Los principales accionistas de ese grupo forman parte de la familia Rosenthal, un prominente clan familiar, cuya influencia político económica trasciende las esferas de la política y de los negocios en Honduras, para anidarse en las densas redes de intereses económicos, políticos y familiares de las élites centroamericanas y más allá. En 2014, la Revista Forbes ubicaba a su patriarca, Jaime Rosenthal Oliva, como el sexto mayor millonario de Centroamérica.

No es menudo el escándalo; en este octubre es quizás el acontecimiento político económico más importante de Centroamérica. El efecto local y regional del mismo solo es comparable al Huracán Mitch ocurrido década y media atrás. Mientras la justicia estadounidense investiga a los miembros de la familia: Jaime, Yani y Yankel Rosenthal, quienes supuestamente “proveyeron durante una década de servicios de lavado de dinero, y otros, para apoyar actividades de (…) traficantes de drogas centroamericanos y organizaciones criminales”, en Costa Rica, los telediarios y medios escritos hacían grandes despliegues con la detención de “Macho Coca”, apenas un amateur al lado de la red criminal que supuestamente involucra a ese prominente grupo de la burguesía centroamericana.

El director de telenoticias editorializaba el viernes 16 de octubre, haciendo temerarias acusaciones tales como: “Los narcotraficantes, con el apoyo de funcionarios corruptos y ciudadanos sinvergüenzas, avanzan día a día”, mientras el periódico La Nación titulaba “País expulsa avión de EE.UU. usado para combatir narcos”, debido a la falta de autorización a su permanencia en el país.

Sin que estas dejen de ser noticias relevantes, la alquimia noticiosa remite a la búsqueda del elixir del narco en los pasos de la muerte y no en los conductos que le dan vida. Por mar, aire y montañas, en efecto, circula la droga hacia sus mercados, pero solo la droga, porque el narco como sistema se mantiene gracias a su capacidad de circulación por otros conductos: financieros, de diversos negocios y, sin duda como lo comprobaría el caso Rosenthal, por sus estrechas alianzas con los grupos de poder político económico.

La esencia del narco no es la mercancía droga, en cuya figura se materializa la ficción del crimen. La conformación de narco-élites y narco-estados, expresa ese dinámico y violento proceso que está transformando las relaciones de poder en la región. Más allá de la droga como mercancía, el narco es una forma de organización social-criminal. Como en muchas tantas otras guerras, quienes las dirigen están en la cúspide del poder y quienes las pelean y las mueren son siempre los pobres; jóvenes, mujeres, niños, niñas enclavados en esos pasos de la muerte de la droga.

Por más droga que se capture, el negocio no se acaba pues parte de lo que hace que el negocio sea rentable es precisamente que el transporte sea riesgoso y que la droga sea ilegal.

Por eso es importante desmontar el simulacro noticioso sobre el narco y de allí que saber si bajarle el perfil al caso Rosenthal es un simple olvido, parte de la ediocridad-incapacidad noticiosa de los medios locales o un calculado silencio. Si fuera esto último, ¿para esconder qué?