El escritor y periodista Juan Ramón Rojas

Una cara menos conocida, la menos bucólica, la del latifundio, una explotación comercial muy arraigada en esas llanuras desde tiempos coloniales hasta bien avanzado el siglo XX. Y de personajes que confundían el poder económico con el político del Valle Central.

Esta visión, desgarradora en las voces de algunos de sus personajes, que nos ofrece Abrazos de matapalo está un tanto alejada de cómo muchos vallecentraleños han visto históricamente a Guanacaste. Cuna de buena parte de nuestro folclor, del sabanero y del montador de toros bravos, tradiciones muy arraigadas, algunas cuestionadas en estos tiempos, pero la provincia es mucho más.

Es también una tierra rica en historias, de hombres y mujeres que padecieron la explotación más infame, que se lanzaron a abrir caminos para construir la provincia que hoy conocemos.

Distante de las tentaciones costumbristas (que tampoco tienen nada de negativo), Porras nos ofrece un mundo vivo y pleno de contradicciones, como es la vida, en el que, el abuso al indefenso tiene muchos orígenes, pero, por supuesto, sobre el poderoso, el hacendado, el gamonal, cae su mayor cuota de responsabilidad. El patriarca, el macho, que impone las condiciones incluso más allá de su latifundio. Pero también la voz valiente y enérgica que se levanta contra la arbitrariedad.

En la novela, la gran hacienda, donde se escenifica la trama, no deja de ser una sinécdoque de lo que fue Guanacaste, propiedad de unos pocos poderosos. Una provincia que empieza a ser descubierta y narrada por escritores e historiadores. La gran propiedad vinculada a prominentes figuras de la política nacional. La política y la tierra, el gran negocio.

Y un comportamiento también arraigado en todo el país, como es el patriarcado y el machismo, centro del relato en Abrazos de matapalo.

El escenario de la novela es una hacienda, propiedad de un general, espacio de conspiración para dar un golpe de estado al gobierno civil para defender espurios intereses económicos, pero también lugar de desgarradores atropellos contra personas indefensas, sin otras opciones que sufrir en silencio aquellos abusos, en este caso mujeres, pero también lugar de faustosas fiestas. Lugar para vacacionar de su mujer, “la Patrona”, y de sus hijos y sus amigos que apenas tienen contacto con la población que los acoge.

El matapalo es una planta que nace en un árbol, producto de una semilla dejada allí por algún pájaro. Se desarrolla majestuosa hasta apoderarse de la planta hospedera. La planta parasitaria, que no produce frutos, llega a convertirse “en un ser vivo de impresionante vigor y autonomía, merced a que cobró la vida de su involuntario y desamparado hospedero”, recuerda el narrador. Hace vida a costa del otro.

Así había sido el propietario de la hacienda. “Para llegar a ser lo que era se había aprovechado de los seres anónimos que componían el pueblo, a todos ellos les había succionado para hacerse más y más rico (…). Era un matapalo múltiple, que había necesitado de muchos árboles huésped, para dar muchos abrazos fatídicos”.

Familias enteras que no tenían obra forma de subsistencia que la ofrecida por aquel poderoso hacendado, que imponía la ley, su ley. Mujeres jóvenes desprotegidas, abusadas y condenadas a callar en un mundo de machos agresivos y primitivos, fuera el rico propietario o el capataz, víctima de su patrono, pero también victimario del más indefenso en la cadena humana. “Eran solo cuerpos para que trabajaran y para disfrutarlo si estaba apetecible, sin que la opinión de ellas contara gran cosa”, alerta el narrador. “Las mujeres en Guanacaste ¡valíamos menos que una mierda!”, remata un personaje.

Abrazos de matapalo es un nuevo y valioso aporte a la literatura nacional, que también viene sobre todo a enriquecer la historia y el acervo cultural de esa rica región costarricense, y quien mejor para hacerlo que un hijo de esa tierra.