Paúl Benavides, autor de "Los papeles de Chantall".

(Tomado de la revista Lectomanía.net)

El protagonista de mi novela es un político culto, un autócrata ilustrado, pero la soberbia y la vanidad le imponen una vida solitaria. Ha renunciado a sus principios, ha claudicado con sus amigos, se ha olvidado y traicionado a quienes lo ayudaron. Es una de las características de los hombres que optan por el poder: la soledad.

Por Oscar Núñez Olivas

Paúl Benavides es esencialmente un poeta. Un poeta con oficio, que ya son palabras mayores, pero además es poseedor de una inspiración y un lirismo poco comunes. Ha publicado cuatro libros (Duelos desiguales, Oficio de ciegos, Apuntes para un náufrago y Áspera noche). Otros dos reposan “en escabeche”, como decía un amigo de las obras que esperan el momento apropiado para ver la luz.

Seis poemarios después, Paúl ha decidido incursionar en el terreno de la novela, un género literario completamente distinto y que, según confiesa, puede ser física y mentalmente agotador. Aun así, nos dice, escribirla fue una experiencia “maravillosa y gratificante”. Publicarla le ha deparado una gratificación adicional: el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2021, recientemente anunciado por el Ministerio de Cultura.

“Los papeles de Chantall”, su ópera prima en el género narrativo, ofrece una mirada a las profundidades del poder, sobre todo a través de un personaje que lo ha detentado durante mucho tiempo, pero a quien la edad le ha ido despojando, poco a poco, de algunos de los privilegios que prohíja.

La obra no solo devela los mecanismos de la política real, la de los acuerdos pactados en la penumbra, a escondidas de los electores, sino que incursiona en la mente y el alma del “hombre fuerte”, ese autócrata ilustrado que, dependiendo del contexto, puede ejercer el poder absoluto por la fuerza de las armas o bien, burlando las reglas de la democracia.

Quien lea esta novela deberá atenerse a perder la inocencia ciudadana, por decirlo de algún modo. Descubrirá que no existen la pureza, ni la compasión, ni los fines altruistas en quienes persiguen el poder porque éste es una droga altamente adictiva y aquel que lo prueba se convierte en esclavo de sus espejismos: dinero, autoridad, gratificaciones sexuales. La ética termina cediendo ante la sed voraz de privilegios.

Sobre estos y otros aspectos de su obra, Paúl Benavides nos habla en esta entrevista exclusiva con Lectomanía.net.

 

Lectomanía: He leído algunos comentarios sobre Los papeles de Chantall, en los que se afirma que es una novela sobre la corrupción. Creo que sí, que tiene que ver con la corrupción, pero sobre todo pienso que es una historia sobre el poder.

P. Benavides: Sí, es una novela sobre el poder. En la novelística costarricense no ha sido muy común el tema del poder y sobre todo enfocado en el presente. Quise escribir esa novela porque hace casi tres décadas que trabajo en la Asamblea Legislativa, viviendo cerca del poder y sentía la necesidad de escribir sobre el tema. Además, en mi juventud fui militante de la Juventud Liberacionista y tuve algunos años de contacto previo con ese mundo.

Mi novela transcurre durante una campaña electoral con todos sus tejes y manejes y refleja lo que ha sido el comportamiento de la clase política en los setenta años. Yo no descubro el agua tibia, lo que hago es acercarme a un modelo de política y lo coloco en un contexto reconocible

 

L: Me llamó la atención el personaje principal de la obra, este expresidente Roberto Rodríguez, porque me evocó a los tiranos ilustrados que le dieron tanto material a la literatura latinoamericana durante mucho tiempo, solo que es un tirano ilustrado en un país que no es militarizado, que juega con las reglas de la democracia liberal. ¿Tiene este personaje un referente real en la política costarricense?

P.B: Este tema del hombre fuerte latinoamericano es muy importante, es una constante en la historia de la región a partir de la colonia y lo siguió siendo durante las épocas liberales y republicanas. Está presente también en la literatura y lo abordan autores como José Mármol, Roa Bastos, Alejo Carpentier, Miguel Angel Asturias, García Márquez y Vargas Llosa, por mencionar algunos.

En Costa Rica tuvimos algunos de estos personajes como Braulio Carrillo y Tomás Guardia, por ejemplo.

Ahora, el hombre fuerte costarricense, el de hoy, está en su casa con una bata de marca, unas pantuflas de marca, tomándose un té en una losa de marca, toma el teléfono y hace llamadas a los dirigentes del partido, a los diputados, a los ministros… esté o no esté en el gobierno su partido. Esto es más frecuente con los expresidentes que hoy rondan la edad que tendría Roberto Rodríguez, por ahí de los 80 años.

En realidad, el personaje es una construcción a partir de diferentes elementos de diferentes políticos. Este personaje puede tener tres características de uno, dos de otro, cinco de otro. Algunas figuras me ayudaron mucho, fueron individuos de origen muy humilde pero que por sus méritos e inteligencia pudieron subir de donde estaban y llegar a estudiar a Europa. Conozco cuatro, de los cuales tres están vivos y uno muerto, que son amigos míos y que empezaron en la izquierda y terminaron no en la derecha pero sí en un realismo político determinado por el dinero.

El acceso a los bienes del poder, incluido el dinero, es lo que transforma al hombre bueno e idealista en un tirano, en un hombre fuerte que no quiere soltar el poder.

El meollo de todo esto es que el poder plantea una dicotomía en el ser humano. Eso de que el poder corrompe no es tan cierto, lo que hay es una dialéctica entre el poder y la persona. Al final, la persona decide si se corrompe o no.

Pero sí, el poder impone una dinámica, unas ciertas reglas, y una de ellas es el dinero.  Como decía Carlos Hank González, que es todo un filósofo de la política moderna, “un político pobre es un pobre político”.

 

L: El título de la novela, Los papeles de Chantall, evoca un tema de corrupción. Uno piensa, de entrada, en casos sonados como los papeles de Panamá, por ejemplo, pero ese no es el asunto central de la novela. ¿De dónde proviene el título?

P.B.: Yo creo que el título “Los papeles de Chantall” es producto del inconsciente. No fue mi intención poner un título y que a partir de ahí se desarrollara la novela. No sé por qué elegí ese título, luego me he dado cuenta, conforme ha pasado el tiempo y he escuchado a algunas personas hablar, que “Los papeles de Chantall” es un recurso que utilizo para ligar al protagonista principal, Roberto Rodríguez, con su pasado.

Ese título sale tres veces en la novela: al inicio, al medio y al final. Y es un valor simbólico, emotivo, ideológico, ético. Chantall es una mujer que le causa una conmoción emocional, básicamente amorosa, al protagonista. Es el contacto con el pasado, con el idealismo, con la Europa de los 60s y 70s, donde se estaban dando cambios importantes.

Es un pasado al que Roberto no quiere enfrentarse. Él nunca quiere leer las cartas de Chantall porque no quiere enfrentarse a la mejor parte de su pasado. Ella era una anarquista que no creía en el poder ni en las jerarquías, Roberto se liga a ella emocionalmente y lo resquebraja ética y emocionalmente.

 

Tu personaje, tu autócrata, es un hombre que lo tiene todo, visto desde ese punto de vista en que vos lo estás analizando. Tiene todo, menos amor. ¿Es la soledad el precio que se paga por el poder?

Roberto Rodríguez es un político culto, un autócrata ilustrado, pero la soberbia y la vanidad, le imponen una vida solitaria. Ha renunciado a sus principios, ha claudicado con sus amigos, se ha olvidado y traicionado a quienes lo ayudaron. Es una de las características de los hombres que optan por el poder: la soledad. Porque al abrazar al poder debe renunciar al amor, es el vacío que no puede llenar.

No fue capaz de sentir nostalgia por el hijo muerto, no fue buen esposo, ni un padre entregado a su hija viva, no había ninguna posibilidad. El poder produce víctimas y la principal víctima es el autócrata mismo.

Yo he conversado con gente que ha estado en el poder, que ha llegado a puestos importantes, y he tenido la sensación de que no están hablando conmigo, están en un monólogo, tienen su mente en otro lugar y no están oyendo al que tienen enfrente. Se cerraron a sentimientos como la fraternidad, la amistad legítima, el amor. No hay espacio para otros, sean los hijos, la esposa, quien sea.

 

L.: En una parte de la novela, el expresidente piensa: “No era el dinero, ni los lujos, ni los privilegios, era el derecho a elegir y a estar con la mujer que le diera la gana”. ¿Qué tan fuerte es la relación entre el poder y el sexo?

P.B.: En la novela, Roberto va de caída como hombre. El está enfermo y posiblemente tenga cáncer de próstata, aunque no lo digo. Es un hombre que ya no tiene la energía de cuando tenía 33 o 41, cuando era candidato a presidente, que podía estar con la mujer que le diera la gana, porque el poder tiene esa capacidad de seducir y de arrollar, pero ahora Roberto ya no tiene el vigor necesario. Y esa es su añoranza, la misma de todo hombre en decadencia: el sexo.

Y, en general, existe una relación entre el erotismo y el poder que ha sido estudiada por la psicología. Erotismo viene de Eros, que es la fuerza de la vida, en contraposición al Tánatos, que es la muerte, las dos fuerzas que se contraponen en el ser humano.

Ese hombre viejo que es Roberto Rodríguez tiene el poder para seducir a una mujer joven, lo tiene porque es un político activo, pero la fuerza física le falla. Ese es el castigo supremo.

Roberto Rodríguez piensa “no es el poder, no es el dinero”, pero eso es mentira porque es el poder el que le da esa capacidad de seducción.

 

L.: Hay otras citas que me parecen interesantes. Las voy a leer para que me comentés al respecto. Una dice: los pueblos “requerirán de la figura de un líder que los conforte y los engañe a la vez. La democracia, al fin de cuentas, será ese juego entre la verdad y la persuasión de un hombre que le dice a sus electores lo que quieren escuchar”.

Y en otra parte dice: “había leído con detenimiento a Maquiavelo y supo que Il Maccia había desentrañado el misterio del poder en el alma humana: prescindir de escrúpulos es esencial cuando se trata de obtenerlo”.

P.B: Esa es una cita de Maquiavelo tomada de una de las biografías que más me han conmocionado a mí. Maquiavelo toma como figura del Príncipe a Alejandro, hijo del Papa Borgia. Alejandro es un guerrero, básicamente. Un soldado. Tenía un tajo que le atravesaba la cara de lado a lado. Era el segundo hijo de cinco o seis que tuvo oficialmente el Papa Borgia, y por ser el segundo no tenía posibilidades de heredar el trono.

Maquiavelo lo conoce y queda impresionado por su fuerza y perseverancia, y por su cinismo y dureza. Cuando, para pacificar las contradicciones que había en el momento en Florencia, los enemigos del papado le piden sacrificar a su mano derecha, un hombre que lo había acompañado en innumerables batallas, éste no duda en venderlo y lo coloca en una pica en una céntrica plaza.

Maquiavelo lo que hace es un estudio sobre el efecto del poder cuando contacta con el alma humana, cómo el poder cambia las reglas del comportamiento. Ya no es la ética, ni la moral el comportamiento de esta figura, sino una especie de realismo salvaje, duro, cruel e inmisericorde.

Para referirme a la primera de esas citas del libro, es la confesión abierta, realista y cínica de un político, es decir, la gente quiere que le digan lo que quiere oír y, entonces, tendremos que decírselo, aunque sea una mentira. Le diremos unas veces la verdad y otras una mentira. ¿Para qué? Para obtener sus votos. Y eso es recurrente. Si hacemos un análisis de las últimas diez campañas, podemos ver que el porcentaje de cumplimiento de las promesas electorales posiblemente sea un 20%, porque no es tan fácil llegar al poder sin mentir, sin impresionar demagógicamente a los ciudadanos. Puede ser que lo estemos viendo en esta campaña.

Yo he tenido la oportunidad de escuchar a algunos políticos decir -en privado, no en público- que este pueblo es muy mezquino por no seguirlos aceptando y avalando como los grandes líderes de este país. Y es la mirada del autócrata, viendo siempre de manera extraña a la gente que no le acepta de manera absoluta su vigencia, su presencia en la política.

 

L.: La novela refleja cómo se manifiesta la corrupción en las altas esferas del poder, pero hay una parte de la historia que penetra más a fondo y nos revela la existencia de vasos comunicantes entre esa corrupción de cuello blanco y la delincuencia del bajo mundo. ¿Es eso pura ficción o realmente has podido constatar ese fenómeno?

Hay que entender la diferencia entre lo que es real y lo que es verosímil. En realidad, yo construyo esta novela sobre elementos de la realidad y elaboro una historia con alto contenido de verosimilitud, lo que significa que lo narrado sea creíble. Todo realismo no es un calco de la realidad, sería un error verlo de esa manera, según mi punto de vista. Todo realismo es una creación que se parece a la realidad y está inscrito en el plano de la ficción.

Entonces, muchas cosas que están ahí no existen. Por ejemplo, los diálogos yo los inventé, los personajes como tales no existen, nunca he estado en una reunión entre políticos y casas encuestadoras, no sé cómo se ponen de acuerdo para arreglar los números, nunca he estado en el OIJ… ni en las celdas, como me dijo un amigo. Todo eso son cosas que elaboré con materiales de la realidad, a partir de lo que yo he visto y de lo que he escuchado en casi treinta años en la Asamblea Legislativa, lo que me cuentan o he leído en la prensa.

 

L: Vos sos fundamentalmente un poeta, toda tu obra ha sido poesía. De hecho, Los papeles de Chantall es tu primera novela. Las preguntas son: ¿cómo te sentiste trabajando el género narrativo? Y ¿seguirías por ese camino?

Voy a contarte algo: yo empecé esta novela en el 2012 y, en medio de todo, fui escribiendo poesía. En algún momento la paré, no quería saber nada de ella, me tenía como loco. No sabía para dónde ir. La novela llegó a tener 450 páginas, fue sincrónica y acrónica, la ambienté en España, luego en Cuba. Luego desanduve todo eso porque era una novela que se pasaba, ni yo mismo me la aguantaba.

En algún momento me dije que tenía que terminar esa novela y tomé la decisión de terminarla como la había iniciado, es decir, como una novela sobre el poder. Empecé a quitar partes y me deshice de unas 200 páginas, que todavía tengo por ahí guardadas. Al final terminó en esto que está publicado.

Es una de las experiencias más interesantes que he tenido, muy distinta a la poesía. Parece mentira, pero son dos mundos completamente diferentes, que pueden tocarse pero que no son lo mismo ni en el esfuerzo, ni en la imaginación, ni en lo que decía Camilo José Cela, el aguante. Escribir una novela es una cuestión de aguante, casi de fuerza física y mental. Pero fue una experiencia maravillosa, muy gratificante. Me permitió descubrir que tengo facilidad para los diálogos, para construir personajes. También me di cuenta de que tengo algunas debilidades, como la dificultad para mantener la linealidad en la historia, doy muchos saltos y tengo que estar controlándome para contener la imaginación.

Finalmente opté por escribir otra novela y es un tema en la línea política. Lo estoy haciendo a mano, dejé la computadora y seguí a mano, tratando de hacer una letra legible. Es un tema doloroso pero tengo que tocarlo, es como un deber moral hacerlo. Creo que es una historia interesante.