Foto: El escritor costarricense y Premio Nacional de Cultura Magón, falleció el 15 de noviembre a los 93 años, a consecuencia de una afección cardíaca que lo aquejaba, dejando el legado de una prolífera obra literaria reconocida universalemente.

José León Sánchez, aunque tuvo gran acogida en México, incluso mejor que en Costa Rica en alguna época, se mantuvo fiel a su país, pese a sus críticas, por supuesta falta de reconocimiento y de respeto a su abundante obra literaria. Y por una condena injusta. Casi toda la vida cargó con un estigma. Muchos nunca pudieron olvidar y perdonar la acusación que se le hizo por robar, el 13 de mayo de 1951, la estatuilla de la Virgen de los Ángeles, en la Basílica de Cartago, sustraer sus joyas y asesinar al guarda Manuel Solano Torres. Por este delito, que siempre negó haber cometido, tuvo que descontar 19 años de prisión.

En una sentencia definitiva, en 1999 la Sala Tercera de la Corte Suprema de Justicia lo absolvió de toda pena y responsabilidad por aquellos hechos con base en el principio de duda (in dubio pro reo).

Esta sentencia surgió luego de que la Sala Constitucional, ante una consulta de la Sala Tercera, se pronunciara, el 24 de junio de 1988, a favor de José León, bajo el argumento de que hubo violación del debido proceso cuando se le sentenció. Ya en ese entonces era un escritor famoso, el más famoso de Costa Rica. Único traducido a muchos idiomas y que había vendido millones de ejemplares de sus libros. Su obra cumbre, sin duda al menos para mí, Tenochtitlán/ la última batalla de los aztecas (1984). Una visión de la conquista de México desde los vencidos. Una novela que está a la altura de la gran literatura latinoamericana, aunque la fama internacional se la dio La isla de los hombres solos (1968).

Tengo escasa relación con escritores. Son pocos los que reconozco como verdaderos amigos, aunque si considero que he leído, con deleite casi siempre, una buena parte de la narrativa nacional. Trato también de mantenerme informado de cuanto se publica. De José León he leído buena parte de su obra. Incluso relecturas de algunas de sus novelas, como Campanas para llamar al viento (1989), La isla de los hombres solos y Tenochtitlán. De esta última, en una ocasión ensayé un borrador de comentario que se me extravió y nunca pude relocalizar.

Por sus libros y como casi todo costarricense, conocía a José León desde mi juventud, pero nunca había intercambiado una palabra con él. En una ocasión lo llamé y le dije que quería visitarlo. Me atendió con gran amabilidad, aceptó y me dio la dirección de su casa. Lo visité en su quinta Don Cosme, en Los Ángeles de San Rafael de Heredia. Era finales de marzo de 2013. Quería conocer personalmente a este escritor que había admirado por tanto tiempo. Fue una muy grata experiencia. Amablemente me recibió y compartimos una larga y amena conversación de varias horas. Una persona gentil que se había labrado su vida a base de talento, lectura, disciplina y trabajo, luego de una niñez y juventud traumática, con casi veinte años recluido en la cárcel.

Me narró pormenores de su rica y compleja existencia: hijo de una prostituta que no conoció. Menos a su padre, que posiblemente ni su madre supiera quien era. Huérfano desde el comienzo de su vida. Como sucedía a quienes lo visitaban, me recibió en su amplia biblioteca. Había leído todos aquellos libros, según me confesó con orgullo. Y como a todas sus visitas, según supe después, me puso el mismo reto: tome cualquiera de esos libros y me pregunta por su contenido y yo se lo explico. Es posible que nadie se hubiera interesado en aceptar el desafío y él lo sabía. Quedaría como el hombre sabio e ilustrado, conocedor de la filosofía griega, que gustaba presumir. Habría que agregarle la sabiduría acumulada por sus años y su fecundo recorrido por la vida. Me mostró fragmentos de papel ajado de sacos de cemento en los que escribió el primer borrador de La isla de los hombres solos, estando prisionero en la Isla de San Lucas (Puntarenas). Presumiendo, con justa razón, los conservaba como un tesoro.

Después de conversar largamente, me invitó a tomar café a su casa, que estaba separada unos metros de la biblioteca y lugar de trabajo. Él mismo hizo el café y nos sentamos a disfrutarlo con algún bocadillo y seguimos la conversación. Un tipo fascinante, auténtico, sin aires de grandeza. Después pasamos a la sala. Le pedí que quería una fotografía con él. Llamó a una mujer, que supuse que era su esposa. Una mujer menudita y, aparentemente tímida, para que nos fotografiara. Ella no habló. Tampoco sabía manejar la cámara, que era simplemente enfocar y accionar un botoncito. Le expliqué y, con dificultad, tomó varias imágenes, algunas buenas, otras no. Al igual que me sucedió con el proyecto de comentario de su novela Tenochtitlán, pero por otras razones, perdí esas imágenes. En una ocasión, un técnico con escasa pericia, me formateó la computadora y borró aquellas fotografías y muchas más, incluidas cerca de un centenar que había tomado en una visita a Cuba. ¡Cosas de la vida!

De aquella visita rescaté una entrevista de la que no quedé del todo satisfecho, no por culpa del escritor sino del entrevistador. Es decir, yo mismo. Suele suceder. Pienso que pudo quedar mejor después de tan larga y placentera plática. La entrevista se publicó, el 4 de abril de 2013, en el medio digital Informa-tico (https://www.informa-tico.com), bajo el título “En Chavela Vargas he querido rescatar el símbolo de la mujer”. Después tuve ocasión de saludarlo varias veces. Alguna vez en la Universidad de Costa Rica. 

En esos días estaba trabajando en una novela sobre la cantante mexicana, aunque nacida en Costa Rica. Me explicó que mantenían una larga amistad, cultivada durante su extensa estadía en México, donde radicó para escribir Tenochtitlán y Campanas para llamar al viento, esta última una novela biográfica sobre el padre franciscano español Junípero Serra, que tiene como escenario el estado de Baja California. México lo acogió como uno más, al igual que lo hizo con Chavela Vargas. Recibió un doctorado honoris causa de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), una de las tantas distinciones recibidas en Costa Rica y en el exterior. El año siguiente publicó la novela que me había anunciado: Al florecer las rosas madrugaron… Desconozco cuan profunda era esa amistad con la intérprete.  

Como me adelantó, este libro es una biografía novelada de Chavela Vargas, aunque no utiliza su nombre, pero que coincide en todo detalle con la vida de la cantante. Tiene muchas referencias históricas de la artista, de México y Costa Rica. Natyeli, es el nombre de la protagonista, nacida en San Joaquín de Flores (Heredia), una zona cafetalera, como lo registra este corto fragmento.

-Natyeli, algo de tus tiempos de niña deben importarte.

-Para nada… En San Joaquín de Flores fue la herencia de mi primer dolor… un dolor que lo llevaré a la tumba, que no puedo olvidar, y no quiero olvidar (cursivas en el texto).  

En una biografía novelada, como en este caso, resulta difícil determinar dónde comienza la realidad, la historia verdadera, de la cantante en este caso, y dónde la ficción, producto de la imaginación y creatividad del escritor. Sucede incluso en obras presentadas como biografías o autobiografías. En Al florecer las rosas madrugaron… presenta una protagonista con una existencia sórdida, en todas sus miserias y sus triunfos, con su desenfrenada vida bohemia en México.

Chavela Vargas había muerto cuando se publicó la novela. Imposible conocer cuál habría sido su reacción, aunque el escritor se estaba protegiendo al presentar a la cantante con otro nombre. Imposible saber si habría montado una polémica en caso de que estuviera en desacuerdo con el contenido del libro, que habla de los abusos de que fue objeto en México, incluidas violaciones, explotación comercial y descalificaciones en un mundo tan machista o más, que el costarricense.

Y por supuesto, sus borracheras, que ella nunca negó. Incluye un pasaje cuando tuvo intención de radicarse en Costa Rica, pero por su temperamento irascible con alto consumo de alcohol, resultó imposible, pese a la buena voluntad de algunas personas que quisieron ayudarla, entre ellas un alto académico de la Universidad Nacional. Era incontrolable su carácter y sus borracheras. Años después, al comienzo del nuevo siglo, ya sobria, intentó de nuevo asentarse en Costa Rica, en San Joaquín de Flores, donde había nacido el 7 de abril de 1919 con el nombre de Isabel Vargas Lizano, pero finalmente regresó a su México lindo y querido, donde finalmente murió el 5 de agosto del 2012. Desconozco si ha habido más ediciones de Al florecer las rosas madrugaron…

José León Sánchez y Chavela Vargas, dos personajes entrañables para muchos cuyas vidas se juntan en esta obra y que, de alguna manera, mantienen cierto paralelismo. Ambos supieron hacer frente a la adversidad, a los estigmas, a los prejuicios, a las descalificaciones, y salir adelante dejando una obra inmarcesible. Ella logró salir del infierno y brillar nuevamente como una estrella. Él se refugió en los libros, en la literatura, y legó una obra maravillosa, que seguiremos disfrutando. Un ejemplo de superación para vencer la adversidad de dos personas que estaban condenadas al olvido, para decir lo menos. Ambos dejan una huella profunda en los costarricenses, estemos de acuerdo o no, sean de nuestra simpatía o no. Uno como insigne escritor y la otra como cantante, que, como dijo Joaquín Sabina cuando conoció de su muerte: no vendió una voz, vendió un estilo. 

Chavela Vargas en algún momento buscó el reconocimiento de Costa Rica y tal vez la reconciliación, a mediados de los años 90, pero no lo encontró. La sociedad costarricense parecía no perdonarle su desprecio por Costa Rica, sus enconadas descalificaciones de muchas décadas. Siento que la veía como alguien lejano a su patria de origen. José León Sánchez, muerto este 15 de noviembre, por el contrario, recibió cuatro premios Aquileo Echeverría y el Premio Magón (2017), la mayor distinción que se otorga a un costarricense por su aporte a la cultura nacional. Aunque vivió muchos años en México donde recibió el apoyo que no tenía en Costa Rica, sentimentalmente nunca se alejó de su país, nunca cambio de nacionalidad.