París. Hasta hace apenas unos días, la oposición siria se preparaba para un festín armado que podía abrirle la ruta de Damasco hasta el corazón del régimen de Bashar al Assad. Estados Unidos y Francia se aprestaban a lanzar una ofensiva militar contra los depósitos de armas químicas de Al Assad.

Todo estaba casi al alcance de la mano. Pero el castillo de cartas se derrumbó. Gran Bretaña sometió a voto la decisión de entrar en la guerra pero la mayoría que se formó votó en contra. Luego, el presidente norteamericano, Barack Obama, decidió también consultar al Congreso y la guerra tan anunciada se demoró. Entre esos dos hechos intervino Rusia con una propuesta inédita en la historia de las relaciones internacionales: ser garante e intermediario de la destrucción del arsenal químico de Damasco.

El acuerdo entre Washington y Moscú se selló en Ginebra y, con él, la oposición siria se quedó aislada mientras que su principal aliado y sostén internacional, el presidente francés, François Hollande, aparece hoy en el centro de un tablero inconfortable. Hollande fue durante varias semanas un perseverante partidario de “castigar” al régimen de Damasco. El acuerdo ruso norteamericano lo deja casi en ridículo. Washington y Moscú pactaron a puertas cerradas al mismo tiempo que, a fuerza de informes oficiales de la ONU, testimonios de víctimas e imágenes difundidas en Internet se terminaba de empañar la imagen de los rebeldes sirios. De héroes casi proclamados a villanos de una película de baja categoría.

El discurso presidencial no ha variado. La situación, en cambio, sí. Al cabo de una reunión que el presidente francés mantuvo en París con los jefes de la diplomacia de Arabia Saudita, Jordania y los Emiratos Arabes unidos, este grupo de países instó a “reforzar el apoyo internacional a la oposición democrática para permitirle hacerle frente a los ataques del régimen sirio cuya obstinación beneficia a los movimientos extremistas y amenaza la seguridad regional e internacional”. Las intenciones del texto chocan sin embargo con el nuevo panorama geopolítico que se desprende del acuerdo sobre la destrucción del arsenal químico sirio negociado entre el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, y el ministro ruso de Relaciones Exteriores, Serguei Lavrov. También choca con la crisis interna de la oposición siria.

Nadie sabe exactamente quién manda en su seno, ni cuántos son los grupos y grupúsculos que la componen. En un puñado de días, la imagen de los rebeldes bajó de intensidad y perdió tanto crédito como legitimidad. Ese remolino de incertidumbres también arrastró a París. Francia fue el primer país en haber reconocido a la oposición siria como representante legítimo del pueblo sirio. También fue el primer país del mundo que admitió públicamente que les suministraba armas y apoyo logístico a los rebeldes.

La CNS, Coalición Nacional Siria, es una bolsa de gatos. Su principal componente armado es el ASL, el ejército sirio libre, una rama compuesta por opositores y desertores del ejército oficial. Con el correr del tiempo se sumaron a esa fuerza combatientes extranjeros e islamistas como el Frente Al Nusra, el Estado Islámico en Irak y una galaxia de facciones de inspiración radical que fueron creciendo en influencia al punto de desencadenar, en el seno mismo de la oposición, una guerra confesional paralela entre chiítas y sunitas. La confusión es tal que pocos saben hoy qué regiones están controladas por uno u otro grupo. Secuestros, crímenes de guerra, sospechas sólidas sobre el empleo de armas químicas, asesinatos de cristianos como el perpetrado por Al Nusra en Maalula, violaciones de los derechos humanos, ejecuciones sumarias y torturas, larga es la lista de atrocidades atribuidas ahora a los rebeldes. Mientras Rusia y Estados Unidos salvaban las apariencias con un acuerdo de desarme bajo supervisión de la ONU, François Hollande se quedó en primera fila con aliados que repentinamente perdieron su notoriedad.

Burhan Ghalioun, uno de los dirigentes de la Coalición Nacional Siria, dijo al diario francés Le Monde: “Esperábamos un auténtico compromiso, una toma de conciencia frente a esta guerra perpetrada por Al Assad, Rusia e Irán. Pero, visiblemente, Occidente sigue mirando con los brazos cruzados mientras el pueblo sirio se hace masacrar”. Burhan Ghalioun acusa a Estados Unidos de “traición” e “irresponsabilidad”. Lo cierto es que París está en el mismo rincón que los rebeldes.

El acto final de esta extraña pieza se jugó el pasado 31 de agosto, cuando François Hollande había reunido en el Palacio presidencial al Consejo de Defensa. Esta instancia está compuesta por los jefes de los servicios secretos, los generales del Estado Mayor y los ministros de Relaciones Exteriores, de Defensa y de Interior. La guerra estaba sobre la mesa para las próximas 48 horas. Una llamada telefónica anticipada cambió el curso de las cosas. Barak Obama llamó por teléfono a Hollande una hora antes de lo que estaba previsto y, a lo largo de 40 minutos, le explicó que había optado por obtener el permiso del Congreso antes de lanzar el ataque. De aliado principal, Francia pasó a la soledad del corredor de fondo en una carrera lenta cuyo final es un enigma.