El asunto –le explicó– empezaba por un caminante ocasional que, atraído por el olor inconfundible de la muerte, halló el cadáver de la cuarta víctima, buscado por la policía afanosa e inútilmente desde hacía una semana. Había decidido atravesar el parque con el simple propósito de acortar camino y tomó aquella ruta por el sector menos frecuentado de la alameda igual que pudo decidirse por otro –relató más tarde a la Policía, a la prensa y a todo el que quiso escucharlo–, aunque algo malo presentía desde el principio, porque una perturbación de tripas le sobrevino mucho antes de toparse con el cuerpo e incluso antes de percibir el tufo. A decir verdad, todo cuanto vio fue una mano de mujer despuntando rígida y solitaria sobre un montículo de piedra. El dedo anular de esa mano exhibía una sortija de oro y las uñas largas y pulidas conservaban restos del mismo esmalte bermellón que los agentes habrían de encontrar en el fondo de la cartera, junto al cuerpo sin vida de la muchacha. Uno de los agentes que participó en el levantamiento del cuerpo declaró a un medio electrónico, bajo reserva de su identidad, que nada había sido más conmovedor que la imagen de esa mano, paralizada en lo que él entendía como un gesto de imploración. Otro agente veía en ella “una señal de despedida”, pero un tercero especuló que el detalle no lo había puesto la voluntad de la víctima, sino la prisa o la morbosidad del asesino. El tiempo habría de confirmar la lógica y la importancia de esta última apreciación, pero al calor del hallazgo los juicios eran volátiles y rápidamente se fundían en el bullicio general que desató la noticia

- Eso es más o menos todo lo que sabemos -dijo el jefe de redacción.

- ¿Nada más? ¿Seguro? – insistió la reportera.

Juan José Montero sacudió débilmente la cabeza y se detuvo a contemplar los ojos intensos, la boca confitada, el cabello castaño recortado a lo garçon de Maricruz Miranda.

- Entonces… –insistió ella.

En aquel momento, Montero medía la ansiedad de la muchacha, esa avidez que  en sus muchos años de ejercicio profesional había aprendido a detectar en lo que él llamaba un sucesero congénito, “uno de esos tipos o tipas que llevan el gusto por la sangre ajena en el genoma”, según su propia definición. Más aún, casi pudo sentir dentro de sí el hormigueo que a Maricruz Miranda debía estarle recorriendo el cuerpo y supo (aunque ya lo sabía antes de llamarla) que era la periodista idónea para la tarea.

- Según dicen -habló por fin, apuntando sobre una hoja blanca marcada con fuertes y enrevesados trazos–, el cuerpo fue hallado en este sector del Parque de la Amistad. Aquí, unos quinientos metros al norte, apareció enterrado el cuerpo de su presunto compañero hace como una semana, sobre el cadáver de otro hombre que había desaparecido en diciembre, el novio de la primera víctima ¿te acordás?

La muchacha asintió con la cabeza, abrió muy grandes los ojos, separó ligeramente, con impensado gesto de inocencia, los labios gruesos y sanguíneos que el jefe de editores apetecía morder y compuso cuanto pudo un gesto de paciente espera.

- Un asunto muy enredado–, recalcó Montero mientras volcaba su vasta corpulencia contra el respaldar desvencijado de lo que pretendía ser o alguna vez fue un sillón ejecutivo; extraía un cigarrillo de la bolsa de la camisa y empleaba todo el tiempo del mundo para encenderlo y exhalar una primera bocanada de humo.

- ¿Entonces? –insistió ella.

- Veamos –observó a la muchacha pendiente de sus reacciones, con una especie de curiosidad felina–, tenemos cuatro cadáveres en total: los de un hombre y una mujer que desaparecieron juntos a mediados de diciembre, los de otro hombre y otra mujer que desaparecen a mediados de febrero, también juntos. En síntesis, dos parejas asesinadas en el mismo lugar con dos meses de diferencia. Sin embargo, los cuerpos de los dos varones aparecen enterrados en el mismo sitio, uno sobre otro.  ¿Qué te sugiere eso?

Dio un par de chupadas más al cigarrillo, se acomodó el cabello con la palma de la mano y volvió a escudriñar las facciones de la reportera. Ahora, el rostro le evocó el de una actriz famosa, cuyo nombre escapaba a su memoria.

- Que los cuatro debieron ser asesinados por las mismas personas. Es lo que parece lógico. Pero, a ver, dame más detalles.

En la mirada de Montero se encendió un destello triunfal y una mueca sarcástica subrayó el contorno cuadriforme de su mandíbula.

- Te interesa mucho, ¿verdad? Te doy todos los detalles  a cambio de un beso… uno pequeñito.

La redactora se puso en guardia, apretó los labios y tensó los músculos faciales en una elocuente mueca de rechazo.

- ¿Qué te cuesta?– insistió él.

- No hace falta que me des la información, tengo mis propias fuentes y te aseguro que son mejores que las tuyas.

- Lo creo, pero tus fuentes no te pueden asignar la historia, que es lo que realmente te interesa. Eso sólo lo puede hacer el jefe de redacción –dijo apuntándose al pecho con su dedo índice–. Si querés la cobertura te la doy, pero el precio es una probadita de ese confite–. Y señaló los labios de la reportera con un gesto de sus labios mustios, cuarteados por la nicotina.

- ¡Imbécil! –le espetó Maricruz–, si no me asignás este caso, te denuncio por acoso.

Juan José respondió con una carcajada turbia, salpicada con tos bronquial, de fumador antiguo. Era muy alto, ancho de frente y de mentón, de extremidades largas y macizas, y aunque acusaba algún menoscabo físico (úlcera duodenal, presbicia avanzada, ligera hipertensión), seguía siendo con mucho el columnista más abrasivo del país y no pocos reconocían su desarrollado olfato para las noticias.

- ¡Por Dios! –exclamó sin dejar de reír–, de veras que este pasquín es el reino de la carestía. Escasez de teléfonos, de computadoras, de periodistas, de fotógrafos, de automóviles, de todo… y, encima, estamos perdiendo el sentido del humor, lo único que abundaba.

- No me falta sentido del humor, Juan José, lo que pasa es que no tolero el abuso. Exijo ser respetada como persona y como profesional que soy.

El jefe de redacción la observó intensamente por encima de las gafas y esta vez mudó su sonrisa de cinismo por una máscara de morir de amor.

- Sos la única mujer en este periódico –se quejó– en esta ciudad, en este puto mundo, que me trata mal y que a cambio sólo recibe cariño, consideración, prebendas. Al menos regalame una sonrisa, una simple y elemental sonrisa.

- ¿Me vas a asignar la cobertura, sí o no? –se  cuadró Maricruz junto a la puerta del despacho, fingiendo que se marchaba.

- A ver… a ver ¿alguna vez he podido negarte algo? –Cedió Juan José con los brazos extendidos–. Soy el esclavo de tus caprichos.

- No seas payaso.

- Está bien –se encogió de hombros–, vení, vení, sentate, el reportaje es tuyo.

La reportera sonrió y un par de camanances se abrieron a ambos lados de su boca almibarada. En ningún momento dudó que la historia le pertenecía, aunque tuviera que cruzar por el cuento del Lobo Feroz y la Caperucita Roja. Sabía que, en el fondo, la agresividad del jefe no era más que un juego que nunca iba más allá de las palabras.

- Lo que ya te conté es casi todo lo que tenemos –dijo Juan José–, el cuerpo fue descubierto esta mañana por un transeúnte, como a unos quinientos metros de donde fueron encontrados los hombres. Mi fuente dice que hay un patrón común en los dos crímenes, pero no quiso darme detalles.

- Decías que el cuerpo estaba mutilado…

- Eso entiendo, al igual que el de la otra mujer.

- ¿Qué tipo de mutilación?

- No sé. Como te digo, mi fuente apenas si quiso mencionarlo, pero es obvio que la policía está ocultando información importante y tu misión es conseguirla. Quiero una historia completamente distinta a la de los otros medios… para mañana mismo, ¿de acuerdo?

- De acuerdo.

Maricruz sonrió y Juan José respondió con expresión de triunfo:

- Ya sé –dijo–, te parecés a esa famosa actriz sueca que protagonizó Anastasia. ¿Cómo se llama?

- ¿Te referís a Ingrid Bergman? –dijo Maricruz.

- Sí, a esa.

- Tal vez, pero yo soy más linda.

Eran las diez de la mañana y todo lucía desolado en aquella sala de redacción que era una especie de bodega con alfombra, un salón amplio, desabrido y sin ventanas, en el que reinaba un calor mortal las veinticuatro horas del día, los doce meses del año. El aire acondicionado dejaba de funcionar o metía un frío glacial según su capricho del día (o de la hora), por lo que el sentido común aconsejaba mantenerlo apagado y calcinarse, antes que sufrir la virulencia de los altibajos. Para cada periodista se destinaba un cubículo de noventa por cincuenta centímetros, uno junto al otro, en tres largas hileras. En cada uno de esos espacios se amontonaba la pantalla y el teclado de una computadora anticuada, el teléfono, los documentos y las pertenencias de los redactores. La mayoría de ellos había salido a la caza de noticias y Maricruz se sintió sola y desorientada como nunca. Todo cuanto podía obtenerse de los voceros policiales se lo había proporcionado el jefe y nada lograría con recurrir a ellos en busca de otros detalles. Varias veces repasó su guía personal de teléfonos en pos de una fuente probable, un nombre que encendiera una luz, aunque fuera una diminuta luz en aquella densa oscuridad de su cabeza. Efectuó algunas llamadas a colegas de la competencia, para sondear cuánto sabían del asunto, pero todos parecían tan o más despistados que ella.

Casi había perdido la esperanza cuando cerca de las once apareció Pedro con su habitual cara de mala noche, ingiriendo un jugo de melocotón en tetra–brick y mordisqueando una dona recubierta de chocolate.

- Comida chatarra –dijo, exhibiendo el desayuno frente a los ojos de Maricruz, antes de que ella se lo reprochara–, a esto se reduce el cacareado sentido práctico del soltero. ¿Querés?

La reportera hizo una mueca de asco.

- La soltería, sobre todo la masculina, Doble Eme, tiene un precio muy alto para la salud del tracto digestivo. ¿Qué hay de nuevo?

- Problemas, tanto que insistí en que me diera la cobertura y ahora no sé cómo salir del lío.

- ¿Problemas?

- Uno solo, pero muy difícil–, respondió Maricruz.

- Pensá en la frase aquella del inmortal filósofo: de dificultades está empedrado el camino a la fama.

- ¿Cuál filósofo?

- No recuerdo, los filósofos inmortales tienen unos nombres rarísimos. Pero ánimo, Doble Eme, para todo hay solución.

- Adoro tu actitud positiva, Pedrito, pero en este momento lo que necesito no son máximas filosóficas, sino un buen contacto en la sección de homicidios.

El editor de espectáculos se sentó al lado de Maricruz, sacó un cigarrillo y lo encendió con aire pensativo.

- Dejame adivinar…,  seguramente te asignaron la matancinga esa, de la que venía oyendo por la radio.

- Adivinaste.

 –¡Félicitations!  Siempre te ha gustado la parte ruda de la noticia. ¿No? Estás en tu charco… de sangre.

- Parece que la policía oculta información muy importante. Si no consigo un poco de inside, vamos a salir mañana con lo mismo de todos los periódicos, será mi ruina, el final de mi carrera–, declaró Maricruz .

- A ver, niña, no te pongás histriónica –dijo Pedro–, ya te dije que para todo hay solución.

- Para esto no. Si sigo así, voy a terminar publicando la misma historia de todo el mundo, Juan José me va a quitar el tema y me mandará a cubrir accidentes de tránsito.

- La solución está aquí –dijo el editor levantando ligeramente la falda de la muchacha. Ella lo miró intrigada, sin oponer resistencia. –Estos hermosos muslos serán tu salvación, mija. Vas a necesitar una miniseta que exhiba al mundo el hondo misterio de este pequeño ombligo y la licra más corta y ajustada que haya en tu ropero. Este mediodía iremos a entrenar a la Sabana y con un poco de suerte y algo de tu talento, obtendrás lo que querés.

- ¿De qué se trata?

- Del mejor contacto que podás tener en este momento –anunció Pedro–. Sos afortunada de tener amigos tan bien conectados como yo, muy afortunada.

El jefe de homicidios, Gustavo Cortés, era un hombre familiarizado con la muerte. Tenía ocho años de ver cadáveres y hacía mucho que no se estremecía ante ningún espectáculo mortuorio, por áspero que fuese. Imaginaba que en su oficio ya no había asombro ni emoción posibles, sólo registros fríos y concretos: una víctima, una identificación (si se lograba), una edad aproximada, detalles de color o rigidez. En muy raras ocasiones, el rostro de la muerte retenía un atisbo de condición humana (un dolor, una complacencia, una rabia final) capaz de impresionarlo, pero aún en tales circunstancias sus estados de perturbación eran efímeros y controlables. Su dominio estaba en la observación rigurosa de los detalles, de las circunstancias físicas en las que casi nadie reparaba. La temperatura de una cama revuelta, el contenido de un cubo de basura, un remanente de perfume en la mano rígida de la víctima, contenían universos de información que su mente metódica era capaz de encajar en los espacios vacíos de la investigación hasta conformar una hipótesis escrupulosa. De un vistazo, por ejemplo, solía anticiparse al perito forense en establecer la causa del deceso y rara vez se equivocaba. "A este lo mataron en otra parte, de un golpe en la cabeza, luego lo trajeron aquí para simular un accidente", podía decir con acierto tras una atenta observación de la víctima y la escena. O… "esto tiene más cara de suicidio que de otra cosa, aunque haya desaparecido el arma". Deducciones por el estilo que, a la postre, resultaban de una justeza impresionante. No es que fuera la suya una habilidad sobrehumana, nada diferente al poder de diagnóstico que la práctica profesional potencia en un médico, un mecánico de motores, una de esas adivinas que dicen leer en las cartas nuestro futuro pero que no hacen sino esculcarnos en la mirada los tormentos viejos del corazón. Sin embargo, era una habilidad poco común en su medio, en el que abundan los embusteros.

Por eso, el jefe de homicidios fue el primer sorprendido de que la escena lo conmoviera al punto de sentir flaquear sus sólidas piernas de maratonista y vomitar el perro caliente y el café con leche que había desayunado apresuradamente, poco antes de ser avisado del hallazgo. Una emulsión cuajó en su interior, de asco y pena por la condición humana y, por primera vez en muchos años, renegó de la puta suerte que lo había empujado a la carrera policial, cuando pudo haber sido, por ejemplo, un trabajador técnico excelente, con una vida apacible, un matrimonio estable y hasta mejor ingreso. De hecho, se había graduado de electricista y con honores de una escuela de oficios y no se explicaba con qué retorcidas artes le había llevado el destino a este ministerio ingrato.

En cambio, la juez de instrucción Aurelia Carranza ni siquiera se atrevió a mirar. Se mantuvo a distancia, apoyando la espalda al tronco de un eucalipto, los brazos cruzados sobre el pecho. Esperó a que los agentes hicieran las fotografías y recogieran los potenciales indicios y dio por buena, sin leer, la descripción de la escena del crimen que éstos escribieron en las formas de rigor. Echó los documentos en su cartapacio y ordenó que levantaran el cuerpo.

- ¿Terminaron ya? –se acercó a Gustavo con actitud recelosa que el jefe de homicidios percibió al instante.

- En un par de minutos–, respondió él.

Era una mujer pasada de los treinta, de una blancura calcárea y un aire de desamparo que quizá debía al espesor de sus anteojos o a cierto candor adolescente que se insinuaba en  su sonrisa fácil. El agente la observó de reojo y, a pesar de los lentes y del atuendo demasiado formal, le pareció una mujer hermosa. Siempre se lo había parecido, desde que Aurelia llegó al juzgado, dos años antes, y empezaron a coincidir en diligencias. Su atractivo estaba relacionado, tal vez, con esa intensa blancura de piel, pensó, o con la frugalidad de su presencia, o quizá con algo menos físico que no lograba precisar.

- ¿Por qué no quiso ver? –preguntó el agente.

- No estoy de humor –dijo la juez.

A Gustavo no le pareció aquélla una explicación muy profesional para el caso, pero no se sintió autorizado a emitir un comentario. Se encogió de hombros e intentó forzar un giro en el diálogo.

- Tengo muchos años de trabajar en esto, como usted sabe, pero nunca había visto nada semejante. Quien lo haya hecho debe estar en la última fase de la demencia. La muchacha está prácticamente…

- Está bien –interrumpió ella–, no quiero detalles, al menos por hoy.

- ¿Qué pasa? Nunca le han asustado las escenas fuertes.

- Tal vez no me asusten, pero me cansan. Anoche tuve una jaqueca horrible y todavía me duele la cabeza. No quiero estropear la cita de esta noche.

- ¡Tiene una cita! –exclamó Gustavo con el acento de quien anuncia el arribo de alienígenas.

- Sí, ¿qué tiene de malo?

- No, nada. ¿Quién es el afortunado?

Hizo la pregunta y de inmediato se arrepintió. Aquella mirada de la mujer debía estar diciéndole sos un impertinente, un estúpido, un necesitado. Así se sentía él en ese preciso instante, pero Aurelia sólo sonrió desde el fondo de sus ojos negros, enigmática.

- No sea indiscreto, Gustavo –dijo con suavidad–, alguien que no padece de miopía.

Gustavo pasó aquella mañana con un revoltijo en la cabeza. La oficina hervía en actividad y con todo aquel barullo –la gente entrando y saliendo, los teléfonos timbrando sin tregua, los comentarios a gritos– concentrarse era un propósito ilusorio. En su memoria, la escena tenebrosa del crimen alternaba con la sonrisa tierna y las pecas de Aurelia Carranza, algunas de las cuales asomaban por el escote de su vestido. Pero más que sus encantos de mujer, lo torturaban sus últimas palabras: “alguien que no padece de miopía”. ¿Qué carajos quiso decir? Ahí la única miope era ella (lo decía el grosor de sus anteojos) y no parecía razonable pensar que aludiera a sus propias limitaciones físicas. Por tanto, sólo quedaba pensar en una metáfora muy recurrida que equipara la cortedad de vista con estrechez mental. ¿Y…? Aún con ser muy observador, nunca había sido particularmente bueno para los mensajes subliminales. Lo único que sacaba en claro es que la juez le había disparado uno y que no sabía si traducirlo como una burla descarnada o un formal ataque de caballería.

Sacudió la cabeza para espantar el material espurio y concentrarse en el caso. Lo importante, se decía, era empezar a trabajar, moverse con diligencia, antes de que la misma ineptitud policial empezara a desvanecer las pistas. Sin embargo, nada salía de su cabeza que no fueran las fórmulas de siempre, que presumía ineficaces para lidiar con crímenes de características tan poco usuales.

Estaba a punto de suspender el acostumbrado entrenamiento de mediodía, la única rutina de la que casi ningún imprevisto de trabajo lograba sustraerlo, cuando recibió aquella llamada telefónica.

- No te lo podés perder –dijo Pedro–, te voy a presentar a un bomboncito, la más despampanante  diva de la prensa costarricense.

- Qué va, primo, yo ya estoy muy curtido para esa clase de trucos –se defendió–. Lo que querés es información para tu periódico. Te aseguro que te la daría con mucho gusto si la tuviera, pero no hay ni sospechas… estamos en ascuas.

- En ese caso, no tenés nada que perder y mucho que ganar. Te doy mi palabra de que mi amiga es insuperable, un desprendimiento de las cortes celestiales.

- A mí con ángeles –se burló Gustavo.

- Me quitás tu amistad si miento, me desconocés como primo, me cortás la palabra…

- Está bien –se rindió–, de todas maneras me haría bien un poco de ejercicio para despejar la mente, pero decile a tu amiguita que no se haga ilusiones. Nos vemos a las doce y treinta en la pista del lado sur de la Sabana.

Ilusión óptica fue lo que Gustavo creyó estar sufriendo cuando vio venir a Pedro en compañía de aquella muchacha que, por razones que en el primer instante se le hicieron oscuras, le resultaba tan extraordinariamente familiar y tan peculiarmente atractiva. Ella le sonrió desde lejos y él sintió que había esperado una eternidad por aquella sonrisa. Se acercó y la visión le resultó aún más agradable, pero no fue sino hasta que sus manos estuvieron extendidas, tocándose las yemas de los dedos, que todo se volvió transparente: la amiga de Pedro era una de las reporteras que acostumbraban merodear las oficinas de la Policía Judicial en busca de informaciones. A diferencia de otros periodistas, que lo hacían con frecuencia, nunca le había solicitado una entrevista, ni lo había parado en los pasillos para agobiarlo con interrogatorios de emergencia. Sin embargo, era imposible no reparar en ella.

- Pedro me contó que a usted también le gusta el deporte –dijo tras un saludo formal–, y veo que viene preparada. ¿Damos unas vueltas primero o prefiere que hablemos de una vez?

- Podemos ir adelantando mientras corremos, si le parece.

- ¿Venís, primo?

Pedro miró en derredor, fingiendo no saber a quién se dirigía la pregunta.

- ¿Qué? ¿Yo? Ni en broma muchachos. Con decirles que en mis buenos tiempos le hacía un poco al ajedrez, y tuve que dejarlo en cuanto supe que le decían el deporte–ciencia. Nos vemos luego, chao –se despidió agitando ambas manos en alto.