Las continuas quejas contra los servicios públicos de pronto se convierten en el detonante de la protesta popular en algunas comunidades.

Este asunto es complejo y uno de los elementos que está en su raíz, es que la confusión entre lo público y lo privado es ya una constante, frecuentemente justificada con el pretexto de hallar más eficacia y un mejor servicio público. Así, por ejemplo, la transformación del beneficiario del servicio público de “usuario” o “ciudadano” que ejerce sus derechos, a un sujeto aislado, objeto de un privatístico “servicio al cliente”, genera un tipo de relación específica totalmente distinta a la pública y propia de la empresa privada.

En apariencia, este cambio debería repercutir en favor del usuario, ahora transformado en cliente; pero este acaba más bien atenazado entre una condición que en realidad no tiene –la de cliente–, y un servicio que, a falta de ganancia privada, exhibe entonces la patología de un burocratismo deshumanizado, ansioso de ganancias y dispuesto a todo por obtenerlas. La experiencia ha demostrado que este procedimiento, generalmente, termina en casos graves de corrupción política y administrativa.

Todo ello genera la conjunción de la inconformidad y la protesta con la inoperancia de los partidos tradicionales, que han acumulado tal serie de problemas políticos y organizativos propios, que su amplio espectro va desde la falta de conexión real y fluida con el mundo real que los rodea y que debieran interpretar y traducir como demandas sociales al sistema político global, hasta una debilitada o nula capacidad de organización y representación política reales.

Aun los que tratan de renovarse, carecen de estructura, mentalidad clara y objetivos que les permitan incorporar a la juventud y responder a la gran cuestión que enfrenta el país: ¿qué hacer?

Esta pregunta les corresponde contestarla, sobre todo, a los jóvenes, a los sectores medios y a todos aquellos que estén libres de la contaminación electorera y de las lacras que hemos heredado. Ya los organismos partidarios no pueden seguirse organizando en torno a los métodos tradicionales de un centralismo caudillista, en el cual predomina la figura de un supuesto salvador, que tiene soluciones para todo.

La tarea es amplia, compleja y ajena a los esquemas políticos e ideológicos habituales. Supone una mentalidad y una acción políticas de naturaleza muy distinta a las tradicionales, que se disuelven en puestos y elecciones. Exige, además, una dirigencia creativa, audaz y muy consciente de lo que hereda y de lo que deberá dejar. Se necesita un nuevo paradigma o referente histórico, social, económico y cultural, tan novedoso como creativo; no para cambiar el mundo, sino para salvar al país.

(R. Cerdas. Ojo Crítico. La Nación 12/09/11)