(En esta casa en Ángeles de San Ramón habitan dos jóvenes contagiados por COVID-19. El inmueble no posee puertas, ventanas ni servicio eléctrico; además, el techo improvisado está compuesto por unas láminas de zinc sujetas por troncos. (Foto: M Ábrego)

Como si la vida se ensañara con la gente más humilde, en el sector Ángeles en Peñas Blancas de San Ramón existen varios casos de COVID-19. Estas personas contagiadas viven en caseríos con ventanas de plástico, hacinados, con apenas las mínimas provisiones y en algunas ocasiones ni siquiera tienen los servicios básicos para sobrevivir.

Conversando en el corredor de su vivienda se encuentra Aleyda, una mujer nicaragüense que vive en este sector con su esposo, hijos y nietos. Tienen el portón que va a dar a la calle cerrado con un pequeño candado, pues ella y todos los que viven en la casa tienen 14 días de estar en aislamiento domiciliar, luego de que dieran positivo por COVID-19.

En esta humilde propiedad conviven 14 personas, todos infectados. “La primera fue una muchacha que vive en la casa de atrás. No sabíamos que ella estaba contagiada y ella se relaciona con nosotros. Gracias a Dios hemos evolucionado bien. Hemos tenido vómito, diarrea y dolor de cabeza”, mencionó.

De acuerdo con el epidemiólogo de la región Huetar Norte, Melvin Anchía, los contagios en esta zona se deben en su mayoría al hacinamiento y a que las personas, sin importar la nacionalidad, no respetan medidas sanitarias.

“En sector Ángeles hay lugares hacinados y, a pesar de que hay órdenes, hay personas compartiendo entre una casa y otra. Si se sabe que están positivos, ¿por qué se salen? Aquí es donde es importante la práctica y la sensibilización de la población. Si nosotros militarmente nos abocamos a cortar cadena de transmisión prevenimos transmisión comunitaria”, señaló.

Tanto el esposo de doña Aleyda, quien también es nicaragüense, como su yerno costarricense trabajan en labores agrícolas; por lo que en estos casi 15 días no han recibido ningún dinero; es más, se alimentan gracias a los alimentos (granos básicos, atún y pastas) que les envía el Gobierno.

“Trabajamos en el campo, pero ahora no podemos trabajar. No tenemos trabajo fijo, donde nos salga trabajito ahí vamos. Nos agarró la pandemia sin ningún ahorro. Como no tenemos nada fijo a veces salimos a la Y griega que queda por aquí a la 1 a.m. y si el camión que pasa nos ofrece trabajo, nos montamos. Cuando no lo llaman a uno, uno sale a buscar porque hay que pellejearla”, mencionó su yerno.

Cuando salen a trabajar al campo, Juan Gabriel y su suegro salen a la 1 a.m. de sus casas y vuelven hasta las 11 p.m., para así ganarse entre ¢12 mil y ¢15 mil.

A menos de 50 metros del hogar de doña Aleyda hay una casa que parece abandonada. No tiene puertas y su única protección contra la lluvia es un plástico negro que cubre uno de los huecos de las ventanas. El techo se encuentra improvisado por unas láminas de zinc que regalaron unos vecinos y que están sujetas con apenas cuatro pequeños troncos de madera.

La casa tampoco tiene suministro de electricidad; mientras que el agua apenas llega a un tubo que se encuentra fuera del inmueble. Lo que es inimaginable es que en este lugar vivan dos jóvenes costarricenses positivos por COVID-19, quienes tienen 14 días de estar en cuarentena.

Leonardo y Luis se contagiaron en otra vivienda de este sector en la que convivían con una “muchacha que salió positiva”. Luego de que salieron infectados se trasladaron a esta casa.

Cuentan que trabajan en labores agrícolas, específicamente arrancando yuca, pero en este momento no tienen dinero, debido al aislamiento domiciliar. Además, les preocupa que las empacadoras de yuca están cerrando debido a los contagios.

“Nosotros aquí estamos en una situación fea”, comentó Leonardo, mientras mostraba que todo lo que tienen en la casa es prestado. Las pocas cosas que tienen sobre la mesa las ha venido a dejar n trabajador social de la zona, quien se preocupa por todos los vecinos de este sector.

Dicen que el COVID-19 les causó pérdida de olfato y gusto, dolor de cabeza y diarrea; sin embargo, destacan que lo más complicado es en la noche, pues los zancudos “los devoran”. Además, duermen en el suelo sobre una espuma cuyo grosor apenas es de tres centímetros.

Así pasan sus días, entre cortando el zacate de la propiedad o haciendo ejercicio con unas pesas improvisadas. “Solo imagínese cómo estamos. Lo más que hacemos es limpiar el lote. Las mesas y ollas son prestados, además si llueve ni cocinar podemos, porque cocinamos con leña”, finalizó.

Estrategias CCSS

De acuerdo con el epidemiólogo de la región Huetar Norte, Melvin Anchía, existen dos factores que influyen en el contagio tan acelerado que existe en la zona: la densidad poblacional y la actitud de las personas.

El pasado jueves 11 de junio, personal de la Caja tamizó a 40 habitantes del precario MECO, ubicado en la Fortuna de San Carlos, pese a que aún no presentaban casos positivos. En esta comunidad, considerada como vulnerable, viven 80 familias. (Foto: Miriet Ábrego)

“Se habla mucho de la población nicaragüense, pero también a lo interno uno ve que cuesta trabajar con la actitud de los mismos costarricenses. Nos tenemos que abocar en sensibilizar a la población. Nada hacemos con el temor a la población transfronteriza, el temor al flujo migratorio, si nosotros a lo interno no estamos guardando las medidas sanitarias”, mencionó.

“¿Por qué se nos filtra el virus? ¿Por qué tenemos familias costarricenses infectadas? ¿Por qué tenemos a gente con arraigo infectada? Es sencillo, dejaron ingresar el virus porque no guardan medidas sanitarias, no se lavan las manos. Es responsabilidad de todos”, destacó.

Para contener el virus en la zona, la CCSS se ha abocado en aplicar varias estrategias en la región, tales como el tamizaje en comunidades vulnerables, plantas empacadoras y en las fronteras. Además, la región cuenta con una unidad de vigilancia centinela.