José Manuel Arroyo Gutiérrez

 

“Al describir un mundo [el correspondiente al racionalismo revolucionario francés] en que ya no existe ningún ´tutelaje moral´, excepto aquel que en cierto sentido es auto-administrado y que, por lo tanto, abre la puerta a la posibilidad de un individualismo extremo y de superar y apartar cualquier tipo de vínculo social, [el Marqués de] Sade  parece señalar [con sus escritos y conductas] la posibilidad de que lo que se llama ´delito´ no sea sino la expresión de un concepto de ´derecho subjetivo´, un derecho sin objetividad, que no acepta el reconocimiento del otro.  No se preserva ninguna necesidad de cohabitación social. Así, no es ningún accidente que, poco tiempo después, uno de los críticos más acerbos de la Revolución Francesa y del liberalismo, el filósofo alemán Georg W.E. Hegel, en su Filosofía del derecho, describa la esencia del castigo como el momento de transición entre el derecho y la moralidad; es decir, el momento en que el individuo se da cuenta de que no está solo, pero aún no ha afrontado la necesidad de compartir el espacio social con otro... (De modo no del todo diferente, en su Genealogía de la moral… Nietzsche definirá los castigos como ´mnemotécnicos´, pues mediante ellos los mandatos morales se inscriben en la memoria del individuo.” (Dario Melossi; Controlar el delito, controlar la sociedad).

         Permítanme ahora algunas reflexiones al pie que estimo necesarias:

1. Herencia del Iluminismo francés, inspirador de la gran Revolución de 1789, ha sido la radical distinción entre moral y derecho. El profesor Luigi Ferrajoli insiste, en nuestros días, en respetar la coherencia y consistencia del mundo jurídico (“el punto de vista interno” a partir de los principios del Estado constitucional de derecho),  sin descartar la posibilidad de cuestionar su justicia mediante juicios ético-políticos (“punto de vista externo”). Lo que resulta obvio, la posibilidad de criticar el derecho y sus prácticas, por injustas o inmorales, mantiene viva la posibilidad constante de reformar y mejorar el derecho mismo.

2. La sanción penal, impuesta a quien ha actuado sin reparar en el daño que hace, sin considerar los derechos de otro u otros seres humanos victimizados, cobra sentido en la medida en que el sistema penal hace valer la existencia y dignidad de ese otro.

3. Así, resulta inevitable pensar, por ejemplo,  en los casos en que la víctima es especialmente vulnerable, como en la violación o abusos sexuales a personas menores de edad,  donde la superioridad del agresor se impone  por la mera fuerza o por el aprovechamiento de la confianza que da su posición de garante (padre, padrastro,  pastor, sacerdote, maestro, médico, etc.). Durante siglos, este abuso de poder se ha querido justificar con todo tipo de subterfugios legales o de facto: matrimonios “ventajosos” de viejos con niñas, supuestas iniciaciones sexuales “naturales”;  posibilidades de ascenso o seguridad social para las víctimas, entre otros pretextos.

4. O bien,  los casos en que la víctima es difusa, como los hechos perpetrados contra los bienes públicos, que son de todos y de nadie en particular, y cuya percepción dañina se diluye y hasta se esfuma. Quizá por eso la sociedad –y especialmente  los electores- están dispuestos a dar oportunidades sin fin a los políticos y partidos corruptos.  Causa más alarma y rechazo la experiencia concreta del robo en la casa del vecino, que los fraudes millonarios en obras públicas, las comisiones cuantiosas en licitaciones, las evasiones de impuestos o las quiebras fraudulentas de bancos, aunque el costo de estos últimos sea incalculablemente mayor para todos.

5. El respeto a la dignidad y los derechos de las otras  personas está en el centro mismo de lo que debe considerarse delito, es decir, aquello absolutamente intolerable para la convivencia pacífica en una sociedad determinada. También es central para el castigo razonable que deba darse en cada caso concreto como respuesta que busque justicia y nunca venganza.  Por eso estaríamos, en nuestro caso,  mucho más cerca de Hegel y del mismo Nietzsche que de Sade, cuya renuncia a todo tipo de tutelaje moral terminó por extraviarlo social, psicológica y humanamente.