Mientras la crisis económica mundial se prolonga y agudiza, los grupos dominantes en Costa Rica se ven a palitos para justificar la estrategia económica que por los últimos 28 años han impulsado. Esta nació a la luz de la inmensa tormenta ideológica de los ochentas, la cual se extendió por el mundo con el decidido empuje de Reagan en Estados Unidos y Thatcher en Gran Bretaña (más el sanguinario antecedente del Chile de Pinochet). La caída del socialismo real a finales de los ochentas e inicios de los noventa le dio mayor impulso. Desde ahí, la borrachera de la globalización neoliberal se extendió con virulencia por el mundo –y en particular por América Latina- aunque con escasa capacidad para sostenerse. La seguidilla de crisis financieras internacionales –empezando por la de México en 1995- hizo que el cuestionamiento y la duda echasen raíces.

En el período 2003-2006 hubo un aparente reverdecer de los laureles neoliberales. La fiebre especulativa mundial de esos años alcanzó un punto de clímax y disparó los índices de crecimiento económico. Pero, en realidad, ello tan solo incubaba el desastre, que empezó a hacerse visible hacia 2007. En el último lustro, y sin salida a la vista, hemos visto desenvolverse el colapso y la bancarrota de la ideología neoliberal y de su proyecto político. Hoy el neoliberalismo mundial es como al modo de monstruo gigantesco que, en los estertores de su terrible y prolongada agonía, destruye todo a su alrededor. Es el drama terrible que asola hoy día a Europa, algo menos agudo en Estados Unidos, donde en cualquier momento podría entrar también en fase de agravamiento.

Lo que se observa en Europa resulta especialmente ilustrativo. Por doquier se imponen severísimas recetas de restricción fiscal que implican una grave involución en el devenir histórico de los estados sociales europeos. Se pretende que ello logrará calmar a esas vaporosas e inaprensibles divinidades llamadas “mercados” e “inversores”. Pero con el recorte tan solo se profundiza la recesión y el desempleo y se despilfarran oportunidades para mejorar la productividad de las economías. Instalada entonces la recesión, ello tan solo enerva, por otra vía, a los “mercados” e “inversores” y aviva su divina indignación. Se instala así un círculo vicioso de terribles consecuencias. Aunque Obama intenta maniobrar –con escasa convicción, hay que decirlo- para evitar tales extremos de devastación en Estados Unidos, las condiciones políticas no se la ponen fácil. Mirar más allá de las elecciones presidenciales de este año, es un ejercicio que inevitablemente deprime.

Los problemas económicos son, ya desde sus raíces originales, de una magnitud excepcional y ponen en evidencia que la fórmula neoliberal de desregulación de mercados y especulación financiera, constituye una eficaz receta para el desastre. No está tan claro –como quieren Stiglitz o Krugman- que la respuesta keynesiana sea la apropiada. Cierto que por esa vía se frenó la “caída libre” (como la ha llamado Stiglitz) de las economías en 2008-2009. Como es probablemente cierto –la evidencia a la mano lo respalda- la tesis de Krugman en el sentido de que aquel estímulo fiscal era, sin embargo, insuficiente: frenaba la debacle pero no podía relanzar la recuperación. Pero también es cierto que con ello se dispararon las deudas públicas en todo lado: no solo en la llamada “periferia europea”, sino incluso en las grandes economías, Estados Unidos incluidos. Y maniobrar con tales volúmenes de deuda nunca es tarea fácil, no solo por las complicaciones económicas que conlleva, sino también –como lo estamos viendo- por las tensiones políticas que desata.

En breve: si el cúmulo gigantesco del endeudamiento privado sigue pesando, en todo caso surge un fardo incrementado de deuda pública. Pero eso es poca cosa frente al tinglado contradictorio que plantean mercados financieros globalizados y desregulados, de vocación fuertemente especulativa, dotados de inmensas capacidades para desestabilizar y, literalmente, despedazar, las economías nacionales. Ello atrae la atención acerca del error capital que hoy se comete con las violentas políticas de restricción fiscal: cargan todo el peso sobre países y pueblos individualmente considerados, sin siquiera reparar en la magnitud de las fuerzas globales que los afectan. El asunto alcanza una gravedad tal, que hoy acosa incluso una economía tan poderosa como la francesa. Ello también ilustra acerca de lo que hay de acertado en los esfuerzos suramericanos por construir un gran bloque económico, que defina estrategias conjuntas (con cierto contenido de solidaridad entre estados) y construya un dique de contención frente a las destructivas fuerzas globales.

Frente a un desafío de tales dimensiones, no se ve que exista ni el Keynes que resuelva el nuevo acertijo teórico, ni el Roosevelt que logre el mínimo de lucidez en la conducción de las respuestas de política. Todo lo contrario, y de la mano de las merkel y los sarkozy, los sistemas políticos, prisioneros del neoliberalismo y de los grandes intereses financieros que han provocado la catástrofe, tan solo dan muestras de insensatez, ineptitud, electoralismo y corrupción.

En ese contexto, los signos recientes de mejoría económica en Estados Unidos no durarán más de lo que aguantaron las anteriores y transitorias “mejorías” durante los últimos dos años y medio. En Europa la recesión ya está instalada, y como a la espera de noticias. No vaya a darse el colapso de España o Italia y con ello una nueva fase de “caída libre”.

¿Y en Costa Rica? Un par de ejemplos, provenientes de dos editoriales de La Nación de meses atrás (Mejoría en la economía mundial y Precio de los bonos y suerte del euro). El primero (31-10-2011) mostraba optimismo en relación con la evolución en Europa y Estados, pero prevenía: “…no podemos confiarnos”. En el segundo (tres semanas después: 21-11-2011), el optimismo desaparece, lo cual ilustra acerca de la “consistencia” en las evaluaciones oficiales del neoliberalismo criollo sobre la crisis.

Ya en el primer editorial, y no obstante su tono de “tranquilidad”, se advertía: “…es mejor acelerar las reformas internas”. No dicen cuáles. En el segundo, otra vez nerviosos, se extienden un poco más acerca del qué hacer en Costa Rica. Lo primero es lo fiscal: impuestos, gastos, deuda pública (¿Es que podría ser de otra forma? Tópico coincidente en Laura Chinchilla, Ottón Solís y…La Nación). Luego, y de nueva cuenta: “…acelerando las reformas estructurales”. De nuevo, omiten decir cuáles. Innecesario, ya que están clarísimas las preferencias ideológicas de este medio.

O sea: más de lo mismo. Dosis incrementada de la medicina que nos tiene gravemente intoxicados.

Concluyo con Eduardo Lizano (El Financiero, 9 a 15 de enero 2012). Su (reiterada) hipótesis de partida parece ser: “Si nada pasa en la economía…”. También se lo he oído a Luis Liberman en dos distintas entrevistas. El tema no es “si no pasa nada”. Lo importante es saber qué haremos si efectivamente pasa. Parece que no tienen idea y ni siquiera quieren pensarlo.

Y para concluir: “Para Lizano, hay que esperar solo dos o tres años (sic) más antes de que vuelva la ‘normalidad’ y sean de nuevo Estados Unidos, Europa y Japón los grandes motores económicos mundiales” (p. 5).

Dos comentarios:

a) Lizano dio en el clavo: hay que “creer” –al costo que sea- que las cosas son así, porque de otra manera “su” modelo neoliberal caería en mil pedazos. Y digo “creer” en sentido literal -como acto de fe- puesto que el consagrado economista no da una sola razón en apoyo de su tesis;

b) ¡Qué espantosa irresponsabilidad la de esta gente!