1. La vocación suicida de los miembros de ISIS y del yijadismo que está extendido en varios países del planeta supone hoy una guerra de naturaleza distinta a las que conocimos desde el inicio de la humanidad hasta el siglo XX.  Hasta ahora, las guerras se habían verificado como conflictos entre Estados, claramente definidos. Ejércitos identificados entre sí, con espacios de territoriales y batalla e invasión. Eso ya no existe. Hoy día se trata de guerras de sectas ideológicas y religiosas, básicamente invisibles e incógnitas, de difícil cuantificación—supraterritoriales--dispuesta a llevar hasta las últimas consecuencias su agresión contra la civilización en su conjunto. El yijadismo es ubicuo, está en varios países, y cuenta dentro de sus reclutados incluso muchas personas de países occidentales.-  No se puede enfrentar de manera convencional. Sería un error.

  2. Ello implica que la lucha contra estos fundamentalismos tiene que ser fáctica y militar, pero también—y fundamentalmente-- ideológica y cultural en el más amplio sentido de la palabra. Occidente no debe caer en la trampa de pretender que la única forma de extirpar el terrorismo y sus bases ideológicas es por medio de la eliminación militar y física, al estilo de un Clausewitz mal entendido, pues esto sería imposible. Se podrán eliminar muchas de sus cabezas ideológicas y componentes militares en Siria e Irak, pero la solución fáctica-militar lo haría crecer como el monstruo de mil cabezas de la leyenda en poco tiempo, a quien le cortan cien y le retoñan mil. Ya sucedió en el pasado: hace apenas doce años.

  3. Quiero recordar aquí que la primera guerra invisible (y fundamentalista) del siglo 21 no empezó ayer en París, sino en el 11 de septiembre de  2001, en Nueva York, y la respuesta de Occidente fue un gravísimo error: la guerra contra Irak, lo cual exarcebó el odio antioccidental de muchos sectores islámicos que, antes de la invasión a Bagdad, no eran necesariamente fundamentalistas, ni mucho menos. La guerra contra Bagdad fue un acto político y militar de gravísimas consecuencias. No se puede volver a caer en el mismo error.

  4. Con esto quiero decir que, efectivamente, Francia y varios otros países deberán intervenir militarmente, en forma directa y precisa, contra las cabezas ideológicas y los centros neurálgicos de yijadismo en Siria e Irak, pero jamás montar una guerra santa de respuesta (y de signo inverso) contra el mundo islámico en su conjunto. Hay que identificar y hacer pagar militarmente a los responsables del atentado en París, pero paralelamente tender una diálogo cultural con el mundo islámico, que tiene más de 1.600 millones de personas, están repartidos en muchos lugares del mundo, y que, en el año 2030, serán la cuarta parte de la población del planeta.

  5. El primer reto de Europa y Occidente los próximos meses será en no hacer pagar al casi millón de refugiados sirios, quienes están huyendo de su país justamente por atrocidades similares a las que ha vivido París hace dos días.  Son seres humanos que no tienen que ver nada con yijadismo, sino más bien huyen del gobierno sirio, por un lado, y de los ataques del propio ISIS, por  el otro. Son seres humanos buscando destino, techo y una nueva vida. Lo peor que podrían pasar es que Europa montase una ola persecutoria ideológica. Con eso más bien haría crecer el monstruo de las mis cabezas. Esta compleja guerra del siglo XXI no sólo hay que ganarla con la fuerza y con las armas, sino, fundamentalmente, con inteligencia, con sentido común y haciendo que  Occidente establezca un dialogo plural con otras culturas y religiones del planeta.