Una consulta urgente acerca de un detalle idiomático aparentemente simple se convertía en una clase magistral, en un inmenso río de sabiduría que compartía con absoluta generosidad y entrega con todos los reporteros, pero especialmente con los más novatos y nerviosos.

Mantenía una sorprendente serenidad incluso frente a los cambios repentinos de portada y nunca (o casi nunca) perdía el sentido del humor.

Amaba a Nicaragua tanto como a Salamanca y Costa Rica y contaba con orgullo la buena decisión que tomó al enamorarse de su esposa, formar su familia e instalarse en Tibás.

Una vez me cambió un título porque llevaba la palabra "inequidad" y me atreví a refutarlo. Me retó a apostar el salario de un mes si yo encontraba "inequidad" en el Diccionario de la Real Academia. Por supuesto no acepté el reto y por supuesto él tenía razón. En el DRAE no hay "inequidad".

Discusiones parecidas surgían cada vez que en un texto aparecía "ligamen" usado como "nexo" y no con el sentido correcto, relacionado con brujerías, o frente al uso inexacto de "negociado" o del régimen preposicional del verbo "informar".

Las batallas filológicas se tornaban épicas cuando el contendiente de don Fernando era Tito Hurtado, erudito autodidacta a quien natura le regaló con creces lo que Salamanca también pudo prestarle. A veces los combates se prolongaban por días en batallas coma por coma separadas solo por los cierres de edición.

En su entrega a los libros y las letras don Fernando tuvo incluso algún accidente laboral, como aquella vez cuando su dedo índice sangró una gota por el roce filoso de una hoja rebelde que se negaba a ser devorada por el maestro, en busca veloz de una respuesta para este reportero ansioso.

Con don Fernando en el cielo Dios nos hablará en mejor castellano.