Madeleine Albright, Secretaria de Estado entre 1997 y 2001, en la administración Clinton, recuerda, en uno de sus libros más recientes (Fascism, a warning), una conferencia en la que participaron más de cien naciones, la “Comunidad de las Democracias” de entonces, celebrada en Polonia en el año 2000. Un intento similar al que promueve la actual administración, convocada para el 9 y 10 de diciembre próximos.

Estábamos entusiasmados por la gran participación y por la aparente sinceridad de los compromisos asumidos, dice Albright. “Dejé Polonia pensando que, en la batalla por la opinión mundial, la democracia ocupaba –más que nunca –el lugar más alto en la historia. No sabía entonces lo que nos depararía el nuevo siglo”.

-- Multitud de inmigrantes en la frontera --

Miles de inmigrantes cruzan nuestras fronteras, inundando nuestras sociedades, escribió Feliz Bender, un becario de estudios posdoctorales en la universidad de KU Leuven, en Bélgica. Su preocupación es con los que califican esos migrantes como “armas” para desestabilizar Europa.

Un tipo de retórica que parte de la prensa, la Comisión Europea y muchos políticos de los países miembros de la Unión Europea (UE) “usan para describir la situación en la frontera entre Bielorrusia y Polonia”.

Le parece un lenguaje peligroso, pues transforma a los migrantes en armas. Ellos no son el peligro, solo están siendo usados como armas, dice Bender. En este caso –afirma– usados por el presidente bielorruso, Alexander Lukashenko, que ha abierto sus fronteras para que esos migrantes puedan entrar a países vecinos y, una vez en territorio de la UE, circular libremente hacia algún país de destino, principalmente Alemania.

El objetivo de Lukashenko es ejercer presión para que la UE elimine o reduzca las sanciones que le han impuesto el año pasado, después de las grandes protestas desatadas en el país, luego de las elecciones celebradas en agosto. La oposición reclamó fraude, Estados Unidos y la UE los apoyaron, mientras Lukashenko y Moscú acusaban a Occidente de promover una “revolución de colores”, esa nueva forma de protesta social con las que tratan de sustituir gobiernos en problemas por otros políticamente más cercanos.

Algo similar había ocurrido ya en Ucrania, donde un régimen cercano a Moscú fue sustituido por un aliado de Occidente, lo que provocó la reacción rusa, con la anexión de Crimea, y desató una virtual guerra civil en el país. A lo que la UE y Estados Unidos respondieron con sanciones a Rusia

Lukashenko reprimió la rebelión en Bielorrusia, pero la presión contra su gobierno sigue. Instalada en países vecinos, especialmente en Polonia y Lituania, la oposición cuenta con una retaguardia desde donde operar con seguridad. Vilna, capital de Lituania, está a solo 180 km de Minsk, capital de Bielorrusia. La frontera polaca está a menos de 350 km de Minsk y la frontera rusa está a unos 260 km.

Bielorrusia ha estado invitando a la gente a volar a Minsk desde Irak y de otros lugares (como Siria y Afganistán) ofreciéndoles una ruta de entrada a la UE, dice Lukasz Olejnik, un consultor que ya fue asesor del Comité Internacional de la Cruz Roja.

Poco a poco esa migración se ha instalado en campos de refugiados en las fronteras con Polonia y Lituania, cuyas las autoridades tratan de impedir su ingreso multiplicando la presencia policial y militar e instalando barreras improvisadas, con alambres de púas.

La situación, dice Olejnik, no es solo una crisis política, sino también humanitaria, en la medida en que se acerca el invierno y las temperaturas caen a niveles de congelación.

-- Ataque híbrido, brutal y violento --

Polonia acusa a Bielorrusia de promover nuevas formas de guerra, de realizar un “ataque híbrido”, y la opinión pública polaca, galvanizada por las denuncias, pide el envío de tropas a la frontera.

A principios de noviembre había ya unos 20 mil soldados polacos en la frontera, dice Olejnik y afirma que este tipo de datos, del otro lado, son menos conocidos. El peligro es que la situación se siga deteriorando y que cualquier provocación desemboque en lo que llama “violencia genuina”. En otras palabras, en una guerra.

La Unión Europea responderá al “ataque híbrido, brutal, violento e indigno” de Bielorrusia, dijo el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, en visita a Varsovia la semana pasada. Pese a las difíciles relaciones de la UE con Polonia, Michel fue a Varsovia para apoyar las medidas del gobierno polaco en la frontera. Entre ellas la construcción de una barrera, descrita en detalles por las autoridades polacas.

“La barrera que vamos a construir en nuestra frontera con Bielorrusia es un símbolo de la determinación del Estado polaco de limitar la inmigración masiva ilegal en nuestro país”, dijo el ministro del Interior polaco, Mariusz Kaminski. Condenado en 2015 a tres años de prisión por abuso de poder, Kaminski, que también fue jefe de los servicios secretos polacos, fue indultado por el presidente Andrezej Duda.

La barrera será construida a lo largo de 180 km, en la región de Podlasie, al noreste del país: cinco metros de altura de acero, con medio metro de alambres de púas arriba, controlada por métodos electrónicos modernos, como sensores y cámaras, a lo largo de toda la frontera.

Una solución basada en la experiencia de otros países (como Estados Unidos, Grecia, España y Hungría), dijo Kaminski.

Pronto, barreras similares serán construidas en las fronteras de los Estados Bálticos (Estonia, Letonia y Lituania) con Bielorrusia, países con los que Polonia está coordinando sus políticas de control fronterizo.

Michel se mostró favorable a la idea de que los estados miembros de la Unión Europea (UE) puedan financiar con fondos comunitarios la construcción de muros en sus fronteras.

Aunque esas barreras pueden ser controversiales, especialmente desde la perspectiva de los derechos humanos, hay muchos ejemplos de muros construidos por razones de estabilidad en las fronteras. Más de 60 han sido construidos desde 1800. Entre ellos el “más infame”: el muro de Berlín, afirma Olejnik. En el caso de Polonia, agrega, “no está claro si hay otra solución realista”.

-- Una crisis migratoria que incuba otra…

Michel evitó referirse al conflicto desatado hace unas semanas por una polémica decisión del Tribunal Constitucional polaco, que puso la legislación nacional por encima del derecho comunitario. Un disparo bajo la línea de flotación de la UE, que amenaza todo su entramado jurídico.

La polémica, en realidad, viene de antes, con acusaciones contra medidas del partido Ley y Justicia, gobernante en Polonia, que las instituciones europeas califican de “iliberales” e que incomodan, inclusive, a la coalición conservadora de los “populares”, la mayor en el Parlamento Europeo. Los parlamentarios polacos integran un grupo más pequeño, los “Conservadores y Reformistas Europeos”. La reforma del sistema migratorio europeo es una de sus prioridades.

En ese escenario, Bielorrusia amenaza con medidas contra la UE, incluyendo el corte del suministro de gas, justo cuando se inicia el invierno europeo, mientras Polonia asume un papel de liderazgo en la frontera europea, detrás del cual obliga a alinearse a sus hasta ahora muy críticos socios de la UE.

Como dice Tomasz Grzywaczewski, periodista y cineasta, la encantadora localidad de Usnarz Gorny, al noreste del país representa, para los polacos, el “fin del mundo”, en el que una angosta calle de tierra, rodeada de una docena de modestas cabañas de madera, termina en la frontera de Bielorrusia. Al otro lado están los campamentos de refugiados.

Una escalada militar podría obligar a las fuerzas de la OTAN a intervenir en apoyo a Polonia y eventualmente a los otros vecinos de Bielorrusia, país donde la oposición, acallada por Lukashenko, encontraría nuevos espacios para manifestarse.

De modo que, tanto para el gobierno polaco como para la UE una escalada del conflicto podría servir a sus intereses políticos.

En ese escenario volátil, en el que algunos pueden pensar que una confrontación militar le ofrecerle ventajas, no hace falta nada más para que estalle el conflicto.

Si eso ocurriera, las fuerzas de la OTAN estarían frente a la frontera rusa, con el riesgo de una confrontación mayor, de dimensiones inimaginables.

-- Larga lista de intervenciones --

Grzywaczewski recuerda el dramático resultado migratorio de una larga lista de intervenciones políticas y militares de Occidente en el Medio Oriente y en el norte de África.

Durante la larga crisis migratoria de 2015-16 el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, negoció con Europa una ayuda de seis mil millones de dólares y una mirada menos crítica a sus operaciones militares contra los kurdos, a cambio de bloquear el corredor migratorio entre el Oriente Medio y los balcanes.

En el norte de África, luego de que fuerzas apoyadas por países europeos y Estados Unidos derrocaron y asesinaron al líder libio Muammar al-Qadafi, en 2011, el país se convirtió en el principal lugar de tránsito de migrantes desde el Sahel a Italia. En marzo, el primer ministro interino de Libia, Abdul Hamid Dbeibé, advirtió a la comunidad internacional que su país no estaba en condiciones de enfrentar sin ayuda ese problema.

Meses después, en mayo, fue la monarquía marroquí la que facilitó el asalto de miles de migrantes en el enclave de Ceuta, en protesta por la decisión del gobierno español de permitir que el dirigente del movimiento independentista saharauí, Brahim Gali, enfermo de la Covid, recibiera atención médica en el país.

-- Acercándose a las fronteras --

Pero –dice Grzywaczewski­–, mientras esos problemas son comunes en el sur de Europa, frontera con África, no lo eran en el flanco oriental de la UE.

Nadie está preparado para un escenario así –agrega– y Polonia y los países bálticos tiene que adoptar un sistema urgente y efectivo para proteger sus fronteras y prepararse para provocaciones, “que pueden resultar en víctimas fatales”. Nuevamente, la idea de la guerra.

El viceministro de Asuntos Extranjeros de Polonia, Marcin Przydacz, expresó su preocupación por las maniobras militares conjuntas Zapad-21, entre fuerzas de Bielorrusia y Rusia.

La canciller alemana, Angel Merkel, en la que podría ser su última intervención en el escenario político internacional antes de dejar el cargo, habló con su colega ruso, Vladimir Putin, al que pidió interceder ante su aliado Lukashenko, para poner fin a la migración, que calificó de “inhumana e inaceptable”.

La cancillería alemana anunció que nuevas sanciones contra Lukashenko serán consideradas, incluyendo terceros países que le podrían estar prestando ayuda a su proyecto migratorio.

En una carta, el ministro del Interior alemán, Horst Seehofer, agradeció a Polonia por proteger la frontera externa común de la UE y le ofreció desplegar agentes de la policía alemana en la zona, para apoyar a la polaca.

En una sesión del parlamento, la semana pasada, el primer ministro polaco, el banquero Mateusz Morawiecki, acusó a Rusia por la crisis y a Putin de pretender reconstruir el imperio ruso.

“Si Lukashenko va a calentar la situación, la Unión Europea, y no lo puedo dudar, incluso la OTAN se involucrará”, dijo el ministro de Defensa de Letonia, Artis Pabriks, en una entrevista con la emisora local LR4.

Putin negó cualquier interferencia en el problema y sugirió a Merkel que Europa discutiera directamente con el gobierno bielorruso. El canciller ruso, Sergei Lavrov, afirmó que los países occidentales, incluyendo los miembros de la Unión Europea y la OTAN, están en la raíz de la crisis, acusándolos de promover protestas para instalar regímenes afines de su estilo de vida y a su visión de la democracia.

La escalada bielorrusa coincide con movimientos aún no explicados de equipamiento militar ruso hacia la frontera con Ucrania que, según las periodistas especializadas de Foreign Policy, Amy Mackinnon y Robbie Gramer, han provocado alarma en Washington y en Europa.

Pese a las promesas de las líneas aéreas turcas y bielorrusas de detener el flujo de inmigrantes, la crisis está lejos de resolverse, dice un reportaje del diario británico The Guardian. “Miles de personas permanecen en Bielorrusia y miles más están desesperadas por reunírseles”, afirman.

Rashwan Nabo, un trabajador humanitario sirio, cuenta la historia de su primo, Ferhad Nabo. De 33 años, con dos hijos, Nabo murió en un choque con un camión, huyendo de la policía polaca.

“La gente nunca dejará de tratar de llegar a Europa. Bloquear la frontera con alambres de púas no detendrá a personas como mi primo Ferhad y a personas como él, que huyen de la guerra y la pobreza. La gente, simplemente nunca dejará de encontrar otro camino para llegar a Europa”.

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