Europa forzará finalmente a Atenas a aplicar terapia de choque —otra dosis de recortes y sobre todo reformas—, a la que el Gobierno heleno se resistía con uñas y dientes. Y da carpetazo así, por el momento, al enésimo capítulo de la crisis griega. Pero a cambio la Unión se deja varios jirones de credibilidad: la amenaza de Alemania de expulsar temporalmente a Grecia del euro supone un cambio de régimen en Europa. El euro se hace mayor: ha dejado de ser irreversible. Y los analistas apuestan a que ese dilema entre cumplir las normas o salir del euro, expuesto crudamente por el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble, en el momento crítico del maratón de negociaciones, reaparecerá en la próxima crisis, que bien puede ser otro capítulo de la saga griega si el rescate no termina de funcionar.

El riesgo de la teoría de Schäuble: los mercados empezarán a computar ese escenario como posible en el mismo momento en que aparezca la siguiente crisis. “Se trata de un precedente muy peligroso para Europa”, reconoció a este periódico Marcel Fratzcher, presidente del think tank alemán DIW, uno de los más influyentes en la cancillería.

Ese mecanismo de salida automática provocó chispas entre el jefe del BCE, Mario Draghi, y Schäuble durante el fin de semana. La tensión fue máxima por varios motivos: la salida temporal del euro no fue el único elemento controvertido en la interminable negociación con Grecia, que deja patentes las cicatrices entre los países —con graves diferencias entre Francia y Alemania, cuyo liderazgo es cada vez más incontestable a pesar de los esfuerzos de París— e incluso entre los países y las instituciones.

La idea alemana de activar un fondo de privatizaciones que sirva como aval del rescate, bajo supervisión europea, estuvo a punto de llevarse por delante el acuerdo por las resistencias de Alexis Tsipras. El primer ministro llegó a poner en peligro el acuerdo por el diseño alemán de ese fondo, que Tsipras interpretó como una humillación innecesaria. El jefe del Ejecutivo heleno aceptó legislar en 48 horas las medidas más urgentes, y acató que deberá dar una vuelta de tuerca adicional a la reforma laboral, a las pensiones y a otros muchos asuntos que sus conciudadanos rechazaron en referéndum el pasado 5 de julio. Pero trató por todos los medios de suavizar las condiciones relativas a ese fondo, que acabó convertido en el nudo gordiano que impedía sellar el pacto.

Alemania quería que Grecia pusiera ahí todos sus activos vendibles, para cuadrar un importe de 50.000 millones de euros que permita que los europeos se rasquen algo menos el bolsillo. Merkel presionó mucho para que la cifra no se rebajara un solo euro. “Si acepto eso tengo que irme a otro país”, espetó Tsipras. La cuerda estuvo a un paso de romperse en ese momento. Una llamada del vicecanciller alemán, Sigmar Gabriel, suavizó la posición de Merkel. El presidente francés, François Hollande, exigió seguir con las conversaciones. El italiano Matteo Renzi apuntó que la cantidad era excesiva. Pero Draghi fue quien se sacó de la chistera una solución de compromiso: finalmente ese fondo permitirá recapitalizar los bancos, además de recapitalizar deuda en función de la evolución del PIB.

El acuerdo para el tercer rescate, sin embargo, deja todavía una incógnita mayúscula: cómo acordar la financiación puente para los problemas más urgentes, como los pagos al BCE el 20 de julio (3.300 millones) y en agosto. Según las fuentes consultadas, eso se verá en los próximos días: si Grecia aprueba de veras leyes por la vía de urgencia, los ministros darán una señal para que haya cierto margen con los beneficios procedentes de las operaciones con deuda griega, y el BCE podría ampliar los límites para que el Tesoro griego emita algo más de deuda a corto plazo.

Al final, el ultimátum fue alemán. Grecia se vio obligada a hacer más reformas. Tsipras acepta la tutela de las instituciones anteriormente conocidas como troika hasta mediados de 2018: prácticamente, durante todo su mandato. Y el fondo de privatizaciones es prácticamente un aval que debe poner Grecia para que los socios europeos le concedan una nueva oleada de préstamos subvencionados. Tsipras no lo tendrá sencillo en casa: el acuerdo le permitirá reabrir los bancos en breve, y sobre todo cumplir con la promesa de obtener una reestructuración de la deuda a través de la ampliación de los plazos.

Fin del tabú

Cuando arrancó la crisis, Alemania estaba convencida de que solo la presión del mercado podía provocar que los países del euro hicieran reformas y ajustes: la respuesta tibia de las instituciones europeas, inspirada en esa idea alemana, causó un enorme estrés financiero y una sucesión de crisis políticas. Berlín fue este lunes un paso más lejos en su estrategia: cambió de facto la fisonomía de la eurozona en la negociación del acuerdo con Grecia. La salida del euro deja de ser tabú.

Berlín insistió en incluir en las conclusiones del Eurogrupo un mecanismo de salida temporal del euro para los países que desafían las reglas. “El nuevo patrón de comportamiento de la gobernanza económica de la eurozona se acaba de escribir en Bruselas: acepta las normas alemanas o vete”, dijo Paul de Grauwe, de la London School of Economics.