Voluntarios del Bla pltimore Hunger Project reparten alimentos a personas necesitadas fuera de la escuela primaria Padonia International, el 4 de diciembre 2020, en Cockeysville, Maryland. Foto: AFP

Cockeysville. Antes de que la pandemia cerrara su escuela y los funcionarios de inmigración de Estados Unidos deportaran a su padre a El Salvador, Kimberly Orellana, de 14 años, no sentía miedo de pasar hambre.

Sin embargo, el salario de su madre, ahora el único sostén de su hogar, no es suficiente para alimentarla a ella y a sus dos hermanitas.

Por eso, Kimberly hace cola frente a una escuela para aprovechar la distribución de productos alimenticios organizada allí por una asociación sin fines de lucro.

“A veces necesitamos un poco de comida para mantener nuestro refrigerador lleno”, dice Kimberly, en Cockeysville, al norte de la ciudad de Baltimore (este), durante un descanso de sus clases escolares que ahora se dictan bajo la modalidad en línea.

Cada vez más niños pasan hambre en Estados Unidos. La epidemia de coronavirus, que ha matado a unas 280.000 personas en el país, ha provocado una histórica crisis económica.

Según el Departamento de Comercio, el 12% de los adultos afirma que “a veces” o “con frecuencia” no comieron lo suficiente durante el último mes.

Cerca del 10% de las madres de niños menores de cinco años declararon que habían pasado hambre en algún momento de octubre y noviembre, según una encuesta de la Brookings Institution.

La organización benéfica Feeding America estima que alrededor de 50 millones de personas se considerarán en situación de inseguridad alimentaria este año, incluidos alrededor de 17 millones de niños.

“Se puede decir que la inseguridad alimentaria es actualmente la más alta registrada en la era moderna”, dice Lauren Bauer, responsable de los estudios económicos de la Brookings Institution.

Cifras alarmantes

Las cifras son alarmantes para la mayor economía mundial y uno de los principales países donantes de ayuda alimentaria a otras naciones.

“La alimentación y la agricultura representan alrededor del 20% de la economía de Estados Unidos, pero el 100% de la gente come”, recuerda Chloe Waterman, directora de programas del grupo Friends of the Earth, quien enfatiza el papel del departamento de Agricultura para contrarrestar el problema.

El inicio de la pandemia en marzo y los cierres de empresas y negocios que siguieron dispararon el desempleo masivo y generaron una grave recesión.

Las escuelas también han cerrado, lo que ha impedido que los niños de familias de menos recursos reciban comidas gratuitas.

Según Bauer, la escasez de productos básicos en los supermercados también ha afectado en primera instancia a los padres y madres de bajos ingresos.

El Congreso estadounidense respondió permitiendo que los estados dieran a las familias tarjetas de beneficios por el valor de las comidas escolares, mientras que muchas circunscripciones continuaron proporcionando alimentos a los estudiantes.

Sin embargo, hay baches en esa red de seguridad, dice Bauer, especialmente para los padres que no pueden llegar a los lugares donde las escuelas reparten sus comidas gratuitas.

Y el principal plan del gobierno para proporcionar alimentos a las familias necesitadas, el Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria (SNAP), es insuficiente para cubrir todas las comidas, trasladando la carga del creciente desempleo a las organizaciones benéficas, sostiene Waterman.

Este es el caso de la asociación Baltimore Hunger Project, que ofrece productos alimenticios los fines de semana en la ciudad de Maryland y sus suburbios.

Las solicitudes se han triplicado desde el inicio de la pandemia y la asociación ahora está ayudando a 2.000 familias.

Entre ellas la de Kimberly, que pudo recibir huevos, pan y otros productos básicos para ella y su madre, ambas indocumentadas, y sus dos hermanas nacidas en Estados Unidos.

“A veces es muy difícil, pero tienes que seguir adelante”, dice.

“Esto me parte el corazón”, afirma Ayo Akinremi, un inmigrante nigeriano que comenzó a acudir allí para hacerse con algo de comida para su esposa e hijos tras perder su trabajo, pero ahora asiste como voluntario.

“Fue un choque cultural para mí venir a Estados Unidos y encontrarme con tanta inseguridad alimentaria”, asegura.