Casa de adobe y vecinas, obra de  Lissette Monge Ureña, la autora de los cuentos.

(Casa de adobe y vecinas, obra de  Lissette Monge Ureña, la autora de los cuentos). 

- ¡Qué puede ser pior que la batalla de Rivas, donde hirieron a Gonzalo!, - respondió Jovita muy angustiada y quien secó sus lágrimas con un pañuelo bordado con el nombre de su amado esposo.

Dolores le dio fuerzas con un fuerte abrazo y agregó:

- ¡Te comprendo mujer, es muy triste tu situación! ¡Quedarte sola con tus gemelitas pequeñas porque Chalo se fue a la guerra! Y le susurró al oído: “Dicen que se están viniendo los soldados en estampida por una peste que la llaman el cólera. Están horrorizados y los que se enferman, quedan muertos en el camino y los dejan botados. Naide los entierra. Ahí quedan tiraditos, en las veredas de los caminos, como animalitos sin alma”-.

- Jovita preguntó angustiada: “¿Y cómo crees qué viene Chalo?”

- Pos no lo sé. La verdad que todo se ha puesto patas p´arriba. Dicen que hasta don Juanito está pegao-, contestó Dolores.

- ¡Los tres dulcísimos nombres! ¡San Roque nos salve! -, exclamó Jovita temerosa. Se santiguó dos veces seguidas y preguntó a Dolores que dónde había escuchado esa triste noticia.

-La peste del cólera afecta a tuiticos y no hace deferencias, hasta don Juanito viene muy enfermo. Lo pior es que no se conoce un buen remedio para ese mal-, contestó Dolores muy angustiada.

- ¡Por Dios santo mujer! ¡Qué estaremos pagando! No nos queda más que rezar día y noche. Voy a conseguir cal, manzanilla, miel de abeja, alcanfor, guaro, gotas amargas y a esperar lo que nos depare el destino, pero pinta muy mal este asunto-, musito Jovita.

Se despidieron y en sus rostros se reflejaba un desconcierto profundo. Juana regresó desolada a su humilde casita de piso de barro y paredes de adobes, donde la esperaban sus adoradas hijas, jugando entretenidas en el patio. Muy pensativa se preguntaba ¿Por qué le había tocado una vida tan dura?

Jovita se crió en la finca de café llamada “La Pacífica”, en honor a doña Pacífica Fernández, esposa del Dr. José María Castro Madriz, en Desamparados. Era la única mujer de ocho hermanos. Entre ella y su madre tenían que cocinar, lavar y planchar la ropa de todos; atender la huerta, el gallinero; limpiar la casa, comprar la comida, cocinar el maíz y levantarse todos los días a las 3 de la mañana para molerlo, echar tortillas y preparar los almuerzos para su padre y sus hermanos, porque se iban todo el día a trabajar de peones en los cafetales.

Por las tardes, remendaban la ropa descosida, arreglaban la huerta, preparaban la comida y si les quedaba un tiempito libre, hacían cajetas, dulce de leche; tejían y bordaban algún tapete o sobrecama.

A Jovita sus padres la cuidaban mucho y no la dejaban salir a ningún lado, pero, un día llegó a su casa un joven apuesto, trigueño y muy agradable. Era el hijo del mandador de la finca que traía un recado del patrón para sus hermanos. Fue un amor a primera vista.

Desde ese momento, el bendito Gonzalo, conocido como “Chalo”, ocupó todos sus pensamientos.

A los tres años de verse a escondidas, Chalo le propuso matrimonio a Jovita. Ambos tenían veinte años. Por supuesto que para Jovita esta era la oportunidad para huir de ese sistema de trabajo tan agotador que tenía en su casa; de igual manera para obtener alguna libertad, pero, lo más importante, es que lo amaba y, sin pensarlo, dos veces, le dijo gustosa que “sí”.

Chalo conversó en buena lid con los hermanos de Jovita, pero rechazaron su propuesta. ¿Cómo se iba a ir y dejar a su madre sola? ¿Quién les cocinaría, lavaría y plancharía su ropa?

Cuando su padre se enteró del amor entre su hija y Chalo, extremó los cuidados y encerró a Jovita en la casa. Ni a misa podía ir sola, por lo que ya no podía ver a su novio.

En vista de que no había posibilidad alguna de casarse, decidieron escaparse. Una noche de verano y luna llena, Chalo se robó a Jovita y se fueron a vivir a una finca de ganado que tenía el presidente don Juan Rafael Mora Porras, en Los Ojos de Agua, por San Rafael de Alajuela.

Don Juanito, así llamaba Chalo a su patrón, les dio una casita de adobes y un cerquito. En la huerta cosechaban maíz, hortalizas y frutas. Tenían vástagos y matas de banano; una vaquita les proporcionaba leche, natilla, requesón y queso; y unas gallinitas les proveían de unos deliciosos huevos, con una yema más amarilla que la flor del ayote. Con humildad y sin lujos vivían muy tranquilos y, podría decirse, que felices.

Producto de su esfuerzo, se fueron haciendo de sus cositas y formaron un lindo hogar en compañía de unas hijas gemelas, trigueñas, con hermoso pelo marrón acolochado y grandes ojos negros, que llenaban de amor y alegría su casa. Chalo las trataba con respeto y mucho cariño. Jovita se sentía muy bien, aunque extrañaba a su familia.

En ocasiones, recibían la visita de la patrona, doña Inés Aguilar, esposa de don Juanito, quien pese a ser una dama de la sociedad josefina, era una señora amable y de gustos sencillos. Ella les dejaba un diario en un saco de manta, conteniendo arroz, frijoles, manteca y ataos de dulce, ropita de cama, cobijas y lindos vestiditos, que dejaban sus hijas, las que encantaban a Jovita para vestir a sus gemelitas. Ambas parecían angelitos con esos hermosos trajes.

Cuando se oyó el runrún de la guerra de 1856, Chalo escuchó el llamado que le hizo su patrón: “Había que cambiar el arado por las armas para defender la patria, las familias, la tranquilidad y la libertad del pueblo costarricense que estaba en peligro por una banda de forajidos, “escoria de los pueblos”, llamados filibusteros, que pretendían invadirnos desde Nicaragua y hacernos esclavos”.

Atento al patriótico llamado, Chalo se reclutó en el ejército y siguió al presidente Mora, General de División del Ejército Nacional. Junto a él combatió contra los filibusteros en Santa Rosa, Guanacaste, y después en Rivas, Nicaragua. En esta cruenta batalla del 11 de abril de 1856, las balas enemigas hirieron a Chalo en una pierna.

En ese momento, los soldados costarricenses presentaban fuertes signos de agotamiento. Estaban deshidratados, mal alimentados y exhaustos, porque habían viajado a pie desde San José hasta Santa Rosa, Guanacaste; de ahí continuaron a Rivas, cargando cañones, fusiles, armamento pesado; arriando carretas con comida y llevando todo lo que un ejército necesita para combatir. Al encontrarse agotados y con muchos heridos, la pandemia del cólera morbus encontró un terreno fértil, ocasionando estragos en el ejército costarricense.

Esta pandemia del cólera tenía tiempo de estar afectando a la población nicaragüense. La trajeron los viajeros que utilizaban la vía del tránsito por el río San Juan y los filibusteros, procedentes de los Estados Unidos.

Se rumoraba en aquel entonces que, después de la victoria del ejército costarricense en Rivas, William Walker, el jefe de los filibusteros, al verse vencido, con mucho rencor y venganza, ideó lanzar cientos de cadáveres en los pozos que abastecían de agua a la ciudad de Rivas, para enfermar a las tropas costarricenses. Es así como tomó más fuerza la epidemia y el presidente Mora se vio obligado a ordenar la retirada de las tropas de los escenarios de la guerra y retornar a Costa Rica.

Durante las largas noches de desvelo y de una angustiosa espera, Jovita lloraba en silencio para que sus hijas no la escucharan.

El día que un boyero bajó a Chalo de una carreta con soldados heridos y lo llevó a su cama, Jovita no sabía qué hacer. Volvió su mirada a un crucifijo que tenía en su cuarto y, de rodillas, exclamó desolada: - ¡Dulce nombre de Jesús, no te lleves a Chalo! ¡Dame fuerzas para atenderlo! ¡No dejés huérfanas a las gemelas! -.

Para peores, Chalo venía herido y enfermo del cólera. Estaba muy delgado, pálido, ojeroso, deshidratado, frío y la vista perdida. A menudo le pedía a Jovita que le pasara la bacinilla, en la cual vomitaba y hacía evacuaciones de un líquido blancuzco maloliente.

Ella lloraba a escondidas y se preguntaba contra qué diabólico mal se enfrentaba Chalo.

Jovita mandó a las gemelas para la casa de Dolores y se dedicó a cuidarlo. Aunque Chalo no quería tomar nada, le daba sorbos de agua con arroz y manzanilla, guaro alcanforado, bebedizos de jugo de limón y bicarbonato, tomas de sal de Inglaterra, guaro con tabaco y una lista interminable de combinaciones de hierbas con raíces del monte, lavativas de vinagre con malva. Y todo cuanto remedio le aconsejaban, pero nada le detenía la diarrea. Lo peor era cuando alucinaba por la deshidratación y la calentura, porque, para aumentar sus males, la herida se le infeccionó.

Don Juanito, el patrón, regresó muy enfermo y se quedó una semana aislado en su finca, junto a doña Inés. Preguntaba a sus empleados cómo seguían los enfermos y enviaba carteros con la correspondencia oficial a las oficinas del gobierno, en la capital.

Solicitaba información de cómo evolucionaba la pandemia. Las noticias que recibía eran alarmantes.

En esos años, las condiciones higiénicas en Costa Rica eran deplorables. Nadie se lavaba las manos para ingerir los alimentos y estos no se manipulaban correctamente, porque no había cañerías con agua potable. Pocas familias contaban con letrinas decentes. La mayor parte de la población defecaba a cielo abierto, en los solares, junto a la casa. Se limpiaban con hojas de algunas plantas que estuvieran a mano y las aguas sucias se iban por caños abiertos, a plena luz del día.

El presidente Mora tenía proyectos para mejorar la salud del pueblo y había propuesto la construcción de una cañería en San José, pero esta se detuvo por los gastos militares y la preparación del ejército para la guerra. Gracias a su gestión, se había construido el hospital San Juan de Dios, pero este no tenía capacidad para atender a los soldados heridos y a tanto enfermo del cólera.

Se respiraba en el país un aire de profunda tristeza y desolación.

La pandemia era nefasta e incontenible. Causó tal pavor en la población que la policía tenía que obligar a los médicos y a los curas a que atendieran las necesidades de los enfermos, porque moría un promedio de 140 personas al día.

Fallecieron personalidades muy influyentes en la vida política del país, capellanes, oficiales del ejército, soldados y una gran cantidad de mujeres, hombres y niños de todas las edades y niveles económicos y sociales, fuerzas vivas de las comunidades e importante mano de obra.

Murieron 10 000 costarricenses víctimas del cólera morbus en 1856. Los sepultureros no daban a vasto. Recogían los cadáveres y los depositaban en fosas comunes que eran roseadas con polvo de cal, mineral al que se le atribuían poderes especiales para combatir la plaga.

Ante tal desamparo y aflicción, Jovita hizo hasta lo imposible por recuperar a Chalo, por lo que rezó un centenar de novenas a San Roque y al Dulce Nombre de Jesús. Durante su gravedad, con mucha fe, rezaba esta oración:

¡Oh Jesús, Jesús divino!

Somos tus hijos amados

Mira cuán atribulados

Nos tiene nuestro destino;

Tú, que eres guía y camino

de salvación y de amor,

quita la peste, Señor,

disipa el aire malsano,

El azote de tu mano

Deponga nuestro creador

Don Juanito apenas convaleciente, se enteró de las congojas de Jovita y acompañado de doña Inés, la visitaron para prestarle ayuda.

Alabó las curaciones y atenciones que Jovita le prodigaba a Chalo, su fiel servidor, pero lo vio tan grave que, inmerso en una profunda misericordia, le sugirió a Jovita traer al cura, para que le administrara los santos óleos.

A pesar de los amorosos cuidados que recibió de su esposa, Chalo, valiente soldado, campesino laborioso y un hombre responsable y cariñoso, falleció, pero, antes de morir, declaró a Jovita su amor eterno y le pidió que nunca descuidara a sus adoradas gemelitas.

La familia de Jovita se enteró de este triste desenlace y, sin pensarlo dos veces, se acercaron a su casa. Padres, hermanos, Jovita y sus gemelas se abrazaron y lloraron juntos la partida de Chalo.

Fue un emotivo reencuentro familiar. El perdón los unió en momentos de profundo dolor. El padre de Jovita le rogó que perdonara su testarudez y conducta inapropiada. Le prometió que nunca más les faltaría nada a ella ni a sus nietas. ¡Lástima que Chalo no vivió para disfrutar ese añorado reencuentro!

Jovita esperó con mucha paciencia que viniera el sepulturero por su difunto marido, pero las carretas pasaban hasta el copete de cadáveres. Recurrió a don Juanito y de inmediato le facilitó una carreta con un boyero para que llevara el cuerpo de su difunto esposo a la fosa común, habilitada para depositar los muertos, víctimas de esta fatídica pandemia.

Recuperado de sus dolencias, don Juanito retomó sus funciones presidenciales y el mando del ejército con un objetivo supremo: finalizar la guerra y devolverle al pueblo la tranquilidad pérdida.

Jovita y Dolores, abnegadas y sufridas madres, ambas viudas, se sentaron en el escaño del corredor para ver a las gemelitas jugar con sus muñecas. Llevaban vivos los sufrimientos causados por el cólera, pero de ahí en adelante sus oraciones y sus mejores esfuerzos se unirían a los anhelos de su Presidente. Todos abrazando una causa común: recuperar la paz y el bienestar de su amada Costa Rica.

- ¡Qué emocionante y triste a la vez es la historia de los tatarabuelos Gonzalo y Jovita! No me canso de escucharla !Cómo sufrió Jovita!

¡Qué tristes son las guerras! ¿Y mi bisabuela fue una de las gemelas?, preguntó a su madre, Valeria, hermosa niña de doce años.

-Sí, hija. Así sucedió. La paz que disfrutas hoy en Costa Rica es el legado del esfuerzo, del sudor y de las lágrimas de nuestros antepasados. Hombres y mujeres costarricenses, como don Juanito Mora, doña Inés, Jovita, Chalo, el doctor Karl Hoffmann y muchos más, quienes se sacrificaron y lucharon para heredarnos un país de libertades, de paz, de leyes, en el cual somos soberanos para dirigir nuestro destino”-, contestó su madre.

Exaltada Valeria la abraza muy fuerte y le insiste:

- ¡Mami, cuéntame otra vez la historia de los tatarabuelos, de la guerra de 1856 y del cólera, porfa, porfa!.

-Su madre, interrumpe el abrazo y con profunda tristeza e impotencia la mira y le dice:

- Valeria recuerda que estamos en el 2020, sufriendo la funesta pandemia del COVID-19. ¡Mantén tu distancia, porfa, porfa…!

 

ACTIVIDADES DIDÁCTICAS

1. Compara el estilo de vida de Jovita en relación con el que tienen las mujeres de tu entorno familiar y social. Menciona en cuáles aspectos han cambiado las oportunidades para el género femenino de 1856 al presente.

2. En 1856 la población costarricense fue afectada por el cólera morbus y en el 2020 por el COVID-19. ¿Cuáles son las diferencias sanitarias y médicas entre 1856 y 2020 en Costa Rica? Comparte tus criterios con tus compañeros de clase y con tu familia.

3. Investiga en Internet en qué año se descubrió la bacteria que causa el cólera morbus y cuánto sabes sobre el origen del virus causante del COVID-19. Coméntalo con tu familia o con tu grupo.

4. Elabora un pensamiento que exprese cómo te has sentido con las medidas establecidas para  evitar el contagio del Coronavirus y lo comenta con tu familia o con tu grupo.

5. Atrévete a escribir un cuento, una poesía o una canción sobre los efectos causados por el COVID- 19 en el orbe. Compártelo con tu grupo y con tu familia.

6. Elabora un listado de los efectos de las pandemias en los aspectosociales, sanitarios y económicos; compáralo con los elaborados por tus compañeros de aula.

7. Elabora un pensamiento reflexivo sobre los cambios de actitud que experimenta tu familia frente a la pandemia del Covid- 19. Coméntalo al grupo y a tu familia.

8. Participa en un foro en tu colegio sobre el tema: La fragilidad humana frente a las pandemias.

9. ¿Qué opinión te merece la forma en que el gobierno de Costa Rica enfrenta la crisis ocasionada por el COVID-19 en el 2020? Comparte tu opinión con la de tu familia y la de tus compañeros.

10. Investiga en Internet las recetas de la olla de carne, el arroz achotado y del arroz con leche. Prepara alguna receta típica en tu casa y compártela con tu familia o con tu grupo, aunque sea de manera virtual.

(* Escritora, miembro de la Academia Morista de Costa Rica)

Libro Cuentos y relatos sobre la Campaña Nacional de 1856.