional nos pone en el diálogo sobre los aspectos que debilitan y fortalecen al Estado-Nación, hoy definido por muchos como un cascarón sin contenido. No compartimos ese criterio. Pero es importante, a la luz de esta visión de una Costa Rica multiétnica y pluricultural, replantearse aspectos como el concepto de ciudadano, pues no se avanza con la declaración si se continúa pensando en una concepción de ciudadanía de carácter restringido y plana.

Aceptar la diversidad cultural de la nación implica, no solo reafirmar las raíces históricas de la población costarricense derivadas del proceso de mestizaje iniciado hace más de 500 años, sino crear las condiciones para que esa diversidad se transforme en un valor inherente de la sociedad costarricense. De la misma forma, creo indispensable, como lo plantea con gran acierto la académica Adela Cortina, tener presente hoy el concepto de “ciudadanía social”; el cual nos permite visualizar el enorme campo de la acción que hoy posee el ciudadano. Sin embargo, preocupa que los “signos” que visualizamos no sean congruentes con esta intención, pues basta con mencionar los problemas que sufren las poblaciones indígenas y la escasa atención que se presta a la cultura afrodescendiente o a los distintos grupos de inmigrantes que hoy atienden importantes sectores de la economía nacional.

Pero como se trata de conmemorar una efeméride, también es bueno recordar aspectos históricos que contribuyen a examinar nuestro entorno con una mirada local-global. Además del proceso de mestizaje, el cuestionado encuentro de culturas fue responsable de un impacto ambiental sin precedentes, pero al mismo tiempo, de un fuerte intercambio de especies vegetales y animales que hoy constituyen el sustento de nuestras economías y de la dieta de millones de seres humanos en el mundo.

Por ello, además de recurrir a las lecturas críticas de las relaciones de colonialidad que entonces surgieron, conviene preguntarse sobre los nuevos imperialismos ecológicos que de manera solapada se apoderan de la riqueza natural de nuestras naciones y ponen en riesgo aspectos como la soberanía nacional y la seguridad alimentaria.

Ante esta realidad, la conmemoración del 12 de octubre debe invitarnos a establecer un diálogo intercultural e interdisciplinario y realizar un análisis sistémico sobre el rumbo que le estamos imprimiendo a nuestra nación, aspecto en el que nuestra querida Universidad Nacional tiene mucho por aportar.

Colaboración: Escuela de Historia UNA