Imagen extraída de la Revista Cambio Político, de la nota Aniversario del fusilamiento de don Juanito Mora y el General José María Cañas, héroes nacionales.

Foto extraída de la Revista Cambio Político, de la nota Aniversario del fusilamiento de don Juanito Mora y el General José María Cañas, héroes nacionales. (https://cambiopolitico.com/aniversario-del-fusilamiento-de-don-juanito-mora-y-el-general-jose-maria-canas/23156/)

La esclavitud había sido abolida de la República Federal de Centroamérica en 1824, por iniciativa del presbítero salvadoreño José Simeón Cañas y previamente por la Constitución de Cádiz, en 1812.

Un 10% de la población murió por la pandemia del cólera; aun así, hubo capacidad para continuar la guerra y vencer en 1857. Fue un pueblo heroico.

Para menguar el impacto ante la opinión pública del horrendo asesinato de Mora se ha exaltado la figura de Juan Santamaría. También causa extrañeza lo poco que se enseña y comenta la Campaña de Tránsito, que aseguró la victoria al cortar el suministro de mercenarios, municiones y provisiones que recibía Walker a través del río San Juan.

El obispo Anselmo Llorente y el carisma de Juanito Mora pusieron al pueblo sobre las armas. El prelado movilizó a las gentes presentando la Guerra Patria como la lucha contra los protestantes y la defensa del catolicismo.

Después del fusilamiento de Juanito Mora y de su colaborador cercano, José María Cañas y héroe de la Campaña Nacional –el salvadoreño más costarricense-, crimen de una fracción de la oligarquía cafetalera cometido en 1860, el país sufrió una seguidilla de golpes de Estado que no involucraron al grueso de la población; fueron disputas elitistas.

8. La separación Estado-Iglesia y el nacimiento del catolicismo social

Las leyes anticlericales de 1884 y 1886, culminaron un proceso modernizador de separación entre el Estado y la Iglesia. Fueron obra de un nuevo tipo de liberalismo, distinto del que había iluminado el proceso de independencia y consolidación nacionales, que puede calificarse de liberalismo positivista. La reforma la ejecutaron personas formadas en Inglaterra bajo esa tendencia filosófica, a la par de otras que profesaban un liberalismo anticatólico de raíz guatemalteca.

En resumen, consistió en promulgar el matrimonio civil y el divorcio, secularizar los cementerios y garantizar la no intervención del obispo en las cátedras universitarias, asunto este último autorizado por el Concordato firmado por Pío IX y Juan Rafael Mora en 1852. (La diócesis de San José había sido creada en 1850). Sin embargo, fue abusivo expulsar a Monseñor Bernardo A. Thiel y prohibir la permanencia de congregaciones religiosas en territorio nacional. De hecho, las congregaciones volvieron y no hay uno sino varios obispos, sin perjuicio para la serenidad republicana.

La influencia del dictador guatemalteco Justo Rufino Barrios, de la masonería y el afán de los nuevos liberales de ostentar su poder, manchó una readecuación que pudo efectuarse negociando con la Santa Sede. Viene al caso observar la evolución en las constituciones nacionales acerca de la materia religiosa, en las que se avanza de la exclusividad católica hacia la tolerancia de otros cultos; así lo exigía el ejercicio del comercio internacional con países protestantes. (Sigue siendo de utilidad el extenso trabajo de Víctor Sanabria “Bernardo Augusto Thiel. Segundo obispo de Costa Rica”, 1941. Ver también Ricardo Blanco, “1884, El Estado, la Iglesia y las reformas liberales”, 1984. Para otra perspectiva Claudio Vargas “El liberalismo, la Iglesia y el Estado en Costa Rica”, 1991).

Como respuesta a las arbitrariedades de los liberales, el obispo Thiel, una vez finalizado el destierro, en 1886, apoyó la organización del Partido Unión Católica, fundado el 7 de setiembre de 1889. Cada sacristía funcionó como un club político. Los católicos ganaron las elecciones de primer grado, en las cuales se designaba quiénes serían delegados para las definitivas, las de segundo grado. Los liberales se valieron de artimañas para ganar estas últimas. Sin duda, hubiera sido desastroso un gobierno controlado por eclesiásticos. El Partido Unión Católica desapareció en 1894, pero su breve existencia había servido como notificación a los liberales, quienes en adelante dejarían en paz a la Iglesia y esta, por su lado, nunca más sintió la necesidad de organizar su propio partido.

Como parte del esfuerzo electoral de la Unión Católica, Mons. Thiel escribió su carta pastoral sobre “El justo salario de los jornaleros, artesanos y otros desposeídos de bienes de fortuna” (1893), adaptación a la realidad nacional de la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII de 1891. Dicha carta tuvo consecuencias políticas a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Nótese la valentía de Monseñor Thiel, pues arriesgaba una segunda expulsión.

En “El justo salario” defiende –por primera vez en Costa Rica- la sindicalización, el aumento de los salarios para mantener su poder adquisitivo pues debe cubrir las necesidades de una familia y la fijación por el Estado de los bienes de consumo de lo que ahora se denomina canasta básica. El gobierno confiscó los ejemplares del Eco Católico donde se publicó la carta y tachó de socialista al obispo, un grave insulto en aquellos tiempos. Si bien el contexto político de la carta sobre “El justo salario” fue el enfrentamiento con los liberales, hubo otro contexto, el socioeconómico, consistente en la gradual pauperización de los peones. En efecto, el modelo agroexportador había hecho crecer el sector compuesto por jornaleros sin tierra, a veces trabajadores ocasionales en las fincas cafetaleras. Lo demuestra que el porcentaje de jornaleros había subido de un 24,9 de la población económicamente activa, según el censo de 1864, al 36,5 de acuerdo con el censo de 1892.

9. Un menoscabo a la soberanía 

Tomás Guardia, quien gobernó de modo dictatorial de 1870 a 1882, controló a la oligarquía cafetalera y organizó el ejército mejor armado de Centroamérica. Con esa finalidad invirtió el 36% de las finanzas del Estado (Díaz, David. La vida política, 1808-2000, en Historia contemporánea de Costa Rica, 2019, p. 38). Por inspiración de su esposa, doña Emilia Solórzano Alfaro, abolió la pena de muerte. Guardia tenía el sueño del ferrocarril, entonces exaltado como llave del progreso. Nadie en Costa Rica poseía experiencia ingenieril ni administrativa para una obra de la magnitud de construir un ferrocarril de Alajuela a Limón. Tampoco había el dinero necesario, por lo que se acudió al endeudamiento con banqueros ingleses.  La obra quedó inconclusa y para terminarla fue necesario firmar el Tratado Soto-Keith (1884).

Parte de la soberanía que se defendió contra los filibusteros se perdió con ese tratado, así denominado en recuerdo de quienes lo suscribieron: Bernardo Soto Alfaro, de la oligarquía cafetalera de Alajuela, Secretario de Hacienda, Comercio, Fomento, Guerra, Marina, Gobernación y Policía, afiliado a la masonería, y el empresario estadounidense Minor Keith. Del préstamo original con bancos ingleses, dos terceras partes se utilizaron para comisiones e intereses pagados por adelantado. El resto fue insuficiente para finalizar el ferrocarril.

El mencionado Tratado permitió refinanciar la obra y Keith pudo concluirla; en contrapartida, Costa Rica cedió el ferrocarril por 99 años, además 400.000 acres de tierras colindantes con la vía y exenciones tributarias. Con tamañas facilidades nació la Compañía Bananera (UFCO, Mamita Yunai), un enclave en territorio nacional, de graves implicaciones para la soberanía. La Bananera, luego de contaminar con agroquímicos aquellas tierras, se trasladó al litoral pacífico, Parrita y Quepos, más tarde ocupó Golfito y Palmar Sur, posteriormente las llanuras del Caribe norte. Cabe anotar que las zonas colonizadas al estilo del Valle Central, mencionadas en el numeral 2 son ahora prósperas, mientras que en las abandonadas por la explotación bananera se sufre mucha penuria. La UFCO no interfería en su funcionamiento con la producción cafetalera e, incluso, buena parte de su mano de obra era de origen caribeño (jamaiquino, principalmente), pero también nicaragüense y costarricense.

La construcción del ferrocarril fue posible gracias a la mano de obra de negros migrados de Jamaica y otras islas del Caribe. También trabajaron chinos e italianos, pero ni los europeos ni los orientales triunfaron del clima y las enfermedades tropicales. Los italianos protagonizaron la primera huelga laboral de la historia costarricense. De los casi 2000 que ingresaron, la mitad volvió a su patria; la otra mitad se integró a la nuestra haciendo importantes aportaciones en el arte, la enseñanza y la política. Personas de origen chino habían llegado por ambos océanos con anterioridad al comienzo de la construcción del ferrocarril y se extendieron por todo el país. La primera oleada de varones chinos formaba familia con mujeres costarricenses, pero luego se casan casi solo con sus congéneres. Se han dedicado al comercio de abarrotes y restaurantes, si bien año con año se gradúan más profesionales de esa etnia.

Los afrodescendientes, después de trabajar en la línea férrea, laboraron con la UFCO. Por su dominio del inglés, los gerentes de la United los preferían como capataces. La integración a la nación costarricense se logró después de la Guerra Civil de 1948; permanecieron casi medio siglo sin adquirir nuestra nacionalidad. Aunque persisten formas agazapadas de racismo, poco a poco se ha sabido apreciar sus valores culturales, en particular la música y la gastronomía.

(Esta Síntesis Histórica que está publicando Informa-Tico a razón de dos entregas semanales, los días martes y jueves, se recomienda coleccionarlas).