Estoy feliz por el matrimonio de Laura y Yaz porque ellas están felices. Veo a Laura pletóricamente feliz y eso es lo único que queremos para los seres amados.

También estoy algo preocupado porque la decisión de estas dos mujeres valientes de poner en ridículo un sistema apolillado e injusto, ha despertado odios milenarios que se expresan con violencia. Y digan lo que digan nadie quiere eso para los seres amados.

Tal vez sea porque seguimos viendo a Lalai como la bebé de la casa, a quién queremos cuidar. Eso, está claro, es problema mío, porque Laura ha demostrado con creces que es una mujer adulta que toma sus propias decisiones y asume la responsabilidad de sus actos, aunque ello implique duras represalias por defender sus convicciones.

En todo caso, esos sentimientos coexisten con una profunda admiración hacia estas dos objetoras de conciencia.

Los derechos humanos no existirían si no hubieran existido personas dispuestas a rebelarse contra las leyes injustas, aun a costa de ser quemadas en la hoguera y sufrir de muchas otras formas todo el peso del poder punitivo del Estado.

Creo que al final la justicia prevalecerá. Cómo toda familia que recién empieza, Laura y Yaz enfrentan una dura prueba. Pero al final, ningún juez o fiscal podrá anular el amor que ellas se profesan.

Mientras tanto, quiénes les amamos les apoyamos incondicionalmente. Así también lo hace mucha otra gente que se ha sentido inspirada porque reclamaron derechos inherentes a la condición de persona humana y de paso se atrevieron a decir que el rey en realidad iba desnudo.

Que sirva esta historia para desnudar la vergonzosa deuda que tiene el Estado costarricense con las personas sexualmente diversas.

Porque si se hubieran corregido oportunamente las leyes y sentencias que legitiman la homofobia y niegan su plena dignidad a las parejas homosexuales, hoy estaríamos celebrando el amor en vez de juzgar a quiénes, además de amarse, exigen no ser tratadas por la ley como ciudadanas de segunda categoría.