Portada de la edición impresa

Informa-Tico.com presenta en su versión digital – y en entregas- del libro Nicolás y Peluquina, Espías en La Trinidad y otros cuentos, cuentos infantiles sobre la Campaña Nacional de 1856. En esta Entrega 1, también publicamos el Primer Cuento.

Incluimos el Índice, el Prólogo de la autora Lissette Monge Ureña y los créditos de la edición impresa de la que vamos a tomar las ilustraciones para lograr una relación del contenido y las imágenes de alto valor artístico.

Les invitamos, estimadas lectoras y lectores a disfrutar los cuentos sobre los hechos históricos de 1856 en una obra diseñada para las niñas y niños de su familia pero que no excluye a los mayores.

PRESENTACIÓN. Hoy, que los niños deben permanecer en casa al cuidado de padres o abuelos, nace esta excelente herramienta virtual para aprender y reflexionar a través de la lectura y las actividades divertidas que suceden en cada relato.

No hay duda, doña Lissette sabe acercarse a los niños. Con notable habilidad, se convierte en la voz narrativa que hilvana seis fascinantes episodios de la Guerra Patria de 1856- 1857, donde los pequeños lectores se encontrarán con el país de sus abuelos, la sencillez de la vida campesina y los patriotas que otrora consolidaron la Independencia Nacional.

Echando mano de la fantasía, la autora nos presenta a un Juan Santamaría que “sí fue a la escuela”; una lora ducha en las artes del espionaje; una heroica perrita a quien se concede grado militar o un Nicolás Aguilar Murillo que nunca reclamó su bien ganado premio, hasta que un Gobierno justo se acordó de reconocerlo.

Pues sí, eso se vale en aras de la extraordinaria presentación de los mejores valores de la costarriqueñidad: el amor a la libertad, el valor de la amistad y la lealtad, el apego al trabajo, la humildad del alma campesina, la magnitud de los sentimientos y las emociones en los tiempos aciagos de la epidemia del cólera y sobre todo, la empatía para construir y seguir adelante desde las cenizas de la guerra.

Manuel Carranza.   Presidente de la Academia Morista Costarricense

ÍNDICE:  Créditos . 2 – Presentación.  3 – Prólogo. 6 – 1856, un gran amor en los tiempos del cólera. 7 – Juancito, héroe del pueblo. 19 – Chuleta en la batalla de Sardinal. 33. – Nicolás y Peluquina, espías en La Trinidad. 43. – James Brown, filibustero con alma de artista. 59 – ¡Y   terminó la guerra! 71

 

PRÓLOGO

La autora, docente y miembro de la Academia Morista Costarricense, ha elaborado estos cuentos basados en la lectura de numerosos documentos y libros que se han escrito sobre la Campaña Nacional o Guerra Nacional Centroamericana de 1856-1857.

En 1856-57, fuimos a una guerra en contra de los invasores filibusteros que vinieron a estas tierras a imponer la esclavitud. Gracias a la visión de estadista del presidente don Juan Rafael Mora Porras y bajo su liderazgo, ganamos las batallas y expulsamos al enemigo, con la ayuda de los ejércitos de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua.

En esta guerra, surgieron historias, unas de amor, otras de fieros combates, tragedias y la presencia de mascotas, muy apreciadas por los soldados. Junto a esto, las victorias obtenidas en los encuentros bélicos, afirmaron la soberanía, la independencia, la libertad, el trabajo y la paz de Costa Rica y de Centroamérica. Nunca seríamos siervos menguados de nadie.

Es un material didáctico que puede emplearse en el hogar o en el aula.  El interés es que las familias, los adolescentes y la niñez lo utilicen de manera entretenida y se apropien de los hechos históricos más destacados de este proceso histórico que marcó, de manera significativa, el destino de nuestro país y el de Hispanoamérica.

Pero no lo olviden: son cuentos… disfrútenlos- Lissette Monge Ureña

Créditos: Autora: Lissette Monge Ureña  -  Editor: Elvis Mora Chaverri

Composición y diseño: Keilor Angulo Blanco

En la portada: La Chapolera o cogedora de café, óleo sobre lienzo de Diego Salgado (Antioquia, Colombia).  

 

Primer cuento: 1856, un gran amor en los tiempos del cólera

Las mañanas de los días lluviosos son limpias y hermosas. El cielo tiene un celeste nítido y las nubes son blancas con diseminados nubarrones grises que presagian las lluvias de las tardes. Pareciera que alguien tomara en las noches un cepillo con ceniza y lavara todo, dejando el paisaje colorido y fresco.  

Los caminos de barro y piedra estaban lúcidos, sin polvo y las hojas de las plantas presentaban matices de verdes brillantes. Muchas flores engalanaban las orillas de los senderos y las guarias y lianas se entrelazaban en los troncos de los cedros y los robles que se erguían altaneros en las veredas.

Estábamos en octubre de 1855 y el agua brotaba a raudales en los ríos, en las veredas, en la corteza de los húmedos güitites, en las matas de café, en los cañaverales y las gotas de agua cristalina se deslizaban perezosas entre los pétalos de la guaria morada.

Al fondo, rodeada de potreros y vacas estaba mi casita de adobes, pintada con cal y tuna y con tejas color ocre, corroídas por el paso de los años. Ahí vivía con mis padres y 4 hermanos menores.

Mi casa era como un campamento. Desde temprano nos levantábamos porque teníamos funciones asignadas y las cumplíamos sin refunfuñar. Las labores las iniciábamos con los primeros rayos del sol y concluíamos cuando llegaba la noche.

Había mucho que hacer para poder solventar las necesidades propias de nuestra vida campesina.

Todo lo hacíamos con nuestras manos, absolutamente todo. La siembra en la huerta; la recolección de guayabas, güízaros, manzana de aire, nísperos; jocotes naranjas, limones, y la elaboración de las comidas; la confección de nuestra ropa; la pintura de la casa; el arreglo de las goteras entre las tejas de barro y la caña; el cuido de los animales; la siembra, recogida, secado y molida del café; las tortillas; en fin, todo lo elaborábamos de forma rústica y artesanal, y por eso nos quedaba poco tiempo para jugar y menos para vagabundear.

Nosotros vivíamos en Aserrí pero papá y mamá nos llevaban a las fiestas patronales de Nuestra Señora de los Desamparados, porque hacían un turno lindísimo y llegaba gente de los pueblos vecinos.

Al llegar al turno, esperábamos que papá nos dijera en cuál sitio nos podíamos sentar a comer algún antojo.

Nos encantaban las gelatinas de naranja servidas en las mitades ahuecadas de su cáscara, las melcochas sobre hojas de limón, las cajetas de chiverre cristalizadas, el biscocho sobre hojas de plátano, el arroz con leche, la torta de arroz, el dulce de coco y las sopas de pozol y de mondongo.

Fue en uno de estos turnos patronales donde conocí a José María, un joven muy guapo de 17 años, igual que yo. Estábamos en la flor de nuestra juventud. Me pareció el joven más agradable del mundo. Era descalzo, yo tampoco usaba zapatos, pero su camisa blanca y su pantalón caqui estaban bien engomados y limpios.

Él me miró y yo hice todo lo posible para que él se me pudiera acercar para conocernos mejor.

Mi madre, que era muy observadora, me dijo al oído: “Voy a preguntarle a Chavela si lo conoce. Que me diga de qué familia es y si es un muchacho de buenas costumbres y trabajador”.

Chavela era comadre de mi madre y vivía detrás de la iglesia de Desamparados. Como buena vecina del centro del pueblo, conocía a todas las familias de los alrededores. Ella le confesó que era un muchacho esforzado y de buena familia, recomendación suficiente para que mi padre consintiera que le hablara.

Fue maravilloso y muy respetuoso nuestro noviazgo. Cuando nos veíamos en las fiestas patronales de San Miguel, de San Juan Bautista en Patarrá o de San Rafael, él me buscaba e invitaba a comer y nos sentábamos en las peñitas a orilla del camino para ver las carreras de cintas y conversar con otros amigos de nuestra edad.

El amor llegó y José María me habló de que nos casáramos. Le contesté que nos diéramos un tiempito más, porque yo ayudaba a mi madre con la crianza de mis hermanitos menores y que era mejor esperar a que estuvieran más grandecitos.

Risueño, José María me susurró al oído que me esperaría pero no mucho tiempo. Que le pediría a su papá un cerquillo que tenía para hacerme una casita y que tenía una yunta de bueyes y una carreta con la que seguiría haciendo fletes de café y caña, y con lo que ganaba podría mantenernos.

Había mucho trabajo en esos años. En el campo vivíamos en un ambiente de paz y de tranquilidad. José María me juraba que él me protegería y velaría por nuestros hijos. También, me confesó que le ilusionaba visitar unas tierras baldías que estaban más al sur de Desamparados y que eran muy fértiles. Que ya el Gobierno daba reales para que las poblaran.

Eso me sonó bonito: emprender una vida juntos en tierras lejanas. Desde ese día empecé a soñar con mi boda, con la fiesta, con los invitados, con mi vestido; que en cuál ermita nos casaríamos, que si daríamos a los invitados ponche, torta de arroz, cubaces con chancho, gallina achotada, tortillas, tamal asado, totoposte, melcochas, café, guarapo, chinchiví, vino de nance o de mora, ponche o aguadulce, en fin que la gente estuviera alegre y bien comida.

¿Cómo compraría algo para llevar a la nueva casa, parecido al ajuar que llevó mi madre cuando se casó con mi papá, y si él me daría las arras que auguraban abundancia y bienestar en mi hogar?; pero, sobre todo, lo que más me desvelaba era la cara que pondría mi papá cuando José María le pidiera mi mano, ¿se iba a poner bravo o lo aceptaría? ¡Ay, Dios mío!, mi cabeza explotaba de pensar en tanta cosa. Eso de casarse me estaba volviendo loca.

Pasaron algunos meses y llegó el verano. José María me dijo a finales de enero de 1856: “Leona, creo que abril sería un bonito mes para casarnos, ya que para esa época las cogidas de café habrán terminado y tendré un dinerito ahorrado para construir la casa”.

Le contesté asustada: “¡Santa María, los tres dulcísimos nombres de Jesús!” ¿De qué hablas José María? No estaba preparada para esta noticia, tampoco para la luna de miel, pero él me abrazó y me dio mucha seguridad. Lo miré a los ojos y le confirmé con mi amorosa mirada que gustosa aceptaba su propuesta.

Un domingo por la tarde, José María llegó a visitarme y me pidió que llamara a mi papá. Cuando decía que iba a hacer algo, lo hacía. Yo me puse muy nerviosa y le pedí a mamá que lo llamara.

Ellos hablaron y luego mi papá me llamó a su lado, me abrazó y me dijo: “Hija, te doy la bendición porque te casarás con José María, que es un muchacho bueno y muy trabajador. Él responderá por vos y serás feliz a su lado”. Subí a una nube de ensueño.

Todo estaba listo para empezar una nueva vida al lado de un hombre serio y responsable; sin embargo, para nuestra desgracia, en la misa del domingo, el cura leyó una Proclama del Presidente D. Juanito Mora Porras, en donde decía que había llegado el momento que nos había anunciado y que nuestros hombres tenían que ir a defender nuestro país de una banda de advenedizos, escoria de los pueblos porque nuestra paz, nuestro territorio, nuestras familias, estaban siendo amenazadas por unos soldados invasores que llegaron a Nicaragua, la habían dominado y pensaban, también, tomar a Costa Rica y hacernos sus esclavos.

Agregó muy alarmado que los varones de 15 a 50 años tenían que alistarse en el ejército para irse a luchar hasta más allá de la frontera con Nicaragua, para defender nuestra amada Costa Rica. Todos nos volvimos a ver porque no entendíamos nada.

¿De qué hablaba el padre? José María tenía 18 años y nos íbamos a casar. ¿Cómo era eso que se iba para una guerra? ¿Volvería con vida? ¿Nos podríamos casar? ¿Tendríamos hijos? Mi mente quedó en blanco y mi corazón se hizo añicos.

José María, abatido, lloroso, con la cara compungida y los ojos desorbitados, me buscó el lunes siguiente. Ya lo habían llamado del Cuartel de Armas y él respondió como todo un patriota ante la amenaza del invasor. Nos abrazamos fuertemente. Nuestras almas se fundieron en un dulce beso.

¿Qué iba a pasar con nuestro amor? ¡Qué cólera tenía contra el destino, rabia por la convocatoria del presidente Mora y un profundo resentimiento en contra de esos invasores filibusteros!

Estaba frustrada y con mucha angustia en mi corazón. José María me tranquilizó al decirme que se iba a luchar por la patria y que D. Juanito Mora tenía información muy certera de que, si no peleábamos, nuestro país perdería su independencia, su soberanía, la tranquilidad con la que vivíamos, todo lo que teníamos y por lo que habíamos luchado años atrás y que él no iba permitir que nuestros sueños fueran destruidos por un grupo de maleantes fuereños, gente indeseable y mal intencionada.

A regañadientes, acepté que se marchara. Estaba tan enamorada que si el destino así lo disponía, esperaría mil años su regreso. Sentía mucha furia hacia quienes nos estaban haciendo añicos nuestros anhelos e ilusiones y, de inmediato, busqué consuelo en mi fe religiosa. Empecé a orar y encomendaba a José María a todos los santos.

Cuando José María inició su marcha hacia Guanacaste con las tropas costarricenses, al mando del Presidente Mora, las familias de los soldados que partieron con el Ejército Expedicionario, quedamos con el alma en vilo.

Hombres mayores y jóvenes se marcharon a la guerra. Quedamos los viejitos, las mujeres y los pequeñines. El trabajo en la finquita aumentó y se complicó.

Mis hermanitos y yo hacíamos las labores del campo y mi madre nos preparaba los almuerzos y nos lavaba. Ella atendía la casa porque mi padre, con 40 años, también había respondido al llamado del Presidente Mora y estábamos solos con ella.

Todos los vecinos íbamos a misa los domingos para orar por nuestros soldados y para enterarnos de las novedades de la guerra. Por los partes de guerra, teníamos noticias de que José María y mi tata estaban con vida, pero ellos no sabían leer ni escribir, entonces nada nos escribían.

Eso sí, nos dijeron que habían muerto muchos soldados en las batallas de Santa Rosa (el 20 de marzo), de Sardinal por el río Sarapiquí (el 10 de abril) y de Rivas (el 11 de abril). Siempre los tiempos de guerra han sido muy duros, pero para mí, la espera fue devastadora y triste. Mis sueños se habían quedado en el limbo, congelados.

No me daba cuenta si respiraba, si estaba con vida o si era un alma en pena. Hacía todos los trabajos como un cuerpo sin espíritu que vagaba de un lado para otro, ausente y desmotivada.

¿Quién me podría garantizar que los hombres más queridos para mí volverían a la casa? A finales de abril, comenzaron a llegar las tropas que venían huyendo despavoridas de una enfermedad mortal que llamaban la peste del cólera. La gente describía la forma como morían quienes tenían este mal y no podíamos dejar de asustarnos.

Las batallas habían sido perdidas por nuestros enemigos, pero nuestras tropas, en vez de festejar sus victorias, regresaron enfermas y aterrorizadas al país, en busca de cura y de consuelo en sus familias. Esta peste se regó por todos los pueblos.

El país olía a muerte.

Mi padre venía muy grave pero José María no regresó. Me dijeron que había enfermado del cólera y que no pudo regresar con el ejército. Que había luchado con coraje y bravura en las batallas de Santa Rosa y Rivas. Me sentí desconsolada. Estaba sola y sin ilusiones para seguir viviendo. No teníamos tiempo de llorar a los muertos porque las mujeres y nuestros niños y niñas trabajábamos arduamente para mantener activa la recolección de las cosechas.

La pobreza aumentaba y sentíamos que estábamos al borde de un colapso nacional. Pero el presidente Mora llamó de nuevo al ejército a las armas, apenas los soldados se repusieron de la peste.

Grandes y significativas batallas sucedieron a finales de 1856 y en los primeros meses de 1857, como de la Trinidad, la toma de los vapores de la Compañía del Tránsito en el río San Juan y otras batallas en Rivas y pueblos vecinos. Lo único que nos alegraba era saber que nuestras tropas se anotaban heroicos triunfos y que ya la ruta del río San Juan era nuestra.

En mi triste soledad, me senté en el escaño del corredor a escoger frijoles, cuando visualicé a mis hermanitos, quienes, jadeando y con gritos, anunciaban alegres que la guerra había terminado y que, el 1° de mayo, el jefe de los invasores, el tal William Walker, se había rendido y se había ido de Nicaragua con sus soldados.

Me puse de pie y les pregunté con voz entrecortada y llorosa: “¿Y eso qué significa?” Ellos, al unísono, contestaron con una alegre y pícara sonrisa: ¡Que José María va a regresar! La rabia y la profunda cólera por mi mala suerte acumulada en todos esos meses se fueron de repente.

La palangana con los frijoles salió volando. La mirada se me iluminó y mi corazón volvió a latir con fuerza: ¡mi amado volvería! Vislumbré en las colinas mi casita de adobe con pequeños que corrían de un lado para otro y yo reposando mi cabeza en el hombro afectuoso de José María, ¡mi héroe del 56!

ACTIVIDADES PARA REALIZAR EN CASA

1. Lean el cuento de manera individual o grupal.

2. Busquen en el diccionario el significado de palabras desconocidas.

3. Busquen en un mapa de Costa Rica y de Centroamérica los siguientes sitios: Desamparados, Patarrá, Aserrí, San Rafael, Guanacaste, Hacienda Santa Rosa, Sardinal, Rivas, (Nicaragua) y río San Juan.

4. Busquen parejas de novios o novias, entre las fotografías familiares y escojan la que más se identifique con Leona y José María.

6. Organicen una obra de teatro con los personajes del cuento y modifiquen algunas escenas conforme a las sugerencias y gustos de cada personaje. Ejemplo: realizar la boda.

7. Elaboren un ensayo sobre la importancia de las mujeres y la niñez costarricense durante la guerra de 1856-57 para exponerlo ante los familiares.

8. Investiguen sobre comidas, costumbres y tradiciones de la población costarricense en la década de 1850. Ilustrar con afiches y dibujos el producto de las investigaciones

9. Confeccionen un diccionario pictórico con los siguientes nombres de personas y lugares relacionados con la Campaña Nacional de 1856 y 1857: Juanito Mora//William Walker, // Santa Rosa// Sardinal// Rivas// Cólera morbus// Aserri// Viscocho//tamal asado// Cajeta de chiverre.

10. Investigar cómo se bailaba polka o vals.

Practíquelo y disfrútelo.