(Imagen: Dibujo de Peluquina. Retrato de Pancha Carrasco. Museo Histórico Juan Santamaría. Alajuela).

Al siguiente día de la batalla ocurrida el 11 de abril de 1856, en Rivas, en Nicaragua, el presidente Mora se vio obligado a suspender la guerra y ordenó el regreso a Costa Rica de las tropas que sufrían el flagelo de la epidemia del cólera morbus.

En aquellos días, eran muchos los sobresaltos y temores que asediaban al Presidente Mora. Su mayor anhelo era el de superar la epidemia del cólera y ganarle la guerra a los filibusteros. En sus constantes desvelos, ideaba planes estratégicos para apoderarse de la vía del tránsito, ruta que le permitía a William Walker abastecerse de hombres, comida, armamento, pertrechos y medicinas.

Asimismo, esta ruta era utilizada por miles de pasajeros provenientes de los territorios ubicados al este de los Estados Unidos, quienes deseaban llegar a las minas de oro recién descubiertas en California.

El trayecto era muy exótico y se economizaban muchos días de viaje: tomar esta ruta de navegación desde el puerto de Greytown en el océano Atlántico hasta la Virgen, en el Gran Lago, atravesando el río San Juan y continuando por tierra hasta llegar al puerto de San Juan del Sur, en el océano Pacífico.

Juan Rafael Mora, llamado don Juanito por el pueblo, vivía atormentado con la célebre frase de Walker: five or none. O sea, las cinco repúblicas o ninguna.

Esto significaba que desde Guatemala hasta Costa Rica, Walker implantaría la esclavitud y eso no dejaba en paz a los gobiernos de las jóvenes repúblicas centroamericanas, y menos al presidente Mora.

Cuando un grupo de soldados muy enfermos de cólera regresaba al país, se quedó a descansar en Orotina. De pronto, una manada de loras surcó los cielos, una de estas loras se desprendió del grupo y voló hacia donde estaban los soldados. Desconfiada y recelosa, caminó hacia donde estaban reunidos alrededor de una olla sobre tinamastes y ardientes trozos de leña.

Francisca Carrasco, soldada oriunda de Cartago, tomó en sus brazos la lora y la abrigó con su delantal, mientras preparaba una deliciosa sopa para levantar los ánimos y las defensas de los moribundos compañeros.

Este cariñoso y fraternal gesto de cariño hizo que Peluquina, nombre con el que bautizó Pancha a esta lora, por tener plumas muy desordenadas en su cabecita, se sintiera confortable y bien recibida, en un ambiente triste pero hospitalario y fraternal.

En adelante, Peluquina se convirtió en su mejor vigía porque los acompañó en ese doloroso retorno a casa, cuando todo era amargura, incertidumbre y desilusión. El cólera mataba a los soldados y a sus familias. No perdonaba edad, sexo ni condición social. Se llevó el diez por ciento de la población nacional. Fue realmente un caos y un reto que puso a prueba la unión familiar y la colaboración entre el gobierno, médicos, enfermeras, familiares y vecinos.

Pancha Carrasco no podía cuidar bien a Peluquina porque tenía que atender a tanto enfermo víctima de la peste y se la encomendó al sargento Nicolás Aguilar Murillo, herediano de cepa, soldado valiente y gentil, quien la acogió con mucho cariño.

Peluquina aprendió de Nicolás el oficio de todo buen soldado: siempre estaba lista para cualquier eventualidad militar, ya fuera en las reuniones del alto mando, en los alegres y bulliciosos ratos de esparcimiento entre los soldados o en el silencio absoluto de las noches de vigilia. Esta simpática lora nació para nunca ser olvidada, porque prestó servicios a la patria, en momentos en que toda ayuda era muy bien recibida por don Juanito Mora.

Muy contenta, Peluquina nunca paraba de cotorrear, silbaba las canciones de moda, piropeaba a los soldados, lanzaba hurras a don Juanito, a Nicolás y a Pancha.

Saludaba a quienes pasaban frente a sus ojos; rezaba el Padre Nuestro, el Ave María y contestaba las letanías, al más sacro estilo de las devotas señoras de las cofradías; también maldecía y decía palabras groseras en contra de los filibusteros.

En ocasiones, los soldados le seguían la corriente y esta, a manera de una experimentada actriz dramática, fingía un desmayo, caía “patas p’arriba”, se estremecía y quedaba como inconsciente. Aprovechaba todo momento para hacer gala de su ingenio. Salió volando, y haciendo peligrosas acrobacias, se acomodó en el tronco de una galera y cantó:

“Urria, Urria. Peluquina A su amo servirá Y la victoria nuestra será”.

“Urria urria, filiteros asesinos, muertos jambre, asesinos con Nicolás morirán”

A partir de junio de 1856, la peste cesó de hacer estragos. Ante un selecto grupo de soldados costarricenses, don Juanito Mora aprovechó el momento y les dio a conocer sus angustias y la necesidad de volver al campo de batalla, que en esta segunda fase de la guerra tenía como escenario los campamentos, vapores y fuertes ubicados en la ruta del río San Juan.

Entre los miembros de este destacado grupo de soldados reunidos para escuchar los planes del presidente Mora, figuraba Nicolás Aguilar, quien no daba ni un paso sin su Peluquina, acomodada de manera holgada y tranquila en sus hombros. Ambos escucharon atentos los detalles de esta peligrosa y temeraria estrategia militar, junto a soldados, como el mayor Máximo Blanco, con una larga experiencia en estas lides.

El 3 de diciembre de 1856, don Juanito ordenó la movilización de San José hasta Alajuela de la División de vanguardia del ejército, compuesta por unos 200 soldados, los mejores del ejército, quienes se desplazarían por una ruta nueva, selvática y llena de peligros.

Antes de que el ejército partiera, el presidente Mora dio las instrucciones en un sobre cerrado al mayor Blanco.

Este creyó que viajarían por la ruta tradicional, que era la del río Sarapiquí hasta llegar al río San Juan; pero para su sorpresa, las instrucciones eran que remontará por una ruta novedosa, utilizando las veredas cercanas al curso del río San Carlos, hasta llegar al río San Juan y de ahí tomar el campamento filibustero ubicado en La Trinidad.

Nadie conocía estas directrices, ni a dónde ni cómo se avanzaría por una ruta llena de peligros y con una espesa vegetación. El mayor Blanco, conforme avanzaba, cumplía con obediencia las órdenes recibidas del presidente Mora. Y no lo van a creer: la famosa y popular Peluquina enrumbó con el pelotón, acomodada en el hombro de su amo, el valiente soldado Nicolás Aguilar.

Antes de partir, Nicolás amaestró a Peluquina para que cuando visualizara en el horizonte grupos armados filibusteros se lo dijera. Estos códigos eran secretos entre el soldado y su mascota. Ella musitaba palabras a su oído y el sargento Aguilar entendía sus mensajes.

Durante la marcha, la tropa acampó en Alajuela, Grecia, Laguna, Mancos, Peje y San Carlos. Esta comenzó a diezmar producto de lo insalubre de la ruta, la falta de alimentos y al intenso calor húmedo y pegajoso de los bosques lluviosos, las abruptas montañas y cantidad de insectos que destrozaban su piel con incesantes y dolorosas picaduras.

Entre las nubes cargadas de lluvia, Peluquina revoloteaba veloz y se escurría con gran maestría entre las frondosas copas de los árboles, pero nunca perdía de vista su regimiento.

El 14 de diciembre, esta vanguardia de soldados armados con fusiles de chispa, partieron en lanchas rústicas e inseguras por el río San Carlos, pero solamente 80 pudieron llegar a la desembocadura del río San Carlos, en el caudaloso río San Juan. Navegando en sus imponentes aguas, se acercaron al campamento filibustero en La Trinidad, que se encontraba en la confluencia del río Sarapiquí con el río San Juan. Desde aquí, se iniciaría la toma de la famosa vía del tránsito, que tanto desvelaba a don Juanito Mora.

En medio de un terrible sopor tropical unido al cansancio provocado por fuertes e interminables aguaceros, aturdidos por la bulla provocada por el gorjeo, chillidos, susurros y croas enloquecedores de las cigarras, ranas, sapos, y pájaros; los soldados comenzaron a prepararse para entrar en acción.

El 21 de diciembre, la avanzada de valientes hombres pasó una noche muy cruel. Estaban hambrientos, empapados, con la ropa y las municiones humedecidas por un torrencial aguacero que no se detenía. Parecía que el cielo se había roto y tenía un enorme hueco por donde escurrían miles de gotas.

En estos momentos de incertidumbre, sumidos en la angustia, los soldados recordaban, en la distancia, el calor de sus hogares. Los fogones con cafeteras llenas de agua dulce caliente y tamales con queso y natilla; tortillas adobadas con asiento de chicharrón, gallitos de picadillos de arracache, papa, chayote y otras delicias culinarias que cocinaban las esposas, madres, hermanas y novias que habían dejado solas, en sus casas y ranchos, para servir a la patria.

La esperanza del regreso al lado de sus seres amados los mantenía con optimismo y alimentaba una inquebrantable fe en que la victoria estaba de su lado porque su causa era justa. ¡Cuánto anhelaban una jarra de café bien caliente con unos biscochos, totoposte, gallina achotada y papa con chicasquil! Tal era el hambre y la desolación, que ya estaban alucinando. Hasta lograban oler el café recién chorreado. Jamás iban a permitir que forasteros les arrebataran tantas delicias y esos hermosos recuerdos impresos en su memoria.

Era su cultura, sus tradiciones, su forma de vivir. Era pelear hasta morir. No había otro camino para defender lo que tanto amaban: sus familias y su terruño, la tierra que los acogió cuando nacieron, esa que llamaban patria.

Muchos hacían juramentos secretos. Se persignaban y en silencio oraban con mucha fe. Si la Divina Providencia y la Virgencita de los Ángeles les daban el triunfo, regresarían a sus hogares y serían mejores compañeros, ciudadanos y trabajadores. Ahora si dedicarían más tiempo para chinear a sus chacalines y a los bebés los acurrucarían en sus brazos. Sus lágrimas se confundían con la lluvia y sus nostálgicas miradas despedían destellos de esperanza.

Estaban dispuestos a darlo todo por un futuro colmado de paz y de trabajo, en fraternal convivio con sus familias y sus vecinos ¡Primero muertos que vencidos! Costa Rica sería libre, y para lograrlo dejarían en las batallas hasta su última gota de sudor y de sangre.

Peluquina los observaba con atención. A ratos se desprendía del hombro de Nicolás y revoloteaba ágil de árbol en árbol, sin perderlo de vista. Retornaba y cantaba emocionada a los soldados;

“Peluquina a la guerra va, A matar filiteros. Generala yo seré, Y no moriré”.

Daba tres volteretas, se hacía la desmayada y agregaba: “Ayyy, ayyy ayyyy no moriré”.

Como no paraba de hacer sus piruetas, los soldados, le seguían el cotorreo y cantaban al unísono: “Peluquina, despeinada, sos una espía mal pagada: ¿cuándo te vas a callar?”

Ella continuaba con su graciosa cantaleta:

“Urria, urria Peluquina regañada, despeinada y mal pagada heroína seré, heroína seré”.

Con sus silbidos, volteretas y cantos se convirtió en la mascota más querida del grupo de valientes soldados que se dirigía a la batalla de La Trinidad, tercera batalla que librarían los ejércitos costarricenses en suelo costarricense, en la guerra de 1856-57.

Como el capitán Sylvanus Spencer, un gringo conocedor de esta ruta, los acompañaba, Peluquina en un spanglish difícil de entender, le susurraba al oído:

“Mirspencer faine, faine Con bravura peleará, los mosquitos kill kill kill, pumm pump pump traca traca, tracatá y medallas ganará”.

El capitán Spencer se carcajeaba porque disfrutaba de sus disparates. Resultó ser una lora bilingüe, muy aventajada en el aprendizaje del inglés. Un día, en tono de broma, Spencer dijo al sargento Nicolás que se la regalara. Este muy atento contestó que primero ganaran la batalla y luego lo verían. Peluquina entendió el asunto.

Enfurecida agitó sus alas y voló a 150 metros de altura y se dejó venir de una manera tan violenta que tanto Nicolás como Spencer quedaron atónitos. Faltando unos pocos metros para llegar al suelo, la intrépida lora desplegó sus hermosas alas de un plumaje verde esmeralda y se detuvo. Los fulminó con su mirada y nunca más Nicolás y Spencer volvieron a mencionar este asunto ante la leal, orgullosa y valiente Peluquina.

A la mañana del 22 de diciembre de 1856, los jefes ofrecieron 500 pesos, a nombre del gobierno de la República, al soldado que protagonizara valientes muestras de valor y coraje patrio, en el desempeño de su defensa en esta batalla. Este ofrecimiento infló el estado de ánimo de los soldados.

Peluquina, muy despabilada y juiciosa, acompaño a varios soldados a inspeccionar cómo estaba la situación de los enemigos. Fue una misión de espionaje. Se desplazaron entre la frondosa y apabullante vegetación tropical de manera silenciosa y observaron, detenidamente, la ubicación de los filibusteros en el campamento.

Peluquina retornó al lado de Nicolás, se posó en su hombro derecho y le susurró al oído la clave secreta: five or none (las cinco o ninguna), que indicaba la presencia de muchos filibusteros enemigos en dicho campamento. De inmediato, Nicolás le prestó la atención debida y alertó al  mayor Blanco para que planificaran una estrategia de asalto improvisado al grupo filibustero. Es así como se planificó la gloriosa batalla de La Trinidad.

Peluquina entusiasmada cantó en vos baja y un poco ronca a los soldados:

“Urría, urria, filiteros fuertes están, a volar plomo los soldados ticos van, los cobardes filiteros se rendirán y los ticos con Nicolás ganarán”.

Y es así como este grupo de valientes soldados realizó un ataque fulminante e inesperado contra los enemigos. Durante el enfrentamiento, Nicolás saltó hacia la trinchera enemiga y disparó contra el centinela, luego se apoderó del cañón del enemigo y sin vacilación alguna, fulminó a quienes trataron de causar bajas a su regimiento. Su accionar, colmado de coraje y bravura, lo hizo acreedor del premio ofrecido.

En el fuerte La Trinidad, los soldados costarricenses pelearon con coraje e hidalguía y se envalentonaron al grito de ¡viva Mora! del mayor Blanco. De manera rápida tomaron la ventaja y salieron victoriosos, gracias a las valerosas hazañas del soldado Nicolás Aguilar.

Dejaron claro a Walker y a su ejército filibustero, que nunca entrarían al territorio nacional porque aquí encontrarían soldados y una población valiente y dispuesta a morir, en la defensa de la soberanía y la paz.

Peluquina celebró con majestuosos y arriesgados vuelos la valentía de su amo. Nicolás, extasiado por la hazaña realizada, orgulloso le acariciaba su verde plumaje. Peluquina silbó emocionada al  observar la cara de felicidad de su amo y del mayor Blanco, fundidos en un fraterno abrazo, con los  demás valerosos soldados que hicieron posible esta memorable página de la historia patria.

Nicolás Aguilar, haciendo honor a su hombría, desinterés y amor patrio, fue muy modesto y no cobró su premio. Peluquina revoloteó muy contenta por encima del frondoso dosel que rodeaba las riberas del río San Juan y para que se luciera mejor, Nicolás le hizo un vistoso lazo en el cuello con un pañuelo que tenía los colores de la bandera patria.

Peluquina, que no se cambiaba por nadie, lució radiante esta insignia entre las copas de los árboles, cual medalla de honor; así, el blanco, azul y rojo ondeaban flamantes a manera de presagio de la bendita paz, la libertad y la esperanza en un futuro más promisorio para Costa Rica.

Treinta años después, el nombre de Nicolás Aguilar volvió a relucir cuando el Supremo Congreso de la República le brindó honores por su valiosa contribución a la patria, le pagó el premio de los 500 pesos, le confirió el grado de Coronel del Ejército Nacional, le asignó una pensión vitalicia, lo condecoró con una medalla de oro y lo declaró héroe nacional.

Peluquina volaría el resto de su vida feliz con la alegría que proporciona el disfrute de la libertad. Nunca más sería de nadie, pero siempre sería leal y nunca olvidaría al valiente Nicolás Aguilar, héroe de La Trinidad, su compañero de faenas militares y de espionaje, y a su cariñosa heroína Pancha Carrasco.

Hoy, cuando vemos nuestro cielo azul surcado por un grupo de loras, les enviamos un sincero agradecimiento, en recuerdo a esta insigne lora parlanchina, espía en La Trinidad.

“Pelukina, Pelukina, Costa Rica agradecida, hoy te ve revolotear en las manadas de loras, que libres vemos pasar, sobre los bosques y el cielo de este hermoso y libre, país tropical”.

 

ACTIVIDADES PARA REALIZAR EN CASA

1.            Lean el cuento y busquen el significado de las palabras desconocidas.

2.            Busquen en Internet las causas de la Campaña Nacional de 1856-1857.

3.            Dibujen a Peluquina junto a Pancha Carrasco, tal y como se la imaginan ustedes.

4.            Investiguen en Internet de qué manera afectó el cólera morbus al Ejército de Costa Rica y a la población entera durante la guerra de 1856-57.

6.            Según sus opiniones, ¿cómo se podrían evitar las muertes ocasionadas por el cólera morbus y por el COVI-19?

7.            ¿Por qué el presidente Juanito Mora insistía en volver a la guerra para tomar la vía del tránsito? Coméntenlo antes de responder.

8.            Dibujen, entre todos, la idea que tienen de los vapores navegando en el río San Juan.

9.            Expongan sus dibujos en una pared de su habitación. Comenten los dibujos entre sus familiares.

10.          Mencionen los valores que distinguen al sargento Nicolás Aguilar en la batalla de La Trinidad.

11.          Enumeren las cualidades de Peluquina en sus servicios a la patria.

12.          Redacten, en grupo, un pensamiento, poesía o canción en honor al héroe Nicolás Aguilar, a la heroína Francisca Carrasco y a Peluquina.

(* Escritora, miembro de la Academia Morista de Costa Rica)

Libro Cuentos infantiles sobre la Campaña Nacional de 1856.