También es difícil no caer en lugares comunes, como los océanos de tinta que están llenando los periódicos en todo el planeta, escritos por miles que dicen ahora que lo quisieron mucho, que lo intimaron y frecuentaron en México, en Barcelona, en su Aracata natal o en Bogotá. Siempre sucede lo mismo cuando muere un venerable. Algunas de esas intimidades son apócrifas y otras son ciertas. Algunas notas (las verdaderas, pues las intimidades ciertas siempre brillan como moneditas bajo el sol) son realmente hermosas, como la escrita por Ángeles Masttreta en el País de México o la bella reflexión de William Ospina, publicada en Bogotá, sobre el amor de sus lectores a sus personajes y a su obra, y tres o cuatro más.

Estoy esperando las notas de Plinio Apuleyo Mendoza (su gran amigo de juventud, de encuentros y desencuentros), la de Sergio Ramírez quien, con Tulita, sé que lo quisieron mucho. O quizá la más esperada, la de Vargas Llosa, a quienes célebres desencuentros personales y políticos (innecesarios recordarlos, pues sería vulgar en este momento) generaron los “deicidios” y distanciamientos que forman parte de la leyenda del viejo “boom”. Esas reflexiones quizá tomarán algunos días más, pues las palabras verdaderas de la gente querida duran más en salir; los verdaderos lutos se mastican despacio, como el tabaco viejo, o como los niños en los campos mascan la caña dulce. Con fruición y hasta el final.

Dos apostillas.- Como simple lector, como uno de los varios millones en el planeta que admiró y amó su obra, quiero consignar dos breves reflexiones. La primera, una prevención contra la estúpida reacción de algunos aldeanos que ahora podrían buscar lunares en sus posiciones políticas y sus cercanías con determinados gobiernos. Borges fue cercano a la dictadura argentina; Ezra Pound lindó con el Duce y los dos fueron genios de la literatura. Y punto. Cuando hablamos de Gabo no estamos hablando de política sino de literatura. Por otra parte, García Márquez tenía sus amigos, es cierto, pero hasta donde sé (lo que he leído, o me han dicho amigos que lo conocieron bien) era un hombre muy tolerante, casi volteriano, que no solo fue amigo de Fidel, sino también cultivó amistad con Felipe González, con Bill Clinton o con alguien tan disímil ideológicamente como Paco Umbral, en Madrid, hoy también desaparecido. La clave en la vida no es carecer posiciones ideológicas (todo lo contrario, de valientes es tenerlas), sino más bien poseerlas y respetar las de los otros.

La segunda, sobre el poder de la palabra y su fulgurante sentido semiótico. Los discípulos de Gabo en el periodismo han escrito, recién su muerte, que lo más importante aprendido de él fue su “escopeta contra los lugares comunes”. Parecería que allí está la clave de la gran literatura y del gran periodismo. Descubrir siempre la palabra nueva para describir el mundo, la cual nace siempre inmanentemente del objeto. Desconfiar de las palabras viejas, de los lugares comunes. En Macondo “el mundo era tan nuevo que las palabras no existían, y había simplemente que señalar las cosas con el dedo para designarlas”, y confieso que cito ahora los “Cien años de soledad” de memoria”, “du coeur” (de corazón), como entrañablemente se dice en francés, pues creo que es el mejor honor que se le puede hacer a una obra tan magnífica y tan decisiva para todos nosotros./ Y termino justamente con “Cien años de soledad”. Cuando la leí por vez primera, a mis catorce años de edad, percibí que estaba descubriendo un universo nuevo, un continente desbocado, fabuloso, impredecible. Desde entonces, no he hecho más que viajar por los países de nuestra hermosa América Latina y simplemente constatar lo que ese maravilloso libro fue capaz de condensar.-

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