Conocí a Carlos hace una rueda de años. Fue al puro final de lo que hoy se llama la Calle de la Amargura (entre la vieja Soda Guevara y la Librería Macondo, que dirigía el entrañable Dante Polimeni), a la entrada de la Universidad de Costa Rica. Yo tenía 22 años, era candidato a la presidencia de la FEUCR, y Carlos tenía 19 años, estudiaba sociología y era alto, flaco y desgarbado (bueno, todos éramos altos y flacos en aquellos tiempos….) Me detuvo en la acera y empezó a hacerme preguntas, increpándome con una inteligencia tan particular, tan certera y tan inquisitiva, que aún lo recuerdo. Nos tomamos un café en la Guevara (me dijo que no iba a votar por mí pues estaba buscando algo más directo y trasgresor y lo mío le sonaba “muy reformista”, pero lo pensaría…) y nació una amistad que cubrió un arco de más de tres décadas.

Pasaron los años. Con el tiempo lo perdí de vista. Él se fue a Holanda a hacer sus posgrados y yo a Washington y Madrid a los míos. La vida nos hizo adultos. Supe que se había casado con Silvia Lara, mi compañera de aulas en Estudios Generales. Una década y media después—sin embargo—el destino volvería a acercarnos. Un extraordinario proyecto del Banco Mundial y de FLACSO dirigido por Shelton Davis y Estanislao Egacitúa nos reunió para elaborar una serie de propuestas de política pública contra la desigualdad en América Latina. Trabajé con Carlos por muchos meses alrededor del concepto del “umbral de ciudadanía”, basado en derechos humanos, en sustitución de las polémicas y tramposas “líneas de pobreza”. El “umbral” era una idea que había nacido del grupo del IIDH-CEPAL. Las reflexiones y trabajos que hicimos con Carlos en esos años son, sin duda, uno de los retos académicos más creativos e interesantes que he emprendido.

Años después, la radio nos juntó nuevamente. Carlos fue mi socio en el programa “El Mundo en Contexto” de Radio Universidad de Costa Rica. Hicimos grabaciones juntos más de 7 años, todas las semanas, más de 350 ediciones en los cuales entrevistamos a muchos de los principales pensadores de América Latina y del resto del mundo. Desde José Emilio Pacheco en DF; hasta Machinea en Argentina, Torres Rivas en Guatemala hasta Zallaquet desde Londres. Carlos y yo nos propusimos traer las reflexiones de lo que estaba sucediendo en el planeta y agitar un poco estos aletargados, parroquiales y aldeanos patios de Centroamérica. Por allí, en los archivos de Radio UCR, andan todas esas grabaciones que quizá alguien debería ordenar y compilar.

Nos ayudamos mutuamente en la edición de libros. FLACSO, por medio de Carlos, co-editó mi libro “Neotribalismo y globalización” y yo, años después, ayudé al lanzamiento de su “Igualiticos”, ambos textos hoy agotados en su primera edición y difundidos ampliamente por la red. Bromeábamos con el hecho de que—además de escribidores y académicos—no éramos tan malos promotores de libros, aunque pésimos negociantes. Siempre nos vencería Tía Florita. Nuestros libros no eran malos, la gente nos leía, pero éramos incapaces de ganar cinco centavos con ellos.

Carlos Sojo no sólo fue uno de los académicos más brillantes de su generación en Costa Rica y América Latina sino, además, un gran ser humano. Le dolían las estadísticas y los conceptos, pero sobre todo le dolía la gente. Era un experto en pobreza, pero sobre todo le dolía la gente pobre, la inequidad, nuestra bizarra Centroamérica que junta en pocos kilómetros cuadrados el Porsche Cayenne y la opulencia obscena con una villa miseria y gente que vive con menos de dos dólares al día. Era un buen ser humano, en el sentido que Machado le dio al término. Un magnífico ser humano.

Me honro de haber sido su amigo y me duele su muerte. Como ha escrito un amigo común, lo mejor de Carlos estaba por venir. Es cierto. Sin embargo, si estuviera por aquí todavía, su aguda inteligencia tomaría la noticia de su propia muerte con serenidad y con una sonrisa nos guiñaría el ojo. Nos daría una palmada en la espalda y nos diría: ¡Adelante, esto sigue!

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