De un lado, la estructura de la presa se levanta con la imponencia de una pirámide. Del otro,  la laguna se extiende como un remanso azul en medio del denso bosque tropical. Desde cualquier punto que se le observe, el proyecto hidroeléctrico Reventazón es una obra deslumbrante.

Las cifras de su construcción son todas colosales: 9 millones de metros cúbicos de piedra; 30.000 toneladas de acero; 23 millones de metros cúbicos de excavación; miles de trabajadores en intensas jornadas durante seis largos años.

La planta, que será inaugurada en las próximas semanas, podrá generar hasta 305 megavatios, suficiente electricidad para alumbrar y mover 525.000 hogares costarricenses, aproximadamente la mitad de la población del país.

Al potencial total  instalado por el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) para la generación de energías limpias aporta un 12% y es, en muchos sentidos, el desafío más grande y complejo que se ha planteado la institución en sus 67 años de existencia.

Lo más sobresaliente de este gran artificio de ingeniería, la más grande de Centroamérica después del Canal de Panamá, es que fue diseñado, planificado y desarrollado en un cien por ciento por el ICE, bajo la dirección de profesionales costarricenses.

 

Por dentro

Quien visita la central hidroeléctrica Reventazón, especialmente si lo hace con la guía adecuada, va de asombro en asombro descubriendo cómo se combinan la imaginación y los conocimientos técnicos para producir obras de tal envergadura.

La presa que contiene las aguas del Reventazón, está construida en un hondo cañón que forma el río al pasar por las montañas en el cantón limonense de Siquirres, a unos 8 kilómetros del centro por la carretera que conecta con Turrialba.

Es una estructura de 130 metros de altura y 540 metros de longitud en su parte más alta, para cuya construcción se utilizaron unos  9 millones de toneladas de roca.

En medio de la monumental pirámide se observa como empotrada una estructura de concreto que sugiere la forma de un tobogán y en cuya cumbre hay cuatro compuertas de acero. Es lo que los técnicos denominan el “vertedero de excedencias”, el cual da salida al agua del embalse cuando sobrepasa el nivel apropiado.

Desde el embalse, un espejo de agua de 700 hectáreas rodeado de densa vegetación, el líquido es transportado por gravedad a través de grandes tubos de hasta 9,4 metros de diámetro hasta cuatro turbinas tipo Francis, cada una de las cuales genera 73 megavatios de energía eléctrica.

En el trayecto de estas tuberías descolla un gigantesco tanque de acero, un cilindro de 27 metros de diámetro y 51 metros de altura (aproximadamente la misma del edificio de la Contraloría General), denominada “tanque de oscilación”.

La función de esta estructura es atenuar la presión del agua cuando se cierran las compuertas de las turbinas.

La gestión

El desarrollo del Proyecto Hidroeléctrico Reventazón  (PHR) representó para el ICE “desafíos enormes en diferentes áreas como la dirección técnica y logística, la gestión financiera, la compensación ambiental y social”, entre otras, explicó el director del PHR, Luis Roberto Rodríguez.

Hubo necesidad de adquirir 1.900 hectáreas de propiedades, rehabilitar 40 kilómetros de caminos, tramitar 96 licitaciones y 1.142 contrataciones directas.

La búsqueda de recursos requirió el análisis de diferentes opciones para encontrar una que diera las mejores condiciones financieras. Finalmente, la obra se construyó con créditos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE) y con fondos propios de la institución, principalmente.

El costo se eleva a 1.216 millones de dólares, que se convierten en unos 1.400 con las cargas financieras, según el gerente de Administración y Finanzas del ICE, Francisco Garro.

 

Comunidad y ambiente

Otro de los grandes desafíos del proyecto fue el impacto ambiental y social de las obras, el cual planteó la necesidad de desarrollar numerosos estudios, incluso varios adicionales a los que por ley estaba obligada la institución.

Con base en los resultados de dichos estudios, los técnicos del ICE tomaron medidas para atenuar el impacto. Por ejemplo, antes del llenado del embalse se rescataron 284.000 animales de diferentes especies.

Además, la institución suscribió un convenio con FONAFIFO para el pago de servicios ambientales a propietarios de fincas en las zonas adyacentes al proyecto hidroeléctrico, tanto para conservación como para reforestación.

De esta manera, se fortalecerá el subcorredor biológico Barbilla-Destierro, que es vital para el desplazamiento de muchas especies animales, entre ellas algunas en peligro de extinción, como los grandes felinos.

Por otra parte, la institución ha desarrollado proyectos en  15 comunidades influencia, que benefician en total a unos 5.000 habitantes de la región Caribe.

Entre estos se incluyen obras de infraestructura como la construcción de aceras, áreas de recreo, centros de atención médica primaria, así como procesos de capitación en diferentes áreas.

 

ICE: un valioso activo nacional

La Represa Hidroeléctrica Reventazón es una prueba irrefutable de la enorme capacidad desarrollada por el ICE y su personal en conocimiento técnico-científico, administrativo y de gestión.

Mucha de esa experiencia acumulada podría servir de apoyo a otras instituciones estatales para el desarrollo de obras de infraestructura como carreteras, puentes, edificios públicos, sistemas de alcantarillados, entre otros.

Sin embargo, hay sectores que se resisten al involucramiento del ICE en otras actividades, ya sea por la defensa de intereses privados o por valoraciones legales.

A inicios de este año,  la Contraloría General sacó al ICE de la supervisión de la carretera a San Carlos, argumentando que la institución incurría en un acto ilegal al involucrarse en esta actividad.

 “Estamos convencidos de que existen los recursos para colaborar con otras instituciones del Estado, pero es evidente que falta voluntad política”, señaló el director del PHR, el ingeniero Rodríguez.