Camino se ha venido recorriendo desde el siglo XIX, cuando en Inglaterra, por ejemplo, estaba legalmente establecido el derecho del varón a golpear a su esposa siempre que la vara con que la castigara no fuera más gruesa que su dedo pulgar; o, en ese mismo país, también existía la costumbre de que un varón con alguna enfermedad venérea podía tener coito con algún o alguna infante porque la sangre infantil le limpiaba de la enfermedad. ¡Semejantes horrores han ido quedando atrás!

Sin embargo, nos falta tanto camino para reconocer agresiones. Recuerdo ahora la indignación de una amiga gay, asumida desde hacía años y establecida socialmente con su compañera, cuando una mujer que “eternamente” es candidata a algo, rompió con su compañera mejicana de varios años porque venía una campaña y debía aparentar con su “ex marido” una familia “estable” y oficial, como parte de su imagen publicitaria. Mi amiga gay, indignada, me decía: “¿Cómo me piden que vote por una oportunista? ¿Cómo voy yo a justificar que le haga eso a esa pobre mujer?“. Sobre ese mismo caso, un hombre tradicional, machista, sin estudios superiores, trabajador y sencillo decía lo mismo porque él había presenciado cómo ese “marido de campaña” la había golpeado en media calle; él, también, calificaba a la candidata de oportunista, pero por el hecho de volver con el agresor. La red de relaciones es compleja, pero en esa historia, yo, por lo menos, nunca conocí la versión de la extranjera. ¿Se asumiría o sería realmente la víctima de la “eterna candidata”?

Nos falta mucho trecho y mucha lucha debe venir en las calles, en los debates y en la legislación para tipificar y castigar las agresiones públicas. Es decir, establecer claramente cuándo estamos frente a un agresor o una agresora pública. Los liderazgos en las organizaciones suelen tomar decisiones sin consultar a las bases. Me acuerdo de la famosa huelga de 1995, cuando el gremio magisterial se consideró traicionado por una negociación a espaldas y en contra de los intereses del gremio. Esa dirigencia siguió su camino como si hubieran hecho una acción digna de Francisco de Asís.

Recientemente, dos amigas de cierto partido me llamaron indignadas porque su candidato había elegido como aspirante a la vice presidencia a una mujer que, no solo había militado en las filas del SÍ AL TLC, cuyo derecho a esa posición es incuestionable, sino que, también, había pedido al embajador estadounidense que nos vigilara a los del NO AL TLC, para saber la influencia o los fondos de Ortega, Chávez y demás personajes con los que se suele asustar a la emotividad costarricense. Esas amigas se sentían indignadas y agredidas por su candidato. ¿Hicieron algo o, después de quejarse, callaron y aquí no pasó nada? No sé, no es mi candidato ni mi partido.

Pero, yo sí puedo decir que me reconozco como víctima de una agresión social, política y económica de esa aspirante a la vice presidencia de la República. Yo trabajé contra el TLC de gratis, por varios años sostuvimos una parte importante de la población una lucha para informar, educar y explicar lo que significaba el Tratado de Libre Comercio como para que me digan que no es una agresión pedir que la Embajada de los Estados Unidos nos vigilara, es decir nos espiara, de ahí a la delación queda un camino que puede ser muy corto.

El Frente Amplio está en un conflicto interno por una acusación de violencia doméstica. ¡Quizás, le sirva de lección y aprenda a revisar los antecedentes de sus candidaturas!

De lo que estoy segura es que en otros partidos también hay antecedentes de agresión emocional y política pero esos se callan o nos piden que olvidemos.

Por mi parte, no callo ni olvido que la población costarricense en la lucha más justa y transparente que ha dado, fue agredida por el embajador estadounidense con la complicidad de señores como Óscar Arias, Laura Chinchilla y Ana Helena Chacón.

Socióloga y profesora universitaria.
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