El más controvertido y uno de los más influyentes críticos literarios de la actualidad, Harold Bloom (1930-2019), murió este 14 de octubre

Bloom, nacido en el barrio de Bronx, en Nueva York en el seno de una familia judía ortodoxa, el menor de cinco hijos, mantuvo su cátedra en la Universidad Yale, en New Haven, Connecticut (Estados Unidos), hasta menos de una semana antes su muerte. Entre sus numerosas obras destacan La ansiedad de la influencia (1973), La religión americana (1992), El canon occidental (1994), Shakespeare, La invención de lo humano (1998), Cómo leer y por qué (2000), El futuro de la imaginación (2002), Genios. Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares (2002) y Jesús y Yahvé. Los nombres divinos (2005).

En Genios. Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares, estudia cien personalidades que, por su obra creativa o vida ejemplar, han marcado la cultura universal, particularmente la literatura, desde los tiempos bíblicos o los clásicos griegos y romanos, hasta el siglo XX. De los cien personajes, el mismo autor aclara, no incluye ninguno vivo o “casi ninguno” que haya muerto recientemente. El libro parece ser la ampliación de una de sus obras más polémicas, El canon occidental, en la que analizó una veintena de escritores que, por su trascendencia a través de los tiempos, debieran ser infaltables en la biblioteca de un buen lector.

Con El canon occidental y muchas obras anteriores y posteriores, sacudió el aletargado mundo de la crítica literaria internacional. En esta obra, resultaron memorables las controvertidas descalificaciones a la “escuela del resentimiento”, lo mismo que la exaltación de las virtudes estéticas en la creación literaria, por encima de todo tipo de consideraciones, histórica o social, al momento de valorar una obra.

La “escuela del resentimiento”, según él, es una trama académico periodístico. Bloom arremetía con dureza contra la crítica de lo “políticamente correcto”: el multiculturalismo, el marxismo, el feminismo y el neohistoricismo, que pretendía hacer de la obra literaria un agente de cambio social, marginando los valores estéticos. Concretamente, dice que la “escuela del resentimiento” desea derrocar al canon “con el fin de promover sus supuestos (e inexistentes) programas de cambio social” por medio de la creación literaria, pues “la estética es, bajo mi punto de vista, un asunto individual más que social”.

¿Por qué el canon?, se podría preguntar uno. Responde: “El que lee debe elegir, puesto que literalmente no hay tiempo suficiente para leerlo todo, aun cuando uno no hiciera otra cosa en todo el día”. Continúa su labor de pontífice, para disgusto de muchos, al tiempo que sigue exaltando la obra de William Shakespeare (1546-1616), su profeta, su referente, a quien considera el mayor genio literario de los tiempos modernos.

“Shakespeare cambió nuestra forma de presentar la naturaleza humana –si no es que no cambió la misma naturaleza humana-,” sentencia. En otro momento advierte: “De todos los autores que he leído, Shakespeare sigue ocupando un espacio propio y es único en su capacidad de crear la ilusión de que es diferente de los demás no solo en la forma sino en el grado”.

Cuando publicó El canon muchos hubieran querido llevarlo a la hoguera. Pueda que abundaran las razones. Fue acusado de ser omiso con célebres autores que no eran de sus simpatías políticas, de anglocéntrico y hasta de racista. Se le sacó en cara la imposibilidad de elaborar una lista, tan reducida, en un arte tan amplio, variado y subjetivo como es la creación literaria. ¿Quién determina la calidad y la trascendencia de una obra literaria? ¿Cómo se determina? ¿La trascendencia a través del tiempo será un factor clave? Pretender alejar a una obra literaria de cualquier contaminación ideológica, histórica o social, ¿no es también asumir una determinada posición política?

¿Cómo sobrevive una obra “clásica” después de haber superado, en algunos casos, una crítica ácida y hasta hostil en sus primeros años? ¿Cuáles son las razones por las que una obra novela llega a convertirse en un clásico? ¿Se puede aislar una obra artística del contexto histórico en la que se creó? ¿Está el crítico incontaminado de su medio político y social al momento de emprender –y perpetrar- la crítica de una novela, por ejemplo? Son muchos más los interrogantes que nos podríamos hacer, pero no es el propósito de este artículo.

Los latinoamericanos. En El canon occidental, incluyó a tres autores latinoamericanos: el narrador, ensayista y poeta argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), el poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973) y al novelista cubano Alejo Carpentier (1904-1980), de una lista a partir del florentino Dante Alighieri (1265-1321). En Genios. Un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares, estudia a cien personalidades, como el título lo indica, pero no solo escritores.

Por ejemplo, incluye a quien fuera el supuesto autor de La torá, la Biblia hebrea (también estudiado en otra obra suya), filósofos como Platón, Sócrates y Friedrich Nietzsche; dramaturgos como Tennessee Williams, Moliere, Henrik Ibsen, Anton Chéjov, Luigi Pirandello y Federico García Lorca; al ensayista Michel de Montaigne; al fundador del cristianismo, el apóstol Pablo (Saulo de Tarso), y del islam, Mahoma, y del psicoanálisis, Sigmund Freud.

Del amplio mosaico, incluye nuevamente tres autores latinoamericanos: repite con Carpentier y Borges e incluye justificadamente al ensayista y poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998). En esta ocasión, es a Borges a quien dedica menos espacio de los tres, aunque lo considera “una de las luminarias fundadoras de la literatura hispanoamericana”. De los tres, solo Paz, en 1990, ha sido galardonado con el premio nobel de literatura, que han obtenido otros cinco latinoamericanos: los chilenos Gabriela Mistral (1945) y Pablo Neruda (1971), el guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1967), el colombiano Gabriel García Márquez (1982) y el peruano Mario Vargas Llosa (2010). Acaso por su origen judío, dedica San Pablo uno de los más lúcidos ensayos críticos que aparecen en la obra.

¿Por qué Carpentier, Paz y Borges y no otros? En cualquier lista de este tipo, siempre se será injusto y abundarán las justificadas suspicacias del por qué se excluyó a determinado autor con sobrados méritos para ser tomado en cuenta y por qué se incluyó a otro. Da la impresión de que, con Genios, pretende relativizar el aluvión de críticas y antipatías generadas con El canon occidental. En este artículo, pretendo rescatar las opiniones que, según su criterio, justifican incluir a Carpentier, a Paz y a Borges, entre el grupo de espíritus selectos que han contribuido decisivamente a la cultura universal y que son presentados en apartados distintos de su libro Genios.

De Carpentier dice que es un “novelista histórico de verdadero genio.” Luego analiza tres novelas: El reino de este mundo (1949), Los pasos perdidos (1953) y El siglo de las luces (1962). Considera que Los pasos perdidos es “su obra más ambiciosa” y “explica la relación de Carpentier con la historia con más claridad que sus novelas históricas”.

De la segunda afirma: “El efecto sobrecogedor de El reino de este mundo es el de un esplendor barroco, acumulación espectacular de riquezas increíbles”. Precisamente, en el prólogo de la primera edición de esta obra, es donde Carpentier habla por primera vez de lo “real maravilloso” en la narrativa de América Latina, que lo presenta como producto de una larga herencia en la creación literaria y que luego pasaría a denominarse “realismo mágico” con García Márquez (1927-2014). Al autor colombiano, aunque en alguna parte habla de su genialidad, no lo incluye en los cien que forman su evangelio.

De El siglo de las luces, Bloom subraya que Carpentier “continúa la tradición barroca española y latinoamericana, una tradición caracterizada por los excesos, por hacer caso omiso a los límites”. “Más en serio que en broma y muy sugestivamente –añade- Carpentier retrata El siglo de las luces como una época en la que la sabiduría antigua ha regresado para combatir la iglesia estatal, aliada de los regímenes opresivos”. Y señala que además de Borges, “Carpentier es el genio de la narrativa latinoamericana durante la segunda mitad del siglo XX, su mejor época”.

A Octavio Paz es a quien dedica mayor número de páginas de las 940 de su libro (edición Anagrama, 2005). Este, “el poeta mexicano más importante”, es “el encargado de las vibrantes elegías al largo martirio al cual México ha sometido sus mujeres”. Seguidamente se detiene en el autor como ensayista y agudo observador del acontecer político y cultural mexicano y poeta espléndido.

“Paz es el poeta nacional mexicano porque su sabiduría refleja la crueldad histórica de la experiencia de su país. Todos los héroes mexicanos han sido asesinados, lo cual alimenta una visión que supera el mero desencanto (…). Pero las observaciones más sombrías de Paz se refieren a la fiesta, a la suntuosa e intensa, vital y funérea, un frenesí tricolor que se convierte en humo, cenizas, nada. En la estética de la perdición, la fiesta es el lugar donde se aloja la muerte”.

Según Bloom, la poesía de Paz expresa el nihilismo mexicano y lo trasciende recurriendo al misticismo tántrico hindú y budista, una disciplina de excesos sexuales en la cual los actos rituales integran la sexualidad, la lengua y el pensamiento. Esta importación de la India, donde el poeta vivió como embajador, representa la esperanza de “una nueva forma de participación creadora”, incluso un mito de redención. Considera que, si se mira su obra desde afuera, “da la impresión de ser de un misticismo erótico sumamente personal, una fusión de hermetismo occidental y surrealismo de las tradiciones orientales”. Afirma que Paz es el “legítimo heredero” de Góngora y de Quevedo, “los escritores más perturbadores del barroco español”. Su poema, Piedra de sol (1957), de 584 versos, dice, “se basa en el calendario circular azteca, de acuerdo con el cual el ciclo del planeta Venus tarda 584 días”.

A criterio de crítico estadounidense, los dos mejores libros en prosa de Paz son El laberinto de la soledad (1950), que “es una búsqueda de la identidad mexicana”, y Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1988), “en el que vuelve a traer a la vida a la poeta” Juana Ramírez, sor Juana Inés de la Cruz, la gran poeta de la Nueva España del siglo XVII. Aunque también cita El arco y la lira (1956), no lo analiza. “Estos dos libros –junto con sus poemas más ambiciosos: ‘Piedra de sol’, ‘Salamandra’, ‘Maithuna’, ‘Blanco’ y ‘vuelta’, y varias de sus más sombrías conmemoraciones, como su poema ‘Luis Cernuda’, son la verdadera otredad de Octavio Paz, su genio-.”

El laberinto de la soledad “nos lleva a lo que sin duda es la obra maestra en prosa de Paz, Sor Juana Inés de la Cruz, una meditación barroca sobre una gran poeta, sobre su México (o su Nueva España) y sobre las penas (acrecentadas para una mujer de genio) de la identidad mexicana”. Aunque aclara que no pretende compararlo con Dante (“tampoco saldría bien librado”), que a pesar de la universalidad de su campo de acción –París, India, Estados Unidos, Japón-, finalmente el poeta mexicano estaba tan apegado a Ciudad de México como el exiliado Dante a Florencia. Apunta: “Dante era tan orgulloso que se negó a volver a Florencia si no era en sus propios términos, y nunca volvió. Paz, alejado del gobierno mexicano a causa de los eventos de 1968, descubrió su camino de regreso a casa y merece ser recordado como el genio de su ciudad y de su nación”. La referencia a “los eventos de 1968”, corresponde a la renuncia de Paz como embajador mexicano en protesta por la represión y matanza de manifestantes en la plaza de Tlatelolco, en octubre de ese año.

Es menor el espacio que le dedica a Borges, respecto a los otros dos latinoamericanos, aunque es uno de los autores latinoamericanos más citados, estudiados y admirados por Bloom. La posibilidad de la ficción “llega a ser extraordinaria con Borges y, con (Ítalo) Calvino, fijaron un límite que el cuento fantástico no ha podido atravesar”. Pero a la vez resalta su labor más como ensayista que como poeta y creador de ficciones, aunque tampoco resta méritos en este campo al célebre autor argentino. “La fama de Borges se basa en sus ficciones, las mejores de las cuales no pasan de doce-quince páginas. También fue un poeta notable, pero debemos considerar a Borges en primera instancia como un ensayista de genio a la manera de sus más auténticos precursores” (Thomas De Quincey y Gilbert Keith Chesterton).

“Los espejos –dice- como los laberintos y las brújulas, abundan en Borges: son metáforas que pretenden responder al acertijo de la esfinge tebana”, que descifró Edipo para cumplir con el inquebrantable designio de los dioses desde su nacimiento. “¿Qué es el hombre? Borges había aprendido con De Quincey que Edipo, y no el hombre en general, era la solución profunda al acertijo (…) Citadino, irónico y de finas maneras (…) el genio de Borges, en especial en sus no ficciones, radica en su capacidad para ejemplificar lo que el hombre es: el sujeto y el objeto de su búsqueda”.

Se debe partir de que la lectura es un ejercicio individual y subjetivo. Como en todo, en literatura hay gustos de gustos, pero sin lugar a dudas esta propuesta de Bloom, aunque pueda resultar controversial y descalificadora en muchos casos, es digna de valorarse y tomarse en cuenta. Proviene de uno de los escasos grandes críticos literarios de nuestro tiempo, autor de una vastísima obra. Los autores, cualesquiera de los incluidos en el estudio, no desmerecen cualquier antología o catálogo de los genios de la literatura universal. El estudio de otras personalidades tampoco es un paso en falso. Genios, es una larga y profunda reflexión sobre la cultura universal, más allá de la creación literaria. La controversia siempre va a existir y es consustancial a la pluralidad de pensamientos en todo el quehacer humano y, particularmente, a toda figura que escapa de los cánones de lo común y Harold Bloom es sobradamente uno de ellos.

Son valiosos los aportes que hace sobre la creación, el ejemplo y la acción de muchos de los personajes que han trascendido centurias e incluso milenios para seguir iluminando con su pensamiento nuestros pasos efímeros por la vida. Es más valioso aún en un tiempo en el que se ha impuesto la cultura del entretenimiento, mayormente insustancial y de corto alcance, con gran impacto de las redes sociales que, si bien han dado un poder jamás imaginado al ciudadano común, a la vez provocan un enorme ruido que menoscaba el espacio para la creación y la reflexión reposada.

A pesar de las críticas que hace a la sociedad y a la vida académica de nuestro tiempo, el autor no se mostraba del todo pesimista y abría la posibilidad de que el desarrollo tecnológico pueda convivir con los genios presentes y los que puedan surgir en el futuro. “Es posible que la tecnología de la información transforme las relaciones entre el escritor y el lector, pero la cuestión de genio permanecerá intocada”, advierte en un corto apartado final sobre “El futuro del genio”.