Imagen: Retratado por Aquiles Bigot. Juan Rafael Mora Porras Héroe Nacional y Libertador de la Patria.

Imagen: Retratado por Aquiles Bigot. Juan Rafael Mora Porras Héroe Nacional y Libertador de la Patria. 

Conversaba don Manuel con su esposa, acerca de la difícil situación en que se encontraba su vecino, don Camilo Mora. A pesar de que entre ambos vecinos no había una estrecha amistad, a don Camilo y doña Benita Porras se les había complicado la vida porque tenían una numerosa familia que mantenery no le iba bien en los negocios.

- No sé cómo se las van a arreglar! En los negocios don Camilo se pasa de bueno. No le cobra las deudas a nadie y sigue prestando dinero. En su tienda vende fiado y no lleva buenos controles. Nunca sabe quién le paga o le queda debiendo, comentó don Manuel a su esposa.

Doña Inés, tejía un tapete para la mesa del comedor y lo escuchó en silencio. De pronto agregó:

- Dicen que Juan Rafael, su hijo mayor, es un lince para los negocios y que no le meten gato por liebre.

- ¡Pero sí es un jovencito todavía!, comentó don Manuel.

- Así es, pero de chiquitos van para grandes y ese muchachito da muestras de que será un comerciante exitoso, agregó doña Inés.

- ¡Lo tendré que ver! Al paso que van, la quiebra les llegará pronto, contestó don Manuel.

- Ayer visité la tienda de don Camilo y ahí estaba su hijo y me atendió como a una reina. Por cierto, dicen que la gente lo llama cariñosamente don Juanito, porque es muy atento y servicial, agregó doña Inés.

- Pues ni me lo quiero imaginar a don Camilo: con esa gran prole y un negocio en quiebra. ¡Sería muy lamentable para esta familia!, agregó preocupado don Manuel y se retiró para atender una reunión con destacados políticos locales.

La verdad es que don Camilo Mora no tenía interés de comprarse problemas con la gente que no le pagaba las deudas porque estaba seguro que no tenían el dinero para hacerlo y no le daba más vueltas al asunto.

Era tan benevolente que ayudaba a muchas familias de escasos recursos y a la iglesia. Es difícil imaginar que pudiera mantener una casa ubicada en el centro de la capital, con dieciséis personas más el personal del servicio. Sin buenos ingresos era muy difícil subsistir.

Un hogar conformado por tantos miembros obligaba a que se impusieran la tolerancia, la solidaridad y el respeto mutuo. Juan Rafael, el hijo mayor, aprendió con su familia a convivir en paz y a compartir.

Un día de tantos, Juan Rafael acompañó a su padre, don Camilo a realizar una transacción económica en Cartago.

Ensilló los caballos y se fueron de madrugada. En la oficina del abogado, Juan Rafael fue testigo de cómo su padre en vez de recibir el pago de una fianza, sacó dinero de su bolsillo para ayudar a la familia que le adeudaba mucho dinero. En ese momento Juan Rafael comprendió lo bondadoso que era su padre pero también, que los llevaría a la ruina por su buen corazón.

En la tienda de abarrotes de su padre Juan Rafael aprendió a relacionarse con todo tipo de personas. Desarrolló el arte del trato amable y la habilidad para hacer negocios.

También aprendió que en la vida todo se adquiere a base de sacrificio, esfuerzo y mucha perseverancia.

Don Camilo comprendió que Juan Rafael tenía la chispa y la actitud valiente de un audaz comerciante. Cumplidos los dieciocho años lo emancipó para que se lanzara solo al mundo de los negocios.

Al poco tiempo, doña Benita, su madre falleció. Fue un duro golpe para toda la familia. Don Camilo muy afectado no pudo hacerse cargo de la obligación familiar y murió años después. No le quedó otra opción a Juan Rafael, que asumir la responsabilidad del hogar paterno. Por eso se hizo una persona fuerte ante la adversidad y difícilmente se doblegó ante los reveses del destino. Aprendió en la escuela de la vida.

Gozó de muy buena reputación porque fue el sostén de sus hermanos y al morir un cuñado suyo se hizo cargo de sus tres hijos huérfanos. Trabajaba sin descanso para que a su familia no le faltara nada. Juan Rafael fue un hijo, hermano y tío excepcional.

Resultó ser un negociante competitivo, luchador incansable y un ganador innato. Se forjó en el mundo de las compras, ventas e intercambios de bienes y servicios y logró que en el ámbito del comercio se le respetara como un hombre de palabra, serio y responsable.

Con escasos 23 años don Juanito había realizado negocios en el exterior y exitosas transacciones de bienes raíces en todas las provincias del país. Para este negociante era normal la compra de goletas, bergantines y alquileres de embarcaciones para traer y llevar productos de diversas índoles y procedencias: compraba, vendía, importaba y exportaba café, artículos y productos diversos.

Viajar al exterior fue parte de su diario vivir. Visitó en barco Jamaica, El Salvador, Chile, Nueva York, Inglaterra, entre otros lugares, y en varias ocasiones el gobierno le solicitó que le comprara fusiles, arsenal militar, violines y trajera profesores para el Estado.

El roce que tuvo don Juanito con el mundo estimuló su imaginación y le cambió la mentalidad. Es posible que desde esos años soñara con una Costa Rica semejante a los países ricos que solía visitar: una república estable, libre y soberana, desarrollada y moderna, en donde reinaran el trabajo y la paz y que tuviera buenas vías de comunicación, puertos, edificios que albergaran museos, bibliotecas, teatros, hospitales, escuelas, universidades, ciudades con parques, luz pública y aceras, poblaciones con agua potable, con condiciones higiénicas seguras y con una fuerte y vigorosa producción.

Por su habilidad en los negocios, creó una sociedad comercial con Vicente Aguilar Cubero quien tenía una importante posición económica y social. La sociedad Mora y Aguilar resultó exitosa en la exportación del café. De hecho, logró exportar el 36 % de la cosecha total de café, lo cual indica que don Juan Rafaela Mora fue uno de los fundadores de la oligarquía cafetalera en Costa Rica. Años después esta sociedad le resultó funesta y le trajo más complicaciones y desgracias que beneficios.

Don Juanito traía en su sangre el gusanillo de la política.

Antepasados suyos habían ocupado importantes puestos como don Juan Mora Fernández, primer jefe de Estado y don Camilo, su padre, miembro del Congreso pero, prefirió no caer en la tentación de los vaivenes políticos y continuó con las actividades empresariales privadas, que eran su mayor fortaleza. Años después ocupó relevantes puestos políticos como alcalde, diputado y en tres ocasiones fue electo para ocupar la silla presidencial, de 1849 a 1859.

En su vida privada, Juan Rafael era uno de los solteros más codiciados de la sociedad costarricense de esos años.

No pensó antes en el matrimonio porque dijo que se casaría después de que todos sus hermanos lo hubieran hecho y cumplió la promesa.

Tuvo algunos amores juveniles y hasta enfrentó un duelo por una chica, hasta que sintió que su casa estaba vacía y pensó que ya era hora de llenarla con su propia familia.

Comenzó a sentir la necesidad de tener una compañera a su lado, pero, vivía tan ocupado que no tenía tiempo para buscar una dama que estuviera dispuesta a compartir su destino.

Don Juanito era de estatura pequeña, piel color aceituna, pelo negro y usaba barba. Católico practicante y amigo de ayudar en los proyectos de la iglesia. Tenía gustos refinados, vestía trajes europeos, zapatos de charol, usaba frac negro cuando la ocasión lo ameritaba y muchos de sus artículos personales los adquiría en sus viajes. Como viajaba tanto incorporó a su estilo de vida modales, gustos y una diversidad cultural propia de un caballero cosmopolita. Eso lo hacía un señor muy atractivo e interesante para la pequeña ciudad de San José.

Fue un joven adinerado con sensibilidad social. De su propio bolsillo donaba para construir puentes, arreglar caminos y ayudar a familias de escasos recursos. Se perfiló como un hábil negociante, responsable y culto. Gozó de alta estima en la sociedad costarricense de aquellos años.

Don Manuel, su vecino, observó, muy sorprendido, como aquel chiquillo se convirtió en un destacado comerciante y hábil político. Comentaba en el seno de su hogar, los cambios positivos que había experimentado la familia Mora Porras desde que Juan Rafael había tomado las riendas de la casa.

A menudo lo ponía de ejemplo a sus hijos. Su esposa sonreía porque ella lo había anunciado. Juan Rafael resultó ser un comerciante audaz e inteligente.

Su pequeña hija Inés, ya era una linda jovencita de diecisiete años y prestaba atención a los comentarios de sus padres. Había sido educada en las labores del hogar pero también, le gustaba leer, bordar, ayudar a su madre en obras de beneficencia y colaboraba con los asuntos de la iglesia.

En las mañanas, Inesita se levantaba muy temprano para mirar por la ventana cuando Juan Rafael salía a atender sus negocios y le llamaba la atención verlo usar un bastón con empuñadura de marfil y sus trajes impecables de corte francés, confeccionados con casimires importados. Esos aires europeos lo hacían más atractivo ante los ojos de Inesita, quien sintió por él, una gran admiración y un profundo respeto.

Cierto día, don Juanito salió a caballo de su casa para realizar una diligencia, de sus alforjas cayeron unos documentos. Como Inesita siempre lo veía salir y lo seguía con su mirada hasta que se perdía de vista, salió corriendo, recogió los documentos y lo llamó. Casi al finalizar la cuadra don Juanito detuvo su brioso corcel y volvió a ver quién lo llamaba con tanta insistencia. Se acercó a Inesita y esta le entregó los documentos. Don Juanito sonriente y agradecido le preguntó:

- ¿Usted es Inesita, hija de don Manuel y doña Inés, mis vecinos?

Inesita sonrojada asintió.

- ¡Cómo pasa el tiempo de rápido!, comentó don Juanito y se quedó admirado por la gentileza y la simpatía de esta jovencita. Le dio las gracias y continuó con su viaje. Inés regresó feliz a su casa. ¡Le había perdido el miedo! Lo sintió amable y cariñoso… muy cercano a ella.

Pasaron unas pocas semanas y una noche, tocaron a la puerta de la casa de los Aguilar. Don Manuel abrió la puerta y ¡sorpresa! Su vecino don Juanito estaba frente a él. Venía a solicitarle permiso para cortejar a Inesita.

Meses después, se unieron en matrimonio, Inesita y don Juanito. Esta joven sencilla y afectuosa, fue una compañera fiel, luchadora incansable, atenta, cariñosa, honesta, con gran sensibilidad social y abnegada madre.

Durante los trece años que vivió al lado de don Juanito, diez de estos como primera dama de la república, Inesita disfrutó los goces de una vida confortable junto a su amado esposo y sus hermosos hijos, pero también, sufrió profundamente por las impredecibles situaciones de angustia, desesperanza y dolor que le deparó la política a su familia.

Hubo momentos de confusión en la vida de este gobernante que no lo ayudaron a delimitar su accionar en el ámbito privado y en el público y esto le acarreó enemigos que quisieron derrocarlo en varias ocasiones. Además, lideró la guerra para expulsar de Centroamérica a los invasores-esclavistas llamados filibusteros, en 1856-57.

Asumió compromisos financieros e incurrió en grandes endeudamientos. La crisis económica afectó el desarrollo que traía el país antes de la guerra, generando un gran descontento en el pueblo costarricense.

Luego de la gloriosa gesta de la Campaña Nacional, no sopesó con frialdad y serenidad los fatales acontecimientos que sucedieron en el ocaso de su corta existencia y no cedió en sus intenciones de volver a tomar la Presidencia. Se desencadenaron una serie de acontecimientos inesperados, traiciones y engaños y sin darle la oportunidad de un juicio justo, fue condenado y fusilado en Puntarenas, en 1860.

Para doña Inesita y don Juanito, el amor que los unió fue ¡una cajita de ilusiones, alegrías y pesares! Pero, su infinito cariño ha llegado hasta nuestros días y lo percibimos, al leer fragmentos de la carta que le escribió don Juanito a doña Inesita, horas antes de su fusilamiento:

“Mi siempre idolatra Inesita… Nada temo, solo me inquieta la triste situación en que te quedas viuda, pobre, en el destierro y llena de hijos… Solo siento la muerte por ti y por mis hijos… Muero como cristiano y confío en Dios que me perdonará mis culpas y que cuidará de ti y mis hijos… Adiós, adiós y adiós a mis hijos-tuyo, tuyo hasta el último momento…”

Juan Rafael Mora Porras. Puntarenas, 30 de setiembre, 1860

Doña Inesita enviudó mientras permanecía con sus hijos, exiliada en El Salvador. Tuvo a su hija Juana Rafaela, nunca conoció a su padre. Fue la última de sus nueve hijos y se le llamó con cariño “Juanita”.

Las penurias no acabaron con el fusilamiento de su esposo. Doña Inesita retornó a Costa Rica pero nunca más los Mora Aguilar vivieron la bonanza y el poder que ostentaron junto a su amado esposo, padre de sus hijos, Héroe y Libertador de Costa Rica, don Juan Rafael Mora Porras.

Sus enemigos quisieron borrar su legado y que nunca más se pronunciara su nombre. La justicia es lenta pero segura y posteriormente se le han hecho los reconocimientos que de sobra merecía y que antes se le negaron.

 

Actividades didácticas

- Busca el significado del vocabulario desconocido.

- ¿Cuáles son las cualidades de Juan Rafael Mora Porras que te llaman más la atención. Coméntalo con tu familia o con tu grupo.

- Comparte con tu familia o con tu grupo la impresión que obtuviste de doña Inesita Aguilar al leer este cuento.

- Busca en INTERNET información sobre los más significativos legados de don Juanito y lo comentas con tu grupo y con tu familia.

- Busca información en Internet del liderazgo ejercido por don Juan Rafael Mora en la Campaña Nacional (1856-57) y lo compartes con tu familia o con tu grupo.

- Investiga las causas que justificaron los fusilamientos de Juan Rafael Mora Porras y José María Cañas, su cuñado, fraguado por sus enemigos, familiares y soldados, en Puntarenas.

- Consideras que es apropiado llamar “Asesinato de Estado” a este vergonzoso capítulo de nuestra historia patria.

- Investiga en Internet el trato póstumo inhumano que le dieron al cadáver de don Juanito Mora, después de su fusilamiento en Puntarenas, en 1860. Comparte tu criterio con tu grupo y con tu familia.

- Reflexiona si tenemos un pendiente con el Presidente Juan Rafael Mora: hacerle unos merecidos Funerales de Estado.

- Busca en Internet la carta completa que don Juan Rafael Mora envió a doña Inesita, su esposa, antes de su muerte.

- ¿Cuáles emociones experimentas al leerla? Comenta con tu familia o con tu grupo tus impresiones al respecto.

- Investiga en Internet cuándo fue declarado don Juan Rafael Mora Porras, Benemérito de la Patria, Héroe Nacional y Libertador. Comparte tus criterios con tus compañeros de aula y con tu familia.

- Elabora un pequeño ensayo o pensamiento que explique por qué el “legado de Juan Rafael Mora Porras, es fuente de inspiración para la ciudadanía costarricense e Hispanoamericana”. Lo lees a tu grupo y lo compartes con tu familia.

- Elabora un dibujo, un collage o una pintura que exprese los sentimientos compartidos por don Juanito Mora y doña Inesita Aguilar y lo expones en una pared de tu casa o de tu aula.

- Si te han interesado los asuntos relacionados con el legado morista, puedes contactar a la Academia Morista Costarricense. Sus miembros, estamos con la mejor disposición para evacuar tus inquietudes y apoyarte en tus gestiones cívico-patrióticas, inspiradas en la obra y el pensamiento de don Juan Rafael Mora Porras y su legado.

(* Escritora, miembro de la Academia Morista de Costa Rica)

Libro Cuentos y relatos sobre la Campaña Nacional de 1856.