Su oficina es la misma que ocupó Jacques Monod, uno de los diez premios Nobel que han salido del “Pasteur”. Va a su trabajo en bicicleta, bucea y toca bajo eléctrico en grupos de rock.

Su oficina es la misma que ocupó Jacques Monod, uno de los diez premios Nobel que han salido del “Pasteur”. Va a su trabajo en bicicleta, bucea y toca bajo eléctrico en grupos de rock.

De sus cuatro abuelos, dos son de origen nicaragüense que llegaron a Limón en los años 1920. Teresita Cerda, su madre, es una limonense de adopción que hizo carrera en el Banco de Costa Rica; y su padre, Daniel Pizarro Torres, un pediatra santacruceño. Recién llegado de estudiar medicina en México, fue a hacer su servicio social a Limón y allí saltó una chispa entre ambos, para toda la vida.

De ella, Javier heredó su jovialidad, su vena comunicadora y su espíritu sociable. De su padre, la disciplina científica y el gusanillo de la investigación. “Para tratar a niños que llegaban al hospital deshidratados mi padre desarrolló un suero, al que llamó Fórmula 90, pero en toda Latinoamérica se conoce hoy como la “Fórmula Pizarro”.

La Sabana corrí siendo niño…

Eran tiempos donde las vacas andaban cerca del viejo aeropuerto de La Sabana. Javier se crio en Sabana Sur, y cuando en Europa dice que su dirección postal es “de la Pops tantos metros al sur”, la gente difícilmente le cree.  Es el mayor de tres hermanos, le siguen Carolina y José. “Siempre me han encantado los libros, de niño yo me veía como bibliotecario, con libros por todas partes ».  Y en cierta forma así fue, su casa tiene libros hasta no caber, y en su trabajo también está rodeado de libros y bibliotecas.

Estudio en la escuela y el colegio La Salle, donde hoy es el MAG, casi frente a la casa de sus padres. “Me gustaba asustar a mis compañeros y golpear las paredes del aula para hacer un sonido como de un temblor. Todos salían corriendo y gritando. Me hacían gracia los temblores hasta que con el terremoto de Limón en 1991 se me quitó ese gusto y ahora les tengo respeto”.

“Un día mi papá nos llevó a mi hermana y a mí a enseñarnos a andar en bicicleta, cerca de la Sabana. Yo estaba montado en la bici y mi papá iba atrás sosteniéndome. En un momento, según yo, iba hablando con él, pero cuando me di cuenta estaba como 50 metros atrás y yo iba solo en la bici. Me asusté, me caí y me malmaté. Pero aprendí a andar en bici”.  Hasta la fecha, en París, Javier solo se mueve en bicicleta.

Sumergido en la Biología

Cuando joven, pese a que lo tentaba la música, la geografía y la cultura general, su amor por la naturaleza lo llevó a la Biología. “Me quedé prendado cuando Carlos Villalobos, director de la Escuela de Biología de la UCR, vino al cole y nos habló de esa carrera, sobre todo de su área que era Biología Marina. Cuando llevé los primeros cursos, en 1987, me di cuenta que la biología era lo mío. Éramos solo siete alumnos en ese tiempo, entonces recibí una enseñanza muy personalizada”.

Javier aprendió a bucear en esa época en la que pensaba en hacerse biólogo marino. “Cuando llegué a Paris, seguí entrenando para adquirir la habilidad de bucear más profundo y por más tiempo. He hecho buceo en el Mar Rojo, Australia y la Isla de Pascua. El Mar Rojo es impresionante porque afuera es un desierto completo y cuando se baja hay un jardín exuberante, lo opuesto a lo que hay en la superficie. Con el buceo he descubierto otro mundo. Es una forma de meditación porque requiere mucho control y estar muy en calma con uno mismo. Es casi una terapia”.

« Todo en una sola persona »

Desde adolescente aprendió a tocar guitarra y se metió a tocar bajo con grupos de rock, pero también le hace un poco al saxofón y a la batería.  “Guanacaste es una provincia muy musical y me siento conectado con ella a través de mi abuelito Daniel Pizarro Caravaca.  Él también tocaba guitarra, saxofón y batería, además de violín, piano, clarinete y oboe. Mi padre fue marimbero y acompañaba a mi abuelito a tocar por todo Guanacaste, animando fiestas”.

Cuando llegó a Francia, Javier se vinculó con varios grupos y se ha mantenido activo tocando el bajo eléctrico. Sus hermanos confirman ese amor por la música. “Seguramente lo heredó de nuestro abuelito. Cuando viene a Costa Rica de vacaciones, pasa horas con la guitarra”, cuenta Carolina. “Lo más simpático es verlo en un grupo de rock, sobre todo porque siempre es percibido como una persona muy seria”, dice José, su hermano menor.

“Tiene una personalidad polifacética y además es un gran ser humano, tiene todo en una sola persona”, agrega José.

Los secretos más íntimos de las bacterias

En 1992, estrenando su título de biólogo de la UCR, Javier fue invitado por el doctor Edgardo Moreno a su laboratorio en la Escuela de Veterinaria de la UNA para estudiar la Brucella, una bacteria que ataca a las vacas, ovejas, cabras y cerdos. Allí descubrió por qué esa bacteria se resistía a ciertos antibióticos, pero, lo más importante, fue descubrir que él era un científico y que lo suyo no era la biología marina, sino el mundo microscópico.

Desde entonces, Javier ha investigado los más profundos secretos de las bacterias. Cómo se esconden del sistema inmunológico, cómo engañan a nuestras células para reproducirse, o cuáles son sus artimañas para lograr infectar a las personas y los animales. En especial se ha enfocado a estudiar tres grupos de bacterias: Brucella, la que produce la brucelosis, tan temida en el ganado; la Listeria que produce meningitis en recién nacidos; y Yersinia la devastadora bacteria culpable de la peste negra y de la muerte de 25 millones de europeos, en el siglo XIV, y que sigue causando muertes todavía.

Luego de sus primeras investigaciones en Costa Rica, en 1994 se trasladó a Francia donde hizo una maestría y un doctorado en Inmunología en la Universidad Aix-Marsella y se incorporó al Laboratorio de Jean-Pierre Gorvel. Allí descubre más secretos de las bacterias Brucella y en colaboración con investigadores del Instituto Clodomiro Picado, de Costa Rica, demostró que moléculas antibióticas presentes en el veneno de la serpiente Terciopelo, al igual que en abejas, sapos y mariposas no eran apropiadas para combatir la brucelosis.

La peste

En 1999 se unió al equipo de la profesora Pascale Cossart, una famosa investigadora en microbiología celular del Instituto Pasteur. Desde entonces, la calidad de su trabajo lo hizo escalar en ese reconocido Instituto, durante los siguientes 20 años.

Ahora es director de una importante unidad de investigación del Instituto Pasteur que estudia la Yersinia, la bacteria que produce la peste negra o peste bubónica. Por esas casualidades de la vida, cuenta Javier que el primer libro que leyó en francés fue “La Peste”, de Albert Camus, en setiembre de 1994, sin jamás imaginar que los caminos de la ciencia lo iban a llevar hacia… la peste.

Javier también dirige el Centro Colaborador de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre la Yersinia y la Unidad Internacional ‘Evolución y Dispersión de la Peste’ del Departamento de Microbiología del Instituto Pasteur.

Su amigo y colega en el Pasteur, Martin Sachse, quien lo conoce desde hace más de 17 años, lo describe como una persona que siempre ve el lado positivo de las cosas, « muy sociable y abierto, tiene interés en muchos aspectos diferentes de la vida y una gran curiosidad.

En 2017 fue enviado en una misión científica a Madagascar para ayudar a combatir el mayor brote de peste pulmonar en esa isla. Actualmente, su equipo desarrolla una vacuna contra la peste bubónica y la peste pulmonar.

En colaboración con investigadores del Instituto Tecnológico de Costa Rica (ITCR), Pizarro participó recientemente en el descubrimiento de una nueva especie de bacteria descubierta en Costa Rica, la cual bautizaron como Listeria costaricensis.

Las paredes vibran

Javier se pasea diariamente por los pasillos del prestigioso Instituto Pasteur, donde conviven científicos de más de 60 nacionalidades.  Es un hermoso edificio de estilo renacentista construido a finales del siglo XIX, el mismo donde se descubrió el virus del SIDA, donde nació la biología molecular, la microbiología moderna y donde el mismo Louis Pasteur demostró que la generación espontánea no existía, sino que las enfermedades infecciosas se producían por diminutos entes llamados hoy en día virus y bacterias.

Trabaja en la antigua oficina del Premio Nobel Jacques Monod, uno de los padres de la biología molecular moderna. « Uno siente como que las paredes vibran y te quieren decir cosas. Uno se siente orgulloso, es muy inspirador ser parte de esta historia viva”, afirmó.

Quizás las buenas vibraciones de tantas mentes sabias que han recorrido esos corredores siguen animando a los discípulos de Louis Pasteur. En 2012, la Universidad París-Descartes otorgó a Javier la « Habilitación », la más alta calificación académica para reconocer que un científico está facultado para guiar a un alumno, algo así como ser nombrado Maestro con capacidad de tener discípulos.

El equipo de investigación de Javier Pizarro, en el Pasteur, tiene un perfecto balance entre mujeres y hombres. Hay investigadores de Francia y otros de origen belga, argentino, peruano, vietnamita y español.

Eso le permite tener su propio equipo de científicos y manejar investigaciones a gran escala. Además de un brillante científico, es todo un Maestro con una natural habilidad para comunicarse y a quien le encanta relacionar instituciones y personas.

Una cabeza de playa para jóvenes científicos costarricenses

Desde 2013, a sugerencia de su colega biólogo Johnny Peraza, profesor del ITCR, Javier es responsable de haber abierto, de par en par, las puertas del Instituto Pasteur a más de una docena de jóvenes científicos costarricenses. “Ellos han hecho un trabajo excelente aquí en París, han dejado muy bien parada a la educación costarricense. Inicialmente venían a mi Laboratorio a hacer sus pasantías y desde hace tres años vienen a otros laboratorios de científicos del Instituto Pasteur, son estudiantes con una formación de primera clase”

Todos costarricenses. De derecha a izquierda, María José Giralt del TEC, Jazmín Meza de la UCR, Rodrigo Arias del TEC, don Daniel Salas actual Ministro de Salud de Costa Rica, Sonia Marta Mora, Embajadora de Costa Rica en Francia y Javier Pizarro Cerda.

El año pasado, con su colega microbiólogo Esteban Chaves Olarte, científico del Centro de Investigaciones de Enfermedades Tropicales de la Facultad de Microbiología de la UCR organizó un Simposio Centroamericano para imaginar futuros intercambios científicos entre Costa Rica, Centroamérica y el Instituto Pasteur. “Siento la necesidad de darle al país algo de lo que la educación pública me dio a través de mis estudios en la UCR”.

Javier Pizarro es un referente latinoamericano en esa casa de investigación en París. Además de ser una especie de embajador científico de Costa Rica y de colocar en sus laboratorios a jóvenes investigadores costarricenses, es formalmente el coordinador de actividades de colaboración y educación del Instituto Pasteur con América Latina.

Padre e hijo al lado de Franklin Chang

Como detalle curioso, su padre, el doctor Daniel Pizarro Torres fue fundador en 1992 de la Academia Nacional de Ciencias de Costa Rica, la misma que acogería 20 años después a su hijo Javier. Las fotos de padre e hijo comparten sitio en la galería de las ciencias, junto a Franklin Chang y los científicos más destacados de Costa Rica.

En el campo internacional, Javier ha hecho investigaciones al lado de científicos famosos en Australia, Israel, Estados Unidos, Suiza y Madagascar. Como docente, ha sido profesor en varias universidades francesas y ha impartido cursos en Argentina, Hong Kong, Grecia y Portugal. Le ha tocado organizar cursos y congresos internacionales y preparar a una gran cantidad de alumnos de maestrías, doctorados y post doctorados.

Es revisor de revistas científicas internacionales, consultor para agencias de financiamiento científico y miembro de jurados de Licenciatura, Master, Doctorados y Habilitación. Ha escrito más de 80 publicaciones y ha sido invitado a decenas de charlas y congresos internacionales en todo el mundo.

En 1998, recibió en Costa Rica el Premio Nacional de Ciencia y Tecnología “Clodomiro Picado Twight”. Fue condecorado con la medalla de la Alta Cámara del Senado Francés y se le confirió el Premio “Georges, Jacques & Elías Canetti” del Instituto Pasteur. Desde 2018 es miembro del Panel Internacional de Expertos en Peste de la OMS y en 2019 fue nombrado miembro de la Academia Europea de Ciencias, Letras y Humanidades.

Aplaudiendo desde el balcón

Vive desde hace 26 años en Francia, justo la mitad de su vida. Recuerda que en la primavera de 2007 recibió una carta firmada por el mismo Jacques Chirac, en la que el Gobierno le otorgaba la nacionalidad francesa. Pero conserva la del país donde nació. “Si hubiera tenido que renunciar a la nacionalidad costarricense para tomar la nacionalidad francesa, jamás habría dado el paso. Nunca me vi dejando la nacionalidad tica”.

Dice sentirse bien acogido desde el primer día que llegó a este país. “Francia me ha dado mucho, me he podido realizar como profesional, interactuar con científicos de todo el mundo y también guardar el contacto con Costa Rica”.

En estos días de confinamiento por la pandemia del coronavirus, Javier aprovecha para escribir, retomar la música, sacar libros viejos de cocina, comunicarse con su familia y hablar con sus vecinos, guardando las distancias, desde las escaleras y los balcones del edificio donde vive en su pequeño apartamento.

A su juicio, deberíamos aprovechar esta pausa para pensar en nuestras relaciones con otros seres humanos y el ambiente, el tipo de vida que llevamos y hacia dónde queremos ir. “Nos hemos dado cuenta que una partícula minúscula como este virus o una bacteria, como lo fue la peste negra en el pasado, puede desestabilizar la hegemonía del ser humano sobre el planeta. Deberíamos ser más humildes para admitir que solamente somos parte de la naturaleza. Si abusamos de nuestro poder sobre ella, podemos tener reacciones inesperadas”.

Todos los días a las ocho de la tarde se une al sentimiento nacional y aplaude desde su balcón al personal médico que atiende la emergencia por el coronavirus. “Esto tiene muchos significados, es sentirse una comunidad, rindiendo un homenaje a gente que está arriesgando sus vidas”.

“En estos días la vida tiene un ritmo un poco extraño, yo soy bacteriólogo entonces no estoy en primera línea con el tema de los virus. En mi área estoy a la cabeza de un equipo de 20 científicos de siete nacionalidades, coordinando con ellos a distancia”.

Cualquiera que vea a Javier con su bicicleta en las calles de París no podría imaginar que esa persona sencilla, enfundado en un jeans, es un galardonado científico, un maestro que al salir del laboratorio se quita la gabacha y toma el bajo eléctrico para sacarle notas a la vida. 

(http://www.acrf.fr/2020/04/15/javier-pizarro-cerda-un-discipulo-de-paste...)