Narrador, poeta y ensayista con más de 20 obras publicadas, Cortés nos cuenta que esta es su primera novela histórica y que su intención original era narrar el funeral de José Joaquín, asesinado el 10 de agosto de 1919 -en las últimas horas del régimen- por un misterioso pistolero cuya identidad, un siglo después, sigue siendo una obstinada incertidumbre.

No obstante, en la medida que investigaba las circunstancias del hecho, su cuaderno de anotaciones se fue llenando de hallazgos insólitos. Lo que más llegó a impresionarle fue la brutalidad del régimen. “No creo -nos dice- que (en la historia del país)  haya nada comparable, en cuanto a violencia y terrorismo de Estado, al régimen de los Tinoco”.

En esta entrevista con Informa-tico.com, Carlos Cortés nos habla de las motivaciones que tuvo para escribir “El año de la ira”; del contexto político y geopolítico de la época; nos devela aspectos insospechados de los protagonistas y de otros personajes como el expresidente Alfredo González Flores, defenestrado por el golpe de los Tinoco.

En sus páginas nos habla de la repugnancia que la dictadura tinoquista causaba al presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, así como de las amenazas más o menos en serio de invasión; se revela el alucinante mundo de la teosofía y el espiritismo que cautivó a algunas de las figuras políticas e intelectuales más destacadas de la época, incluyendo a los hermanos Tinoco y a su entorno.

Para quien tenga interés -unque sea simple curiosidad por la Historia-, la novela de Cortés es una caja de sorpresas. Además, es sin duda la obra de un escritor en plena madurez, que conoce el oficio de la palabra y que tiene una poderosa habilidad para generar imágenes vívidas y elocuentes.

La siguiente es una síntesis no tan apretada de la entrevista, que también puede verse y oírse en el siguiente enlace: 

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Informatico: Si no me equivoco esta es tu sexta o sétima novela, pero nunca habías escrito una novela histórica. ¿Qué te motivó a incursionar en este subgénero?

Carlos Cortés: Hasta ahora había hecho novelas con un cierto trasfondo autobiográfico, personal. Pero desde adolescente he acariciado la posibilidad de escribir esta novela. De la generación de mis abuelos y de un tío que fue mi padre afectivo yo había tenido varias versiones del crimen de Joaquín Tinoco.

La dictadura permeó mucho a una importante cantidad de costarricenses afectos al presidente derrocado, Alfredo González Flores, quienes debieron asilarse por la persecución política. Entre ellos estaba la familia Esquivel, la de ese tío político, él me dio esa versión desde la óptica de una familia “gonzalista”.

Siendo yo periodista en una de las revistas de La Nación, hace 30 años, un descendiente de una de las familias cercanas a los Tinoco me regaló una carpeta de fotografías inéditas del funeral de José Joaquín, tomadas por Manuel Gómez Miralles, con la intención de que hiciera un reportaje que nunca hice. Sin embargo, las guardé celosamente pensando que podían servir para un relato.

 

Los 30 meses de la dictadura de los Tinoco es un periodo oscuro para la mayoría de los costarricenses. De tu trabajo de investigación cuál dirías que fue el hallazgo más impactante.

Yo diría que dos cosas. Una, el sistema de esbirros, que actuaban como un grupo paramilitar de espionaje y represión. Tenía funciones de investigación y delación tanto de personas que estaban directamente implicadas en la lucha contra los Tinoco, como de personas con las que tenían problemas personales y a quienes quitaban del camino acusándolas de anti-tinoquistas. Hacían desde delaciones hasta asesinatos. Eso me impresionó muchísimo, que hubiera en un periodo de la historia costarricense un mecanismo de represión tan bien aceitado y que funcionara como política de Estado, dirigida por Joaquín Tinoco.

Lo segundo fueron los métodos de tortura, que están bastante bien documentados en dos publicaciones llamadas Proceso Histórico, aparecidas entre 1919 y 1920. Se usaban de forma muy regular y sumaria los golpes de vara. La víctima era enviada a la penitenciaría o a algunas de las secciones de policía o al cuartel Bellavista y sometida a golpes de vara, a veces hasta 50 diarios. Era algo terrible, la espalda quedaba totalmente destrozada.  Varias personas murieron por este tipo de tortura, incluidos algunos sacerdotes.

También se daba el uso sistemático del potro, que es algo que había sido abolido por don Cleto Gonzalez Víquez en 1908 y que los Tinoco reinstalan en el 17.

Esas fueron las cosas que más me impresionaron, porque no las sabía, y por el grado de ensañamiento. Fueron 30 meses, muy poco tiempo, pero eso nos coloca en el nivel de otras dictaduras en América Central.

 

Entonces, ¿podríamos decir que en la historia del país nunca hubo un régimen tan brutal como el de los Tinoco?

Exactamente, no conozco a fondo antes de Tomás Guardia, creo que hubo algunos momentos (represivos) del largo periodo de Rafael Iglesias, pero no creo que haya nada comparable en cuanto a violencia y terrorismo de Estado, comparable al régimen de los Tinoco.

 

Hubo en 1919 una amenaza real de invasión de Estados Unidos a Costa Rica. ¿Por qué molestaba tanto a los gringos la existencia de la dictadura de Tinoco?

Yo creo que efectivamente hubo una amenaza real de invasión, contradictoriamente no durante el periodo de los Tinoco, sino durante el breve periodo del general Juan Bautista Quirós, a quien Federico Tinoco deja a cargo del poder cuando sale del país. Quirós era el primer designado a la Presidencia (lo que vendría a hacer ahora un vicepresidente) y en cuanto asume recibe la presión directa del cónsul de Estados Unidos (en ese momento no había relaciones diplomáticas).

El cónsul Benjamin Chase, que era sumamente contrario a los Tinoco, le transmite a Quirós la orden del departamento de Estado de que tiene que entregar el poder a Francisco Aguilar Barquero, que había sido designado  a la presidencia durante el periodo de Alfredo González Flores.

Quirós nombra una Junta de notables, que es lo que uno podría llamar el derecho al berreo latinoamericano, para que decida y ésta finalmente decide aceptar el mandato de Estados Unidos.

Hay que contextualizar un poco la época y el pensamiento del presidente Woodrow Wilson. En ese momento, entre la primera y la segunda década del siglo XX, Estados Unidos está convirtiéndose en la potencia mundial hegemónica y cuando llega a la Casa Blanca, Wilson intenta abandonar la política del Gran Garrote y diseñar una política de menor injerencia.

Evidentemente, no lo logra pero, al menos en el caso de Costa Rica,  él no acepta que se haya interrumpido el orden constitucional con el golpe de Estado de Tinoco. El golpe de Estado se da en enero del 17 y, pocos días después, Wilson recibe a González Flores en la Casa Blanca. Aparentemente se caen muy bien, él le cree a González Flores y desde ese momento decide que no va a reconocer a Tinoco.

Creo que también interviene una figura muy determinante  en la historia de Costa Rica que es Minor Keith. Wilson le tenía una particular animadversión a Keith porque representaba el poderío capitalista absoluto por encima de cualquier consideración política. Keith, que tenía relaciones muy estrechas con Tinoco, intenta presionar a Wilson para que reconozca al gobierno pero éste no cede. De hecho, las normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Costa Rica no ocurre sino hasta 1920

 

Sin embargo,  Estados Unidos tenía un barco de guerra anclado en Limón, listo para intervenir, y eso ocurrió durante el gobierno de Tinoco.

Efectivamente, en junio de 1919, un poco antes de que caiga la dictadura, llega a Limón un barco de guerra con unos 50 marines y, al mismo tiempo, la base militar de Amapala, en el Golfo de Fonseca en Honduras, se prepara para una eventual necesidad de pertrechos militares o invasión. Ese desembarco no se produce porque el cuerpo diplomático latinoamericano que es afecto a Tinoco, así como empresarios estadounidenses, se trasladan a Limón y hablan con el capitán del barco. Lo convencen de que aquí no están en riesgo las haciendas, los intereses ni el capital norteamericano; la ciudad de San José está tranquila. Entonces, el departamento de Estado duda de las versiones de Chase.

El papel del cónsul estadounidense en este entramado tiene visos tragicómicos. Chase es un hombre que ya había participado en la primera guerra mundial como cónsul de Estados Unidos, tiene un trauma de guerra y es manipulado por los anti-tinoquistas para que constantemente pida la invasión.

 

¿Y como ves el papel de González Flores en esto?

Hay que contemplar también la figura de don Alfredo González Flores bajo dos ópticas, porque por un lado siempre se le ha visto como el primer reformador, el primer presidente que de alguna manera diseña una política que podría acercarse al Estado social de la segunda mitad del siglo XX, pero también es el hombre que solicita a EEUU la invasión y pide volver a ser colocado de esa manera en la presidencia del país. El presiona mucho, pero Estados Unidos, especialmente, el Departamento de Estado no quiso invadir.

 

 En la novela “El año de la ira” queda más o menos asentado como un hecho cierto que el asesino del general Tinoco fue José Agustín Villalobos, pero por ahí surgen versiones que sugieren la existencia de un complot y que el ejecutor haya sido un pistolero pagado. ¿Cuál es tu interpretación de estos hechos?

En ninguna parte de la novela se asegura que fue José Agustín Villalobos, la novela trata de presentar de la manera más documentada posible lo que pudo haber ocurrido. A lo largo de la investigación hubo otros actores, anti-tinoquistas (yo hablé con algunos de sus descendientes), que presentaron la posibilidad de que hubiera sido un pistolero venido de Nicaragua o de Cuba. Federico Tinoco , tras su salida del país, dice que fue un complot orquestado por Nicaragua, por su gran enemigo Emiliano Chamorro, con la complicidad de sectores anti tinoquistas costarricenses y con la logística de Estados Unidos. Y sugiere que el asesino fue un nicaragüense.

La novela lo que hace es contrastar e ir nutriendo en una sola historia las diferentes versiones que se dan. Siempre se manejaron dos versiones muy fuertes: una que fue José Agustín Villalobos y otra que fue Julio Esquivel Sáenz. Villalobos era un ebanista anti-tinoquista, un muchacho entusiasta que dijo en los meses previos (y hay testimonios de eso) que él estaba dispuesto a asesinar a (Joaquín) Tinoco porque era el punto clave para derrotar a la dictadura. Julio Esquivel era el secretario del directorio del Congreso, íntimo amigo de Tinoco y se le relacionó con el caso a raíz de un lío de faldas y por el hecho que podría considerarse relevante de que una semana después del asesinato de Tinoco, Esquivel asesinó a su esposa Adelia Valverde.

 

En el año de la ira, en algún momento se plantea que con la muerte de José Joaquín Tinoco y la salida de Federico, no se acaba el tinoquismo, sino que se prolongó por un par de décadas más. ¿Cómo es que se manifiesta esto?

Se manifiesta de tres maneras. En la restauración oligárquica que hay a partir no de Francisco Aguilar, sino de Julio Acosta, que gobierna del 20 al 24. Parte del grupo que había gobernado con los Tinoco vuelve al poder a partir de 1920 directamente en el gabinete de Julio Acosta. Esto fue algo escandaloso y duro para las fuerzas anti tinoquistas que habían peleado con el mismo Acosta.

No se enjuicia a nadie, nadie va a la cárcel, nadie paga por sus responsabilidades en la represión y tampoco hay una restitución de todo el latrocinio que se dio, porque hay que decirlo en palabras sencillas: se robaron mucha plata. A lo sumo, hubo un proceso muy interesante porque el Royal Bank of Canada, a pedido de los Tinoco, había hecho una especie de emisión inorgánica de dinero que era un préstamo que Federico Tinoco se lleva a Europa. Cuando el banco quiere cobrar este dinero al país, el gobierno realiza un litigio internacional que concluye en un laudo que gana Costa Rica y que es jurisprudencia internacional.

Yo lo que considero es que Julio Acosta por diferentes razones, pero especialmente por la cercanía que tenía con el grupo de Tinoco, lo que hizo fue pasar un tupido velo, como dice José Donoso, hacer “borrón y cuenta nueva”, “aquí no ha pasado nada, esto fue un paréntesis en nuestra historia democrática”. Pero, en realidad, el golpe militar de Tinoco contra González Flores fue más bien el resultado del rechazo de la oligarquía a la pretensión de don Alfredo de hacerle pagar impuestos. En Costa Rica, a la oligarquía no le gusta pagar impuestos, ni hace cien años ni ahora.

Así que esa misma oligarquía estaba cubriéndose bajo el manto de don Julio Acosta, renegando de los Tinoco, diciendo que eran unos locos, evidentemente se había beneficiado del golpe militar y lo había apoyado activamente. No hay ningún expresidente de entonces que no haya apoyado el golpe. Don Ricardo Jiménez no participó en la Constituyente del 17 porque no quería, pienso yo, “quemarse” para su futuro político, porque sabía que eso no iba a durar mucho. De hecho, el va a gobernar dos periodos más (1924-1928, 1932-1936).

 

Algo que no está en la novela pero que llama la atención es el hecho de que los hermanos Federico y Joaquín Tinoco son nietos de Saturnino Tinoco, un personaje relevante en el golpe de Estado contra don Juanito Mora en 1860 y, después, en el gobierno de José María Montealegre que se instauró como resultado del golpe. Como que había una cierta tradición golpista en esa familia, es un dato curioso.

Lo que es muy relevante en eso es que, efectivamente, los Tinoco desde el siglo XIX eran una de las grandes familias cafetaleras. La gran figura es Saturnino y, de alguna manera, Federico Tinoco Iglesias, padre de los Tinoco Granados. Estos dilapidan el capital de la familia por su adicción al juego pero el poder político y simbólico de ser una de las grandes familias de Cartago estaba intacto y eso les daba una legitimidad que no tenía un cafetalero acaudalado, culto, que sabía de economía, pero que era un ingenuo político,  como González Flores. Eso es clave para entender lo que pasó.

 

Una pregunta final. Llama mucho la atención la estructura de la novela. Parece que el tiempo de “El año de la ira” es el tiempo del funeral de Joaquín Tinoco. De ahí se mueve, a través de la memoria, hacia el pasado y el futuro, que permiten comprender ese momento. ¿Qué te hizo darle esta estructura a la novela?

El enredo en que me había metido. Nunca había trabajado el género de la novela histórica y en determinado momento me encontré con cientos de citas, con una cronología de más de 100 páginas, con decenas de personajes, y yo lo que quería contar, como muy bien lo decís, es el funeral de Joaquín Tinoco.

Yo sentía que en ese funeral estaba siendo enterrado un personaje lleno de contradicciones, un playboy, el mejor tirador de Centroamérica, un hombre más vigilado y cuidado que el propio presidente, porque alrededor de él estaban guardaespaldas, esbirros, el ejército. Era el hombre más popular en un ejército de 5.000 hombres, 2.000 de ellos estaban en San José en ese momento y, a pesar de eso, lo logran asesinar. Entonces, a mí eso me parecía que simbolizaba todo lo que yo quería decir.

Pero claro, al mismo tiempo había un contexto político y geopolítico muy interesante, estamos al final de la Primera Guerra Mundial, en el momento en que Estados Unidos se convierte en la gran potencia, estamos al borde de una guerra con Nicaragua, porque si esto se salía un poquito de las manos Chamorro iba a invadir Costa Rica, esto era un polvorín. Había redes de espionaje por toda Centroamérica y también en Costa Rica. Era demasiado material para que lo dejara por fuera pero tampoco quería hacer una saga de tres novelas.

Entonces, recurrí a esta estructura para sin cansar al lector, sin confundirlo, tratar de explicar el entramado de los hechos, pero teniendo muy claramente definidas esas imágenes de la bella época (La belle époque) , de un momento que ya iba a desaparecer del imaginario de Occidente porque la primera guerra iba a acabar con todo eso.

La oligarquía de Tinoco, ese grupo en que todos eran teósofos, tenían una sesión espiritista por la noche, vivían como si estuvieran en París, cuando en realidad vivían en San José, todo eso iba a pasar de moda cuando terminara la primera guerra mundial, entonces me interesaba condensar en esas imágenes el fin de la dictadura. Por eso tardé tanto en escribirla, por el detalle de la estructura, que sí me dio mucho trabajo, honestamente.