Imagen. Foto ilustrativa MEP.

En el caso de Costa Rica en el ámbito educativo, durante casi doscientos años, hemos hecho cosas que marcan diferencia con respecto a otros países. Hay un robusto marco jurídico que garantiza el acceso a la educación a toda la población y en términos de cobertura e infraestructura poseemos escuelas y colegios por toda la geografía nacional, de costa a costa y de frontera a frontera.

Sin embargo, no vaya a ser que confundamos la existencia de un edificio escolar con la posibilidad de ofrecer educación de calidad por igual a toda la población.

La pandemia ha desnudado las serias desigualdades que hemos venido arrastrando por décadas y que ha llegado el momento de atender. Tras casi 15 años de proclamar en una ley el acceso universal a internet, aún no lo hemos logrado, con lo cual estamos condenando a buena parte de esta generación de costarricenses a menores oportunidades educativas y a una inadecuada inclusión en el mundo del trabajo y de las nuevas tecnologías.

La discusión debe conducir no sólo a ocuparnos de cómo garantizar el acceso a una educación de calidad a miles de niños y jóvenes que residen en costas, fronteras y zonas urbanas periféricas, sino además al contenido de dicho proceso educativo. Proceso que se concreta a través de planes y programas de estudio. Es allí donde el Consejo Superior de Educación y la sociedad civil no debemos rehuir al debate sobre cómo se enseña, sino además qué se enseña.

Desde hace dos años, el país ha optado por dejar atrás el modelo de pruebas nacionales, que en el caso de secundaria se asocian a Bachillerato. Estas pruebas tenían un valor porcentual, y naturalmente versaban sobre temas contenidos en los programas de estudio y era obligatorio presentarlas para toda aquella persona estudiante que aspiraba a graduarse de la educación media. Un grupo de asignaturas habían sido seleccionadas para ser objeto de dicha evaluación sanativa: español, Ciencias, Matemáticas. Educación Cívica, Idioma y Estudios Sociales.

A la luz de los acuerdos del Consejo Superior de Educación, Bachillerato será sustituido por las Pruebas FARO, sin embargo reduciendo su ámbito de aplicación a tan solo: español, Ciencias y Matemáticas. En el caso de los idiomas, se instaura una prueba de dominio lingüístico; y sorpresiva y extrañamente desaparecen Estudios Sociales y Educación Cívica, lo cual podría representar una peligrosa e inconveniente fragmentación al currículo.

Tras la revisión de las actas del CSE, sólo en dos de ellas se aborda la discusión del por qué se deja de lado la prueba de Estudios Sociales y Educación Cívica. Asignatura que al cabo de 11 u 12 años de estudios de un joven, ha requerido, solo en el caso de secundaria, aproximadamente 4 000 lecciones de Estudios Sociales. Dicha decisión, tomada a puertas cerradas y entre un reducido grupo de personas aún se mantiene, de manera que este año se aplicarían las pruebas FARO solamente en español, Matemáticas, Ciencias y prueba de Dominio Linguistico en el idioma que el estudiante haya seleccionado, primordialmente en inglés o francés.

Desde 1988 hasta 2018, existió en el país Bachillerato, cuyas pruebas contribuyeron de manera significativa a que estudiantes, docentes, directores y padres de familia, las consideraran un desafío a superar, pues de alguna manera ofrecía una posibilidad de medición y de conocer el rendimiento académico alcanzado. De esa manera se podía inferir que tan bien estaban preparados nuestros estudiantes con respecto a X o Y, elemento.

Al no contemplar FARO, la asignatura de Estudios Sociales y Educación Cívica, corremos el grave riesgo de profundizar y validar la existencia de asignaturas de primera categoría y de segunda categoría.

Ante fenómenos como la globalización y la construcción de una ciudadana planetaria, es un craso error que una nación desde su currículo nacional, renuncie a la formación integral de sus ciudadanos y sobre todo que se propicie una desconexión entre el individuo y lo temporo-espacial. Las decisiones de autoridades nacionales, no pueden ni deben entrar en colusión con los Fines de la Educación Costarricense, consagrados en el artículo 2 de la Ley Fundamental de Educación.

El desarrollo del pensamiento analítico, critico, de valoración en la actualidad costarricense; necesaria y naturalmente deben incorporar el desarrollo de los Estudios Sociales como disciplina, al igual que la Educación Cívica. De manera que sea conveniente su inclusión en cualquier modelo de Pruebas Nacionales que el país decida.

Hace dos años el Consejo Superior de Educación tomó la decisión de excluir los Estudios Sociales y la Educación Cívica de las Pruebas FARO. Aún estamos a tiempo de rectificar y corregir dicha decisión.

Es absolutamente inconveniente la mutilación del currículo costarricense, y dejar el estudio de la historia Patria como algo decorativo y anecdótico. Sería un enorme error apostar por la formación de ciudadanos absolutamente ignorantes de valores cívicos y de una rica e inigualable historia que nos une y permite entender lo que somos, de dónde venimos y a qué aspiramos.

La evaluación es una condición sine quanon del currículo y en consecuencia, como pedagogos no entendemos por qué deslindar la asignatura en cuestión con una prueba, tras 11 u 12 años de formación de las personas estudiantes y la inversión de miles de horas en su formación, en el campo de la historia, la geografía y la cívica.

No tenemos ningún derecho de condenar a esta generación a una asepsia mental, donde no hay ni existe arraigo; pareciera que no importa que nuestros jóvenes no sepan de dónde vienen, quiénes son y para dónde van. Algunos expertos hablan de la generación de los millenials, o la generación Z, peor aún reducir su condición y dignidad a una especie de esporas.

Ciertamente son nativos digitales, y en su mayoría dominan muy bien el acceso a tutoriales con diversos propósitos, pero muy volubles a la influencia de las redes sociales y dentro de ellas, la existencia de contenidos con datos falsos.

Futuras generaciones sin arraigo y sin vínculo con su terruño, ayuno de conocer la historia patria, muchos de ellos probablemente serán sujeto con mayor facilidad de futuras manipulaciones con quien sabe que inconfesables propósitos.

Peor aún, como lo advierte el Papa Francisco en Frattelli Tutti (numerales 13,14 y 53), pueden ser presa fácil de nuevos colonialismos culturales, y además ser sujetos de una pérdida del sentido de la historia y ante todo desde el currículo costarricense no podemos pretender construir un futuro temiéndole al pasado. Sin arraigo, sin memoria y… sin territorio.

A las puertas del bicentenario, estamos en la obligación de corregir, nuestra niñez y juventud lo merecen.

Lic. Javier Francisco Cambronero Arguedas. 11-0I-21