Pbro. Miguel Picado Gatjens. Teólogo e historiador. Estudiar historia o sirve para entender el presente o no sirve para nada.

Lo siguiente es muy ilustrativo. En 1797 don Tomás de Acosta, uno de los últimos gobernadores de Costa Rica, publicó un Bando de buen gobierno, una declaración de propósitos, diríamos hoy.

Contiene toda clase de prohibiciones tendientes, según el autor y en consonancia con su tiempo, a fomentar la buena convivencia. Mezcla, con toda naturalidad, asuntos que hoy clasificamos como pertenecientes al orden civil, con otros de tipo religioso. Indica, entre otras cosas, que “se castigará a los blasfemos, a los que pequen por sodomía, bestialidad o incesto.

Igualmente, a los que no acompañen al Divinísimo (el sacramento de la eucaristía) cuando lo encuentren en la calle, a los irreverentes y a los que cometen delito de escándalo”. Asimismo, se prohíbe la vagancia, los juegos de azar. También trasnochar, vender y comprar cosas a los esclavos, a los soldados y los sirvientes.

Lo que prohibía la Iglesia lo prohibía el Estado. Lo que decretaba el Estado lo ordenaba la Iglesia. El dominio cultural de la Iglesia era completo. Casi todo el arte era religioso; el templo católico, la construcción más grande y mejor acondicionada. Por siglos, la ocasión habitual para reunirse los vecinos fueron las misas dominicales y el rezo del rosario en los hogares.

Los momentos decisivos de la vida de las personas se señalaban con sacramentos: el nacimiento con el bautizo; la pubertad con la confirmación; el emparejarse con el matrimonio; el enfermarse o morir, con la extremaunción (hoy se denomina unción de los enfermos); el recibir perdón y consuelo, mediante la confesión; se esperaba la resurrección en un campo santo, de donde se excluían aquellos marcados por la normativa eclesiástica: quienes habían muerto por suicidio, los que se habían enfrentado en un duelo, los no católicos.

Algo de lo señalado continúa vigente, pero sin el carácter monopólico y excluyente de antaño. La transición de una sociedad culturalmente católica hacia una sociedad completamente secular tal vez nunca concluya y muchos no consideramos deseable una secularización absoluta. Lo religioso –bien entendido y vivido- da sentido a la vida, esperanza, anhelo de paz social; crea ambientes propicios para la amistad; fortalece los matrimonios; ayuda en la educación de los hijos, etc. Los valores de raíz cristiana con frecuencia siguen vigentes en quienes se consideran no creyentes, en especial en asuntos de justicia social.

De modo inevitable, ese predominio cultural se extendió a la ética. La ética cristiana centrada en la libertad de los hijos de Dios, cedió su lugar a los diez mandamientos del Antiguo Testamento. Del sí a Dios y al prójimo se retrocedió al legalismo negativo. De manera tristemente complementaria, debido a la condición célibe de los monjes y de los sacerdotes, la moral católica adquirió una coloración restrictiva en materia sexual.

Ahora nos hace falta una ética laica y teológica en lo afectivo -sexual, más laica, menos monástica.

Considero extemporánea la pretensión de algunos creyentes, católicos y evangélicos, de ejercer diversas presiones para imponer al conjunto de la ciudadanía sus propios criterios morales, tal cual lo hiciera don Julio Acosta al atardecer de la colonia.