Ella, muchísimo más conocida en Argentina que en Costa Rica, y él, estudiante de una escuela de música en París, se reencontraron luego de estos años de pandemia y compartieron escenario. Alejandro lo organizó todo para que la costarricense, radicada en Buenos Aires, cantara en esta ciudad.

En fluido francés, la cantante saludó al público y, acompañada solo con el guitarrista, empezó a cantar un blues. Con su mano derecha llevaba el ritmo, doblando su muñeca y chasqueando los dedos. Vestía de negro con una blusa gris oscuro que brillaba. Lucía argollas grandes, un collar, charreteras plateadas que le caían hasta la mitad del brazo… y sus clásicos lentes oscuros redondos.

Con cada canción iba subiendo al tablado un músico más hasta que la banda quedó completa. Los chicos, en su mayoría franceses, que apenas pasaban de los 20 años, pero con un talento envidiable, estudiaron las partituras apenas unos días antes de conocer a “La Dixon”. La calidad del ensamble hacía creer que actuaban juntos desde hacía muchos años.

Sencilla, suave y dulce, Deborah, siempre sonriente, hizo clic con su público desde que subió la primera grada del escenario. Sus invitaciones a sonar las palmas fueron siempre atendidas y los gritos de emoción transcurrieron de principio a fin.

Durante los solos de piano, del bajo, del saxofón o de la batería, la cantante dejaba de ver al público y por unos segundos volvía su mirada hacia los músicos, como si fuera una espectadora más. Ella misma dijo: ¡Wow!... cuando Thomas Salvatore, un chico de pelo largo, de jeans enrollados a media pierna, de tenis y chaqueta celeste con capucha, puso las manos sobre el piano. El público rompió en aplausos.

Deborah parecía la madre amorosa de todos. A medio concierto bajó del escenario y dejó a los chicos tocar solos. Luego regresó y siguió cantando a ritmo de blues, jazz y rock, en inglés, en francés y en español.

Bastó una insinuación suya para que el público se levantara de sus sillas y empezara a bailar en los pasillos laterales y al pie del escenario, algo poco usual en París. “La Dixon” bajó, bailó con el público y subió. Una señora de unos 60 años, de pelo corto y canoso, se levantó e hizo coro para pedir: ¡Otra, otra…! Y siguió bailando en medio del pasillo central. Por supuesto que Deborah complació con la última.

Al final, se abrazó con su hijo Alejandro.  Tomada de los hombros con sus músicos inclinó su cuerpo hacia el público y, tan sencilla como entró, bajó las gradas y se mezcló con sus admiradores.

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Para conocer más sobre Deborah vea “La Dixon: el documental” realizado por la también costarricense Adriana Cordero. https://garbovirtual.com/product/ladixon/?currency=CRC