Por Oscar Núñez Olivas - Pero ya sabemos que toda acción produce una reacción y, con la fama, a Greta le ha alcanzado también un odio visceral que la persigue adonde vaya. Las descalificaciones contra Thunberg no son refutaciones a su planteamiento de fondo: la urgencia de acciones para detener el calentamiento global y atenuar el inminente desastre climático al que estamos enfrentados.

Las críticas que circulan en redes sociales giran en torno a tres afirmaciones básicas: 1) es “una mocosa” (calificativo que le endilgó el incalificable presidente de Brasil, Jair Bolsonaro) que no sabe de lo que habla; 2) Es títere de los verdaderos actores que se esconden detrás de su inocencia: los padres, movimientos ambientalistas, gobiernos europeos, a saber con qué malévolas intenciones; 3) Es una asperger insociable y de mal carácter, que hace muecas y pucheros.

Tales dichos han sido desvirtuados sistemáticamente por los hechos, pero ello no obsta para que se sigan repitiendo, una y otra vez, hasta el cansancio. Lo importante para los detractores de Greta Thunberg es enturbiar su imagen aunque sea con estupideces, porque ella representa un fenómeno político-social que el sistema es incapaz de asimilar y que le causa mucha indigestión.

 

El espanto generacional

Greta Thunberg es joven, muy joven. Representa esa generación que nació en los albores del Siglo XXI, condenada a heredar un planeta devastado por los eventos climáticos extremos, la contaminación de la atmósfera, la extinción de los bosques y la muerte de los mares.

Estos jóvenes son muy diferentes a los jóvenes de hace 30, 40 o 50 años. Su principal diferencia radica en el acceso a la información de que disponen, prácticamente ilimitado. No dependen para observar, evaluar y formarse criterio de los datos que les brindan sus maestros, ni de los titulares de un limitado número de medios de comunicación locales. Toda la información científica, todos los análisis, todas las proyecciones sobre cualquier tema están a un “click” de su teclado, a escala planetaria. Lo único que necesitan es elegir, entre tantas opciones que ofrece internet, las fuentes más confiables y adecuadas. Y eso es algo que ellos saben hacer mejor que los adultos.

La realidad es tan evidente y cruda que no tienen motivos para respetar a los mayores. Nuestras verdades son tan míticas, tan prejuiciadas, tan llenas de contradicciones, que a los ojos de estos llamados “millennials” resultan cuando menos risibles. Los políticos tradicionales no pueden ocultar a los ojos de estas nuevas generaciones todo el oportunismo, el cinismo y la falta de honestidad que los caracteriza.

Cuando Greta Thunberg se dirige a los políticos y tecnócratas reunidos en un foro de la ONU y les demanda que se dejen de discursos y pasen a la acción, no es más que la voz de millones de jóvenes que se sienten indignados. Y con justa causa. Sus gestos faciales expresan la frustración multitudinaria de toda una generación enfrentada al espanto de su futuro.

En otras palabras, Greta Thunberg es el nombre de una ruptura. Ya nadie podrá convencer a los jóvenes de las bondades de un sistema económico que, para sentirse saludable, debe crecer todos los años en porcentajes cuanto más altos mejor, sin importar que ese crecimiento desborde todos los límites de sostenibilidad. Un sistema que debe producir más y más cosas innecesarias e inservibles; más y más basura, a costa de los recursos que deberían estarse preservando para un aprovechamiento racional en el futuro.

El sistema odia a Greta Thumberg porque es la imagen de un número cada vez mayor de jóvenes que rechazan esa lógica suicida y exigen detener la gran máquina de la devastación.

 

Una vieja estrategia

 

¿Y Por qué las críticas a la activista sueca no giran en torno a sus planteamientos de fondo? ¿Por qué se recrean en teorías de conspiración o en trivialidades como su síndrome de asperger?

La respuesta a esta interrogante es clara: los intentos de gente como Donald Trump o Jair Bolsonaro por desvirtuar las advertencias de los científicos sobre el impacto del cambio climático, han caído en el mayor de los desprestigios. Solo gente extremadamente ignorante es capaz de no ver lo que está ocurriendo ante los ojos de todos. La recurrencia de eventos climáticos cada vez más extremos o la lenta desaparición de especies marinas que antes eran recursos abundantes, son dos ejemplos palpables.

Por eso, los estrategas del sistema recurren a una vieja artimaña, muchas veces utilizada con éxito por los políticos: cuando la razón no está del lado de sus intereses, lo mejor es desacreditar a los que están del lado de la razón.

Alegar que Greta es una “mocosa” o que está siendo manipulada por inconfesables designios, es la forma en que algunos esperan desalentar el crecimiento de su influencia. Sin embargo, creo que esta vez la estrategia no va a funcionar. La ruptura de los jóvenes con el sistema seguirá expandiéndose y, con Greta o sin ella, la presión por cambios se volverá ineludible e inaplazable. Si me equivoco, entonces poca esperanza queda para nuestra especie.