Imagen: obra del gran pintor costarricense Fausto Pacheco, paisaje rural. Ilustración tomada de Pinterest.

Doña Benita, madre de Juanito Mora Porras, lo ayudaba a vestirse para disfrutar de un paseo al campo, junto con sus hermanos. Era domingo y levantó a toda la familia muy temprano para poder estar listos a las 8.

- ¿A dónde iremos mami?, preguntó Juanito

- A una finca de la familia Montealegre que tiene cafetales, potreros y un hermoso río, contestó doña Benita.

- ¿Por dónde queda esa finca?, preguntó.

- Por San Pedro del Mojón, contestó con premura doña Benita.

- ¡Y nos bañaremos en el río!, exclamó Juanito muy emocionado.

- Depende de si hace buen sol o si está nublado, contestó su madre sonriendo.

Entonces Juanito con su habitual estilo para cuestionar todo, le lanzó una retahíla de preguntas a su madre:

- ¿Tenemos que llevar otra mudada para cambiarnos, o solo el paño, me puedo bañar con la camiseta y un pantalón corto viejo y cuánto tiempo vamos a estar en el río y…?

- ¡Por favor Juanito cálmate que me atarantas con tantas preguntas¡ No te preocupés. Termina de vestirte que yo resolveré lo demás. Le dio un cariñoso beso en la frente y se fue a terminar de arreglar al resto de la prole.

Desde las 4 de la mañana se levantaron ese día las señoras del servicio doméstico para cocinar los alimentos que llevarían al paseo. Prepararon deliciosas viandas y las envolvieron en hojas de plátano y remataron el envoltorio con limpiones de fina manta blanca bordados a mano.

Cocinaron huevos duros, frijoles fritos triturados a mano y tortillas que nunca faltaban en los paseos, carne sudada, arroz con pollo, biscocho, refresco de naranja agria con azúcar, melcochas de dulce de tapa de color dorado que se colocaban sobre hojitas limpias del árbol de limón y unas rosquillas llamadas totopostes.

Juanito se puso las medias y se amarró los cordones de sus botines. Estaba feliz. De primero se subió a la carreta y se acomodó bien sentado porque el trayecto era como de dos horas. Sus padres iban a caballo.

A Juanito le encantaba visitar el campo. Admiraba las frescas y verdes veredas de los ríos con sus aguas claras que permitían ver el fondo colmado de piedras de todos los colores y tamaños. Observaba uno que otro pececito inquieto al que le resultaba imposible coger con sus manos pero, sobre todo, disfrutaba de los juegos con sus hermanas y hermanos, dentro del río.

Con palos y piedras construían presas y con la ayuda de sus padres elaboraban barquitos de papel. Cada uno tenía su propio barco y ellos eran los marineros. Los lanzaban río abajo y el barquito que mejor lograba esquivar las piedras y los troncos era el ganador.

Inventaban competencias de quien podía correr con mayor velocidad y sin caerse por el lecho del río, quién lograba sostener la respiración más tiempo dentro del agua y cuantos minutos podían flotar sin hundirse. Cuando llegaban los hijos de los peones de la finca, se les acercaban con respeto pero al poco tiempo se les unían disque para cuidarlos pero, en realidad era para compartir y con ellos aprendían a nadar, a consumir y a jugar entre todos, en un disfrute pleno de libertad, inocencia y sana diversión.

Don Camilo y doña Benita, sus padres, los observaban atentos y no se perdían ni un solo movimiento de los pequeños dentro del agua. Compartían con los Montealegre, la familia anfitriona, el gusto por cuidar a sus familias y brindarles momentos de feliz esparcimiento. Ellos también tenían hijos de las mismas edades y la convivencia en estos paseos campestres unía a las familias de abolengo de la sociedad costarricense de aquellos años.

A las 7 de la noche regresaron exhaustos a San José. Juanito preguntó a su madre que cuándo volverían. Don Camilo y doña Benita se volvieron a ver agotados, sonrieron y pensaron ¡de verdad que los niños son incansables! Le acariciaron la cabeza a Juanito y dijeron a sus hijos que se tomaran un chocolate caliente con galletas y se fueran a descansar.

Juanito en su cama, oró primero y luego repasaba lo que había hecho durante el día con su hermano Joaquín, el más allegado a él. Al recordar sonreían por lo bien que lo habían pasado. Apagaron la candela y se quedaron profundamente dormidos.

En la quietud de la noche solamente se escuchaba el sereno que cada hora hacía una ronda por algunas cuadras del centro de la capital y pasaba al frente de la casa de la familia Mora Porras.

Como a las 3 de la mañana doña Benita se despertó al escuchar los llantos de Juanito, que estaba de pie al lado de su cama y le decía que tenía mucho miedo.

Los padres lo abrazaron cariñosos y lo metieron entre las cobijas. Juanito sintió que ahí estaba seguro y se quedó profundamente dormido.

Al día siguiente doña Benita preguntó a Juanito la causa de su miedo. Este no recordaba bien pero le dijo que soñó con mucha agua, que lo rodeaba y lo ahogaba. A su alrededor había gente que lo señalaba y él sentía mucha angustia y temor porque su ropa estaba con sangre. Sus padres comentaron que, de seguro, el permanecer tanto tiempo en el río lo había “aireado”. Que esa noche le frotarían la espalda con enjundia de gallina y alcanfor para que no tuviera pesadillas.

¡Santo remedio! No se volvió a desvelar nadie por las pesadillas de Juanito. Pasó el tiempo y en enero, en medio de las cogidas de café, la familia de don Camilo se preparó para atender la invitación al Rosario del Niño que les hiciera “Na” (doña) Remedios Chacón, prima lejana de don Camilo, quien tenía por El Paso de la Vaca, una casa de adobe grande y fresca en medio de una finca sembrada de café, caña de azúcar, un potrero con ganado, cabras, gallinas, carracos (patos) y chompipes. Invitó también a miembros de las familias más prominentes de la capital que también eran familiares y amistades suyas como los Castro, Montealegre, Ramírez, Escalante, Aguilar, etc.

Para que les rindiera el paseo, salieron el sábado bien tempranito y llevaban colchonetas, esteras de paja, almohadas y cobijas y maletas con ropa porque dormirían en los amplios corredores de la casa.

Los chicos Mora Porras presentían que esa sería una aventura inolvidable y felices se subieron a las carretas que los llevarían a la finca de Ña Remedios Chacón.

Cuando llegaron se juntaron con la güilada de las otras familias y sumaban entre todos como veinte imparables pequeñines. Apenas llegaron se fueron para el potrero y se dieron gusto persiguiendo y tratando de agarrar a los pollitos y a las gallinas.

Con cuidado se subieron en los postes de las cercas para mirar el ganado, no se metieron a los corrales porque les advirtieron que había unas vacas recién paridas que eran muy celosas de sus crías. Esos chicos de ciudad se enternecieron, observando dos caballitos color azabache tan frágiles y hermosos. Un cuidador les acercó algunos y se turnaron para acariciarlos y disfrutar de sus saltos locos e improvisados.

Luego se fueron a apear frutas y se deleitaron con las frescas guayabas rosadas, racimos de nísperos, manzana rosa, cases y moras muy roja y dulces de un moral que estaba cercano a un riachuelo. En este descubrieron unos bichos raros, negros con una enorme cabezota y pececitos muy pequeños, sapos y ranas de colores.

Juanito y sus hermanos estaban descubriendo el mundo salvaje del agro costarricense. Estaba maravillado de ver tanta variedad de frutas, todas de diferentes texturas, sabores y colores, lo impresionó conocer la gran cantidad y variedad de animalitos que había en las pozas y en los “suampos”.

Los llamaron para almorzar y cuando entraron a la casona de adobe los papás casi se desmayaron al verlos hechos un terrón: los chicos traían los pantalones y las camisas rotas, las faldas afuera y los botines llenos de barro. Las niñas ya no tenían las trenzas y no recordaban donde habían perdido los vistosos lazos que las sujetaban, los vestidos estaban descocidos y más de una llegó descalza porque habían hundido sus zapatos dentro del lodo y no los pudieron recuperar.

Sus padres no los regañaron porque nunca habían visto sus rostros tan alegres y las palabras les salían a borbollones, no paraban de contar los descubrimientos hechos en sus andanzas por la finca.

Los llevaron a bañarse y ya mudaditos de nuevo, se sentaron a almorzar. Sus padres se retiraron a hacer la siesta en las hamacas y en las mecedoras y ellos aprovecharon para escabullirse y seguir en las andadas. Con más atrevimiento durante la tarde siguieron en sus correrías porque ya conocían mejor la finca y habían perdido el miedo a los animales, entonces trataron de montar unas cabras, pescar unos cabezones y tiraron piedras a unos grandes nidos de avispas que los persiguieron hasta que Juanito los guió y exhaustos, se guarecieron en una gran troja.

Ahí comenzaron a observar los instrumentos de labranza que guardaban y había también muchos sacos con frijoles, arroz, maíz, azúcar y harina. Un chico muy simpático llamado Mariano Montealegre le dijo a Ana María Porras, hermana de Juanito, que hicieran una guerra con frijoles. Todos apoyaron la idea. Juanito le dijo que no le parecía y que mejor jugaran a escondidas.

Mariano insistió que era más divertida la guerra con frijoles pero Juanito le dijo que no porque algún frijol le podría golpear un ojo a alguien y sus padres se pondrían furiosos, en cambio, jugar a las escondidillas era más emocionante.

La propuesta de Juanito ganó y organizó el juego: cuántos buscarían y quiénes se esconderían. Y así comenzaron unos a escabullirse y otros a buscar un escondite bien difícil de hallar. El juego concluyó casi al anochecer. Entonces comenzaron a llamar a los chicos para el rezo del Niño y todos llegaron menos Juanito y su hermana Ana María.

Don Camilo y doña Benita comenzaron a buscarlos por todos los rincones de la casa, en los establos, las galeras, el trapiche y nada.

Pasó un buen rato y la angustia aumentaba. De pronto vieron a lo lejos a Juanito que traía abrazada a Ana María y esta venía cojeando. Se había torcido un tobillo tratando de zafar su pie que se le metió en una rendija en el piso de madera de la galera donde tenían los aperos para montar los caballos. La sonrisa y la tranquilidad volvió a reinar en las familias. Don Camilo feliz salió a su encuentro, alzó a su niña y la llevó a la cama para curarla. Doña Benita abrazó a Juanito y le dijo que era un excelente hermano.

Después del rezo todos juntos saborearon un delicioso chocolate y un montón de panes dulces y golosinas que hicieron las delicias de los comensales. El rezo estuvo muy alegre y hubo música y baile también.

A las nueve de la noche, las familias prepararon sus camas y se retiraron a descansar. Hizo mucho frío pero habían llevado muy buenas cobijas y los abrazó la noche con un cielo lleno de estrellas. Los más pequeños repasaban las inolvidables aventuras vividas ese día y ansiosos esperaron que amaneciera para concluir con las aventuras pendientes.

De nuevo en la madrugada Juanito despertó a sus padres muy sobresaltado. Entre sollozos recordó su pesadilla y la contó: unos hombres lo perseguían con sus rifles y las balas eran frijoles y él sentía que no respiraba más porque tenía agujereado su cuerpo. Su hermano José Joaquín trataba de salvarlo, no pudo y él se murió asesinado por las balas de frijoles.

De nuevo sus padres pensaron que los cambios de ambiente afectaban la mente y ánimo de Juanito. Lo acomodaron en medio de ellos y los sorprendió la mañana con el olor a café recién chorreado.

No había salido el sol cuando la guilada, a escondidas de sus padres, se juntó, para presenciar el ordeño de las vacas. Antes disfrutaron expulsando humo de sus bocas por el frío que hacía. Durante el ordeño hicieron gala de madurez y responsabilidad porque ayudaron a los baquianos a ordeñar, aunque no lograron hacerlo nada bien, y a sacar los terneritos del corral para llevarlos a otro potrero.

Sintieron una gran ternura por los más pequeñitos pero lo más excitante e inolvidable fue cuando presenciaron el milagro de la vida al ver nacer una hermosa ternerita, tan enclenque que no podía ni ponerse de pie y menos mantener el equilibrio. Esta experiencia los “fulminó” Se quedaron anonadados. Y es que en el campo todo se ve con más naturalidad que en la ciudad.

De regreso a San José los hermanos Mora Porras venían muy felices recordando las inolvidables experiencias vividas en la finca de “Ña Remedios”.

- ¡Qué bonito estuvo el paseo a esta finca!, comentó Juanito a Joaquín su querido hermano y compañero de juegos y aventuras.

- ¡Qué gozada cuando nos persiguió el chompipe y no se detenía, me dio mucho miedo¡, dijo Joaquín asustado.

- ¡Y qué dulces y calientes estaban las espumas que nos dieron en guacal, cuando estaban moliendo la caña en el trapiche¡, agregó Guadalupe, su hermana.

- !Mmm qué ricas las guayabas que apeamos en el potrero y qué carrera nos pegamos cuando la cabra nos persiguió y tuve que subirme corriendo en el palo de jocote¡, contó muerto de risa Miguel, otro de sus hermanos.

- Pero lo más bonito fue ver cómo nacen los terneritos, comentó Juanito muy emocionado.

El bueyero les recordó que no era un paseo sino un rosario del Niño Dios. Los chiquillos en la carreta ni lo escucharon porque se quedaron profundamente dormidos.

“Acharita”. El paseo se había terminado pero la vida de los chicos Mora Porras apenas iniciaba.

Durante la adolescencia Juanito enfrentó situaciones económicas difíciles porque su padre no administraba bien la céntrica tienda de abarrotes que les daba de comer. Por eso a los 18 años Juanito fue emancipado para que le ayudara a su padre a mantener esta numerosa familia. Y es así como este joven se abrió camino en el mundo de los negocios, en la compra y venta de bienes raíces y en la siembra y exportación del café.

En uno de sus viajes a Valparaíso, puerto chileno en donde Juanito vendía el café y compraba artículos para su tienda, se indigestó comiendo unos “locos”, especie de maricos muy populares en la costa pacífica de Chile.

Tuvo altas temperaturas y de nuevo aparecieron las pesadillas. Una tras otra se suscitaban en medio de visiones borrosas y delirios incontrolables. Veía armas, sangre, movimiento de soldados, generales y capitanes con sus uniformes y rostros enfurecidos junto a personas bondadosas, muy bien vestidas y con porte diplomático. De pronto las olas de mar lo bañaban y el en medio de la playa en una arboleda, cayó gravemente herido por un regimiento que disparó en su contra y ahí no supo más de él. Vio su cuerpo inerte y sin vida divagar, sin rumbo, de un lado para otro, envuelto en la bandera de Francia.

Estas pesadillas lo atormentaron mientras duró la fiebre y cuando se estaba recuperando soñó que estaba dentro de un féretro oscuro y silencioso y muchos años después, sintió el calor de la tierra que lo abrazaba. Por fin encontró el descanso que tanto ansiaba su cuerpo.

Cuando logró reponerse regresó a Costa Rica y contó a José Joaquín, su hermano y confidente, las pesadillas que tuvo en Valparaíso a raíz de su gravedad. José Joaquín a quien Juanito llamaba “Quincho” de cariño, se le acercó, lo abrazó y le dijo: “Hermanito, desde que eras pequeño tenés pesadillas y sueños que no te auguran larga vida. Por favor cuídate. No sucumbas antes los cantos de sirena de quienes te incitan a participar en la vida política de este revoltoso país. Sigue con tus negocios. Busca una buena mujer y construye a su lado un lindo y pacífico hogar. No se te ocurra asomar tu nariz ni siquiera para oler las mieles del poder que endulzan las más crueles y siniestras tentaciones”.

Juanito le contestó que eso nunca sucedería pero solamente los ríos no se devuelven y años después don Juanito estaba asumiendo la Presidencia de Costa Rica.

Don Camilo y doña Benita nunca entendieron las pesadillas de su hijo. Si estas fueron presagios de un futuro incierto y doloroso para Juanito no lo supieron nunca porque partieron de este mundo muchos años antes de que sucediera el fusilamiento de Juanito, su amado hijo, quien fue injustamente fusilado en Puntarenas, el 30 de setiembre de 1860 y su cuerpo encontró el descanso final 25 años después de su doloroso fusilamiento.

 

ACTIVIDADES DIDÁCTICAS

1. Si has visitado alguna finca que pueda compararse con lo que se narra este cuento. ¿Ha cambiado mucho la vida campesina actual de la que se describe en este cuento?

2. ¿Tienen alguna relación las pesadillas que tuvo don Juanito Mora en su infancia con lo que le sucedió al finalizar su vida?

3. Investiga en Internet las causas del fusilamiento de don Juanito Mora Porras y escribe tu opinión al respeto. La compartes con tus compañeros de clase y con tu familia.

4. Elabora una línea de tiempo comprendida entre la fecha del nacimiento de don Juan Rafael Mora Porras y el año de su muerte. Complétala con los acontecimientos más significativos en la vida de este estadista. Comparte tu línea de tiempo de la vida de don Juanito Mora con tu familia y con tus compañeros de aula.

1814______/____________/________/________/________1860

5. Redacta un ensayo, poesía o pensamiento que resuma la vida y el legado de don Juan Rafael Mora Porras. Lo lees y lo comentas con tu familia y con tu grupo.