El fantasma de la conspiración no es nuevo; pero el más reciente se lo creó debido al ascenso del Frente Amplio, desde mediados de 2013, como una opción electoral. Esa organización se colocó como la tercera fuerza política en las elecciones de 2014. La cercanía de figuras de ese partido con grupos de izquierda de América Latina, inclusive con los gobiernos de Nicaragua y Venezuela, nutre de argumentos al fantasma de la conspiración.

También se ha enclavado la idea de que el FA ha estado cogobernando con el PAC. Hubo un acuerdo lleno de tensiones que permitió al PAC la presidencia y vicepresidencia del primer directorio de la Asamblea Legislativa de esta administración, integrado solamente por diputados oficialistas y del Partido Unidad Socialcristiana (PUSC) y no del FA. El partido de izquierda ha ofrecido apoyo a varios proyectos de gobierno y ha impulsado también los suyos, pero la relación con el gobierno también ha sido contradictoria, debido en parte, a los temores de este último de ser tachado de izquierdista. La firma, semanas atrás, de un acuerdo entre el Frente Amplio, el PAC y un sector sindical denominado Patria Justa, alimentó de nuevo el temor de la conspiración; generó el rechazo de los cuadros tradicionales del PAC y el distanciamiento del gobierno.

Entre los grupos que se instalaron en puestos públicos en el gobierno del PAC en mayo de 2014, hubo personas vinculadas a los movimientos sociales y algunas con antigua militancia de izquierda; otros cuadros no se habían formado en los marcos del “establishment”, ni de la generación fundadora partido. Algunos grupos cercanos a los actuales diputados Ottón Solís, fundador del partido, así como a Epsy Campbell, exprecandidata, perdieron influencia dentro del partido desde las primarias de 2013. Otro segmento del gobierno está conformado por desertores del PUSC y otros tantos del sector universitario con militancias anteriores, desconocidas o variadas.

Lejos de ser un catalizador de las diferencias, la llegada al poder del PAC acrecentó las las divisiones dentro del partido. Esta organización, en crisis, se acerca a una nueva división y ello, sin duda alguna, le generará mayor inestabilidad al gobierno, aunque la gravedad de la situación no pareciera importarle a algunos líderes, como al fundador del partido, quien perdió el liderazgo dentro de la organización.

Al interior del gobierno, las diferencias han generado múltiples contradicciones, conflictos y tensiones. Al haberse cumplido el primer año sin un proyecto común, la mala coordinación y el mal entendimiento entre funcionarios y entre diputados, produjo el desaprovechamiento del caudal político logrado en las elecciones y esa brecha parece hoy irrecuperable.

En ese contexto, el Frente Amplio no dispone de espacios políticos para ganar influencia dentro del gobierno, aunque si podría atraer el descontento de los defraudados de izquierda dentro del PAC. Por su parte, los reacomodos en el Poder Ejecutivo, sobre todo con la salida del anterior Ministro de la Presidencia, y el intento de aislar a los sectores de izquierda, han pretendido aplacar las presiones de una derecha intransigente y al grupo tradicional del PAC.

Por esa razón, ninguno de los hechos sirve de argumento válido a la versión sobre la conspiración. Situaciones del pasado reciente, como el falso intento de promover una nueva ley de radio y televisión, que fue interpretada como una “ley mordaza bolivariana”, no tenían los visos de ser el germen de una conspiración, más allá de su mala gestión en el ministerio que elaboró la propuesta y entre éste y la Casa Presidencial.

De igual modo, el proyecto de “economía social solidaria”, también fue atacado por el derechista periódico La Nación como adoctrinamiento ideológico, ya figuraba entre los principales lineamientos de la “Estrategia Nacional de Empleo y Producción” desde febrero de 2015 como uno de los pilares para lucha contra la desigualdad. Con este proyecto se buscaba generar una cultura del asociativismo que difícilmente sobrevivirá si no gravita en torno al mercado y al resto de la economía. Si bien, en algo podría parecerse a iniciativas que funcionan en otros países de la región, ninguna de sus componentes es nuevo, sino el resultado de pequeñas iniciativas vinculadas a estrategias de supervivencia, autogestión e informalidad, que es sano ordenar a partir de una política pública.

Es decir, ¿de dónde procede esa casi delirante alucinación por las conspiraciones? Más allá de contradicciones aparentes, existe una confrontación político ideológica entre fuerzas sociales sobre el rumbo de una sociedad, como la costarricense, que atraviesa una crisis. Pero pareciera que no hay ninguna evidencia como las argumentadas que sustente la idea de la conspiración bolivariana. Más bien, ese ha sido el preámbulo ideológico desde el cual se ha posesionado, no con las mismas intenciones, pero si con idénticas consecuencias, una intentona para menoscabar la confianza de la población sobre una serie de entidades que han sido valuarte en el desarrollo de las instituciones públicas y en la construcción de una sociedad que se ha sabido alejar de la confrontación social. Ese grupo, con elementos tan disímiles entre sí, como Ottón Solís del bando rezagado del PAC, Otto Guevara de pensamiento de extrema derecha y el diario La Nación, vocero de la oligarquía financiera, comercial y agroindustrial del país, como principales voceros de esa derecha intransigente, le ha puesto la marca a una nueva conyuntura de posibles confrontaciones sociales, cada uno buscando intereses diferentes, pero al parecer identificados con el mismo objetivo en común. Si hablamos de conspiraciones, ¿no será esa, entonces, la verdadera conspiración?