La comparecencia de los Murdoch fue buena desde el punto de vista de las relaciones públicas, pero no tan buena desde los demás puntos de vista. Padre e hijo se intercambiaron constantes gestos de cariñosa protección mutua cuando el otro estaba en apuros. Pero Rupert Murdoch demostró que sus 80 años empiezan a ser un peso quizás excesivo para liderar una corporación de la complejidad de News Corporation.

Que el jefe supremo de una empresa con más de 50.000 trabajadores, que maneja docenas de periódicos y cadenas de televisión en multitud de países, no conozca los detalles de la gestión diaria de un diario, aunque sea tan histórico y famoso como News of the World, puede ser comprensible y así lo subrayó el propio magnate. Pero el nivel de ignorancia de los detalles de una crisis que lleva dos años en la prensa y que desde hace ya dos semanas es portada diaria en medio mundo solo puede explicarse por una de dos razones: o a Rupert Murdoch le han ahorrado deliberadamente los detalles para protegerle o, simplemente, a los 80 años ya no es capaz de controlar la situación.

El magnate guardó a menudo largos silencios, sin que quedara claro si no había entendido las preguntas -algunas formuladas en un cerrado acento escocés no siempre fácil de entender para un no escocés- o no encontraba las respuestas.

Desde el punto de vista de la investigación en sí misma, las novedades fueron más bien de detalle. Lo más significativo fue el escaso conocimiento del día a día no solo de Rupert, sino de James Murdoch, que justificó a menudo esa ignorancia en el alto grado de descentralización y de delegación de responsabilidades en la compañía.

A falta de revelaciones de gran calado, hubo momentos de gran fuerza. Como cuando le preguntaron al magnate si pensaba dimitir. "No", respondió, tajante. ¿Por qué? "Porque siento que confié en la gente, a todos los niveles, que me han fallado, han traicionado a la compañía, me han traicionado a mí. Y, francamente, creo que soy la mejor persona para limpiar esta casa".