Luis Paulino Vargas Solís

La explicación usual lo atribuye al déficit fiscal y, en consecuencia, a las necesidades de financiamiento que enfrenta el gobierno, para lo cual ha de vender bonos en los mercados financieros locales. Esto presiona sobre la disponibilidad de recursos (ahorros financieros). Los bancos y otras entidades financieras se ven entonces en la necesidad de ofrecer mejores tasas de interés a fin de atraer ahorrantes y no quedarse sin fondos. La consecuencia es que se produce una especie de efecto “marea alta” que produce una elevación general de las tasas de interés.

Se me antoja que, en realidad, esta es solo una explicación parcial. Posiblemente hay al menos otros dos factores que influyen.

Primero, el freno a las entradas de capital extranjero.

Algunos indicadores (como la liquidez en moneda extranjera en el sistema financiero) sugieren que en los últimos meses podría estarse presentando esa situación. Esto determina menos disponibilidad de recursos y agudiza la competencia por lo ahorros disponibles entre bancos y Ministerio de Hacienda.

Ahora bien, si efectivamente se está dando un bajón en las entradas de capitales extranjeros (y es bien probable que así sea), ello seguramente sería consecuencia de la situación de agravada incertidumbre mundial asociada a la crisis europea. Esta ha venido evolucionando a lo largo de un curso de devastación económica, social y política terrible pero, hasta el momento, no ha explotado en un colapso de grandes proporciones. Si esto último ocurriera, seguramente se repetiría una situación tan extremadamente delicada como la de 2008-2009, con graves consecuencias para nuestra pequeña economía, siendo lamentable que, de forma reitera, las autoridades económicas prefieran ignorar tal posibilidad que, aunque extrema, no es imposible (véanse mis artículos de meses atrás: Ojo con la crisis y Conversación con Laura Chinchilla). En todo caso, las persistentes turbulencias que trastornan la economía mundial podrían hacerse sentir en la baja de los flujos de capitales hacia destinos “no muy confiables” como el costarricense. Lo cual no es sino otra forma de confirmar lo que el gobierno se niega a ver: que el modelo económico neoliberal agudiza nuestra vulnerabilidad frente a una economía mundial en crisis.

Segundo, la ortodoxia del Banco Central

Dicho en sencillo, esto último significa que la autoridad monetaria mantiene el pie sobre la palanca de freno en procura de limitar el crecimiento de la liquidez (cantidad de dinero) en colones existente en la economía. En un contexto de baja de las entradas de capital y aguda competencia entre el gobierno y los bancos por los fondos disponibles, la restricción que el Central impone sobre la cantidad de dinero en circulación, facilita que la “marea alta” se manifieste con mayor intensidad. De ahí la rapidez con que las tasas de interés han subido en meses recientes.

¿Por qué actúa así el Banco Central? Aunque revestida de oropeles tecnicistas, en realidad esto refleja una opción ideológica. Los señores que dirigen esa importante institución –en la mejor tradición dogmática del monetarismo neoliberal- viven obsesionados por la inflación. Y como se creen el mito de que la inflación es provocada por el “exceso” de dinero en la economía, sostienen su tozudez de mantener casi cerrado el grifo de la liquidez. Pero, como enseguida explicaré, esto resulta bastante absurdo.

Consecuencias

En los últimos meses –básicamente desde agosto de 2011- la economía costarricense entró en una fase de recuperación un poco más significativa. Posiblemente ello se vio impulsado por la elevación en las entradas de capitales extranjeros que tuvo lugar durante ese año (que podría haberse ralentizado en el presente año), en conjunto con cierta mejora en las exportaciones y el turismo. Desde luego, el déficit fiscal, tan denostado, algo habrá contribuido a impulsar la economía. En ese marco, se hizo notar también un mayor impulso en el crédito bancario al sector privado, con algunos sectores de la economía logrando mayor dinamismo (ciertos servicios vinculados a inversión extranjera, industria manufacturera) y alguna recuperación de la construcción.

En ese contexto, el alza en las tasas de interés amenaza asfixiar un proceso de recuperación que sigue siendo frágil. En este momento las tasas de interés están en niveles excesivamente elevados. Con una inflación que sigue abajo del 5% anual, la tasa básica pasiva –que sirve de referencia para la fijación de las tasas de interés en muchas operaciones de crédito- está en 10%. Desde el punto de vista económico, esto es tan absurdo como insostenible.

De persistir este alto nivel de las tasas de interés –y peor aún si se elevaran más- con seguridad la recuperación de la economía se frenará. Mucho más en un contexto mundial de clara tonalidad recesiva como el que prevalece en este momento, con Europa en números rojos, la recuperación gringa arrastrándose a gatas y China y otras potencias emergentes entrando en fase de ralentización relativa.

Al margen de las medidas destinadas a poner bajo control el déficit fiscal –y lo ideal sería hacerlo no a través de recortes, sino de mayores ingresos, más eficiencia e implacable control de la corrupción- se hace necesario detener y revertir la deriva ascendente de los intereses.

Y, en este momento, esa es una responsabilidad directa del Banco Central. Su dogmática monetarista y su fijación obsesiva en la inflación pueden causar mucho daño. En primer lugar, la inflación sigue en mínimos históricos, de modo que más parece que esta gente está en guerra contra sus propios fantasmas. Además, la recuperación de la economía  es incipiente y frágil y enfrenta múltiples amenazas. Entretanto las situaciones de desempleo, subempleo y el empleo precario de baja calidad, sigue afectando una porción sustancial de la fuerza de trabajo, sobre todo a las mujeres y a las personas jóvenes.

En esas condiciones, el actual proceder del Banco Central es irresponsable y exige una corrección inmediata.