Un punto de almacenamiento de la petrolera estatal rusa Rosneft en Priobskoye (Siberia).Misha Japaridze AP)

Un punto de almacenamiento de la petrolera estatal rusa Rosneft en Priobskoye (Siberia).Misha Japaridze AP)

María R. Sahuquillo, Ignacio Fariza

Moscú / Madrid. Lo que menos necesita una economía en tensión es más tensión. Y es exactamente lo que está recibiendo: una descarga de alto voltaje justo cuando los tambores de la recesión resuenan cada vez más cerca, con el corazón económico de un puñado de economías europeas paralizado.

El jueves pasado, cuando los contagios globales por coronavirus rozaban los 100.000 e Italia estaba a punto de ordenar el aislamiento total de 16 millones de personas, los principales actores del sector petrolero se fueron a la cama dando por descontado que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y Rusia alcanzarían un acuerdo de última hora para retirar del mercado 1,5 millones barriles por día (más de lo que consume, por ejemplo, España) y renivelar las fuerzas del mercado: con la demanda hundida por el avance de la epidemia, sin un recorte de la oferta los precios se irían por los suelos.

El viernes amanecía entre rumores de disensiones en el seno de la llamada OPEP+, que todavía controla el 40% de la producción mundial de crudo. Y a la hora del almuerzo de Viena, donde se reunían los mandamases del sector petrolero mundial -con el debido permiso de los cada vez más poderosos fraqueros texanos- saltaba la bomba: Moscú negaba la mayor, Arabia Saudí -líder de facto del cartel de la OPEP- le respondía con un súbito incremento de su producción y la cotización se derrumbaba. Era el fin de años de coordinación en los recortes, que había creado un soporte artificial para los precios.

Ocho días después se siguen sintiendo las consecuencias de la ruptura, parcialmente eclipsada por la avalancha informativa sobre la ya pandemia mundial. Con el sector servicios europeo atenazado por el coronavirus y China recuperándose muy poco a poco del mayor bache industrial de su historia, las alarmas también han saltado en los países en vías de desarrollo: en plena vorágine en los mercados financieros, los emergentes -una categoría en la que está encuadrada la gran mayoría de naciones petroleras- han sufrido en el último mes y medio la mayor fuga de capitales de siempre, según los datos del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF).

Y, en fin, se han sumado a su manera a la triste balada a la que baila la economía mundial desde hace semanas. La guerra de precios en el seno de la OPEP+ es, según John Normand y Federico Manicardi, de JP Morgan, una de las tres peores noticias para unos mercados en llamas: los otros dos serían un cierre a cal y canto en EE UU similar al de Italia, España o Francia o una segunda oleada de infecciones en China.

“Con demasiadas incertidumbres sobre el crecimiento económico y la demanda de petróleo, el movimiento de la OPEP y Rusia nos deja en aguas sin cartografiar”, resume Oswald Clint, de la firma de análisis Bernstein. Aunque un precio más bajo del crudo ayuda a la mayoría de países europeos, importadores netos, agrega también turbulencias a escala global.

La economía mundial se adentra en lo desconocido

En tiempos de adjetivo fácil y verbo difícil, el término “histórico” hay que usarlo lo menos posible; con cuentagotas. La semana pasada, en cambio, se dio uno de esos momentos que lo requiere: con Arabia Saudí abriendo compuertas y Rusia contestando con la misma moneda, el exceso de oferta en el mercado del crudo hoy es tal que, como recuerdan los analistas de Bloomberg, hay serias dudas sobre la capacidad de las instalaciones mundiales de almacenamiento para absorberla. Desde que, parafraseando a uno de los grandes trovadores de la música cubana, Carlos Puebla, se acabó la diversión, llegó Vladimir Putin y mandó a parar, el petróleo ha perdido casi la cuarta parte de su valor. Si se suma lo retrocedido hasta entonces por el coronavirus, las pérdidas superan el 30%.

¿Qué hizo a Rusia cambiar de opinión, sin que nadie sepa realmente cuánto podrá aguantar la apuesta? Cuando la mayoría daba por rubricado el acuerdo entre el segundo y tercer coloso petrolero -solo a la zaga de EE UU-, Moscú optó por la ruptura. Un movimiento inesperado, pero no improvisado, con una reunión como clave de bóveda: la que celebraron Putin y los líderes de las principales petroleras rusas para discutir la estrategia a seguir en Viena. Mientras que Riad tenía claro que este es el momento perfecto para una política agresiva de recortes, Moscú dudaba de la estrategia. Y en aquella reunión, según explican fuentes cercanas, se impuso el argumento de Igor Sechin, el oscuro jefe de la estatal Rosneft y uno de los empresarios del círculo más cercano del presidente.

Sechin nunca ha ocultado su disconformidad hacia el acuerdo de la OPEP+ y más de una vez ha insinuado que reducir la producción significa que los empresarios estadounidenses de fracking, cuyo golpe de mano en la última década ha reventado las costuras del mercado petrolero mundial, se queden con parte del mercado ruso.

Pero esta vez fue un paso más allá. En aquella cita, el jefe del gigante Rosneft publicitó que la situación derivaría en una reducción de precios que dañarían a los productores de esquisto de EEUU, que el Kremlin considera un pilar de la política exterior de Washington. Moscú, que ya tenía sus peros después de que Arabia Saudí no completase algunas inversiones prometidas en el país, según apuntan fuentes cercanas al Kremlin, terminó bajándose del acuerdo, contribuyendo decisivamente a que se desencadenara una tormenta que resonará durante meses y desatando las dudas sobre sus motivos reales. Más cuando el golpe de timón ha hundido a su moneda, el rublo, golpeada en los últimos años por los efectos de las sanciones occidentales por anexionarse la península ucrania de Crimea en 2014.

Desde que EE UU se convirtió en primer productor mundial gracias a la tecnología fracking, la OPEP, como recuerda Axel Botte, estratega de mercado de la gestora de fondos Ostrum, ya no tiene la sartén por el mango en el mercado petrolero. Eso explicaría esa posibilidad: que esta guerra de precios, más allá la pugna más obvia entre Arabia Saudí y Rusia, sea también una forma de poner contra las cuerdas a la industria estadounidense del fracking. El precedente no es precisamente bueno: Riad ya lo intentó una década atrás y cosechó mucho menos éxito del esperado, doblegado por el avance tecnológico en el campo de la fracturación hidráulica. En el reino del desierto impera el silencio y desde el entorno del Kremlin se asegura y reasegura que su salida del acuerdo no responde a ninguna motivación oculta. Simplemente, repiten, no era ventajoso para Rusia.

Sin embargo, la mayoría de especialistas consultados creen ahora que la verdadera intención de Rusia es ganar terreno a los fraqueros estadounidenses que, según subraya Sophie Chardo, de Lombard Odier, con el precio en del Brent en 40 dólares o menores empezarán a sufrir una “aguda tensión financiera” y reducirán los bombeos. Un dato para ganar perspectiva: según sus cálculos, su coste marginal de producción ronda los 45 o 50 dólares, lejos de los precios actuales. “Y algunas empresas ya han anunciado que se verán obligadas a cerrar algunas plataformas que son económicamente ineficientes. Obviamente, cuanto más tiempo dure el entorno de bajos precios, más profundo será el dolor infligido a la industria estadounidense del esquisto”. Algunos van más allá, hilando y atribuyendo a una cierta represalia por las sanciones energéticas de la Administración Trump, las últimas la semana pasada -contra Rosneft- por negociar las ventas y el transporte de petróleo venezolano bajo sanciones. La liberación del límite de bombeo beneficiará, además, a la propia Rosneft y a otras grandes empresas que tienen medios y planes de producción: la compañía liderada por Igor Sechin aumentará la producción en 300.000 barriles al día según Bloomberg, prácticamente lo mismo que su par saudí, Aramco.

Otros analistas más políticos –y conspirativos— creen que Putin ha aprovechado la alerta sanitaria y la tormenta derivada de la guerra de precios para, con su publicitado papel de garante de la estabilidad, completar una maniobra legal que le permite perpetuarse en el poder.

Pero la incertidumbre es alta y desprovista de toda épica, el giro de guión de Moscú puede volverse en contra de una Rusia que no atraviesa su mejor momento y que necesita el dinero procedente del crudo y del gas para estabilizar sus finanzas públicas. Sechin, según dejó caer en la citada reunión, podrá resistir el golpe.

En la misma línea, Anna Koroleva, analista senior de Coface, apunta que el gigante euroasiático aún puede resistir durante un tiempo con este nivel de precios y garantizar una producción sostenible. Quizá no tanto como asegura el Kremlin, que dice contar todavía con la mayoría de su fondo de contingencia –unos 125.000 millones de dólares que, según los analistas hace tiempo que descorchó y empezó a utilizar-, pero su resiliencia es grande.

Pero ni mucho menos todas las opiniones son unánimes. “Rusia gana muy poco. Ha sobrestimado el potencial de la estabilidad de su economía y ha aventurado que una pequeña depreciación del rublo no haría daño, que las reservas financieras permitirán permanecer a flote nos años de bajos precios”, dice a EL PAÍS el analista especializado en hidrocarburos Mijaíl Krutíjin. “Y esta no solo es una guerra de precios, sino de información: Arabia Saudí ha anunciado descuentos no solo para países asiáticos sino también para Europa, donde compran el petróleo ruso”.