Con las drogas en general-incluso las que son legales- ocurre algo similar a lo que acontece con el sexo: la moral religiosa dominante las condena como algo sucio y pecaminoso. En principio nadie que sea cumplido practicante de esas religiones -catolicismo o pentecostalismo evangélico- debería probar droga alguna, como igualmente todas esas personas deberían practicar solamente sexo estrictamente heterosexual y marital, bajo las cobijas, en la oscuridad y prescindiendo de cualquier extravagancia más allá del coito en su forma más elemental.

El placer, como se sabe, es cosa mal vista por ese tipo de moral religiosa. Ésta se fundamenta en una especie de ontología platónica-por aquí el cuerpo, por allá el espíritu o alma- entonces el cuerpo (la carne) es visto como ocasión de pecado y perdición. En particular, esa moral religiosa mira con ojos de terrible sospecha el cuerpo de la mujer. Ya desde Eva, se le atribuye a la mujer ser una especie de fuerza telúrica y primigenia ante la cual el hombre debe mantenerse alerta para no “caer en tentación”. De ahí que por siglos y siglos se haya querido encorsetar, encerrar, encadenar, reglamentar, controlar, el cuerpo de la mujer. Y aún hoy esa religión del silicio y la sospecha mira con enorme recelo y malestar la lucha de las mujeres por sus derechos y, en especial, su reclamo-absolutamente básico- para decidir sobre su propio cuerpo.

Las drogas, como el sexo, convocan al placer y, por supuesto, un placer corpóreo, es decir, un placer que se siente en el propio cuerpo (incluso la “espiritualidad” de que alguna gente se ufana, es en realidad una sensación física y corporal). Sabemos, sin embargo, que los excesos resultan destructivos, de forma que lo que pudo ser un placer, en determinado momento deviene algo doloroso. Sucede así con el sexo o el juego y, más claramente aún, con las drogas. Las adicciones dañan al punto de destruir por completo vidas humanas.

Alrededor de estos asuntos, nuestra sociedad vive permanentemente enfrascada en un juego de doble discurso y doble moral. Seguramente por influencia de esa moral religiosa a que hice referencia, hay una especie de censura generalizada a aquello que produce placer, incluidos el sexo y las drogas; incluso las drogas legales, aunque la repulsa es más fuerte en el caso de las ilegales. Y, sin embargo, y no obstante las usuales expresiones de condenatoria, el alcohol fluye generoso a lo largo de todo el año-y en especial con ocasión de celebraciones religiosas como la semana santa o la navidad- mientras el sexo es cuestión en que nuestros chicos y chicas se inician a muy temprana edad, siendo un gustito detrás del cual la gran mayoría anda, aunque se afanen por ocultarlo.

Esta doble moral tiene también sus expresiones en la institucionalidad pública y la legislación, ya que ambas han sido diseñadas bajo el poderoso influjo ideológico de la moral a la que hago referencia. De ahí que sea tan difícil desarrollar una educación sexual relativamente sensata e inteligente. Sigue siendo poderosa la tendencia a negar la realidad de que el sexo es parte importantísima en la vida de las personas jóvenes.

En el caso de las drogas, nuestras leyes abundan en cosas que, de tan irracionales, constituyen auténticas aberraciones. Por ejemplo ¿en qué cabeza cabe prohibir el expendio de bebidas alcohólicas los días jueves y viernes santos? Esta es una expresión grosera de doble moral, puesto que en esos días vacacionales abunda el consumo de alcohol (como también el más voluptuoso desfogue sexual).

En todo caso, la prohibición de ciertas drogas es un sinsentido monumental. Los logros más importantes de esa legislación son los siguientes: tráfico ilegal; mafia y crimen organizado; violencia y asesinatos en gran escala; corrupción de políticos y funcionarios públicos. Y si el objetivo era impedir su consumo a fin de prevenir el daño a la salud, habría que decir que el fracaso es total: las drogas ilegales pululan y la devastación humana de la adicción crece sin parar.

Reconozcamos que el problema trasciende a Costa Rica: la estupidez de la prohibición de tales drogas es compartida por muchos países en el mundo y liderada a escala planetaria por el súper-imperio estadounidense. “Mal de muchos, consuelo de tontos”. Entretanto crece y crece el dolor humano y la destrucción social.

Guardando las proporciones del caso, esto de las drogas ilegales guarda cierta similitud con lo de la educación sexual: una especie de dogmatismo ideológico lleva a negar tercamente la realidad e impone una normativa que, reñida a muerte con esa realidad, termina ocasionando un daño inmenso.

Me temo que la legislación recientemente aprobada en relación con el consumo de cigarrillos tiene características muy similares a lo que acabo de comentar. Hay un énfasis claramente represivo que podría tener consecuencias no previstas y francamente indeseables. Aunque no prohíbe expresamente la venta y consumo de esta droga, en todo caso se encarecen y dificultan de forma tal que en cierto modo reproduce, aunque en un nivel inferior, criterios similares a los aplicados en el caso de las drogas ilegales.

Para mi gusto, el cigarrillo es cosa realmente desagradable. Pero creo que debería respetarse a quienes lo encuentran placentero, siempre que a su vez respeten el aire que respiramos la demás gente. Cierto, ello podría tener consecuencias para su salud, pero en ese caso-como con cualquier droga- debería enfatizarse la prevención y la educación, no la represión ni la criminalización. Pero el vigente régimen de doble moral que impone la religión conservadora no facilita este tipo de consideraciones. Desconfiado del criterio e inteligencia de la personas, prefiere siempre prohibir.

Las compañías tabacaleras que comercializan esta droga, al menos lo hacen bajo control público y pagan impuestos. No vaya a ser que terminen sustituidas por contrabandistas que no solo repartirán tabaco sin tal supervisión, sino que además promoverán nuevas formas de crimen organizado.

Y por favor perdone si me atrevo a plantear estas ideas muy poco ortodoxas.