Nueva York. Foto AFP

Habla una doctora, en un hospital de Estados Unidos. –Es mi turno. Tomo un café y me preparo para iniciar las visitas. No volveré a comer en varias horas, hasta que termine el turno, a principios de la tarde.

Nadie quiere correr el riesgo de quitarse la mascarilla.

En los últimos días, está muriendo un paciente cada dos minutos. O menos. Fosas comunes han sido abiertas. Estados Unidos supera el medio millón de casos. Los muertos son ya más de 20 mil, el mayor número de víctimas en cualquier país del mundo.

En Nueva York los van enterrando en la isla de Hart, al este del Bronx. Ahí yacen “desde el siglo XIX, los neoyorquinos que mueren sin que nadie los reclame”. Los entierran sin que nadie los reclame. “Los entierran reclusos mal pagados, pues es el Departamento de Prisiones el que gestiona este cementerio público”, explica Pablo Guimón en una nota de El País, fechada en Washington el sábado pasado.

Las imágenes muestran la tierra arrasada, cuidadosamente repartida, lista para repoblar las ciudades desiertas. “No es fosa grande, es fosa medida, es la tierra que querías ver repartida…”, había escrito, hace años, João Cabral de Melo Neto, poeta y diplomático brasileño. Poesía que luego Chico Buarque transformó en canción. Visión futurista de una isla transformada en cementario flotante, que navega hacia ninguna parte, cual nave fantasma.

– Mientras yo viva echaré de menos aquellos días en los que desayunábamos temprano todos juntos, antes de salir a ver a los pacientes. Todos Pacientes Bajo Investigación (PBI), todos sospechosos de estar contagiados con el SARS-CoV-2. Hay que esperar. Las pruebas tardan todavía unas 36 horas para dar un resultado. Pero se ha avanzado. Antes podían durar ocho días. Lo ideal serían unas ocho horas. O 15 minutos, como ha prometido el presidente. Quizás se pueda lograr. Pero hay que esperar. No es la realidad actual. Tampoco están disponibles pruebas suficientes. Para realizarlas no basta ordenarlas, hace falta la venía de la autoridad superior del hospital.

–Me alisto. Alisto mi mascarilla, la N95, el modelo que deben usar los que estamos en contacto con personas infectadas. Me pregunto si debo cambiar la mía. Tiene ya un mes de uso. Está manchada por dentro y por fuera. Pero no es posible. No hay suficientes. Solo autorizan cambios si está rota. No es el caso. No hay más remedio que seguir. Pongo mi máscara y me dirijo a mi piso. Tengo 18 pacientes. Aquí me separo del mundo: abro el zipper de la puerta de plástico y entro.

Este era un piso para pacientes con cáncer. Pero eso era antes del coronavirus. La actividad es intensa, enfermeras y asistentes de enfermería, todos se están moviendo. Lo primero es informarme, ver los resultados de los exámenes pendientes de anoche. Unos salieron negativos, se van para su casa.

¡Todo va a estar bien!

Es entonces cuando se va asomando la dimensión trágica del relato, el día a día de una profesional médico en un hospital norteamericano.

–Primero hay que hablarles, conversar por teléfono, reducir el contacto personal, preguntarles cómo se sienten, si pueden respirar mejor que ayer, o peor. Les doy la noticia que no querían oír: –Salió positivo. Y los que no venían evolucionando bien… Pacientes que no quieren ser entubados, ni resucitados cuando entren en crisis. Hay que hablar con la familia.

–Luego hay que entrar a los cuartos. Pongo mi traje, guantes dobles, la careta sobre mi N95 y el protector desechable de plástico antes de entrar. Mi primer paciente evoluciona bien. Su saturación de oxígeno es estable y no tiene fiebre. Le doy buenas noticias: va a tener la salida. Es el punto alto del día, pero no es todo el día. Faltan otros.

–Sigue una joven, 26 años, tres meses de embarazo. Está positiva. Se derrumba, me inunda de preguntas: –¿va a estar bien ella, se salvará el bebé? No lo sé. Nadie sabe. No sabemos de complicaciones por embarazo, pero no sabemos. En todo caso, está estable, no tiene fiebre y la saturación de oxígeno está bien. También se va para la casa. Pero le advierto que se controle su saturación. Si empeora, que vaya a emergencias.

–Siguen los casos más negativos, cuya saturación está empeorando. El primero ha dejado instrucciones: –No quiere morir. Quiere que le coloquen ventilador. Llamo al encargado para que lo lleve a cuidados intensivos, para entubarlo.

–Otros dos se están muriendo. Tengo que llamar a las familias. No podrán verlos, ni despedirse. Más tarde terminaré mi ronda, con el resto de los pacientes.

- ¡No  es tiempo para morirse!, escribió Nicholas Kristof en el NYT el sábado pasado. Acababa de visitar dos hospitales en el Bronx, donde llegaban muchos a morir.

Katherine Chávez, enfermera, pasó 12 horas a su lado, en la cama. Él estaba entubado. Tenía 40 años. –Solo quería tomar mi mano, y yo solo le decía que todo iba a estar bien…

¡Todo va a estar bien!

La vida o la muerte

La vida o la muerte en la línea de frente. Pero, en el Bronx, no se trata de una guerra. Es solo una lucha por la vida. Como dijo el presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, “no nos encontramos ante una guerra, sino frente a un desafío que pone a prueba nuestra humanidad”.

La guerra está aquí, afuera. Es la guerra de los aún vivos, de otros contra unos.

Como en Chile, donde los de la “primera línea” resisten los ataques de los Carabineros. El gobierno del conservador Sebastián Piñera está terminado, dijo ya en octubre pasado el alcalde de Valparaíso, Jorge Sharp. Si tiene éxito podrá evitar la reforma a la constitución, herencia de la dictadura que aun hoy regula la vida política chilena, demanda mayor de los que protestan en las calles. Pero es un gobierno que ha perdido la iniciativa. En todo caso, el referendo está pendiente de la pandemia.

–Tiempos extraños. No solo por el coronavirus, ese Deus ex machina. Sino por como la política se mueve, como el poder se movimienta…

Es el caso de Brasil, donde el presidente no ha podido aun, ni siquiera, remover a su ministro de Salud. El ministro contradice al presidente y recomienda a los brasileños mantener una cuarentena que el presidente rechaza. Los generales, que han ocupado decenas de puestos de primera línea en el gobierno Bolsonaro, han nombrado a un par –el general Braga Netto, jefe de la Casa Civil– “presidente operacional”.

Mientras circulaban, toda la semana, los trascendidos sobre conversaciones en el congreso, donde se cocina la alternativa de un gobierno sin Bolsonaro y crecían los casos y los muertos, consecuencia de una pandemia que se extiende.

Más al norte, Washington eleva el tono contra el gobierno de Venezuela. Mientras se extiende el virus hasta hacer que los casos comprobados en ese país representen ya casi un tercio de los casos totales en el mundo y, con más de 20 mil, ocupa también el primer lugar en el mundo en número de muertos, el gobierno norteamericano renueva las advertencias sobre una inminente intervención armada en Venezuela. Con el apoyo de regímenes conservadores en la región, con Colombia y Brasil como puntas de lanza.

– “Si el régimen decide trágicamente que va a subyugar, que va a reprimir más, probablemente esté haciendo que la transición sea igual de probable, pero más peligrosa y brusca”, afirmó el “enviado especial” de Estados Unidos para Venezuela, Elliot Abrams, en entrevista publicada la semana pasada. Dos semanas antes el Comando Sur del ejército norteamericano ya había duplicado su despliegue en la zona, con el pretexto de combatir el narcotráfico. Narcotráfico que se alimenta de la producción hecha en Colombia –principal aliado de los norteamericanos en la región–, y que se destina al principal mercado consumidor, en Estados Unidos. “Si la mayor parte de la droga sale por el Pacífico desde Colombia hacia Guatemala, ¿por qué los barcos de Estados Unidos van hacia la costa venezolana?”, se preguntó el exalcalde de Bogotá y excandidato presidencial en Colombia, Gustavo Petro.

El operativo, montado mientras los muertos se multiplican en el Bronx, tiene el ritmo de exigencias electorales, en una campaña amenazada por el manejo errático de la pandemia del coronavirus por el gobierno de Donald Trump.

“Mientras yo viva”

Una mirada al mundo muestra una cruda realidad. Hay previsiones de una caída de 10% de la economía china respecto al primer trimestre del año. La peor caída en los últimos 60 años. La economía de Inglaterra podría contraerse de 15% a 25%.

La reputación de los Estados Unidos tocó fondo como consecuencia de la respuesta de Trump a la pandemia del coronavirus, afirmó Simon Tisdall en The Guardian, el domingo pasado. Un “desastre sin paralelo”, con el presidente insultando a sus aliados y debilitando sus alianzas, lo que ha terminado por “arruinar la reputación de los Estados Unidos como un socio seguro, confiable, como un competente líder mundial”, afirmó Tisdall.

Europa, por su parte, respiró aliviada cuando logró, el pasado viernes 10 de abril, después de cinco intentos, un acuerdo de destinar 540 mil millones de euros a los Estados, las empresas y los desempleados para tratar de salvar su economía de las consecuencias del coronavirus.

Pero el acuerdo no evitó las advertencias, ni los recuerdos de una pugna que ya en 2008 la canciller alemana resolvió afirmando que la creación de un bono solidario europeo no pasaría “mientras yo viva”. En opinión de la eurodiputada del Bloque de Izquierda, la portuguesa Marisa Matias, un acuerdo que representa “una mano llena de deudas y otra de cosa alguna”.

Es un viejo debate que ha puesto el proyecto de integración europeo contra las cuerdas. Fue el gran error de Angela Merkel –en opinión del premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz– que en 2010 y 2011 impuso a Grecia insoportables condiciones pare renegociar su deuda. Lo que hicieron fue salvar a los bancos –alemanes y franceses, principalmente–, “dejar la cuenta sobre los hombros del pueblo griego y tildar a los griegos de vagos”.

Como Grecia, ahora es Italia la que ha puesto los muertos (junto con España), resultado de la pandemia, y la que ha resistido a las pretensiones de Alemania y de Holanda de cargarles la cuenta.

Los problemas de la economía italiana –diría el economista español Juan Torres– comenzaron a principio de los 90’s, cuando las reglas fiscales establecidas por el tratado de Maastricht (1992) impusieron medidas de austeridad para combatir su elevado porcentaje de deuda pública (alrededor del 117% del PIB en 1994) y para mantener controlada la inflación.

Pero Italia está lejos de ser un Estado despilfarrador, como tampoco lo era Grecia. Torres lo muestra con el análisis cuidadoso de las cifras. Fue el cumplimiento estricto de las medidas de austeridad las que llevaron el país a la debacle. Lo que las economías afectadas necesitan es ayuda directa, líquida, y no préstamos, advirtió.

Una disyuntiva que llevó el presidente alemán a asegurar, en una inusual comparecencia televisiva el 11 de abril, que “Alemania no puede salir fuerte y sana de la crisis si nuestros vecinos no salen más fuertes y sanos. Treinta años después de la reunificación alemana y 75 años después del final de la Segunda Guerra Mundial, no sólo se nos pide solidaridad con Europa a los alemanes. Estamos obligados a prestarla”, afirmó.Más duro fue Steffen Klusmann. En un editorial en Der Spigel había afirmado que “el rechazo alemán de los eurobonos es insolidario, mezquino y cobarde”.

(* Periodista, Historiador y Escritor) (gilberto.lopes@ucr.ac.cr