Siguiendo el estilo que adelantó ayer, de entrarle al tema mexicano "pisando suavemente", pronunció las pocas frases de la Eucaristía que lo acercaran a la dura realidad cotidiana de este municipio: "Una tierra que no tenga que llorar a hombres y mujeres, a jóvenes y niños que terminan destruidos en las manos de los traficantes de la muerte”.

Más allá de esta frase, no haría ninguna otra referencia a los feminicidios, delito en el cual este municipio es líder nacional; a las inmensas extensiones de población que viven al límite, sin servicios, en condiciones de insalubridad; al enriquecimiento ilícito y el tráfico de influencias que ha manchado el nombre de políticos y empresarios en esta entidad.

Sí haría referencia, en su homilía, a la corrupción, aunque de manera indirecta.

Aprovechó el pasaje de la biblia de los 40 días de Jesús en el desierto -precisamente la cuaresma- y la parábola de las tres tentaciones del demonio.

Enumeró: la primera, "la riqueza, adueñándonos de bienes que han sido dados para todos y utilizándolos tan sólo para mí o «para los míos». Es tener el «pan» a base del sudor del otro, o hasta de su propia vida".

La segunda, "la vanidad, esa búsqueda de prestigio en base a la descalificación continua y constante de los que «no son como uno». La búsqueda exacerbada de esos cinco minutos de fama que no perdona la «fama» de los demás".

Y el tercero, "el peor de todos", dijo el Papa. "El orgullo, o sea, ponerse en un plano de superioridad del tipo que fuese, sintiendo que no se comparte la «común vida de los mortales», y que reza todos los días: «Gracias Señor porque no me has hecho como ellos».

No lejos de ahí, algunos botones de muestra de esas tentaciones: los despojos de tierras de campesinos, allá atrás, en Atenco, en el lado opuesto del vaso texcocano; el predio reservado para los grandes negocios del futuro aeropuerto internacional, las "urbanizaciones salvajes" de grandes inmobiliarias, como el grupo ARA, que desplegó promocionales por todo el trayecto por donde pasó el Papamóvil desde el helipuerto El Ballisco hasta El Caracol.

Horas duras

Frente al altar que se levantó, de cien metros de altura y 200 de largo, con una base adornada con el tradicional tapete de aserrín de San Pedro Xalostoc, con motivos mazahuas, el Pontífice compareció ante una multitud expectante, apretujada, calculada en cerca de 320 mil almas, que había dormido sobre el lecho disecado de un lago bajo, temperaturas gélidas y que a esa hora soportaba los rayos de un sol que se comportaba, como dicen los abuelos: "Sol de invierno, sol de infierno". En diez horas el termómetro fluctuó entre los cuatro y los 26 grados.

Horas duras, de resistencia. Desde sus miradores, los fotógrafos que portan escaleras detectaron decenas de desmayos. Los paramédicos tuvieron una jornada sumamente ajetreada y el hospital de campaña que se instaló en las orillas no dejó de tener ingresos todo el tiempo.

¿Qué los mueve?

¿Qué es lo que mueve a la gente para afrontar un sacrificio físico tan grande para estar, lejos y entre miles y miles de personas, unos cuantos minutos en presencia de un Papa? Gabriela Guerra, de Aguascalientes, se esfuerza por explicarlo. Ella y su esposo salieron de la capital hidrocálida a las tres de la tarde del día anterior.

Mal preparados pernoctaron en el predio, para ocupar un buen lugar frente al altar. "Fue terrible", apunta el esposo. "Pero valió la pena", añade la esposa.

"Con todo lo vulnerable que uno se siente en la vida, estar aquí, soportando toda esta dureza, es un sentimiento diferente. Vale la pena ver al Papa porque es un ser que representa el significado de Dios. Por eso aguantamos...esto y más". Ellos son católicos de misa diaria.

A las 10.31, exactamente, el helicóptero Puma que traslada al Papa sobrevuela el mar de gente. Miles de banderitas blanco-amarillas se agitan.

Delante lo escolta otra nave de seguridad. Y detrás, el helicóptero que lleva la cámara que graba el sobrevuelo en las imágenes prodigiosas que se miran en las cerca de 30 pantallas gigantes que se han colocado estratégicamente.

Tiempos modernos: una nube de drones, como moscadrones blancos, quizá un centenar, aparecen más tarde en el horizonte. Vienen con cámaras y desde el aire siguen el paso del Papamóvil que está a punto de terminar su recorrido de 8 kilómetros desde el helipuerto local. En cualquier momento debe aparecer Francisco en el escenario.

Cuando aparece, no hay un saludo hacia la multitud. Y desde abajo, los miles y miles callan. Empieza la misa, en la que, por ser una liturgia en días de cuaresma, los prelados -medio centenar de obispos y cardenales, con sus mitras- visten casullas moradas. Solo una sencilla cruz que se eleva casi 80 metros y la guadalupana a la derecha adornan el templete.

Llega el momento de las peticiones universales. Varios laicos suben para leerlas. Una parece llegar la huella de algún partido político: "Oremos por nuestros gobernantes para que sigan generando oportunidades de desarrollo y motivan una distribución justa de los bienes de la creación".

Finalmente, la hora de la comunión. Se dice que prepararon y bendijeron 23 mil hostias para la ocasión. Varias docenas de sacerdotes bajan del altar y se distribuyen entre la multitud. Van custodiados por cuatro policías federales cada uno.

La misa ha terminado. Francisco se despide con su rúbrica: "Y por favor, no se olviden de rezar por mi". Desaparece detrás del altar. La transmisión de la señal televisiva se corta. Y algunos cuantos se lanzan a la pesca de alguna reliquia o suvenir: macetas, floreros, lo que alcancen.