La tensión que venía en aumento pareció estallar solo dos días antes cuando un soldado estadounidense fue abatido por oficiales de las Fuerzas de Defensa (el ejército panameño), luego de traspasar un retén militar. Fue el detonante de una crisis que venía en aumento desde hacía años, desde que comenzaron las vinculaciones, según Washington, del jefe militar con el Cartel de Medellín, del narcotraficante colombiano Pablo Escobar.

Junto con la muerte del militar, muchos acontecimientos se venían acumulando en los últimos años contra el polémico general, supuesto colaborador de la CIA, pero que muchos lo consideraban también un doble agente. Amparado en la defensa de la soberanía contra el imperialismo, denunciaba diariamente al gobierno de George Bush padre, por atentar contra su país, apoyado en sus tropas acantonadas en las riberas del Canal interoceánico. Su figura llegó a ser reivindicada por las fuerzas de izquierda de Centroamérica en aquel momento.

Pero los abusos de poder eran bien sabidos y denunciados por la oposición civil, cada día más fortalecida, ante organismos internacionales. En las calles eran reprimidos con brutalidad por las Fuerzas de Defensa. Los medios de comunicación, críticos al gobierno, habían sido cerrados. Estas manifestaciones, con sus camisetas y pañuelos blancos por las calles de la capital, se convirtieron en un desafió al régimen militar, sobre todo desde el asesinato del líder opositor Hugo Spadafora, el 13 de septiembre de 1985, en la frontera entre Costa Rica y Panamá. Fue una muestra del sadismo más brutal. Su cadáver ultrajado (castrado y con las uñas arrancadas), fue encontrado en Laurel de Corredores. Su cabeza nunca apareció.

Spadafora (1940-1985), un carismático médico, antiguo colaborador del general Omar Torrijos, antecesor de Noriega, fue uno de las primeras voces que se levantaron contra Noriega y las presuntas vinculaciones del general panameño con el narcotráfico. Antes, Spadafora había servido como médico en África a fuerzas rebeldes y, después, combatido en el Frente Sur del Frente Sandinista de Liberación Nacional, al mando de la brigada Victoriano Lorenzo, hasta el derrocamiento de la dictadura de Anastasio Somoza Debayle de Nicaragua, en julio de 1979.

Poco después, en 1982, se unió a Edén Pastora, contra sus antiguos aliados del FSLN, que comandaba la Alianza Revolucionaria Democrático (ARDE), con quien rompió poco después para comenzar a conspirar, desde Costa Rica, contra Noriega, hasta su muerte, un crimen atroz que enardeció los ánimos de las fuerzas opositoras en Panamá.

Pero también empezaron presentarse fisuras en las filas militares de Noriega. El coronel Roberto Díaz Herrera, el segundo al mando de las Fuerzas de Defensa, fue uno de los primeros, desde la institución militar, en denunciar en 1987, el fraude electoral cometido por Noriega en 1984 contra el candidato opositor, supuesto vencedor, el conservador Arnulfo Arias. También lo relacionaba con la muerte del general Omar Torrijos, quien murió en un extraño accidente de aviación el 31 de julio de 1981. Díaz Herrera luego se vio obligado a refugiarse en Venezuela.

El 3 de octubre, uno de los hombres de confianza de Noriega, el mayor Moises Giroldi, se alzó en armas al frente de un grupo de oficiales con la intención de tomar el Cuartel Central o Comandancia, en la que se encontraba Noriega, en el popular barrio El Chorrillo, en la ciudad de Panamá. Refuerzos de grupos élites del ejército, lo obligaron a rendirse siete horas después.

Victorioso, el general Noriega apareció desde las ventanas del Cuartel con los brazos en alto proclamando el triunfo y la derrota de los sublevados. Tras el arresto, el jefe de los rebeldes fue torturado y ejecutado la madrugada del 4 de octubre en el cuartel de Tinajitas, con 20 disparos de una sub ametralladora UZI. 74 de aquellos oficiales fueron tomados presos y enviados a la cárcel en la Isla de Coiba, en el Pacífico, donde fueron torturados brutalmente y finalmente liberados el 29 de diciembre de 1989.

En esa ascendiente tensión y tras el asesinato del soldado estadounidense, solo se esperaba el momento del desenlace, que llegó aquella madrugada del 20 de diciembre. Noriega, que agitaba a  su tropa élite con el lema de “ni un paso atrás”, corrió a refugiarse en la Nunciatura Apostólica, en la capital panameña, para salvar su vida, dejando sin mando al ejército. No hay un número preciso de bajas fatales de militares y civiles, pero algunos consideran que pudieron llegar a unos 3 000, la mayoría en El Chorrillo, sede de la Comandancia de las Fuerzas de Defensa, y la mayoría civiles. Noriega había anulado las elecciones del 5 de mayo de 1989 cuando confirmó que un gris abogado, Guillermo Endara, que entre sus virtudes destacaba su buen apetito, triunfaba sólidamente con cerca del 60 por ciento de los votos. Tras esta acción, las calles comenzaron a ser tomadas, con más contundencia por las fuerzas opositoras, en revueltas casi diarias. Noriega, que ponía y quitaba presidentes a su antojo, se había declarado en guerra contra Estados Unidos el 15 de noviembre de 1989.

Destruido el mando del ejército en pocas horas, la capital panameña y otras ciudades quedaron envueltas en el caos. Los saqueos a todo tipo de negocios, sobre todo de electrodomésticos, no se hicieron esperar. Los tanques de las tropas de ocupación circulaban orondas por las calles de la capital panameña, pero no había una autoridad policial que pusiera orden en aquella anarquía.

Solo se salvaron las librerías, donde las hordas que se habían adueñado de la ciudad, no consideraron que existiera algo de valor.

Tras la invasión, el presidente Endara, con sus dos vicepresidentes, Ricardo Arias y Guillermo Ford, fue juramentado como presidente legítimo de Panamá en una de las bases militares de Estados Unidos en las orillas del Canal, el Fuerte Clayton, y terminó el periodo de cinco años hasta los siguientes comicios, en mayo 1984. En estas elecciones resultó electo Ernesto Pérez Balladares, del Partido Revolucionario Democrático (el PRD), que había fundado el general Torrijos y al que también pertenecía el general derrocado.

Noriega, finalmente, se entregó, el 31 de diciembre, el ejército invasor. Fue llevado a Estados Unidos donde fue juzgado y condenado a 40 años de prisión por narcotráfico, pena que se le redujo por buen comportamiento. Fue reclamado por Francia, por los mismos delitos, y condenado a siete años de cárcel. En diciembre de 2011 fue extraditado a Panamá, donde continúo en preso. Debido a su delicado estado de salud, después se le concedió arresto domiciliario. Murió el 29 de mayo de 2019, a los 83 años de edad.